NICOLÁS DE LA CRUZ, EL NÚMERO 10 DE LIVERPOOL

Por Mintxo

 

Como la gran mayoría de los niños de este país, Nicolás empezó a ser feliz jugando a la pelota. El primer picado fue muy chiquito, a los tres años, en la cancha que tenían a mano los que jugaban descalzos: la del Club Social y Deportivo Cohami, el baby del Complejo Habitacional Millán, de avenida Millán y Lecocq, lugar donde vivía junto con su familia y donde ahora vive ya independizado. Nos recibió en su apartamento, justo a un año de su debut en la primera de Liverpool. Lucía el buzo celeste de la selección uruguaya, un short blanco y el fútbol dibujado en la cara. Tiene diecinueve años y es un hombre tranquilo.

 

 

Como buen generador de juego, Nicolás, o Bolita –ese diminutivo del sobrenombre de su padre que tanto le gusta– está donde se lo piden: tanto con la creatividad al servicio de la guinda, acaso para darle utilidad a la belleza adentro de un 11 contra 11, como de vicepresidente de su ex club de fútbol infantil, tal vez porque reconoce que en la infancia las fantasías son útiles y es necesario acompañarlas. Por más que demuestra que cada jugada está construida con la sustancia de los sueños, él prefiere tener la carrera a sus pies, la diez en su espalda y la pelota lista para hacer mejores a todos sus compañeros.

 

¿Sos jugador de potrero?

Puede ser sí. No sé, siempre fui así. Capaz que dicen eso porque soy muy atrevido en la cancha, pero yo lo siento normal, sólo salgo a jugar. Tengo cosas de potrero. Jugaba siempre en el barrio, hice baby fútbol acá en el club. Era un tiempo divino que se extraña. Cómo pasa el tiempo de cuando éramos más chicos y jugábamos todo el día. En mi casa sólo comía y dormía, estaba todo el día en el club. Éramos bastantes, nos conocíamos entre todos, se pasaba bien. Íbamos hasta a la escuela juntos. Todo el día con la pelota. En la práctica cuando había o si no nos metíamos a jugar con los más grandes. Un poco se enojaban, pero le dábamos igual.

 

Potrero con los más grandes, fútbol de ringui ranga, ¿no?

Sí, varias veces algunos te perdonaban, pero otros no. Como mucho te pegaban y te pedían disculpas.

 

En Cohami tuviste a tu viejo como entrenador, ¿cómo fue eso?

Sí, mi padre fue mi técnico varios años. Lo sigue siendo ahora, es el más viejo del club, lleva veintiún años ahí adentro y piensa seguir. Me exigía mucho más que al resto. Y si no le hacía caso me decía “cuando lleguemos a casa vas a ver”. Pero me gustaba porque siempre me ayudó exigirme más.

Papá siempre me marcó cosas, mi madre también. Me enseñaron que con humildad y respeto se llega a todos lados y eso para mí es muy importante. Por más que ahora estoy independizado, eso es bueno porque me va a ayudar para el futuro, siempre los tengo al lado cuando preciso algo. Me ayudan mucho.

 

¿Tanto provoca o significa Cohami en vos que ahora sos directivo del club?

Sí, soy vicepresidente. Me invitaron unos amigos que están hace tiempo como directivos. Me preguntaron si quería dar una mano y acepté. Me gusta estar con los niños porque siempre estuve. Cuando puedo cumplo con las reuniones de directiva, voy a las prácticas y, si me dan los tiempos, también voy a los partidos.

 

¿Cómo arrancaste en inferiores luego del fútbol infantil?

Empecé en la octava de Defensor. Vino un captador a un torneo que jugamos con la selección de la liga. Me llamó, fui, me gustó. Pero me quedaba lejos, entrenábamos en el cuartel enfrente a canal 5, y mi hermano, Carlos Sánchez, que estaba en Liverpool, me dijo para ir y fui. Tenía doce años.

 

¿Fue sólo el convencimiento del Pato lo que te llevó a Liverpool?

Sí, y también que me invitara Wilson di Cono, que era captador del club. Hace como seis años y medio, estaba en preséptima. Teníamos un buen equipo. Con el tiempo conseguimos un torneo Apertura en la sub 16 y el campeonato Uruguayo de cuarta del año pasado, que nos llevó a jugar la Copa Libertadores sub 20 que salimos vicecampeones. No somos la mejor generación de Liverpool, que fue la 96, que ganó tres títulos uruguayos, pero desde que empecé se notaba que el club apostaba o apostaría a las inferiores. Eso está bueno.

 

¿Cómo fue tu carrera en las juveniles? Porque da la sensación de que subiste a primera bastante rápido.

Hice toda la escalera: séptima, sexta, sub 16, quinta y en el primer año de cuarta fue cuando ascendí con Juan Verzeri. Ellos se fueron a hacer la pretemporada y cuando volvieron me dijeron que me iban a subir. Subo en la tercera o cuarta fecha, no recuerdo bien; entreno con ellos dos semanas, bajo, juego en tercera contra Cerro, ahí fueron a verme y por suerte jugué bien. Después de eso, a la próxima semana, me concentran contra Juventud de Las Piedras y me quedo 19. Sufrimos una derrota y a la próxima Verzeri me pone de titular contra El Tanque Sisley. Ganamos 1-0 en Florida.

 

¿Cómo lo viviste, siendo tan chiquilín?

Tranquilo. Venía trabajando para eso, pero no pensaba jugar tan rápido en primera. Se dio así, Juan me dio mucha confianza y el Papa [Paulo] Pezzolano me ayudó mucho en ese momento. Algo de lo que me dijo él lo tengo grabado para siempre: que las primeras pelotas las pase bien así gano confianza para todo el partido.

Es bastante distinto jugar en inferiores o en primera. Mirá, cuando debuté, en las primeras fechas, contra El Tanque o Defensor, que no me conocían, me dejaban jugar y eso me servía porque había muchos espacios. Después de ese partido, que encima fue televisado, ya me hicieron sentir más la marca.

 

¿“Sentir la marca” es que te van moliendo a patadas?

Y sí, me frustra bastante, me saca. Ahora estoy más acostumbrado. Pero en juveniles era lo mismo y varias veces fui expulsado por protestar o devolver alguna.

 

¿Cuál es el contraste de jugar con los de tu edad y pasar a mayores?

El roce, mucho. Y los espacios que hay para jugar. En ese sentido el torneo de cuarta es mucha patada, se pega, se permite más. Incluso más que en primera, donde a veces te dan una pero en el afán de buscar la pelota. En juveniles a veces van sólo a lastimarte.

 

Inferiores, primera, casi en paralelo un proceso en la sub 17 de Uruguay; hiciste la soñada.

Sí, estuve con Fabián Coito en 2012. Tenía quince años, daba dos de ventaja y físicamente era bastante chico. Fue una buena experiencia. Hice todo el proceso pero no quedé. Fueron al Sudamericano y clasificaron al Mundial. Ahí se hizo otra convocatoria y tampoco quedé. Me sirvió porque tengo más conocimientos sobre los compañeros y de Fabián, de cómo trabaja. Ahora estamos juntos en la sub 20 y vamos a ver qué pasa.

 

Se puede decir que viviste buena parte del proceso de selecciones, incluso ascendiendo junto al mismo entrenador.

Si bien no hice sub 15 ni fui al Sudamericano ni al Mundial de la 17, el proceso es lindo de vivir, se aprende mucho, y sabemos que para el Maestro Tabárez es importante.

 

¿Qué representa la figura del Maestro Tabárez?

Un grande. Aporta mucho, está constantemente en el Complejo Celeste, nos motiva a todos porque lo vemos ahí. Él nos conoce, nos habla, es muy directo y frontal. Si estamos en un amistoso en la semana él está o si vas a comer él está sentado en el sillón, y siempre que quieras hablar está dispuesto.

 

Acabás de nombrar al Maestro, hablaste de Coito, de Verzeri, de tu papá. ¿Con cuál te quedás?

Si tengo que destacar a uno va a ser a mi padre. Fue mi primer entrenador, me sigue enseñando cosas y es mi primer crítico cuando hago las cosas mal. Pero también me gusta ser muy agradecido y ahí entran Juan, que me hizo debutar en mayores, Fabián, de quien sigo aprendiendo, y hoy en día de Mario Saralegui. Y si hay una persona a la que tengo que agradecer mucho es a Gabriel Oroza. Él me encontró la posición en la cancha.

 

¿Dónde jugabas? ¿Por qué te puso de 10?

Me ponían de volante por afuera. Una vez que tuve mucha confianza con Gabriel le dije que no era mi posición porque yo no tenía ida y vuelta. Obvio que él ya se había dado cuenta de que yo no jugaba cómodo por afuera, y ahí me cambió. Fue en cuarta división.

 

¿Has tenido momentos complicados?

Sí, tuve dos operaciones de meniscos, una en cada rodilla. Eso me llevó a bajones anímicos. Por suerte estuve bien rodeado por la familia y por mis amigos porque me llevaron mucho tiempo de recuperación. También he sufrido dos o tres desgarros que me sacaron de la cancha. Es complicado lesionarse, parece eterno volver.

 

De hecho llegaste a jugar contra Nacional porque la última prueba del día antes al partido salió bien. ¿Cómo vivís las lesiones?

Lo manejo con mucha ansiedad, siempre quiero jugar. Hay veces que es complicado. Ya me ha pasado más de una vez. Cuando volví con Peñarol habíamos puesto fecha para volver ahí. Fue un 1-0 que nos hizo gol [Carlos] el Hormiga Valdez. Pero después, siempre ansioso porque quiero estar.

 

Te tocó una época en la que, si bien las inferiores de Liverpool iban o van bien, en primera el club pasó situaciones complicadas, una de ellas irse a la B en 2014, otra tener que cambiar dos veces de entrenador el año pasado.

Es verdad, el club viene mejorando mucho en juveniles, se lograron cosas importantes y han subido muchos buenos valores. Pero bueno... no porque pase abajo se tiene que reflejar en primera. Creo que hubo errores, ya sean de los directivos o de los jugadores –más de los jugadores porque son los que entran a la cancha–. Ahora se están tomando en cuenta esas cosas, hay que aprender. Ojalá estemos para más. Tenemos un buen plantel, con muchos jugadores experimentados, referentes como Carlos Bueno o Joe Bizera por su trayectoria, o Guille de Amores, que aunque sea joven sabe mucho, y con ellos más varios juveniles creo que conformamos un buen plantel.

En cuanto a lo de cambiar entrenadores fue chocante. Pasar por tres técnicos en un torneo es mucho. La culpa era nuestra, pasaba por un tema anímico. Entramos en un bajón y por más que viniera Pep Guardiola a dirigirnos, nos hacían un gol y nos veníamos abajo. Por suerte Mario lo mejoró mucho.

 

¿Qué tocó Saralegui?

Lo anímico, el orgullo y tener hambre de gloria. Fue un semestre en el que trabajó mucho lo psicológico partido a partido. Después o junto a eso se enfocó mucho en la defensa. Todo eso fue la base. Si vos mirás la estadística del año pasado, en los partidos del final, que eran claves para nosotros, no recibimos goles. Y continuó, porque hasta el partido con Nacional en Belvedere llevábamos cinco partidos sin que nos conviertan y seis sin perder. No es casualidad que llevemos cinco meses trabajando con Mario y estemos consiguiendo cosas buenas. Los procesos largos sirven mucho.

 

¿Para qué está Liverpool este año?

Para pelearla. El año pasado terminamos con el cuchillo entre los dientes porque sabíamos que si perdíamos un partido nos íbamos al descenso, y eso iba a significar un golpe muy duro. Hay plantel y estamos con ganas de superarnos. Cuando se sorteó el fixture si nos decían que terminado el partido con Nacional teníamos siete puntos luego de jugar contra los grandes y con Racing entremedio de visitante, que siempre es muy difícil, lo recontra firmábamos. Ahora nos tocan rivales de nuestra medida y es con ellos que hay que batallar. Sabíamos que es un torneo corto. Hay que olvidarse del descenso porque dejando eso atrás es cuando te soltás un poco más.

 

Y el Bolita de la Cruz, ¿para qué está?

Voy día a día. Disfruto el momento junto a la familia y con los amigos. Y después lo mismo: para pelearla. Además quiero reafirmarme en primera y hacer una buena preparación para el Sudamericano sub 20, que si Dios quiere y Fabián lo toma en cuenta, quiero ir con todo. Hay que seguir entrenando fuerte si queremos conseguir lo que Liverpool no tiene en la vida, que es el campeonato Uruguayo. La gente se lo merece porque siempre nos apoyó.

 

Cuando arrancaste a jugar al fútbol, ¿te imaginabas este presente?

Cuando sos más chico te imaginás mucho más allá, todo: la selección mayor o jugar en un grande de Europa. Pero ahora, más grande, pienso en el momento. No tengo ni idea si puede salir algún pase; eso que lo manejen los que lo tienen que manejar: un grupo de empresarios y el club. Para eso hay tiempo. Quiero preparar el día a día.

 

 

 

SENCILLAMENTE

 

“Nacional me dejó mucho espacio en esa jugada, eso me pareció raro. Se empezaron a venir todos, alguno se abrió, yo pensé que me iban a cortar pero bueno, tenían superioridad numérica y quizás por eso no lo hicieron; luego fue mérito de Carlos [Bueno], que marca la diagonal, se lleva a [Diego] Arismendi para donde él quiere, se la paso y me queda todo el espacio para atacar. Por ahí la fortuna estuvo en que el primer pase no le salió bien y en el segundo la puso justa”. Con esa simpleza Nicolás de la Cruz definió el gol de la victoria 2-1 de Liverpool sobre Nacional. Sin querer contradecirlo, cualquier ser humano en su sano juicio y que vio la jugada reconocería que De la Cruz se queda corto. Pero para él es normal. El talentoso ve simple lo que para el resto es casi improbable.

 

 

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