UNA VISIÓN DESDE ADENTRO DE LA COPA DEL MUNDO DE 1986

Por Jorge Burgell

 

La actuación celeste, su estruendoso fracaso, las duras caídas, con el 6-1 ante Dinamarca y el revés frente a Argentina, causó una gran decepción en los futboleros uruguayos más que nada porque fue la consecuencia fatal de una contradicción permanente entre un plantel con brillos mayúsculos y una dirección técnica que permanentemente lo desperdiciaba.

 

Desde que la Copa del Mundo México 86 comenzó a ser historia, cuando me hablan de ese acontecimiento del que fui testigo directo, como enviado del diario La Hora a México, o cuando veo algún documento fílmico, mi pensamiento se dirige –antes que nada– a aquella escena de Diego Maradona arrancando desde su cancha, a su carrera en zigzag eludiendo defensores ingleses y a la concreción de aquel segundo gol. Y digo o me digo: yo estaba allí.

Hacia esos rumbos se dirige mi pensamiento de entrada cuando me mencionan aquella Copa del Mundo pero, así, de primera, de pique, ¡ni pienso en la gestión uruguaya, como que me resisto a recordar aquellos cuatro partidos!

Y, sin embargo, hay hechos que conviene repasar y reflexiones que pueden ser útiles.

 

La selección de Omar Borrás

Aquella selección celeste pudo ser un equipo que pasara a la historia. Fue todo lo contrario. Fue un ruidoso fracaso. Aquel plantel con jugadores de gran valía pudo plasmar en un equipazo que hiciera un excelente campeonato. No pasó eso y detectar las razones que lo impidieron es parte de esta nota.

Omar Borrás fue una herencia del fútbol en tiempos de dictadura. Desde el primer número de La Hora –el 17 de julio de 1984– hicimos una dura crítica a los pasos básicos del entrenador autodesignado. Él era, por 1982, una especie de asesor técnico dentro de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Se suponía que él debía sugerir al Consejo Ejecutivo el nombre del entrenador de la selección nacional, pero en sus conversaciones con el presidente, el coronel Héctor Juanicó, quedó arreglado que él mismo tomaría posesión del cargo en cuestión. Dicho sea de paso, Juanicó se mantuvo hasta 1986 en el cargo y encabezó la delegación a la Copa del Mundo. Allí, ante un leve gesto de reivindicación del plantel a favor de algunos miembros del cuerpo técnico –que no Borrás– que no tenían solucionada su situación económica en la estadía en México, Juanicó hizo estallar su autoritarismo: enfrentó al plantel diciéndoles que sus pasajes de vuelta a Uruguay estaban a disposición y que el que se quisiera ir se podía ir.

Sobre Borrás y su inaceptable presencia al frente de la selección podría transcribir numerosas crónicas u opiniones que vieron la luz en La Hora, de mi autoría y de varios compañeros de la redacción. Prefiero acudir a lo que escribió en medio del mundial mexicano el periodista Ángel R. Fernández. Me parece más pintoresco. Escribía para El País de Madrid y con él compartí conversaciones en el Centro de Prensa montado en la capital mexicana, lugar que visité diariamente desde unos diez días antes de comenzar el torneo hasta su final.

Dice Fernández: “Omar Borrás se hace llamar ‘el profesor’, aunque el título académico no se sabe ni quién ni dónde se lo otorgaron. Para muchos uruguayos, Borrás es el prototipo del chanta. Con esa palabra de origen dialectal genovés se denomina en el Río de la Plata a los farsantes y simuladores que, engolando la voz y atribuyéndose conocimientos y títulos que no poseen, intentan y a veces logran impresionar o engañar a incautos y crédulos. Borrás parece más un típico politiquero criollo que un director técnico de fútbol. Confusamente verborrágico, charlatán, demagógico –y ‘vivo’– es capaz de decir dislates como su famoso ‘sé que no conformo ni a sirios [sic] ni a troyanos’. Su hora de gloria coincidió con la instauración en 1973 en Uruguay, por vez primera en el siglo, de una dictadura militar, con la que colaboró activamente en la intervenida Universidad [N. de Red.: recordar el club Universidad Mayor]. Con un militar, el coronel Héctor Juanicó, al frente de la AUF, una organización en la que el régimen vetaba de hecho el ingreso de dirigentes o entrenadores de izquierda o progresistas, Borrás logró en 1982 su máxima aspiración: de empleado administrativo a cargo de un departamento técnico-deportivo, pasó a ser el seleccionador. Los más cautos de sus críticos señalan que ‘no es un hombre de fútbol’, y la mayoría sostiene que ‘no sabe nada’, pero todos están de acuerdo en que durante cuatro años tuvo una fortuna increíble y logró clasificarse para México. En 1985 terminó en Uruguay, después de doce duros años, el régimen militar, pero uno de sus frutos, Borrás, se quedó. Las numerosas críticas a la incapacidad técnica de Borrás, a sus reiterados errores tácticos y a su controvertida personalidad se estrellaron con el argumento ‘tiene tarro y no lo podemos sacar mientras la selección gane’”. (Transcripción parcial del artículo aparecido en la edición de El País del martes 17 de junio de 1986).

También apunta Fernández que el director técnico uruguayo no convocó a Hugo de León ni a Ruben Sosa que se encontraban en pleno desarrollo de sus carreras en Gremio y Zaragoza respectivamente.

 

La contradicción Borrás vs

un gran equipo

A esta pintura del español se debe agregar que el entrenador de atletismo Omar Borrás (era el título que poseía) tuvo en sus manos una generación de valores de mucho valor, sobre todo en la faz creativa y atacante, al caso Enzo Francescoli (bien nombrado en primer lugar), Jorge da Silva, Ruben Paz, Venancio Ramos, Carlos Aguilera (en México no jugó ni un minuto), Antonio Alzamendi y Víctor Hugo Diogo, a quienes corresponde agregar como valores firmes de defensa al Tano Gutiérrez, Miguel Bossio y Darío Pereyra más el golero Fernando Álvez.

Algo de lo objetable de Borrás: siempre anunciaba proyectos o acciones, cosas que iría a hacer en los entrenamientos, y nunca cumplía. Eso fue más palpable y grave en los entrenamientos previos a la Copa del Mundo que se realizaban en Toluca, donde Uruguay concentró. Concurrí diariamente desde mi lugar de alojamiento en el DF –el domicilio generoso y pleno de afecto de Luciano Weinberger y familia– por aquella carretera de cornisa que tanto me impresionó en el principio, en aquellos sesenta y pico de kilómetros y siempre –ante alguna pregunta relativa a trabajos de los entrenamientos (¿va a practicar pelota quieta?, ¿hará ensayos tácticos de ataque?, ¿cuándo probará a Darío?)– respondía lo mismo: “mañana”, “sí, lo haremos” y nunca lo hacía.

Su concepción era harto defensiva y no aprovechaba las ricas posibilidades de ataque que tenía, potencialmente, el equipo.

No utilizó a Darío Pereyra (29 años) que era un jugador de vasta experiencia como zaguero central, ubicación en la que jugaba en el San Pablo, donde estaba desde el año 1977 luego de haberse desempeñado en Nacional desde 1975 a 1977. Para decirlo numéricamente: Darío era un jugador de ocho puntos promedio, Borrás elegía a Eduardo Acevedo un futbolista de cinco puntos.

En aquel tiempo hice un pronóstico, escribí que en el futuro Acevedo sería un director técnico importante. ¿En qué me basaba? Él era el que organizaba la defensa como último hombre y nadie como él mismo sabía sus limitaciones futbolísticas y, por eso, ordenaba, ubicaba al equipo hacia atrás tratando de intervenir en el juego lo menos posible. Su indudable inteligencia se dirigía hacia la autoprotección. Eso surgía clarísimo viendo los entrenamientos. A Borrás le venía como anillo al dedo dentro de su concepción de ultradefensa. Y ocurría lo obvio: la potencia de ataque que pedían las cualidades de los más valiosos jugadores quedaba reducida porque el equipo no estaba armado ni pensado para eso.

No incluir a Darío y Ruben Paz en pleno desarrollo del Mundial fue un factor muy negativo para el funcionamiento del equipo. A Darío lo incluyó en el tercer y cuarto partido después de la debacle ante Dinamarca, en tanto Bossio quedó suspendido por la expulsión que lo sacó del encuentro ¡a los 19 minutos! Y lo colocó en la posición de sus orígenes como mediocampista y no donde rendía a pleno que era de zaguero central. En esa posición sólo actuó en la última media hora ante Argentina cuando fue excluido Acevedo para que entrara Paz.

 

Partido a partido, primera estación: Alemania

Debut contra Alemania, equipo que sería finalista. Eso no se sabía pero la histórica categoría del fútbol alemán inspiraba mucho respeto. Aparecía como el mayor rival de un grupo con predominio europeo. Lo dirigía Franz Beckenbauer con su gran prestigio de enorme jugador pocos años atrás. Se jugó en Querétaro, no lejos de la ciudad base uruguaya, a unos doscientos kilómetros de Toluca.

Miércoles 4 de junio y Borrás eligió a estos once (van con cambios incluidos): Fernando Álvez; Víctor Hugo Diogo, Nelson Daniel Gutiérrez, Eduardo Acevedo y José Batista; Jorge Barrios (lesionado, 56’ Mario Saralegui), Miguel Bossio y Sergio Santín; Enzo Francescoli; Antonio Alzamendi (80’ Venancio Ramos) y Jorge da Silva.

Aceptable rendimiento y buen resultado para el primer partido ante rival muy difícil. El gol inicial fue uruguayo y tempranero, a los cuatro minutos, Alzamendi aprovechó un grave error defensivo del equipo europeo y la metió alta, contra el travesaño. Golazo. Los celestes aguantaron bien hasta el final –Enzo estuvo cerca de un segundo gol– pero Alemania empató a los 84 minutos (Klaus Allofs). Fue muy influyente la entrada del crack Karl-Heinz Rummenigge, a los 70 minutos por el no menos crack Matthäus, y su aporte fue decisivo.

El mismo día, Dinamarca venció a Escocia 1-0 con gol de Elkjaer Larsen, un delantero de punta que metía miedo a los defensas. El magro marcador no llamó a una atención especial sobre los daneses aunque venían con buenos pronósticos europeos sobre su poderío.

 

Segundo partido: el brutal 6-1

Los uruguayos recuerdan ese partido ante Dinamarca como resumen de la Copa del Mundo de Borrás. Dolió, dolió mucho. En el cien por ciento de los casos, los uruguayos sintetizan ese torneo por esa goleada histórica.

Sin embargo, en mi encuesta personal, nueve de cada diez uruguayos ignora u olvidó que a los diecinueve minutos los celestes eran sólo diez. Miguel Bossio, un tipo muy querible, desestabilizado por los ataques daneses que llevaron a un primer gol de Elkjaer Larsen a los 11 minutos y a una sostenida avanzada sobre el arco defendido por Álvez, fue amonestado a los 13 minutos y por segunda vez seis minutos después. Y expulsado. En ese momento se terminaron las esperanzas de hacer partido. Lo peor podía pasar contra un rival muy difícil y jugando diez contra once. A los 41 minutos Soren Lerby marcó el segundo gol anunciando el desastre. Pero… una esperanza se abrió: a los 45’ el árbitro local Antonio Márquez sancionó un tiro penal para Uruguay –“inventado” dijo la mayoría– y con tanto de Enzo quedamos 2-1.

El entretiempo fue tormentoso en el vestuario uruguayo. Borrás quería mantener un esquema defensivo férreo y buscar sobre el final la igualdad. Hubo resistencias de jugadores que estaban en cancha y de algunos de afuera que querían salir con una actitud atacante de entrada tratando de sorprender a Dinamarca, pensando que podían estar golpeados por tener todo para ganar fácil y lo estaban haciendo cuando terminaron el primer tiempo con ventaja mínima.

Lo resuelto nadie lo sabe. Borrás no podía imponer su mando ya de por sí endeble y el equipo fue a buscar el partido.

Las dudas se disiparon rápido a favor del equipo que estaba totalmente integrado: a los siete minutos de esa segunda etapa anotó Michael Laudrup, un grandísimo futbolista. Y a los 67 y 80 Larsen completó su tripleta. El sexto fue de Jesper Olsen a los 88. Dinamarca era una máquina de hacer goles. Fernando Álvez todavía sueña con ese partido.

“Catastrófico” titulamos en la portada de La Hora y encabezando la crónica: “Para Dinamarca fue un paseo”. El País metió más letras: “¡Una derrota vergonzosa! Nunca nadie nos apabulló tanto; ¡Nos pasaron por arriba!”.

Fue el 8 de junio a la caída de la tarde cuando salimos del estadio de Nezahualcóyotl que se reduce a Neza para denominar una vasta zona muy poblada que, en esa época al menos, tenía condiciones sanitarias deplorables. Al salir por esas calles polvorientas era difícil cargar con aquella goleada, caminando muy despacio…

Completo la crónica: Borrás entró con el mismo once que en el debut salvo en una modificación obligada. Jorge Barrios había quedado lesionado del partido con los alemanes y lo sustituyó Mario Saralegui. Y, a los 57 minutos, con el tanteador 3-1 entraron José Luis Salazar por Santín y Venancio Ramos por Alzamendi.

 

Tercer acto: por un empate

Casi increíblemente llegamos al partido con Escocia –el 13 de junio, otra vez en Neza pero al mediodía– con posibilidades de clasificar a octavos de final. Ellos habían vuelto a perder –2-1 ante Alemania– y no tenían puntos. Al empatar, Uruguay quedaría con dos puntos y clasificaría como uno de los mejores cuatro terceros.

La formación uruguaya mantenía estabilidad. Darío Pereyra entró por el suspendido Bossio. Repetían Álvez; Diogo, Gutiérrez, Acevedo y Batista; Barrios y Santín seguían como mediocampistas y Enzo de enganche. Entraban como delanteros titulares por primera vez Venancio Ramos y Wilmar Cabrera. Borrás, inefable, en su estilo justifica así la entrada de Wilmar: “Lo quiero para marcar al 2 de ellos”.

A los 50 segundos del partido un delantero escocés tomó la pelota en soledad contra la línea lateral por la derecha de la defensa uruguaya que estaba muy abierta. Diogo no estaba. Del otro costado, José Batista emprendió una larga carrera para impedir el avance del delantero, no frenó y se lo llevó puesto en una falta grosera. Joel Quiniou, el árbitro francés, se hará famoso en Uruguay: expulsó a Batista.

En menos de un minuto, Uruguay dio un hombre de ventaja. Wilmar –que había jugado de defensa muchas veces– fue de lateral, Uruguay se cerró en defensa y Escocia no tuvo jugadores con discernimiento. Igual se sufrió mucho. A los 70 Saralegui entró a reforzar la pelea en el medio juego y mantener el 0-0. A los 84, para correr escoceses, entró Alzamendi por Enzo, agotado.

Terminó el partido sin goles. Uruguay clasificado como el peor de los cuatro mejores cuartos. Los dos puntos y dos goles alcanzaron justito. Estoy en un palco con no mucha gente pero todos me miran. Soy el único que grita como un energúmeno a favor de Uruguay y en contra de Borrás, entreverando las cosas. Nunca antes y nunca después me vi en una situación similar, tan fuera de control durante varios minutos. Seguíamos en el Mundial y ya se sabía que el rival en octavos sería Argentina. Argentina con Maradona. Con un detalle: era viernes, el equipo estaba semifundido y había que jugar el lunes con tres días de descanso. Los argentinos conducidos por Bilardo, en cambio, tendrían seis días de descanso: jugaron su último partido el martes 10.

 

El adiós en partido de alta tensión

El partido entre uruguayos y argentinos en el Estadio

Cuauhtémoc de la ciudad de Puebla estaba colmado a las cuatro de la tarde. Quienes allí estuvimos presenciamos una verdadera batalla futbolística con muchos matices, con variantes interesantes que no se volcaron al marcador que no pasó del 1-0 para el equipo que tres partidos después levantaría el trofeo del campeón.

Borrás no utilizó a Diogo e, inesperadamente, ubicó allí a Bossio. No tenía a Batista, suspendido, y entró su suplente natural, Eliseo Rivero. Con Álvez en el arco, los centrales siguieron siendo Gutiérrez y Acevedo. Barrios jugaba de perseguidor de Maradona –un Diego al cien por ciento– y me pareció que el crack argentino no se dio cuenta salvo cuando lo castigó de más ya en el segundo tiempo. Darío que había cumplido ante Escocia fue ratificado junto a Santín como volante, Enzo como siempre y adelante, por segundo partido consecutivo, entraron Venancio y Wilmar, el primero notable usando el control de la pelota con vivacidad como arma de ataque, y el segundo siendo un estorbo para el juego colectivo. A Enzo, los argentinos lo marcaron en estampilla y se alternaron para sacarlo de la vertical.

La primera media hora fue el juego del gato y el ratón. Argentina atacaba y Uruguay defendía con éxito pero era incapaz de organizar un ataque, de avanzar en el terreno. Varias veces los argentinos estuvieron de cara al gol y algo salvaba la situación. Álvez, por ejemplo, estuvo brillante. Darío era un bastión y Santín colaboraba bien, igual que el Tano, mientras Bossio cerraba bien su lateral. A Riverito el partido le quedaba grande pero luego se fue adaptando. Un tiro libre de Maradona desde 35 metros dio en el horizontal. Uruguay cortaba mucho como último recurso, pero lejos del arco.

Sobre la media hora Uruguay salió algo del ahogo. Ramos maniobró, Enzo exigió, Santín fue el primero en tirar al arco y atajó Pumpido. Ruggeri erró un gol hecho al cabecear alto y puse en mi libreta dos o tres MB más para Venancio.

Se iba el primer tiempo cuando a Acevedo, en el área, rodeado de compañeros, le llegó a sus pies una pelota mansa y la impulsó hacia el centro del área donde entraba Pasculli –que no la había tocado– en una especie de pase genial: la jugada más boba y más desmoralizante para sus compañeros.

Antes de terminar el primer tiempo Enzo tiró apenas afuera en una jugada muy peligrosa para los albicelestes.

Para el segundo tiempo, Borrás –que, suspendido, estaba en un palco por unas desgraciadas declaraciones que había realizado– hizo una lógica: Da Silva por Wilmar. El segundo tiempo tomó un ritmo infernal. Uruguay intentaba y se desprotegía. Hubo juego abierto y muy, muy, fuerte. Debió haber varios expulsados pero el árbitro italiano, muy canchero –Luigi Agnolin se llamaba–, se contentó con sacar siete tarjetas amarillas, cuatro a nosotros y tres a ellos. Imposible de contar todas las alternativas del segundo tiempo, incluida la entrada de Ruben Paz –¡al fin!– con más de diez apariciones en jugadas de ataque. Cuando entró, salió Acevedo y Darío fue a su lugar. Faltaban treinta minutos y Uruguay era lo que debió ser siempre. Bien la defensa y atacaban Enzo, Santín, Venancio, el Polilla y el artiguense con apoyo del resto.

Parar a Maradona fue el gran problema pero contra él salimos 0-0.

Fue brutalmente emocionante ese segundo tiempo. Recomiendo volver a verlo.

Si el ideal del fútbol en cuanto al balance defensa-ataque es el equilibrio y si Uruguay tenía jugadores para planteos menos conservadores, en ese segundo tiempo quedó probado. Y si había jugadores que no debieron jugar nunca y otros que debieron jugar siempre también quedó clarísimo.

 

Datos de contexto para México 86

 

Hacía doce años que Uruguay no estaba en una justa mundialista de selecciones y la última aparición –la de 1974 en Alemania con el brutal paseo de los holandeses en un parco 2-0– no había sido nada feliz. En Argentina 1978 y España 1982 no estuvimos.

Todavía se daban dos puntos por partido ganado. Recién ocho años después, en la Copa del 94 en Estados Unidos se le empezaron a adjudicar tres puntos al ganador de un partido.

Al banco de suplentes iban sólo cinco jugadores. Eso creaba problemas a los entrenadores en tanto seis jugadores quedaban excluidos de toda posibilidad de participar del partido en cuestión, con las secuelas de disconformidades consecuentes.

Sólo se permitían dos cambios por equipo y por partido. En 1994, la FIFA permitió una sustitución más, pero esa sustitución adicional estaba reservada sólo a los goleros. Recién en 1995 permitió sustituir a tres jugadores, fuera cual fuera su posición en el campo, regla que se mantiene hasta la actualidad.

Obvio: no existía la Institucionalización de los Procesos de Selecciones Nacionales (vulgarmente, Proceso Tabárez) ni nada parecido.

No existía el Centro de Alto Rendimiento Complejo Uruguay Celeste, la selección entrenaba donde cayera, en el Centenario o en una canchita de barrio, y las concentraciones eran normalmente en alguna instalación de los clubes o, mayoritariamente, en hoteles.

 

La opinión previa

 

A continuación transcribo la opinión sobre las posibilidades de Uruguay en la Copa del 86. Apareció con mi firma justo antes del debut uruguayo en la edición de La Hora del 4 de junio.

“Llega el tiempo de la competición dejando atrás una larga preparación cargada de insuficiencias y de indefiniciones.

Uruguay tiene la chance de llegar bien arriba en el Mundial por la capacidad que emana de sus jugadores –el plantel de más calidad en los últimos 30 años– pero no por su conjunción en un equipo que juegue y convenza, responsabilidad de una dirección técnica que no se ha manejado ni con eficiencia ni con racionalidad.

Al equipo le cuesta aparecer, como si le costara desplegar todo el arsenal de armas futbolísticas que se atesoran, como si hubiera (y hay) factores que inciden en el sentido contrario, en la dirección del amarretismo táctico, en la concepción conservadora aplicada al fútbol.

Factores encontrados condicionarán la actuación uruguaya. Tendrán resolución positiva si los jugadores encuentran el camino para exhibir sus cualidades técnicas desequilibrantes. Son nuestro mejor capital y de ellos dependerá el éxito.

Hubiéramos querido llegar a esta instancia con un equipo desenvuelto en su máxima expresión, lo hacemos en plena búsqueda de ese conjunto, como una prueba más”.

 




 

Compartir en Facebook