DOPING POSITIVO

Por Mauricio Bruno

 

Luis Suárez es el mejor jugador uruguayo de la historia del fútbol profesional y cualquiera que no comparta esta opinión es un ignorante. Lo digo así, de frente, con la autoridad que me confiere Túnel, la primera revista sobre la identidad del fútbol uruguayo.

 

Antes de él puede haber habido mejores, pero ninguno jugó luego de que el fútbol se transformara en un complejo sistema de producción bioindustrial de atletas dotados física y técnicamente para controlar una pelota de 22 centímetros de diámetro con cualquier parte del cuerpo, salvo las manos.

Héctor Scarone, Juan Alberto Schiaffino, Leandro Andrade –entre varios más que escapan a mi memoria en este momento– son algunos de los nombres que saltan cuando en nuestro país se discute quién fue el mejor jugador uruguayo de la historia. Ese debate, que acá ocurre pocas veces –lo cual podría ser un signo de madurez, puesto que estamos hablando de un deporte colectivo, si no fuera porque suele ser remplazado por otros más estúpidos, como cuál de los dos cuadros con más hinchas se fundó antes– es el que quiero traer a la mesa en esta pedante columna de opinión, que, en sentido contrario a la delicadeza y el buen gusto, descalifica a todo aquel que piense distinto y llega a una conclusión terminante en la primera línea de redacción.

Periodizar la historia es una empresa arbitraria, apoyada en la capacidad que el que la hace tiene de convencer a los otros de que esa, y no otra, es la única forma con sentido de dividir algo que es, por definición, continuo: el tiempo. Yo argumento que hay un antes y un después del año 1995, pues ese año fue el último en el que el fútbol admitió la posibilidad de que el mejor jugador del mundo fuera un tipo grande –aproximadamente treinta años–, de una estatura menor al metro setenta y con más afinidad por la vida nocturna que por el entrenamiento. Ese tipo se llama Romario da Souza Faría y en 1995, con veintinueve años, llegó a su pico de rendimiento y comenzó –con algún breve repunte– el declive de su carrera.

Luego de Romario, la elite de fútbol mundial se reservó para personas que, además de ser enormemente talentosas, superaban el metro ochenta y poseían una masa corporal –hija de la genética y moldeada por el disciplinado entrenamiento europeo– que tenía poco que envidiarle a la del zaguero más recio. (Aprovecho para aclarar que limito la discusión de “el mejor jugador del mundo” al clásico criterio de sólo tomar en cuenta a futbolistas con funciones más ofensivas que defensivas. Hacer lo contrario enriquecería la discusión, pero fundamentarlo me llevaría toda la columna). Hablo de jugadores como Zidane, Ronaldo, Adriano, Ronaldinho y Kaká. A todos ellos, el fútbol les pasó factura cuando el cuerpo dejó de acompañarlos y, salvo Zidane –que estuvo a primer nivel hasta los treinta años y que repuntó milagrosamente en el Mundial de 2006, con treinta y cuatro años–, en todos los casos eso sucedió cuando andaban en la veintena. La punta de la pirámide se transformó en un lugar inhóspito, al que sólo podían llegar los jugadores geniales, jóvenes, y sometidos a una estricta disciplina física. A los veintiséis o veintisiete años los remplazaba alguien igual de talentoso, pero más joven y mejor preparado físicamente.

Incluso Lionel Messi –el mejor de todos los tiempos y el que más distancia ha sacado con respecto a sus contemporáneos–, que a primera vista parece un caso excepcional, puede entrar en esta categoría de jugadores. El físico, que la genética no le dio, lo construyeron pacientemente durante años en las instalaciones deportivas del Barcelona. Desde 2007 a esta parte –cuando Kaká empezó la caída– es indudablemente el mejor del mundo, pero su cuerpo comienza a indicar que pronto dejará de serlo. Cuando Hernán Casciari escribió, hace cuatro años, que Messi era un perro, estaba definiendo con gran exactitud a un tipo que perseguía la pelota y la llevaba a destino guiado por un instinto animal, que lo insensibilizaba ante los golpes arteros de defensas rivales y que lo ponía a resguardo de la tentación, bien humana, de inventar miserablemente algún penal para sacar ventajas. Estaba hablando de un jugador que ya no existe. Hoy Messi sigue siendo el mejor, pero ya no corre como un perro. Está al acecho, como un guepardo, y guarda su energía para explotarla en el momento más indicado. Mientras tanto camina, espera, regula, como todos los grandes jugadores cuando llegan a ese momento de su carrera en el que sus marcadores corren tanto o más que ellos. Su clásico slalom desde la derecha hacia el centro, con definición seca al segundo palo, hoy es infrecuente, y entre sus goles aparecen más los toques cortos en el área y los anticipos ofensivos tras algún rebote. Además, y por primera vez desde por lo menos el año 2007, no es el jugador más importante de su equipo; se diluye en el famoso “tridente”.

Por eso creo que Messi no rompe con la tendencia que indiqué. Cristiano Ronaldo sí.

Opacado por la sombra del chiquitito argentino, no es fácil percibir que el verdadero jugador diferente del siglo XXI es el poco querible delantero portugués. Si Messi es un animal del fútbol, Cristiano Ronaldo es una máquina. A los 31 años sigue siendo el delantero más rápido y potente del mundo, tiene gran capacidad goleadora, juego aéreo y una aptitud física que le permite mantener el mismo ritmo durante los noventa minutos de partido. Es verdad, es un pecho frío y, a diferencia de Messi, nunca nos va a sorprender con una jugada maravillosa –en todo caso, tirará un taco innecesario para el deleite de la gilada cuando va 7-0 contra el Levante–, pero en un fútbol en el que el capital físico tiene una importancia relativa cada vez mayor con respecto a las condiciones técnicas, el portugués marca la diferencia. Cristiano Ronaldo abre una era en la que cual la clave para conquistar y conservar el ínfimo espacio de terreno que hay en la punta de la pirámide del fútbol es la construida y continuada solvencia física. Ya no va a haber Maradonas, ya no va a haber Romarios y sólo habrá Messis cuando la industria europea los capture de niños y los transforme en jugadores de fútbol físicamente aptos para un mundo implacable.

Es cierto, por otra parte, que Cristiano tiene una falencia grave, que le provocaría serios disgustos si fuera un tipo común y corriente y tuviera que enfrentarse con un psicólogo laboral en una entrevista de trabajo para un cargo burocrático: graves dificultades para el trabajo en equipo. Hoy el fútbol es dominado por máquinas hechas con tecnología de punta que funcionan con estricta regularidad –como el Barcelona de Luis Enrique, el Bayer Munich de Heynkess y Guardiola, la selección alemana de Löw y la española de Del Bosque– y no por los buenos equipos que rodean a un genio desequilibrante. No en vano hoy asistimos a la peor crisis de la historia del jogo bonito. Por eso, el futuro será de jugadores de gran solvencia técnica y física –como Cristiano– pero también de gran aplicación táctica. Algo así como un Thomas Müller o un Ivan Rakitić.

Usted se preguntará qué carajo tiene que ver todo esto con Suárez. Yo también me lo pregunto y voy a tratar de resolverlo en las pocas líneas que me quedan: Suárez es parte de esta última categoría de jugadores. Es talento unido a potencia física y disciplina táctica. Y a un espíritu competitivo que otros grandes jugadores uruguayos de los últimos cuarenta años –varios de ellos mucho más talentosos que él– no tuvieron. Hace veinte, treinta o cuarenta años, la distancia entre las condiciones –económicas, infraestrcuturales y todos los etcétera que quieran– que existían para la formación de un futbolista entre Uruguay y la elite del fútbol mundial eran mucho menores que las que existen ahora. Hace cincuenta años, incluso, esa elite todavía tocaba al fútbol uruguayo y sus alrededores. Pero nunca en ese lapso, que coincide con el de la superprofesionalización del fútbol, hubo un jugador uruguayo que formara parte de esa elite, que estuviera entre los tres o cinco mejores. Suárez sí.

Hago una pequeña trampa con respecto al criterio que me impuse más arriba, relativo a no hablar más que de jugadores con funciones preponderantemente ofensivas: a esta lista hay que sumar a Diego Godín. Dos jugadores de este país forman parte de la elite del fútbol mundial. Si este no es el mejor momento del fútbol uruguayo en los últimos cuarenta años, que baje Zeus del Olimpo y nos calcine a todos con su rayo fulminante. Y de paso que eche de una vez al director técnico de la selección uruguaya de fútbol, porque algo habrá tenido que ver en la emergencia de tamaño fracaso.