SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

CAMBIA, TODO

Por Ignacio Alcuri

 

Incluso para un club de mitad de tabla, cuatro derrotas consecutivas fueron demasiadas. Había que cambiar un fusible para salir de la oscuridad y, como suele ocurrir en estos casos, el director técnico tuvo que pagar los platos rotos (pese a que varios testigos afirmaban que quien había arrojado al suelo todos aquellos platos, enfurecido por perder contra el cuadro que iba último, había sido el presidente del club). Así que luego de un sencillo mensaje de WhatsApp se concretó su desvinculación y llegó un nuevo trabajador a dar un volantazo y regresar a la senda del triunfo, algo que no sucedió. La comisión directiva, reunida en asamblea permanente comenzó una serie de manotazos de ahogado en busca del maldito fusible que lo estaba arruinando todo, si me permiten la combinación de metáforas. Despidieron a todo el plantel principal y le dieron lugar a los pibes, con la intención de que su sed de gloria fuera suficiente, pero aquellas jóvenes promesas estuvieron muy lejos de cumplirse. Cambiaron al preparador físico, al entrenador de arqueros y hasta al pobre diablo que llevaba la bolsa gigante con las pelotas para practicar y que cobraba en cocoa y galletitas, y la victoria les seguía siendo esquiva. Se fueron a practicar a otra cancha, encargaron camisetas de un color diferente, conversaron con la hinchada para que redujera aquellos cánticos que amenazaban con hacerles un daño físico si no rescataban al menos un punto. Hasta accedieron a retirar las banderas en las que estaban escritos los domicilios de los futbolistas. Ni siquiera así volvieron a la senda del triunfo. Las goleadas en contra se sucedían a un ejercicio de autocrítica (o de supervivencia) los directivos dejaron su lugar a otros directivos, que poco pudieron hacer salvo continuar la política de modificaciones extremas, deshaciéndose del tradicional escudo del club, pintando las baldosas y adelantando los horarios de la gimnasia para la tercera edad, sin el menor éxito. Ni siquiera lograron empatar con el penúltimo de la tabla al poner papel higiénico doble hoja en los baños del estadio. Con poco (prácticamente nada) para perder, continuaron los cambios, cada vez más radicales. Hoy son una panadería atendida por el marcador de punta derecho y la delegada de divisiones formativas. El nombre del local no remite en absoluto al de la institución deportiva y el local está a kilómetros de la antigua sede. No hay elemento alguno que permita unirlo con aquel club de fútbol, excepto que se les acaban de quemar todos los bizcochos.