ANA MARÍA MIZRAHI, UNA MUJER QUE GANÓ TODO EN LA CANCHA

Por Carla Rizzotto

 

El fanatismo la irrita, quizás tanto como el machismo. El fútbol le apasiona, quizás tanto como la política. De ahí el amor-odio que siente la periodista Ana María Mizrahi por este deporte tan puro como viciado.

 

El estadio era su espacio. El de Ana María y su papá. Un lugar para sentirse más próximos. El fútbol era un pretexto para sentarse codo a codo, para volverse cómplices, y de paso mirar a Peñarol. Tenía nueve años cuando Moisés le dijo que la llevaría con él al Centenario, nada menos que un día de clásico –que el manya perdió–; y de ahí en más se volvió un ritual. “Desde aquel partido y hasta los 35 años fui prácticamente todos los fines de semana. Cuando mi padre murió dejé de ir y lo empecé a seguir por televisión”, cuenta.

En ese casi cuarto de siglo jamás se puso la camiseta para ir al estadio. Tal vez porque la hace sentir fanática, una actitud que la exaspera y quiere bien lejos. “A uno le gustaría transformar la realidad pero tampoco puede ser terco. Esta es la realidad de hoy: te ponés la camiseta de un equipo o de otro y recibís insultos, los cuales no tengo ganas de recibir ni tampoco quiero que reciban mis hijos, que tienen seis años. No me interesa que vivan el deporte desde el lugar del fanatismo, de la violencia y la amargura”.

Todo lo contrario. En su casa el fútbol sirve como vehículo para que Federico y María Inés aprendan desde escribir hasta incorporar valores como el esfuerzo, la dedicación y la perseverancia. “Saber que en la vida hay que probar diez veces antes de que la pelota entre”, acota su mamá. O por qué no para hablarles de algo puntual como el cigarrillo. “Un día les hablé de Zitarrosa y enseguida me preguntaron de qué murió. Porque fumaba mucho, les contesté. Y lo uní con Johan Cruyff, entonces me sirvió para contarles su historia. La de un hombre al cual el fútbol le dio todo y el cigarrillo se lo quitó, tal como él mismo dijo”.

Digamos que se queda con lo constructivo, con lo divertido y desecha lo tóxico, lo abusivo. Inmersa a diario en información política, densa e intensa, el fútbol la entretiene. La desconecta. Y si la forma de medir el entusiasmo de una mujer por este deporte es mirar un partido en soledad, además de conocer la posición adelantada –claro–, Ana María lo hace. Siempre que transmitan alguno que le interese, como instancias finales de la Champions League por ejemplo.

No es precisamente una estudiosa de la táctica o la estrategia; quedaría en offside si tuviera que dar una formación aurinegra ideal. Pero sí reconoce a Fernando Morena, Pablo Bengoechea y Tony Pacheco como tres jugadores que dejaron algo más que un cúmulo de goles. “Me acuerdo cuando Morena se fue a jugar al Rayo Vallecano y después volvió a Peñarol, hubo una gran colecta de los hinchas para su regreso; mi padre puso plata”, dice la periodista de Televisión Nacional. A Bengoechea lo recuerda puntualmente en una Copa América. Había sacado abono con su papá en la tribuna Olímpica. Era la final contra Brasil. Uruguay iba perdiendo uno a cero, con gol de Tulio, y la selección no le encontraba la vuelta al partido. Fue antes de empezar el segundo tiempo que se anunció el ingreso de Bengoechea por los parlantes. “La gente puteaba, estaba enojadísima, decía que era muy lento. Y mi padre, siempre callado y tranquilo, por lo bajo me decía que el técnico hacía bien en ponerlo porque iba a dar resultado. Arrancó el segundo tiempo, gol de tiro libre de Pablo Bengoechea, con Taffarel de arquero. Empatamos, fuimos a penales y ganó Uruguay”.

A pesar de ser una lectora entusiasta de las crónicas deportivas, de escuchar el programa 13 a 0 y de seguir al equipo deportivo de Televisión Nacional –su casa–, Ana María lejos está de llevar su perfil hacia ese terreno. No porque se lo ordene ningún directivo radial, como ya le sucedió, sino porque terminaría dando vueltas siempre sobre el mismo tema: el negocio. “Una cosa es el deporte y otra el negocio. Y creo que mi inclinación natural es hablar de lo último. Sobre eso leo, me informo y me interesa”, explica.

 

¿Te pidieron alguna vez que no hablaras de fútbol al aire?

Sí. En la década del noventa yo tenía el mismo perfil periodístico de hoy. Obviamente que no soy una periodista deportiva, pero no hay programa en Uruguay donde no se hable de fútbol al día siguiente de un acontecimiento deportivo. Son comentarios que se hacen en parte para distender. El director de una radio me dijo un día: “Ana María, sos una mujer seria, conocés bien los temas, tenés un perfil interesante, no hagas comentarios de fútbol”.

 

¿Por ser mujer?

Sí, por ser mujer. Me lo dijo claramente: “No queda bien una mujer hablando de fútbol en un medio de comunicación”. Eran otros tiempos, hoy sería totalmente inverosímil.

 

¿Cuál fue tu reacción?

Tengo que ser sincera, me callé la boca. Había entrado a trabajar en esa radio hacía poco tiempo y si bien tenía algunos años en la profesión, era nueva todavía, entonces me resultó muy difícil no seguir ese planteo. Hoy no podría imaginarme un escenario similar, pasó mucho tiempo desde el punto de vista cronológico y también de las conquistas.

 

En un fútbol cargado de machismo, la presencia de la mujer no es una alternativa sino una necesidad. “El machismo es violencia. Por supuesto que tiene su cuota de homofobia, de racismo y creo que la presencia de las mujeres ayuda. Tampoco vamos a idealizar: hay algunas que no contribuyen, como hay hombres que sí lo hacen. En una sociedad tan futbolera está bueno que nosotras nos involucremos, el tema es desde qué lugar lo hacemos”.

 

Lo dice una defensora de la cuota femenina. “Lo que prima en este mundo es la inequidad. Si no hacés discriminaciones positivas en la estructura patriarcal en la que vivimos y si no tomás acciones para favorecer el ascenso de las mujeres, no ascienden. Es cultural. ¿Cómo ayudamos a esa cultura? Lo podemos hacer con acciones, y es obligar a que no sea así. Hay que seguir avanzando, ir hacia la paridad del 50 y 50. No es objetivamente cierto que lo que no ganan las mujeres en la cancha lo quieran ganar en la liga, esa es una mirada muy simplificadora de la realidad. Las mujeres han ganado todo en la cancha. Esto no es contra los hombres, es con los hombres y a favor de ellos. Cuántos dirían ‘con qué gusto me quedaría yo cuidando a mis hijos en la licencia y que mi mujer salga a trabajar’”.

 

¿Te imaginás una especie de cuota femenina en el fútbol en un futuro?

Me imagino que se le den oportunidades a aquellas niñas que quieran practicarlo y que puedan hacerlo en buenas condiciones. Hoy los clubes no destinan dinero para el fútbol femenino. Fue un deporte de hombres, no tiene por qué seguir siéndolo. Aunque falte mucho, hay que seguir intentando.

 

En TNU trabajaste el tema del negocio del fútbol, ¿eso te desalienta como hincha?

No, el deporte y el negocio van por carriles totalmente separados. Para poner un ejemplo, y seguro me meto en un lío: los Panamá Papers, hay una cantidad de jugadores que tienen su plata en el extranjero. Hay muchas explicaciones, algunas más loables como “juego en distintas partes del mundo, ¿por qué tendría que tener la plata en Uruguay?”. Y otras que se pueden juzgar negativamente. Mucho no me interesa. Los que tienen responsabilidad y compromiso son los actores públicos, como los políticos. Ellos son los que deben dar cuenta si sacan su dinero al exterior, no los futbolistas. No le voy a tener menos simpatía a Godín, a Forlán o a Lugano porque tengan una off shore. Por supuesto que en un mundo ideal todos querrían que tuvieran la plata en su país, y tampoco me parece bien que la gente defraude al fisco, como la familia de Messi o la de Neymar. Pero si me preguntás por un jugador que disfruto ver, cómo no voy a mencionar a Messi. Que lo persiga el Estado español, que lo haga pagar los impuestos que tiene que pagar. En la cancha es otra cosa, es un gran jugador. Porque es eso, un jugador. No es mi referente de vida, ni nada. Lo que sí puede servirte de los deportistas como él es la dedicación, la persistencia; consigas llegar a lo que te propusiste o no, pero sí eso de ser abnegado. Me gusta esa gente. No tanto los brillantes ni los inteligentes, sino los que se caen y se vuelven a levantar. Yo quiero ser así.

 

¿Se les pide mucho a los jugadores de fútbol?

Sí, “dame la felicidad que no tengo en la vida”. Es muy grave y delicada la baja tolerancia a la frustración, si perdés un partido parece que perdieras la vida. No está bueno como valor en la sociedad. Yo sé que es fácil decirlo pero difícil concretarlo. Hay que sacarle esa tensión. Ahora hay mucho enojo en el Barcelona por un video que grabó Dani Alves; a mí me pareció interesante y divertido. Está bien que diga lo que dijo, para que la gente entienda que son jugadores y no máquinas. Cuando mi hijo empezó a jugar en AEBU, la mujer que nos ayuda con la limpieza en casa siempre le preguntaba si había hecho un gol. Primero que él juega de defensa, y segundo que hacer un gol no es nada fácil. Como en la vida misma, es muy difícil hacer un gol.

 

Tu hijo juega en una liga, en la que a medida que transcurre el tiempo parece crecer la exigencia y la presión sobre los niños.

Sí, juega en AEBU 2009, un lugar con valores muy positivos. Los niños practican, están en la liga B de Palermo, quieren ganar, tampoco vamos a ser ingenuos; pero juegan todos, sea cual sea la circunstancia del partido. Aunque vayan perdiendo, el equipo rota y hay que hacerlo porque tienen seis años, porque tienen que divertirse, porque deben incorporar el deporte en su vida cotidiana, no porque vayan a ser grandes jugadores. Eso en la realidad no existe, por más que en casa siempre embromemos preguntándonos si Federico nos sacará de pobres con el fútbol. No me interesan las ligas donde los niños empiezan a crecer y los padres se ponen nerviosos, gritan y creen que sus hijos son unos cracks. Hay colegas que han trabajado e investigado este tema y los contratistas van a ver a niños cada vez más chicos. No quiero ese proyecto de vida para mi hijo; la foto de hoy dice que le gusta el fútbol, pero no sabemos si será la foto de mañana. Hay que sacarle presión a la cosa y dejar de fantasear.

 

Si se le quita dramatismo tal vez puedan festejarse los goles del archirrival, como supo hacer Ana María en épocas de asistencia perfecta al estadio. Tenía sus motivos. Jugaban Defensor y Nacional. Si los tricolores ganaban o empataban, le daban la chance a Peñarol de jugar una final con los violetas y la posibilidad de consagrarse campeón uruguayo. Al principio dudaba, pero Moisés, ex presidente de Atenas, la convenció. “Y me encontré gritando un gol de Nacional, aquel gol famoso de Juan Ramón Carrasco que le permitió a Peñarol llegar a la final”.

Y si se logran separar los tantos quizás este juego recupere una pizca de ingenuidad. O se pueda apreciar en su estado más puro. Algo así pensaron padre e hija cuando tomaron la decisión de asistir al Mundialito, en plena dictadura. “Era toda una discusión si debíamos ir o no; si verlo era una forma de avalar la dictadura. En casa se hablaba mucho de esos temas, y mis padres coincidían en que hinchar por Uruguay no era avalar a los militares. Sacamos abono y lo vimos desde la Colombes, sin ninguna culpa ni cuestionamiento. Por supuesto siempre contra la dictadura, pero siguiendo a la selección y a estos uruguayos que eran como nosotros: personas que vivían dentro de un país en dictadura”, expresa. Si cabe alguna comparación, “la gente que fue a ver a Argentina en el Mundial del 78 no fue a ver a Videla sino a su selección”.

Ese amor por la selección, más allá de la coyuntura, es el que quiere transmitir a sus mellizos. El fútbol le sirve esta vez para alimentarles el sentido de pertenencia a Uruguay. De la celeste sí tienen camiseta.

 

 

Compartir en Facebook