ATLÉTICO ARTILLEROS: UNA HISTORIA DE FÚTBOL "HISPANO-URUGUAYA"

Por Manuel González Ayestarán

 

La mayor parte de balones de fútbol ruedan en canchas de categorías inferiores o amateur, cuando no sobre el asfalto de las calles. Allá donde no enfocan las cámaras de televisión es donde desarrollan su pasión y su carrera la mayoría de jugadores del mundo. Carlos Buzón jugó toda su vida en este tipo de canchas. Su trayectoria trasluce una historia de integración migratoria en la que el fútbol jugó un papel esencial como red identitaria y de apoyo humano.

 

“Por un momentito sentí que estaba en Uruguay”, dijo entre carcajadas un amigo del ahora entrenador del Atlético Artilleros, Carlos Buzón, tras presenciar una “piñata” que se formó en un campo de fútbol 7 contra un equipo de españoles. Esto ocurrió en una liguilla del madrileño barrio de Valdebernardo. Tras una riña, un integrante del equipo rival había sido incrustado en el fondo de la portería contraria por una trompada propinada por el ex jugador de Rampla Juniors, Pablo Lanzotti, conocido allí como El Toro. Otros recibieron varios golpes, producto de la solidaridad de la mayoría del plantel con los iniciadores de la trifulca. De esto salió sancionado el equipo en su conjunto y a algunos de sus integrantes más importantes, se les prohibió jugar durante lo que restaba de competición y durante todo el año siguiente en cualquier otro torneo municipal. De esto hace ya más de cuatro años y este equipo, fundado entre risas por uruguayos de todos los “kilajes” y edades radicados en Madrid, ahora tiene una plantilla de 25 jugadores de entre 18 y 24 años y compite federado en la segunda división regional de la categoría amateur de Madrid. Esto supone estar a dos pasos de ingresar en la categoría preferente, donde los jugadores ya reciben un sueldo y los equipos entran en un contexto preprofesional.

“Hemos cambiado muchísimo”, explicó Carlos. “Una cosa es la agresividad jugando y otra cosa es lo que pasó en aquel momento, pegarle al árbitro o agredir a un rival, todo eso lo fuimos cortando y por eso es que el equipo ha crecido. Aquí las cosas son distintas, en Uruguay tenemos que cambiar esa mentalidad, y si no la cambiamos así nos va a ir en el fútbol”, añadió. Tras haber desarrollado su carrera en clubes como Villa Teresa, Alianza F.C. y Club Oriental de Football, este uruguayo de 33 años, hincha acérrimo de Peñarol, emigró a España en 2006 desencantado por la precariedad económica que tienen que afrontar los futbolistas y clubes en este país.

Tras varios años allí, fundó el Atlético Artilleros junto con un grupo de amigos, algunos ex futbolistas profesionales como Lanzotti. Además de compartir procedencia, todos trabajaban juntos en un grupo inmobiliario, fundado a su vez por orientales en España, del cual se deriva una importante red social charrúa en todo el país. En apenas un año, el equipo ingresó en la Real Federación Española de Fútbol y fue aumentando de categoría hasta entrar recién en la segunda división regional, situada ya en la última franja del ámbito amateur. Siguiendo esta evolución, sus integrantes esperan alcanzar las categorías profesionales en cuestión de unos años. “No hay techo” comentó Carlos Buzón. “Los uruguayos somos ambiciosos y nos gusta mucho el fútbol, lo vivimos mucho y queremos llegar lo más alto posible”, expresó.

En la experiencia de este equipo se hacen visibles a pequeña escala una serie de contrastes y patrones de juego que permiten distinguir un conjunto de factores culturales e identitarios visibles en la misma práctica del fútbol. “Hay mucha diferencia entre el fútbol uruguayo y el español, pero muchísima”, explicó Carlos. Lo primero que inevitablemente le viene a la cabeza, recordando sus años en las canchas uruguayas, es la diferencia de medios e infraestructura. “En Uruguay los campos no te ayudan para nada, hay campos o vestuarios de primera división que no tienen comparación ni siquiera con los de categorías amateur de aquí. Nuestro vestuario tiene calefacción en invierno, los terrenos de juego son todos de césped artificial. Esto ayuda mucho porque hace que cuando llueve no tengas problema y puedas entrenar”. Otra cuestión que destacó es el acceso al equipamiento. “Allá para comprarte un par de zapatos de fútbol es más complicado. Acá por treinta o cuarenta euros tenés unas zapatillas de fútbol y las podés comprar, pero claro, acá no se valora tanto”, explicó.

Sin embargo, “nosotros tenemos lo que quizás hay gente de acá que no tiene, y es que acá no se vive tanto el fútbol como en Uruguay. Allá hay una pelota y todo el mundo quiere jugar, aunque ha cambiado mucho porque ahora están los Play Station, está internet...”, añadió. Esta afirmación no se basa únicamente en la experiencia de Carlos en el juego contra sus rivales. Desde hace algunas temporadas, debido a las exigencias físicas requeridas por el elevado nivel de juego propio del estrato en el que se encuentra el Atlético Artilleros, en su formación dejó de haber lugar para jugadores veteranos. Esto hace que los uruguayos se concentren hoy en el cuerpo técnico y directivo del club, así como en sus apoyos e hinchada, siendo únicamente cuatro los charrúas que visten de corto. Sólo dos de ellos, Matías Aramburu y Roberto Chamorro, integran el club desde el inicio de su andadura en las canchas de fútbol 7. El cuadro actualmente se nutre de jugadores juveniles españoles que quedan libres entre temporada y temporada, procedentes de otro equipo superior en el que jugó Carlos al poco tiempo de trasladarse a Madrid. Esto hace que el contraste entre uruguayos y españoles se haga visible en la misma cotidiana interna del Artilleros.

“He notado en los vestuarios que perdemos un partido y nos vamos bastante calientes, ¡porque nos vamos bastante calientes!, y acá los chavales pierden un partido, y como si no pasara nada”, explicó el entrevistado. “He tenido muchas discusiones con jugadores que no tienen esta pasión. Pero creo que este sentimiento y esas ganas que le ponemos se la hemos transmitido a ellos y por eso hoy han aprendido a competir. Que no es sólo jugar, también se trata de competir. Donde nosotros jugamos es para ganar, el equipo tiene que jugar para ganar y dejar todo. Creo que eso se lo transmitimos al equipo y por eso es tan competitivo. Gane, pierda o empate, el equipo deja todo hasta el final”, expresó. “Por esto salen tantos jugadores de una sociedad de 3,5 millones de habitantes: porque los uruguayos vivimos el fútbol con una pasión que acá no tienen, de verdad que no la tienen”.

Por otro lado, sus palabras evidencian contrastes que se manifiestan en el mismo mecanismo de juego que se emplea a uno y otro lado del Atlántico. “En España es más físico, se corre mucho y se juega poco”, señala Carlos. “Es verdad que ahora con esto del Barcelona y de la selección española los equipos intentan jugar más, pero no tienen la calidad de los equipos sudamericanos. Por eso veo que acá hay muchos jugadores sudamericanos habilidosos jugando de media punta o por fuera. También los hay españoles, porque hay muchos equipos, pero acá se trabaja mucho más físicamente. Nosotros transmitimos a nuestros jugadores lo nuestro: un equipo bien armado atrás, corriendo y metiendo, como somos los uruguayos. Y la verdad es que hemos armado un cuadro bastante aguerrido que deja todo y que está bastante unido. Y por eso el año pasado ascendimos”, explicó el ex futbolista.

 

Fútbol y migración

Una de las cosas que Carlos Buzón dejó en Uruguay tras emprender su aventura migratoria fue el fútbol como medio de vida. En España tuvo que cambiar los pantalones cortos por los trajes, y la pelota por un maletín. Su nueva cancha fueron los barrios madrileños que tenía que recorrer de punta a punta en busca de viviendas a la venta. Con el tiempo, ascendió y es hoy copropietario de dos franquicias en la inmobiliaria hispanouruguaya por la que abandonó el Río de la Plata. Su historia de vida forma una trayectoria de migración, como la de tantos latinoamericanos que se trasladaron a Europa en aquellos años huyendo del expolio bancario, pero en la que el fútbol nunca dejó de tener una presencia primordial como red de integración y de apoyo humano.

Carlos es de Verdisol, barrio situado entre Camino de Melilla y Camino Francisco Lecoq, cerca de Nuevo París. La mayor parte de su carrera profesional la desarrolló ligado al plantel de Villa Teresa, donde jugó tres temporadas consecutivas. Después se integró en Alianza Fútbol Club, cuadro resultado de la fusión de Salus, Villa Teresa y Huracán del Paso de la Arena. Allí jugó dos años y se trasladó a Oriental de La Paz, con el que logró ascender en el año 2004 a segunda división. En esa temporada Carlos fue nombrado mejor jugador de la divisional. Sin embargo, la falta de respaldo económico hizo imposible que el equipo se integrara en la nueva categoría, al no poder hacer frente a los gastos que esta exigía. “Ahí perdí el entusiasmo porque, claro, no trabajás por estar entrenando toda la semana, lográs objetivos y luego no podés subir por problemas económicos. Ahí me cansé”. Así, Carlos decidió emprender una nueva vida al otro lado del Altántico. “Quizás, si me hubiese quedado en Uruguay, podía estar jugando en algún equipo de la B o tenía suerte y jugaba en alguno de la A. Podría haber seguido jugando tres o cuatro años más. Pero, bueno, no me arrepiento de nada porque acá me ha cambiado mucho la vida y me sigo dedicando al fútbol, que es lo que me gusta, pero desde otro lado, no jugando”.

A su llegada a España, el ex delantero vivió una de las experiencias futbolísticas que guarda con más cariño entre sus recuerdos: su participación en un mundial de inmigrantes en Madrid como parte de la selección uruguaya. Allí integró un plantel junto a jugadores como Agustín Soto, Elbio Oso Tolosa, Marcelo Otero y Leo Pérez bajo la dirección técnica de Héctor Pichón Núñez, campeón de América en 1995. “Fue una experiencia buenísima, yo recién había llegado a España y, claro, jugar con la selección uruguaya allá, con 300 o 400 uruguayos en la tribuna tocando los tambores, fue algo precioso. La verdad es que fue una experiencia inolvidable”, recuerda Carlos.

En España, el ex de Villa Teresa se integró en equipos que competían en categorías similares a las que disputa ahora el Atlético Artilleros, llegando hasta primera división regional. Carlos llegó incluso a recibir dos ofertas de clubes españoles que disputaban su puesto en la categoría preferente con sus jugadores en nómina pero, al no tener documentación por entonces, no pudo entrar en ellos. Así, decidió volcarse en su nuevo trabajo, el cual le permite hoy dirigir el cuadro de fútbol que él mismo fundó. Actualmente el Artilleros supone un punto de encuentro entre uruguayos y españoles. Semanalmente, sus integrantes organizan asados y comidas para recaudar fondos destinados a cubrir los costes de árbitros, ligas y canchas.

A su llegada a España, Carlos no pudo evitar ser seducido por el Atlético de Madrid. “Su afición se refleja mucho en las aficiones nuestras, canta todo el partido, y el equipo tiene muchos jugadores uruguayos vinculados”, explicó. Así, yendo al estadio con su bandera de Peñarol, Carlos terminó forjando amistad con el Cebolla Rodríguez, el cual lo integró al entorno de los jugadores charrúas, y lo llevó a forjar vínculos con Josema Giménez y Diego Godín. Su pasión por el Atlético de Madrid le llevó a también a conectarse con la peña Manyas de Madrid, con la cual se junta cada tanto en su sede o en la del Artilleros para ver jugar a Peñarol a la distancia. De esta forma, la cultura del fútbol hace las veces de tronco vertebrador de una comunidad de uruguayos en el extranjero que comparte mates, nostalgias y pasiones.