TODO EL CUERPO

Por Mauricio Bruno

 

Levanta la rodilla izquierda unos veinte centímetros, hasta que su pie cuelga del aire como el de una bailarina de cabaret. Arquea casi imperceptiblemente la punta de los dedos, como si imitara el zapato de un duende y aprieta en el empeine la pelota como un huevo en la huevera. Entonces, dentro de su cuerpo, alguien destraba una polea y súbitamente se activa un mecanismo de resortes por el cual la rodilla sube con violencia, como la piña al mentón de un boxeador, al tiempo que la presión de sus dedos sobre la pelota cede y el pie inicia un movimiento circular hacia adentro sin otro fin que el de rodearla por completo y volver a depositarse en el mismo lugar en que estaba, y esto con la velocidad suficiente como para que la pelota no llegue a enterarse nunca de que, en ese ínterin y por efecto de la ley de gravedad, tendría que haberse caído.

Cuando era niño, este tipo de chiches me estaban prohibidos. Podía pasar la pelota correctamente, mandarla a guardar, correr mucho y raspar en la marca, pero no podía darme gustos. Mi cuerpo me lo impedía.

Años después, ya adolescente, vi un especial sobre Maradona en TyC Sports. En un bloque del programa, justo antes de ir a la pausa, la cámara se tomó diez segundos para encuadrar frontalmente la zurda del Diego, desde la punta del pie hasta la rodilla, y luego mostrar –en una cámara lenta preciosa, cargada de erotismo– cómo la bocha en principio apretada en su empeine quedaba justo en el mismo lugar, flotando en el aire, luego de que la pierna la abandonara súbitamente y diera una vuelta al mundo para colocarse, otra vez, en el mismo sitio, tal y como cuento en el primer párrafo.

Era una tarde de sábado. Había almorzado y estaba al pedo, así que agarré una pelota, salí afuera y empecé a probar. Había tratado de hacer esa jugada miles de veces y nunca había podido. Tenía amigos que sí; los envidiaba. Pero recién esa vez, cuando vi la jugada en cámara lenta, entendí los mecanismos corporales que debían activarse para que esa pelota no cayera. Entonces traté de imitarlos. Y lo logré. Sí señores, lo logré. Hoy tengo 31 años y ese es el único lujo que mi cuerpo –probablemente aburrido de que lo forzara a repetirlo hasta el hartazgo– me ha permitido en toda la vida.

Hacer un lujo no tiene nada que ver con saber jugar al fútbol. Por algo los tipos que en los semáforos descosen una pelota de tenis con cualquier parte del cuerpo antes de que vuelva la luz verde, no son futbolistas profesionales.

Además, como dijo Solari, el lujo es vulgaridad. Sólo cumple una función dentro de la cancha y es la de ofender al rival buscando forzar un golpe artero que lo deje con un jugador menos.

Pero la capacidad de ejecutarlo expresa, generalmente, una potencia futbolística, una base que no es suficiente pero sí necesaria, un destello que demuestra la capacidad de control sobre el propio cuerpo. Y ahí está la diferencia. Porque en el fútbol, controlar la pelota no importa; lo que importa es controlar el cuerpo, dominar esas terminaciones nerviosas que interactúan con la cosa redonda y de cuero y con el físico de los otros.

Aceptemos el esquema de que, en los seres humanos, la psique y la carne son dos cosas distintas. Están separadas y la primera le da órdenes a la segunda. De lo rápido que viajan esas órdenes depende nuestra capacidad para controlar el cuerpo. En la medida en que esa distancia se acorta, tenemos mayor soberanía.

Ahora bien, imaginemos una eventualidad (por definición, imposible, puesto que hemos aceptado el esquema de que ambas dimensiones del ser están separadas) en que psique y carne se unan. Estamos proponiendo que la distancia entre los extremos se acorte tanto que ya no sea posible distinguirlas. Que se superpongan, se mezclen, sean indivisibles. Bueno, en el fútbol, esa eventualidad se llama Maradona.

Si no me creen, miren al Diego en YouTube. La apariencia es que lleva la pelota atada. Pero hagan el esfuerzo de evitar el poder hipnótico de la redonda y fíjense en los movimientos de su cuerpo. Y luego compárenlos con los movimientos de los jugadores que lo rodean. Miren cómo su tobillo izquierdo puede girar casi noventa grados hacia afuera (sin involucrar al resto de la pierna) para introducir el pie debajo de la pelota y meter un pase al vacío imposible. Miren cómo sus cuádriceps pueden contraerse en una milésima de segundo y dispararlo en una carrera felina y luego vean cómo pueden contraerse de vuelta para frenarlo en seco mientras su perseguidor se desparrama. Y miren cómo puede amagar con la pierna, amagar con el torso, amagar con el pelo, y presten atención a cómo, con cada amague, los restos del defensa se desmoronan como los de un edificio viejo y podrido, mientras la pelota, en medio de ellos, rueda suavecita, sin que nadie la toque, hacia la línea de fondo, y antes de que se vaya, cuando el rival es sólo escombros, la zurda gatilla y pone el centro entre el punto penal y el borde del área chica. Eso no es un cuerpo. Es algo más. Yo no puedo separar el dedo medio del anular.

Hace un par de días tuve fútbol 5. Volví a casa caminando, con un amigo. Hacía mucho que no jugaba y por eso me dolía todo, tanto que le comenté sobre lo insano que me parecía ese deporte, que destroza los tobillos, las rodillas y los dedos gordos (bueno, esto último me pasa sólo a mí). Y mi amigo, que es muy de la paz mental y todas cosas, me dijo que todo lo contrario, que el fútbol 5 es una instancia de sanidad, porque es el único momento de la semana en que no piensa en nada, en que se abandona a los movimientos instintivos de su cuerpo. “Cuando pateás”, me dijo, “no pensás en cómo le vas a pegar; vas y le pegás. Y podés patearla dos veces exactamente igual y una clavarla en el ángulo y otra mandarla a la mierda. Y lo bueno es que eso no depende de vos, por lo menos no conscientemente; el cuerpo lo hace solo”.

Para mí es todo lo contrario. Aquellos que nacimos con un hueco grande como un océano entre la psique y la carne y que, de niños, no lo achicamos mediante la incorporación de fundamentos técnicos, tenemos que pensar cada cosa que hacemos adentro de la cancha. Si la pelota viene de aire tenemos que calcular dónde va a caer en función de su velocidad y ángulo de incidencia y debemos correr hacia allí a pesar de que, aparentemente, vayamos hacia un vacío, porque una vez que estemos en nuestro destino coincidiremos con la pelota. Y tendremos que acomodar el pecho formando un ángulo tal que dirija el rebote, con la violencia justa, hacia un lugar de la cancha que esté bajo nuestro control. Y si vamos a patear de media distancia tendremos que acomodar el cuerpo, esperar que la pelota se ubique en el lugar justo, evitar la ansiedad de golpearla antes de tiempo por miedo a que nos la roben y dar los dos o tres pasos necesarios, firmes, seguros, para poder pegarle con la parte del pie que queremos.

Para algunos, todo eso es instintivo. Su cuerpo y su mente son lo mismo. Para otros no y eso se nota incluso entre los futbolistas profesionales. El mejor ejemplo: Diego Forlán. En su caso, la psique y la carne son dos instancias claramente diferenciadas, los mensajes viajan lento de un lado al otro, pero su cuerpo se ha entrenado para convivir con esa incertidumbre. Cada movimiento de Forlán es un razonamiento inductivo, es la confianza en que sus previsualizaciones van a hacerse reales. Él sabe que si deja correr la pelota, se toma el segundo necesario para abstraerse de lo que pasa alrededor, ajusta el ritmo de la marcha –tal y como un basquetbolista prepara la bandeja– y finalmente impacta la pelota con el empeine en su centro de gravedad, como tantas veces la bola va a viajar violenta hacia los tres palos.

Dos tipos de genialidad.

 

 

 

 

 

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