POÉTICA DEL JUEGO

EL DOLOR DE YA NO SER

Por Ángel Cappa

 

Según Pier Paolo Pasolini, que también fue futbolista, en sus tiempos había dos maneras de jugar: en prosa, que era propia de los europeos, y la forma poética, que correspondía a los sudamericanos. En aquellos tiempos mejores, efectivamente, el fútbol sudamericano, aun con apreciables diferencias entre países, tenía una identidad que resultaba, para decirlo sintéticamente, más atractiva desde el punto de vista estético. La pelota tenía otro trato y otra consideración. Era el eje que definía y alrededor del cual giraba todo lo demás.

“Trátela con cariño” era el cartel que se podía ver en la entrada de los vestuarios más encumbrados y también de los más modestos. Hasta en el barrio la premisa ineludible era dársela a un compañero, por lo menos. A partir de ahí los que más sabían se encargaban de inventar. Precisamente de eso se trataba, de crear. Y para eso hacía falta libertad. Cualquier sistema o táctica que limitara la posibilidad de improvisar sobre la marcha era despreciada, tuviera éxito o no.

Tampoco era bien mirado el jugador obediente y disciplinado con los pies “redondos” como se calificaba a los de escasa técnica, aunque se les reconocía su utilidad, pero ocupaban un lugar secundario en el reparto de méritos. El que mejor jugaba era el más respetado.

 

Cambia, todo cambia

Si bien es cierto que la pelota era el punto de partida excluyente, había otro factor que definía a los buenos de los que no lo eran: el conocimiento del juego. Saber jugar, hacer lo que corresponde en cada acción, fue siempre un signo de distinción.

¿Por qué hablo en pasado? Porque tanto el trato de la pelota como el entendimiento del juego han ido dejando poco a poco de tener importancia decisiva. La globalización impuso una frase lapidaria para el buen fútbol: hay que ganar como sea. Da igual pegarle con el tobillo o la canilla si finalmente se gana. Ganar dejó de ser, hace rato, una recompensa al buen juego y pasó de ser lo más importante a lo único importante. Si un equipo juega a no jugar y de casualidad o de alguna jugada de estrategia gana 1-0 pidiendo la hora y tirando la pelota a la tribuna, todo está justificado y no se admiten objeciones.

Es decir, el medio donde se forman nuestros futbolistas hoy es distinto al de hace unos años. Muy distinto. No sólo por los conceptos que reciben, sino porque están rodeados de empresarios y hasta familiares que ven en ellos no a un futuro gran jugador, sino a un futuro millonario famoso. Y muchos, o casi todos, se van antes de completar su evolución, cosa que hacen en otra cultura futbolística.

 

¿A qué jugamos?

Olvidada la pelota y apremiadas por las urgencias, nuestras selecciones se parecen bastante entre sí. O, dicho de otro modo, no hay notables diferencias entre unas y otras. Tal vez ahora Brasil, que volvió a sus orígenes y abandonó las estrecheces tácticas de entrenadores modernistas y pragmáticos, se distingue, gusta, se divierte y gana. A tal punto que ya está clasificada para el Mundial.

El resto –si me permiten generalizar– no consigue incorporar a sus estrellas en lo colectivo y vive a expensas de algún “milagro” individual. Hay que admitir que tampoco es fácil sostener una idea sin tiempo para ensayarla y por eso los solistas juegan más solos que nunca. La exagerada cantidad de partidos que disputan nuestros mejores jugadores en sus equipos europeos, los viajes atravesando el Atlántico, los cambios de horarios y climas, así como las urgencias, influyen seguramente en sus rendimientos.

Quizá Argentina es la que ha mostrado una decadencia progresiva más acusada. A pesar de llegar a dos finales consecutivas de la Copa de América y a la final de un Mundial, no consigue expresar una idea de juego y ser consecuente con ella. Veremos qué ocurre con el cambio de entrenador. En ese sentido, Chile es la que mantiene una línea más definida y posiblemente sea la más regular.

Lo cierto es que, en términos generales, el fútbol sudamericano perdió aquella identidad poética de la que hablaba Pasolini. Nuestros jugadores no tienen claro a quiénes representan. En muchos casos perdieron el sentido de pertenencia. Y no podemos culparlos, porque es en esos valores confusos en los que son formados. También se perdió la relación afectiva entre la gente y sus cracks, a los que sólo ven por televisión.

Confusión puede ser la palabra que defina la situación. Incluso el público, hasta no hace mucho acostumbrado y disfrutando el toque y la elegancia de la jugada, reclama ahora “huevo, huevo”, creyendo que todo se soluciona de esa triste manera. Y es cierto; los partidos, generalmente, parecen una disputa para ver quién es más guapo o más vivo para la trampa. Nunca, o casi nunca, para ver quién juega mejor, que sería la opción más válida para tratar de ganar.

 

El toque se mudó a Europa

España y Alemania están a la vanguardia del buen juego. En ambos países hubo un cambio de mentalidad hace algunos años. Los españoles apostaron por fin a sus buenos jugadores y abandonaron la furia como estilo; los alemanes, por su parte, dejaron la mecanización monótona para tiempos peores.

No obstante, es verdad que en ambos casos el origen del cambio se apoyó en la estructura de dos equipos: el Barcelona en España y el Bayern Múnich en Alemania.

La base de cada selección estaba compuesta por siete y hasta ocho titulares de estos clubes. Es decir, que a la idea le agregaron sus intérpretes originales y, tanto españoles como alemanes, están disfrutando desde entonces el placer de jugar bien y, por si fuera poco, cosechando títulos.

No sólo esas dos selecciones eligieron jugar bien. También Bélgica, Holanda, Francia e incluso Inglaterra e Italia, para nombrar las principales, participan de la idea con mayor o menor acierto. Esto no significa, por supuesto, que el fútbol que juegan las selecciones europeas sea una maravilla, pero sí que intentan al menos ser respetuosas de los conceptos básicos del juego. Como dijo Iniesta: “A mí me enseñaron que hay que ganar, pero no de cualquier manera”.

 

El futuro es el pasado

Y no es un juego de palabras. Quiero decir que no hay una opción mejor que recuperar los conceptos, los valores, nuestra manera de entender y vivir el fútbol. Es decir, recuperar lo que nos pertenece. Una de las tantas cosas que nos pertenecen como comunidad y que la globalización capitalista nos arrebata. El neoliberalismo nos quita bienes comunes como la sanidad, la educación, la cultura, los derechos laborales y también, dentro de esta lógica empresarial, el fútbol. Si reducimos el fútbol al resultado, nos privamos del derecho a ilusionarnos, a fantasear, a emocionarnos, a soñar en definitiva.

“¿Para qué sirve jugar bien?”, me preguntaron una vez. Yo respondí con otra pregunta: “¿Para qué sirve ser feliz?”.