DOPING POSITIVO

EDUCACIÓN, EDUCACIÓN, EDUCACIÓN

Por Mauricio Bruno

 

El 11 de marzo de 2008 el ministro de Economía argentino, Martín Losteau, anunció la puesta en marcha de un nuevo sistema de retenciones a las exportaciones de varios productos primarios –soja, trigo, maíz y girasol–, consistente en atar la tasa de recaudación fiscal a la evolución de sus precios internacionales. Como el precio de la tonelada de soja prácticamente se duplicó entre 2007 y 2008, esto significaba que los productores deberían tributar el doble por cada tonelada exportada de lo que venían haciéndolo hasta ese momento. Por eso, el mismo día que se anunció la medida, las principales gremiales de productores rurales argentinas declararon un paro por tiempo indeterminado, que duró cuatro meses. A partir de entonces se abrió en Argentina lo que luego se conoció como “la brecha”, una distancia insalvable entre aquellos que respaldaron el paro patronal –en la medida en que lo interpretaron como el símbolo de la resistencia ante un gobierno corrupto y populista, que no hacía otra cosa que vaciar los bolsillos de los ciudadanos de bien con elevados impuestos para compensar su errático manejo de las cuentas públicas y financiar su clientela política– y los que cerraron filas con el gobierno, señalando que lo que estaba en juego era la oportunidad de avanzar en una distribución más equitativa del ingreso, evitando la concentración de los frutos del crecimiento de la economía argentina en pocas manos. De un lado, digamos, Jorge Lanata, del otro Víctor Hugo Morales.

Los doce años de gobierno kirchnerista terminaron hace poco. Los diez años del proceso Tabárez abrieron una brecha tan grande como la argentina, que me gustaría repasar a continuación.

Cuando Uruguay perdió con Venezuela y quedó eliminado de la Copa América Centenario, empezaron a moverse algunas piedras y de abajo salieron esas víboras que en su momento se habían escondido, a la espera de un clima más amable. Por su puesto que estoy hablando de los contra sistemáticos, aquellos que desde el día uno están convencidos de que Tabárez es lo peor que le pasó a la selección uruguaya y de que debería irse cuanto antes, bajo argumentos tan heterogéneos como que se “guarda los cambios” o que un tipo en silla de ruedas no puede dirigir.

Vale decir también que entre la gente que critica a Tabárez hay quienes usan argumentos futbolísticos de lo más respetables, a los que no pretendo meter en la bolsa de las víboras. Uno de ellos, hace poco, señaló una cosa interesante en su Facebook. Palabras más, palabras menos, decía que los fanáticos de Tabárez nunca hablan de fútbol, sino que exhiben estadísticas y números; a diferencia del Maestro, para ellos la recompensa sería el resultado y nunca el camino y, de esa forma, evitarían meterse en el espinoso tema de lo supuestamente mal que juega la selección. Por su puesto que yo discrepo con esta idea, pero me interesa porque sirve para delinear a los que están del otro lado de la brecha: de un lado, como dijimos, están aquellos agazapados a la espera del mínimo tropezón para poner en juego sus viejos reclamos de renuncia. No todos son víboras, pero predominan. Y del otro –entre los que me incluyo, acá no va la de ser neutral– los incondicionales de Tabárez, los que creemos que el camino es algo mucho más amplio que uno u otro dispositivo táctico, los que pensamos que el proceso de trabajo en las selecciones nacionales encabezado por Tabárez es no lo mejor, sino lo único bueno que le ha pasado al fútbol uruguayo en los últimos veinte años y que el día que Tabárez se vaya va a dejar una selección competitiva en todas sus categorías, un piso de trabajo mucho más estable que el que él encontró y que ojalá el fútbol uruguayo sepa aprovechar.

Claro que la realidad no es binaria y que no todo el mundo está de un lado o del otro. Haciendo equilibrio en el puente fino e inestable que une ambos lados de la brecha hay una amplia gama de indecisos, aquellos que el viento de la historia empuja hacia acá o hacia allá dependiendo del lugar desde el que sople. Como en política, estos son el objeto de deseo de los que velan armas a un lado y otro de la brecha. Haber conquistado a la mayoría de ellos es una de las grandes virtudes del proceso Tabárez y seguramente una de las que explique su sorprendente continuidad en el tiempo.

Un ejemplo: hace algunos años, cuando Facebook era una cosa más inocentona, estaba de moda hacer “grupos” que no tenía fin práctico alguno, sino simplemente mostrar que formabas parte de una determinada comunidad. Iban desde el “Para los que damos vuelta la almohada buscando el lado frío” hasta “Contra el golpe de Estado en Honduras”; cosas así. Florecían rápido, tenían un breve auge y, como las mariposas, morían enseguida. Uno de los que más recuerdo apareció el 5 de setiembre de 2009, horas después de que Uruguay perdiera 2-0 contra Perú en Lima y quedara al borde la eliminación del mundial de Sudáfrica. Se titulaba algo así: “Por la deportación de Luis Suárez y el Maestro Tabárez. Esos dos perros nos dejan afuera de Sudáfricaaaa!!”. Lamentablemente Facebook tiene un pobre sistema de archivo y hoy es imposible encontrar esos grupos, pero durante algunos años ese en particular me sirvió como escarmiento de aquellos exitistas que, a partir de 2010, se subieron al carro del triunfo. Cada vez que veía que alguno de mis amigos deportadores se babeaba con Suárez o estaba “orgulloso de ser uruguayo” ante alguna declaración grandilocuente de Tabárez contra la FIFA, me gustaba recordarle su pertenencia a esa comunidad, de la cual nunca se había tomado el trabajo de borrarse.

Por supuesto que, con el tiempo, me aburrí de enrostrar viejos pecados y, además, me di cuenta de que esas personas ya no eran las mismas. Esa gente aprendió a tener paciencia y hoy, ante contextos similares, reacciona diferente. Ese es el resultado de un verdadero trabajo contrahegemónico llevado a cabo por Tabárez y los suyos. En un contexto de ansiedad, impaciencia y exasperación ante el mínimo contratiempo, en un ambiente futbolístico acostumbrado a cambiar una o dos veces al director técnico de la selección en medio de las eliminatorias y que, además, había normalizado la idea de que los jugadores de la selección tienen que ser “los que pasan por el mejor momento”, aunque esto signifique cambiar medio cuadro cada seis meses y que la agenda sea marcada por la sección “goles uruguayos en el exterior” de los informativos, Tabárez construyó poco a poco un sentido común diferente. Que, por supuesto, se apoyó en resultados –ya no es necesario repetirlo– pero también en un sistemático trabajo educativo. Tabárez formó y educó un público, mediante la titánica tarea de explicar, en forma paciente y didáctica, cuál es y cómo funciona el proceso para tomar decisiones que debe realizar el director técnico de un equipo profesional de fútbol. Que muchos hayan entendido la importancia de formar jugadores de selección desde divisiones inferiores, de trabajar con un grupo estable y de confiar en él, de priorizar la convocatoria de aquellos futbolistas que tengan capacidad para jugar en varias posiciones y que, además, entiendan que sus condiciones individuales deben estar al servicio del equipo, de no improvisar nombres cuando las lesiones o las sanciones resienten al grupo y de convocar, por el contrario y en el entendido de que se amoldarán con mayor facilidad, a aquellos futbolistas que han pasado por el proceso de trabajo pese a que haga mucho tiempo que no vengan, de respetar a los referentes del grupo pese a que ya no rindan lo que antes y de no quemar jugadores jóvenes aunque el grito desesperado de la tribuna reclame un salvador o pida una nueva promesa, no es casualidad.

Las conferencias de prensa de Tabárez han sido lo que las cadenas de televisión fueron para el kirchnerismo. En un contexto de oposición o ignorancia periodística, la línea más directa posible con el público. Es cierto que muchas veces se le ha ido la moto y ha sobrado o maltratado periodistas ante preguntas que no lo ameritaban, pero supongo que debe ser cansador tener que explicar una y otra vez las mismas cosas a las personas que, se supone, más preparadas deberían estar para entenderlas. Tabárez tomó a su cargo una tarea educativa que los periodistas deportivos –a grandes rasgos: es obvio que esta generalización es injusta con muchos– no asumieron ni asumen, puesto que han estado más preocupados por opinar si las cosas están bien o mal –o por señalar qué harían ellos si fueran directores técnicos– que por poner en contexto las decisiones del entrenador, es decir, por arriesgar hipótesis acerca de por qué hace eso y no lo otro. Hay que recordar que la mayoría de nosotros, los uruguayos, los tres millones de directores técnicos, no tenemos la menor idea de cómo funciona el fútbol profesional y no la vamos a tener si las personas que deberían comunicárnoslo se dedican a simular conversaciones a gritos en un boliche –como hacen los popes de nuestro periodismo deportivo– o a bailar frente a cámaras y sacarse cartel de que embocaron el resultado de un partido, como hace el nuevo periodismo deportivo, ese más “descontracturado”, que heredamos del mercado yanqui y que se puede ver, por ejemplo, en las transmisiones de Direct TV.

En un contexto tan difícil, haber logrado tallar en la cabeza del público, como lo hizo Tabárez, es casi un milagro. Antonio Gramsci estaría orgulloso.

 

 

Compartir en Facebook