ENTRE LA MÚSICA POPULAR URUGUAYA Y EL FÚTBOL

DAR LA NOTA ES GOL

Por Patricia Pujol

 

–Dos licores de grappamiel –pide el autor apoyando las dos manos sobre el mostrador.

–¿Con hielo? –pregunta el mozo que está de buzo gris de lana, detrás de la barra pero juega de volante.

El autor es Mateo Magnone Hugo, fundador, letrista y segundo en una murga que “corre en chancletas”, conductor del recientemente estrenado programa radial El germinador, en Emisora del Sur, y columnista del veterano Deportivo Uruguay, de Radio Uruguay. En tardes de radio nos conocimos.

El mozo-jugador de fútbol es Joaquín Noy, tiene a su espalda las botellas de vino y vermouth que vacía en sus turnos de cantinero a contra horario de sus turnos de corredor en pantalón corto.

Un poco más arriba, en una percha azul, cuelga la camiseta blanca con franjas negras. El número seis está en rojo.

Las cosas se mezclan en la cantina del Club Miramar Misiones. Es domingo, está húmedo y todo parece más domingo que nunca. Joaquín jugador le regala la camiseta a Mateo futbolero y me piden que les saque una foto, delante de un retrato de Carlos Gardel que lo mira todo.

Hay una vitrina con copas, cuadros con fotos en blanco y negro de jugadores que visten las paredes, un grupo de diez hombres sentados en sillas rojas que espera la señal de largada para el ensayo de la murga.

No se me ocurriría preguntar cómo Mateo escribió este libro, entonces pregunto ¿cómo Mateo no iba a escribir este libro?

 

* * *

 

Hace apenas dos meses llevó a su hijo, Emilio, por primera vez a la cancha. Jugaban Miramar Misiones y Progreso en el Méndez Piana y era buena idea empezar por ahí. Mateo padre intentó transmitirle a su niño, de año y medio, algo que él vivió a los cinco, a unas cuadras de distancia, cruzando el Parque Batlle. Aquella tarde de 1991 en la que la familia se preparaba para el clásico entre Nacional y Peñarol, Mateo entró al Estadio Centenario por primera vez, de la mano de su padre, junto a su tío y su primo. Como todo gurí que debuta en cancha no vio el partido. Se entretuvo en otras cosas más interesantes en la tribuna Olímpica, así como hace sesenta días lo hizo Emilio en cancha chica.

Vivir el fútbol es oler el pasto, entender el juego en ese gesto de estar presente en un encuentro que empieza y termina, y al mismo tiempo no empieza ni termina dentro de los muros de los estadios.

Hay más fútbol en la historia de Mateo. Jugó en el baby en River Plate y luego en el UGAB, alentado por los primos. De adolescente, siguió a sus amigos en el fútbol sala de Basáñez y por ahí quedó aquel chiveo de pelota en los pies.

Es hincha de Nacional y sufre las derrotas como un condenado. Quiere hacernos creer que las piensa, las medita, las dibuja, pero no. Sufre y cuando lo hace, guarda silencio.

Hay más música en la historia de Mateo. Su apellido es canción conocida. Creció en una familia rodeado de partituras e instrumentos. Los más de seiscientos kilómetros que separan Montevideo de la casa del abuelo Magnone en Bella Unión, Artigas, donde tenía un aserradero, se viajaban a Lado A y Lado B de casete en el auto familiar. Entonces, sonaba Jaime Roos de pe a pa. Mateo tuvo demasiado tiempo y poco espacio para memorizar todas las letras. Aprendió canto con Alejandra Goldfarb, un poco antes de saber hacer la moña de los cordones de sus zapatos. A los cuatro años cantó en el coro de Mariana Ingold y participó en la grabación del disco Kids.

Suena extraño, ya sé, pero Mateo no fue un botija de tablado, aunque en su barrio natal, Peñarol, la Contrafarsa le quedaba a mano. Recién en la época de la adolescencia, por 2004, se enganchó con la murga joven. Hoy, Correla que va en chancletas –¿acaso una murga sin traje?– le consume gran parte de sus ganas y de su tiempo, y cuando canta, sabe que todo eso vale la pena.

El libro Uruguayos cantores reúne a casi todos sus Mateos. Además, información documentada sobre el cancionero popular uruguayo y un recorrido en orden cronológico entre letras, testimonios, aproximaciones e interpretaciones del autor sobre algunos huecos y variaciones en las historias.

“Es muy utópico construir la historia del vínculo entre la música y el fútbol porque es muy abarcativo. Además, en este libro no abordo el tema de los himnos de los clubes, por ejemplo. Entonces opté por constituir historias desde distintos puntos de vista y en distintas etapas. No había libros sobre la temática, había notas sueltas, por eso la parte de investigación fue bastante virgen”.

Mateo autor detiene la púa sobre el disco en algunas canciones. Lo hace, por ejemplo, con Uruguayos campeones. Tuvo tantos cambios en la letra que la curiosidad picó fuerte: decidió adentrarse en el asunto y tratar de contestar por qué se nombra a esos países. “La original habla de los rivales de la Copa América en Chile de 1926, pero luego se reformula en 1950. No le pregunté a Jaime [Roos] por qué le canta el Canario Luna, en su versión de 1989, a los japoneses, si Uruguay nunca los tuvo de rival. Supongo que será por esa anécdota de Obdulio Varela, que le decía así a los extranjeros. Entonces, voy compartiendo algunas ideas de lo que, a mi entender, puede haber pasado y ensayo algunas explicaciones posibles”.

“Además, en la historia de Uruguayos campeones, que fue parte de un espectáculo de Carnaval del año 1927 de Los Patos Cabreros, era difícil encontrar un testimonio vivencial. La canción nació ahí. En la casa de mi padre me encontré con dos libros que luego le robé, de Hugo Alfaro, el padre de Milita –que también está citada en muchas ocasiones–, donde cuenta, en distintos momentos, su vivencia viendo a la murga –en el tablado Cidriz, en la esquina de Justicia y Lima–. Me crucé con eso sin querer y es un aporte notable. Ojalá hubiera una grabación”.

Desde Vayan pelando las chauchas a Cielo de un solo color, el trayecto se hace a la velocidad de la flecha del tiempo y aparecen los autores, sus creaciones y las hazañas deportivas. Estas variables hilan un viaje que termina con la canción que Gerardo Dorado El Alemán le hizo al maestro Óscar Washington Tabárez tras sus diez años en la conducción de la selección uruguaya, meses antes de que Mateo cerrara el libro.

De los cuatro capítulos escritos, ‘El fútbol en sentido metafórico’, el segundo, es el que Mateo siente con mayor cercanía. En él aparecen los testimonios de Jaime Roos, Mauricio Ubal, Jorge Lazaroff, Leo Maslíah y Alfredo Zitarrosa. Estos artistas forman parte de su experiencia más visceral entre la música y el deporte. Que no hayan sido sus contemporáneos es un dato irrelevante.

Ya no desde el casete que sonaba en la ruta, Mateo autor se encontró con Jaime Roos para completar la información. Roos le contó que en Argentina ha sorprendido que no exista una canción a la selección como sentimiento detrás de la camiseta, tal como sucede por este lado del charco. “Hay una cuestión de reproducción, de fácil acceso a las personas para escuchar, porque las canciones más conocidas sobre Uruguay estuvieron en Carnaval o tienen música de murga. Eso hace que esté más cerca de la gente y se vuelva más popular. Argentina se comió, en línea textual, una temática enorme. Ahí somos distintos a ellos y, tal vez, nos podemos parecer más a Brasil en la región, que tiene más canto al fútbol, similar a lo que sucede en Uruguay. Pero similar no es lo mismo”.

¡Uruguay no má’!

 

* * *

 

Mateo murguista se incorpora al coro de Correla que va en chancletas, que hace rato empezó a despuntar cuartetas en el fondo de la cantina.

Aparece Joaquín con dos cargas de agua caliente para estirar los mates de los que cantan.

Llueve y la murga entona su retirada, la de 2011.

“Cantar para resistir

contra el olvido tengo siempre una canción.

Cantar para compartir

las emociones que alegra nuestro vivir”.

 

 

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