POR LOS BARRIOS MÁS REMOTOS. DE EMIRATOS A CATAR

CON LA GLOBA EN LA MOCHILA

Por Isabel Prieto Fernández

 

El fútbol uruguayo es una actividad itinerante. Convivir en varios países en poco tiempo puede resultar agotador, pero tiene sus ventajas. Si el futbolista tiene pareja e hijos, la experiencia es un plus en la cultura de los más pequeños. Túnel fue al encuentro de una de esas familias de emigrantes cuya próxima parada nunca se sabe dónde estará.

 

 

Santiago es uruguayo, pero vivió en cuatro países, tiene buen dominio del inglés, entiende bastante de árabe, ha hecho amistades de varias nacionalidades. Tanto te come harees, tamalitos de chipilín, como asado, aunque para él no hay como unos buenos alfajores con bastante dulce de leche.

María Eugenia, Maru para la familia y los amigos, vivió en dos países. Se lleva muy bien con el inglés, y rápidamente está aprendiendo árabe.

Santiago y Maru son hermanos. Él tiene siete años recién cumplidos, Maru pronto cumplirá los cuatro. Son los hijos de Silvana Fossati y Gonzalo Matraca Gutiérrez, ex futbolista y actual director técnico de fútbol, ayudante de Jorge Fossati, quien está al frente del Al Rayyan, actual campeón de la Primera División catarí.

 

En la casa de Uruguay

Los Gutiérrez Fossati tienen vacaciones, por eso vinieron para Uruguay, pero su residencia está, por segunda vez en la vida de este joven matrimonio, en Catar.

El apartamento de Pocitos es ideal para la familia. En esa zona montevideana los niños tienen amigos y primos. A Santiago lo fue a buscar un ex compañero del Colegio Inglés, de donde el año pasado tuvo que irse de un momento a otro cuando el padre y el abuelo firmaron con el Al Rayyan; a buscar a Maru llegó la tía. Los pequeños se van felices, olvidan abrigarse y la madre los tiene que andar corriendo por la casa explicándoles que puertas afuera existe el frío.

Cuando las risas y las discusiones quedan atrás, Silvana me invita a la cocina a aprontar el mate. Lava el termo, que es nuevo porque “el otro se me cayó y quemaba las manos”, explica; me cuenta de las bondades de la infusión, de lo que significa para los uruguayos y de la compañía que puede representar el mate. La dejo hablar hasta que cae en la cuenta de mi nacionalidad y mi residencia, entonces ríe. Tiene una risa franca.

Gonzalo está en el living, mirando un documental. Nos deja invadir su espacio mientras de a poco se va abstrayendo de la pantalla. Cuando pongo el grabador sobre la mesa ratona, baja el volumen del televisor.

En diez años de matrimonio vivieron en Bolivia, Honduras, Catar (donde fue concebido Santiago), Guatemala, y nuevamente Catar. En el ínterin, residieron durante tres períodos en Uruguay. En uno de ellos, nació Maru.

 

Historias nuevas

La pareja es joven, tiene una década juntos, pero con una vida muy intensa. A Silvana le gusta conversar, pero es de las personas que también saben escuchar. Gonzalo es más introvertido, pero se nota un hombre seguro al hablar, lo que hace que sus palabras tengan peso.

Cuando Gonzalo se fue a Oriente Petrolero aún no estaban casados: “Mi primera etapa fue Bolivia. Al principio me costó un poco. Tenía 24 años y era la primera vez que me iba de mi casa”. En esa época, Gonzalo era jugador de Danubio, pero ya lo había prestado a Racing y luego lo hizo al cuadro boliviano: “En Uruguay el jugador siempre está esperando irse, salvo que esté en un equipo grande. De lo contrario te cuesta mucho crecer como profesional y de formar una familia ni te digo. Nuestro noviazgo llevaba cuatro años, pensábamos en casarnos, pero con lo que yo ganaba era imposible, así que el pase a préstamo fue una buena oportunidad. Vine, me casé con Sil y nos fuimos. Con la compañía de ella fue distinto, conocimos gente y la situación comenzó a estabilizarse. Silvana está acostumbrada a vivir en varios países, lejos de su familia cercana, pero yo lo sufría. Ella me ayudó mucho en ese aspecto. Ahora vivir en otro país me parece normal”.

Silvana le ceba un mate y comenta “le sacás un poco el drama”. “Sí, es cierto –dice él–, también porque las distancias se te hacen más cortas; es desde acá que todo se ve más lejos. Los chiquilines también lo viven como algo natural, será porque lo viven desde chiquitos. Yo reconozco que tengo una ventaja muy grande”.

Silvana nació en Paraguay y en los siete primeros años vivió en cuatro países, igual que ahora lo hace su hijo: “Primero de escuela lo hice en Brasil, pero ya sabía hablar portugués y no tuve problemas con el idioma. Con la sociabilidad tampoco, a pesar de que cambié varias veces de país en mis primeros años. Será que mi mamá siempre nos transmitió que esa manera de vivir era algo natural. Yo quiero hacer lo mismo con mis hijos”.

 

El mundo con los niños

Cuentan que Santiago nació en Uruguay porque así lo calcularon: “Yo estaba jugando en Catar. Teníamos vacaciones largas como ahora y lo buscamos para tratar de meterlo en esos meses de vacaciones”, dice Gonzalo, con esos modismos que tienen los futbolistas. “Fue un golazo, entonces”, les digo. “Es que es así –refuerza él, sin notar siquiera lo que para mí era una broma– ¿Cómo hacés si el gurí te nace en Catar? Todo bien con la salud pública, es de buena calidad, pero el hombre no puede entrar al parto”.

El 6 de julio nació Santiago. A los dos meses Gonzalo volvió a Catar y poco después la familia se reencontró en suelo asiático, para volver casi enseguida.

Luego de una temporada en Deportivo Maldonado, la familia volvió a hacer las maletas con destino a Guatemala. Para entonces Santiago ya había cumplido el año. En esa tierra centroamericana el niño comenzó a ir a la escuelita, haciendo sus primeros amigos. Cuando retornaron a Uruguay, el pequeño hablaba con acento caribeño y en los cumpleaños infantiles esperaba a que el cumpleañero diera el famoso “mordiscón” a la torta antes de cortarla. La falta de esa costumbre decepcionaba a Santiago, que estaba convencido que al no haber mordiscón, sólo era una reunión, no un cumpleaños. Así que sin ningún tipo de complejos, de la manera natural que la madre quiere inculcarle –y vaya que lo logra–, Santiago era el único niño en suelo oriental que en cada cumpleaños, se autoalentaba delante de la torta al grito de “¡mordiscón, mordiscón!”, hasta hundir sus dientecitos de leche en el pastel.

“Cuando volvimos de Guatemala decidimos quedarnos para que Maru naciera acá. Al principio Santi preguntaba cuándo volveríamos ‘a casa’; rápidamente entendió que su casa volvía a ser esta. Luego firmé con Bella Vista, nació la hermana y durante un tiempo más estuvimos por acá”.

Silvana lo interrumpe riendo: “Después de Bella Vista fue la experiencia de Emiratos”. Vuelve a reír, mientras Gonzalo se acomoda en el sillón, entrelaza las manos detrás de la nuca, con la mirada perdida en el vacío, a todas luces recordando la situación, y hace la pausa para que Silvana lo cuente: “Cuando Maru tenía un año y Santi cuatro, nos fuimos a Emiratos Árabes. Primero Gonzalo, yo me fui al mes y pico. A las dos semanas que estamos allá, se rescinde el contrato. ¡Lo despiden! Yo había hecho todo lo que implica mudarse a Emiratos Árabes. Maru no se enteraba, pero a Santi le había hecho dejar la escuela. Bueno, estábamos allá y le digo ‘mañana vamos a ir a una escuelita a ver, blablabla’. Ese mismo día, de noche, nos dijeron que ya estaba. ¡Pah!, mi cabeza… Hice despedida acá, llantos, la escuela, dejamos regalitos para los amigos… Y yo decía ‘¿cómo voy ahora?’. Así que optamos por el método natural. Le dijimos ‘en unos días nos vamos a Uruguay’. ‘¿A Uruguay? ¿Por qué?’, ‘Porque el trabajo de papá ya terminó’. Yo no doy exceso de explicaciones, soy así. No preguntó más nada, no digo que en sus cabezas hayan pasado más cosas. Pero para él ya está”.

Gonzalo continúa: “Nos vinimos y habían empezado a trabajar todos los equipos en todos lados, así que pensamos que nos habían tocado vacaciones largas. Nos fuimos a Brasil y a los días nos llamaron de Peñarol. Nos tuvimos que venir. Santiago quiso saber por qué nos íbamos y Silvana le dijo que yo empezaba a trabajar. Entonces le pregunto ‘¿a dónde?’. Él pregunta el destino con naturalidad”.

“Dejame que te cuente esta anécdota”, dice la madre: “Los primos son todos de Nacional y él se une a la mayoría. Cuando se firma el contrato y todo eso, estábamos todos reunidos y el padre lo llamó al cuarto para explicarle por qué era la reunión. Cuando salió, le gritó al primo: ‘Gastón, no somos más de Nacional, ahora somos de Peñarol’. Si para él es tan sencillo… Eso ayuda muchísimo”, dice con tono de alivio.

 

Catar, la escuela y Maru que crece

El diálogo continúa. En la mesa ratona acompañando el grabador, hay un plato grande o una bandeja pequeña con plantillas y otras masas por el estilo. La rueda de mate sigue. Los observo con atención, aunque intento que no se den cuenta. Se ven tan rioplatenses, se escuchan tan uruguayos, que intento imaginarlos en el oeste asiático, a orillas de las aguas del golfo Pérsico o andando a camello. Imposible, lo más lejos que llega mi creación es a verlos recorriendo la bahía de Doha en velero, mientras se ceban unos mates y sueñan otros derroteros.

Les pregunto por la educación de los niños, la escuela, los amigos. Cuentan que siempre fueron a colegio bilingüe, “para que el inglés no les sea extraño”.

Gonzalo expresa que Santiago va a un colegio internacional finlandés, “que está muy bueno, pero Maru no puede porque es a partir de los cinco años, así que va a otro, que también es bilingüe. Es un buen colegio de preescolares”.

Silvana considera lo mismo, y dice que, si bien las exigencias que ellos ponen para la educación de sus hijos no hace diferencia entre el uno y la otra, el varón está en la etapa en la que los padres ponen hincapié en que la currícula sea buena. Y el colegio finlandés los tiene muy conformes: “Son unos fenómenos en educación. No son excesivamente exigentes con la parte académica, son más con la disciplina, pero no por la rigidez sino con el respeto, los valores en relación a los compañeros…

le prestan mucha atención al bullying.

Les interesa más eso, que les salgan bien las cuentas”.

Gonzalo asiente y agrega: “La base es enseñarte a pensar por medio de juegos, a tomar decisiones. Van a hacer gimnasia y hacen juegos donde aplican matemáticas, lenguaje, ciencias… Todo está unido con todo”.

“No tienen bancos, son mesas como las de jardín de infantes pero más grandes. En el salón hay unas pelotas gigantes, de las de gimnasia. Los niños se van rotando para sentarse en ellas. Es para controlar la inquietud, porque si no se quedan quietos se caen. Tienen esas cosas; el reciclar es otra”, explica Silvana.

Catar tiene un alto porcentaje de población extranjera. Los niños llegan con distintas costumbres, son hijos de distintas culturas. En enero se celebra el Día Internacional, se organizan ferias en muchas escuelas y los padres pueden poner un stand de su país. Silvana cuenta que ella estaba sola: “Entonces nos unimos con una chilena, una colombiana y una mexicana e hicimos el ‘stand latinoamericano’, para que fuera un poquito más contundente. En la página del colegio estaban los comentarios de padres. Casi todos eran de árabes resaltando qué hermosa experiencia, cómo fuimos capaces de convivir tantas personas de culturas y cabezas tan diferentes, qué divino si se tradujera un poquito al resto del mundo. De verdad había que ver lo que era, todos queriendo conocer las cosas de los otros, probando comidas de todos lados”.

Silvana llevó empanadas, pero confesó que fueron hechas por su madre, alfajores y dulce de leche.

Gonzalo considera que la experiencia que viven sus hijos es valiosísima: “Hasta la chiquita te habla de otros países como si nada. Se ponían ropas de otros lados, Maru hablaba en árabe con otros niños. Porque anda volando para el árabe, y para el inglés también.

No sólo los hijos tienen vida social, los padres también: “Tenemos amigos españoles, colombianos y nosotros. Formamos un grupo muy lindo”, dice Silvana.

“Es verdad –agrega Gonzalo–. Todos somos excelentes padres. Cuidamos a los niños, mientras las madres se divierten”.

El Matraca dio un cabezazo a la pelotita de servilleta que Silvana Fossati le tiró entre risas. El balón improvisado fue a parar entre las plantillas de confitería. De más está decir que contuve mi grito de gol.

 

 

 

 

Una cuestión de idioma

 

Maru tiene casi cuatro años, que no es lo mismo que decir que tiene tres. Es uruguaya, apreciación que no es menor para quien vive fuera de los límites de este territorio. Quien nació en esta tierra no basta con que diga su nacionalidad, tiene que explicarla. Algunas veces “Suárez” es una buena respuesta; otras, no alcanza.

Apenas llegada a Uruguay, la pequeña fue a visitar a los abuelos paternos. La notaban callada, un tanto ajena al entorno. Le preguntaron si extrañaba y ella dijo que no. En determinado momento, estando la abuela en la cocina, se le acercó y le dio unos toquecitos a la pierna, para llamar su atención. Cristina Torres miró hacia abajo, la niña hacia arriba, directo a los ojos: “¿Abuela, hablás inglés?”, preguntó expectante. La respuesta fue negativa. Entonces Maru dijo con decepción: “Eso es lo que no me gusta de Uruguay, que nadie me habla en inglés”.

 

 

Diversidad cultural

 

Santiago cumplió los siete años en Uruguay y los festejó en un salón de esos equipados con juegos para niños. Como es fanático del Barça, su torta ilustraba la camiseta de ese cuadro de fútbol, al igual que los souvenires. Por primera vez en cinco años, al llegar el momento de cortar el pastel no hizo el mordiscón guatemalteco. En lugar de eso, luego del clásico “Feliz cumpleaños” en español, Santiago, con los brazos en alto pidió atención: “Ahora lo vamos a cantar en árabe”, dijo en voz alta y segura. Y lo cantó nomás. Contó con la compañía de las voces de los hijos del preparador físico Sebastián Avelino, quienes también viven en Catar.

 

 

 

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