EGUREN TRANCA FUERTE

"TENEMOS QUE SABER  EL  LUGAR QUE  OCUPAMOS Y LA RESPONSABILIDAD QUE NOS DA SER JUGADORES DE FÚTBOL"

Por Federico Zugarramurdi

 

Agradecido con el fútbol, Sebastián Eguren estuvo a punto de abandonarlo en 2004 tras el dopaje positivo que lo alejó de las canchas por seis meses. Fue un punto de inflexión: “O me vencía y quedaba por el camino, o entregaba todo para tener una carrera que, quizás, en ese momento, pensaba que iba a ser imposible”. Hoy con 35 años sigue jugando en el club del que es hincha, “habiendo pasado con la selección los mejores momentos de mi vida”, dice.

 

Atrás habían quedado los primeros pasos en el club de baby fútbol El Hornero y las formativas en Wanderers donde llegó a los diez años. “Era un entorno muy competitivo pero muy lindo”, asegura. “Fue el lugar donde me formé con los mejores entrenadores, porque más allá de que hubo dificultades económicas, el club siempre nos dio profesionales de primera”. En el club bohemio consolidó un grupo de amigos con los que más tarde salió campeón de la B y ganaría la Liguilla que los llevó a la Copa Libertadores en el 2000.

El equipo del Prado también le permitió jugar con dos ídolos de su infancia. “Primero fue con Tony Gómez en el 99. Era una locura. Estaba jugando con el mismo tipo que la colgó en el 88”. Con Santiago Ostolaza, al año siguiente, fue diferente: “Sentía una identificación con él. No sé si por el puesto, por el número, por la manera de ser, o hasta por el apellido vasco. Ver el tipo de persona y profesional que era me hizo confirmar que era el ídolo que admiraba desde chico. Hablaba poco pero tenía la palabra justa siempre. Era todo un ejemplo”.

Más tarde, lo volvería a encontrar en Nacional, pero esta vez como entrenador: “Transmitía toda su energía ganadora, su pasión por el fútbol. Es el tipo más honesto que conocí en el fútbol. No sé si es por eso que no ha trabajado todo lo que realmente merece”.

Justamente el Vasco fue uno de los responsables de que no colgara los botines. Tras el incidente del dopaje, Eguren sintió una gran desilusión y desconfianza con el entorno del fútbol. Y si volvió a ponerse los cortos fue gracias a su respaldo: “Yo me había ido a España a ver a mi familia. Me llamó y me dijo: ‘Yo te necesito en el grupo, te necesito acá, dentro de poco vas a volver a jugar’. Me llenó la cabeza en el buen sentido: de la necesidad que tenían de mí. En realidad el que precisaba el fútbol era yo”.

 

¿Cómo fue el salto a Europa?

Tenía 24 y me fui con Alejandro Lago al Rosenborg de Noruega. Fue una aventura. Empecé a aprender cosas que para mí no eran habituales. Yo era un tipo desbolado y tuve que empezar a hacer declaración de impuestos, a ahorrar, a ser responsable con la plata.

Prácticamente, los futbolistas, con veinte años pasamos –por los ingresos– a ser jefes de familia y a tomar decisiones. Y no estamos preparados. Vas aprendiendo sobre el camino, entre macanas y aciertos. Además era un idioma nuevo; una cultura nueva. Se acababa todo a las cuatro de la tarde. Un frío tremendo pero sobre todas las cosas muy oscuro.

El mayor aprendizaje fue la parte futbolística. Jugué bárbaro –Champions inclusive– hasta que al año siguiente vino un nuevo entrenador que trajo a dos africanos y nos dijo que no nos iba a tener en cuenta. Me convencí de que le iba a ganar y pensé que di todo, pero realmente no di todo y no me pude ganar al entrenador, así que me fui a Suecia.

Ahí fue otro descubrimiento. Encontré a la madre de mis hijos y una ciudad alucinante desde todo punto de vista. Culturalmente muy parecidos pero también muy diferentes. Hay muchos latinos y extranjeros, es una ciudad muy cosmopolita.

El fútbol me vino bárbaro. Agarré una confianza tremenda y empecé a rendir lo que en un momento pensé que podía dar. Porque había llegado a creer que, por el físico o por la manera de ser, no me daba para jugar en Europa. Ahí sentí que lo podía dar y fue así que llegué al Villarreal.

 

¿En el Villarreal fue tu mejor momento futbolístico?

Sí, porque tuve compañeros que me hicieron jugar muchísimo mejor. Por la exigencia: jugaba con tipos que jugaban mucho mejor que yo y para compartir una cancha con ellos tenía que estar a tope en lo físico, en lo técnico, en la concentración y en lo psicológico. Y porque te ayudan a mejorar. Porque te dan la pelota como te la tienen que dar y te enseñan cómo quieren que se la des.

Para mi fue grandioso. Jugué y luché el puesto con Edmilson que fue un 5 que admiré. Cuando él llegó desde el Barcelona a jugar con nosotros pensé: “¿Y ahora cómo hago para jugar?”. Pero terminé jugando. Me daba cosa, a veces, ver que él entraba por Marcos Senna y terminábamos el partido juntos. Para mí fue un privilegio y un orgullo haber jugado con un tipo que en mi puesto fue uno de los mejores que vi.

 

¿Qué otros compañeros o técnicos marcaron tu carrera?

Haber llegado a Primera con todos mis amigos me marcó muchísimo, y haber estado con mis héroes de mi infancia también. Tuve a [Hugo] De León en Nacional. Daniel Carreño me marcó muchísimo por lo que es como persona. La mayoría de los técnicos que tuve me dejaron muchas cosas.

De compañeros, sobre todo como líderes, creo que Diego Lugano está por encima de todos. Fue el mejor liderazgo que tuve. Tenía un magnetismo especial y asumía un montón de cosas con mucha naturalidad. También el maestro [Óscar] Tabárez.

 

¿Cuál fue el DT del que más aprendiste?

[Manuel] Pellegrini. No digo que fue el mejor, pero fue el que me abrió los ojos. Me enseñó cosas prácticas para mi juego y me hizo ver muchas otras cosas que yo no veía en el fútbol. Tenía mucha claridad y era un entrenador de la gran siete. Además de toda su formación tiene un temperamento muy especial.

 

¿Qué enseñanzas te dejó tu carrera?

Sé que soy más paciente, pero no todo lo que debería ser. Aprendí, sobre todo, el valor que me han dado los grupos humanos: lo que es un grupo y cumplir un rol. Por sobre todas las cosas, aprendí lo que es la humildad: aceptarse uno como es, aceptar a los demás y aceptar el lugar que te toca. Más allá de que uno puede desear otro y luchar por él.

Con Tabárez y Lugano aprendí algo esencial del fútbol: no es una democracia. Dependés de que el entrenador te elija o no. Nadie vota. Es uno el que decide y no me parece mal. Porque si no sería imposible, sería un caos, porque todos los jugadores pensamos algo diferente –aunque podemos coincidir también– y si no respetás al que dirige es inviable.

 

Tras doce años en el exterior, ¿qué cambios has notado en el fútbol uruguayo?

Sigo viendo que al único que se le exige ser un superprofesional, en un fútbol totalmente amateur, es al jugador. Me sigue dando un poco de bronca porque yo no sé cuántos periodistas son lo profesional que tendrían que ser en comparación con la exigencia que tienen para otros. Realmente somos muy pocos los equipos a los que se nos puede exigir como profesionales o superprofesionales.

Inclusive los equipos grandes en comparación con otros equipos del continente como el Palmeiras –en el que me tocó jugar– no podrían ni competir. Por lo que tienen de infraestructura, de gasto. Porque es casi como competir como con un equipo de Europa. Ni el Villarreal tenía la infraestructura que tenía el Palmeiras. Sin embargo, cuando nosotros vamos a jugar contra el Palmeiras la exigencia es ganarle, jugar mejor y hasta pasarlos por arriba.

Desde que volví, veo cada vez a los jugadores más preparados: la mayoría terminaron el liceo, hablan otro idioma. Para cualquier familia esto puede ser algo normal pero en el ambiente del fútbol antes no pasaba. Ahora hasta tienen dietistas; están mejor formados física y mentalmente para ser un profesional, no solo acá sino en el exterior.

Me encantaría que el entorno del fútbol les diera mucho más. Que se pudieran convertir en grandísimos profesionales en Uruguay y pudieran ser disfrutados por los hinchas locales. Pero creo que no da porque es un fútbol extremadamente amateur. Ni que hablar de lo que sufren los jugadores de Segunda División que pese al apoyo de algunos dirigentes, que también son amateurs y que dan todo lo que pueden a esos clubes, también se les exige ser superprofesionales.

Por ejemplo, a los jugadores de Rampla los trataron como mercenarios porque querían cobrar lo que se habían comprometido a pagarles. Y estamos hablando de muy poca plata. Porque estoy seguro de que ninguno de los que va a la hinchada a exigirles serían capaces de mantener una familia con el sueldo de esos jugadores.

 

¿Por qué no hay una mayor unión entre los jugadores para reivindicar sus derechos?

Porque a diferencia de cualquier otro trabajo el futbolista tiene la esperanza de lograr un salto de calidad. Aunque puede que ese trampolín que tiene adelante también se parta y tengas que volver al mercado laboral sin ninguna experiencia, con los estudios que pudiste haber tenido o no, y con la frustración de todos esos sueños que quedan atrás.

Pero el fútbol te da eso: “¿Y si este campeonato la rompo?”. Es siempre una apuesta: “Hoy puedo estar cobrando 7.500 pesos pero mañana puedo ir a Nacional y cobrar 50.000, y después irme al exterior”. Ese sueño está. Lo que te da el fútbol es que todo se puede volver realidad en un año. Eso genera la aceptación de ese mundo.

Debería haber una mesa donde nos sentemos todos los actores del fútbol y se tomen las decisiones considerando la opinión de todas las partes por igual: los dirigentes, los jugadores, la televisión y el gobierno. Son las cuatro patas que deben tener voz y decisión. Si sólo decide una de ellas le estamos errando porque va a seguir siendo viable para unos e inviable, inevitablemente, para otros.

O repartimos de otra manera y nos organizamos para que esto dé o nos plantamos y decimos hasta cuántos equipos da. Siempre creí en un fútbol uruguayo mucho más amplio donde no sólo se juegue en la capital. Esto es un fútbol montevideano, no es fútbol uruguayo. Ya lo digo con resignación por más que ahora esté Plaza o antes Tacuarembó, Cerro Largo y Atenas. Pero son casos muy puntuales. Sé que la gran aglomeración de gente está acá, pero es muy triste ver un partido con quinientas personas o menos. No existe. Es claro que es inviable. Pero si te volvés dirigente, por más que seas amateur tenés un grado de responsabilidad, mucho más que el del jugador.

Acá es al revés: el jugador tiene que ganar para que ingrese dinero. Cuando el que tiene la responsabilidad para que ingrese dinero y pagarle a los jugadores son los clubes, los dirigentes, no los jugadores de fútbol. El jugador tiene la responsabilidad de entrenar, de ser lo más profesional posible y de intentar dar el máximo para ganar los partidos.

Si los dirigentes se comprometen a pagar que tengan un aval bancario y si no pueden, no se puede. Si no seguimos aceptando malas condiciones de laburo por esa esperanza de cambio que a veces llega y muchas veces no.

 

Leí en una entrevista que te gusta hablar de política. ¿Viene de familia?

Sí. Mi viejo fue dirigente sindical y mi madre era de izquierda. Yo me he vuelto más radical en muchas cosas. No voy atrás de ningún malón de gente o de ideas porque me parece que me estaría mintiendo. Si la idea me llega y me puede yo voy a estar con esa idea y esa persona, más allá del partido político del que venga.

Sería incapaz hoy de decirte de qué partido político soy. Sí que me he sentido mucho más cerca de la izquierda en un montón de cosas. Pero hoy soy incapaz siquiera de ver una izquierda y una derecha.

Cada vez más estoy menos con los partidos políticos y esas ideas que a veces se vuelven como dogmas. He tenido esta discusión con mi madre porque no pienso votar un partido político como si fuera un dogma o un cuadro de fútbol. No soy hincha de nadie. Tengo que coincidir tremendamente para poder darle mi confianza. Aprendí lo que significa realmente que te estén representando, lo que no es joda.

 

También sueles difundir y apoyar muchas causas sociales...

Tenemos que saber el lugar que ocupamos y la responsabilidad que nos da ser jugadores de fútbol. Sin creer que somos formadores de opinión, estamos muy expuestos, y creo que hay que aprovechar esa visibilidad para apoyar algunas causas.

Si esquivamos hacer pequeñas cosas como un retuit o participar en cosas que realmente ayudan, le estamos errando. No sirve venir a la selección jugar bien e irte. Tenés un grado de responsabilidad y si no asumimos esa responsabilidad le estamos errando. Por ejemplo: Es una locura que en 2016 aún no podamos controlar la violencia doméstica.

 

Esta responsabilidad que implica vestir la celeste, y que es compartida por todos los integrantes de la selección, decantó en la creación de la Fundación Celeste. La idea surgió en una sobremesa tras el partido contra Ghana. Habían decidido donar el premio del Mundial y creyeron que la mejor vía de canalizarlo era la fundación. ¿Cómo se financia?

Se ha financiado en parte con premios nuestros y con acuerdos con empresas que nos  apoyan. Estamos en una etapa en que queremos difundir lo que estamos haciendo porque queremos generar más. Vamos a tener cuatro o cinco canchas celestes más de las que ya hemos hecho con Ancap y que están buenísimas. Me tocó ir a la de Treinta y Tres y fue alucinante. Vi lo que nosotros queríamos tener: un lugar como los que habíamos visto en los mejores lugares de Europa. Queríamos eso en Uruguay. No queríamos hacer algo a medias.

Si bien hay un gerente, un departamento de marketing y más, los jugadores participamos en la gestión, contactándonos con empresas, ministerios, y organizaciones para generar vínculos y llegar a un montón de gurises. Con las escuelas celestes llevamos el deporte y sus valores a un montón de escuelas rurales que antes no contaban con eso.

Tenemos mil carencias porque el tiempo que tenemos para destinarle, generalmente, es poco. Necesitamos más apoyo y reciprocidad de los que tienen el poder de tomar ciertas decisiones y de dar. Porque para pegar palos por algún lío o ir a recibir algún premio están. Entonces estaría buenísimo que estén cuando se necesita su apoyo.