DOPING POSITIVO

EL DESCENSO

Por Mauricio Bruno

 

–¡No va a llover, hombre! ¡No mires más!

Salamanca no hizo caso. Tenía el cuello trancado y la cara apuntando al cielo, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Estaba parado y sostenía el peso de la panza con las palmas de sus manos apoyadas en la ciática. Visto de costado, parecía una ese, como casi todos los señores que pasan los sesenta años y beben con rigor.

Eufico tenía razón. Era diciembre, era de noche, hacía calor, no había caminos de hormigas, no había nubes ni humedad. Apenas una brisa suave que arrimaba el olor lejano a coronilla y costillar asado. Ya habían revisado el pronóstico; daban tormenta para el jueves, pero para mañana, nada.

Sin embargo, Salamanca no se quería convencer. Nunca iba a reconocerlo, por supuesto, pero internamente creía tener el poder de forzar las condiciones climáticas con la mirada. Era un don que traía de niño, de cuando su padre le prometía ir a pescar si paraba la lluvia. Pero ya iba por las dos horas de aguda mirada y el cielo no daba señales de estarse sometiendo. Tal vez sus poderes se habían agotado.

Al día siguiente tocaba contra Ferrocarril, allá, de visita, al borde de Las Vías, y si perdían, bajaban. Salamanca no jugaba, obvio; era el presidente. No quería ser el primero de la historia del Acrópolis en mandarlo a la B, pero eso era lo que iba a pasar si un milagro de la naturaleza no irrumpía en escena para desatar una bomba de lluvia torrencial que inundara la cancha y obligara a suspender la jornada.

Una semana, no precisaba más, una semana. El martes liberaban a Gordillo, al Pierna, a Noviembre, a Reto Zacarías y a Nelson Daniel. Los cinco eran titulares y además los únicos hombres en medio de un plantel de niños imberbes que, de seguro, dentro de la cancha, solitos, se iban a cagar en las patas. También faltaba el Oveja, pero con él no se podía contar; se iba a comer siete años. El Oveja era director técnico, jefe de bomberos, principal sospechoso y casi culpable de una maniobra consistente en introducir cuarenta kilos de cocaína por la frontera en los bolsos deportivos de un grupo de jugadores de la selección que había viajado a Brasil para jugar un campeonato amistoso.

De postergarse el partido, habría una chance. Reforzado con los jugadores detenidos, que, de seguro, serían liberados luego de declarar que los bolsos habían sido armados por el Oveja, Acrópolis estaría en situación de, por lo menos, sacar un empate y así mandar a Ferro a la B. Por otra parte, pensaba Salamanca, eso era lo que correspondía por historia; Ferro era un cuadro chico y además, pobre, de esos que conviven con la miseria y no les importa, mientras que a Acrópolis, una institución de clase, con asociados de nivel, cenas de fin de año y reinas de la primavera, correspondía por abolengo jugar para siempre con los distinguidos.

Pero aunque Salamanca mirara fuerte, no llovía.

Eufico empezó a hablarle de cualquier cosa, para distraerlo, para ver sí podía destrancarle el cuello y llevarlo con la patrona, que a esa altura ya estaría preocupada. Le recordó el campeonato del 66, aquel que ganaron, justamente, en la cancha de Ferro, con gol de media cancha del Pirujo Umpiérrez cuando faltaban tres minutos. El arquero rival, Boglione, que era muy temperamental, estaba distraído porque un hincha, atrás del arco, no paraba de recordarle las cosas que le estarían haciendo a su mujer mientras él pasaba la tarde del domingo abajo de los tres palos. Entonces le hicieron foul al Semilla, lejos, por la mitad de la cancha. Boglione se dio vuelta para identificar al vivo que hablaba de afuera, Umpiérrez se dio cuenta y pateó como Chilavert contra el Mono Burgos, recto, pleno empeine, botín enterrado en el pasto, y la pelota se metió apretada contra el travesaño mientras el arquero miraba para todos lados sin entender qué estaba pasando.

–¿Te acordás, Higinio?

Salamanca giró el cuello lentamente y sonrió.

–Traé el metro y la linterna –le dijo a Eufico–. Y cal. Y un rodillo. Y las llaves del auto. Nos vamos para la cancha.

Eufico no entendió para qué, pero sólo de ver que su amigo hablaba se puso contento, así que le hizo caso. Además, pensaba, en el camino podría convencerlo de que no había nada para hacer ahí y que lo mejor era ir acostarse, descansar y tener fe en que al día siguiente los gurises fueran a sacar un buen resultado.

En el camino, sin embargo, el que habló fue Salamanca.

–Fico, vos te acordarás tanto como yo de que el Pirujo Umpiérrez era un muerto de hambre. Ojo, que no se malentienda, no era mala persona, pero comía mal, salteado y por eso nunca tuvo mucha fuerza. Lo suyo era pelota al pie y pase cortito. Si quería mandarla larga, no le daba, le pesaba, la dejaba muerta, así que ni trataba. Pero ese día le pegó al arco desde la mitad de la cancha. ¿Sabés por qué?

–¿Porque había arrancado con lo del abigeato y ya estaba más nutridito?

–No, eso fue después, en los setenta, cuando se acomodó en la Intendencia. En la época del partido que vos decís estaba en una mala. Le pegó al arco por una razón más simple; porque el arco estaba cerquita. ¿Entendés? Estoy casi seguro de que la cancha de Ferro no tiene las medidas reglamentarias, no llega, es muy chica. Más te digo, si pasa de los ochenta metros de largo, me vuelvo a pata, pero vas a ver que no.

–¿Entonces?

–Entonces lo que vamos a hacer es lo siguiente: es de noche, hace calor, en Las Vías no debe haber nadie. O están comiendo un asado o ya se mamaron y se fueron todos para el quilombo. Así que entramos y medimos la cancha. Si es como yo digo, tranquilo nosotros; mañana jugamos el partido normalmente, y si perdemos, no importa, porque vamos a la liga y denunciamos que la cancha es chica y nos dan los puntos.

–¿Y sí la cancha está bien?

–Para eso te pedí el rodillo y la cal. Si la cancha está bien, le cortamos un poco de los costados y, con la cal y el rodillo que te pedí, la hacemos más angosta, hasta que quede en falta. Y con eso nos aseguramos que mañana, pase lo que pase, nos quedamos en primera.

Eufico y Salamanca llegaron a la cancha por el lado de atrás, por el bosque, rodeando el pueblo de Las Vías. La forma más directa les pareció peligrosa, porque alguien podría verlos.

La cancha estaba en un hueco del terreno, como en un bajo; parecía una piscina sin agua. Estacionaron el auto a un costado y bajaron por uno de los terraplenes. Había luz porque era una noche de luna llena, así que decidieron no usar la linterna.

–Bueno Eufico, vos estirá el metro todo lo que puedas y yo voy haciendo marcas con el zapato. Cuando lleguemos al otro lado, contamos cuántas marcas hay y sacamos el cálculo de lo que mide la cancha. ¿Está claro?

Trabajaron despacio, porque estaban viejos y porque la tranca del metro de Eufico estaba vencida; cada tanto se le cerraba y tenía que medir de vuelta. Cuando llegaron al final, volvieron sobre sus pasos y contaron las marcas. Había treinta y dos, que, multiplicadas por la medida del metro, significaban sesenta y cuatro metros.

Salamanca sonrió contento y se sentó en el pasto, apoyado contra uno de los arcos. Prendió un cigarro.

–Estamos en primera, Eufico, te dije. Acrópolis es el decano de la zona, el cuadro con más historia, el que tiene más copas y si no el que tiene más hinchas, por lo menos el que tiene los mejores. No íbamos a andar descendiendo contra estos muertos de hambre, que ni terreno para hacer una cancha completa tienen.

Su amigo no lo escuchaba. Miraba embobecido la catarata de agua que bajaba por el terraplén como si fuera la fuera sangre o el vómito de un caño de saneamiento. Salamanca, que estaba de espaldas, recién se dio cuenta que algo pasaba cuando un chorro de agua, fuerte, le pegó perpendicular en la nuca. Miró el cielo; no llovía, pero la cancha estaba inundándose.