EL MULITA CÉSAR AUGUSTO ÁLVAREZ

Por Sengo Pérez

 

Arrodillado y de espaldas a la cancha, César Augusto El Mulita Álvarez espera como rezando el final del partido, con los ojos cerrados y las manos unidas como monaguillo. La emocionada voz de Víctor Hugo Morales inmortaliza el momento, “y ahííííí arrodilladoooo, el símbolo de Cerro Largo, el caudiiiiillo, espera el final del partido”. Por primera vez la final de un campeonato del interior se transmitía para todo el país. “Era pura película, todo calculado, yo gran artista, me puse de rodillas mirando de reojo para las cabinas calculando que alguien iba a hablar de mí por eso, qué voy a rezar si soy ateo”.

 

Minutos antes se había negado a abandonar la cancha mostrando el brazalete de capitán y desautorizando al técnico, el Macaco Ubilla, quien había ordenado el cambio, “taba bravo, ganábamos 2-1 y Maldonado se venía con todo, había que enfriar, paré el partido cinco minutos, ‘él será el técnico, pero yo soy el capitán’ le decía al árbitro”. No al cuete tenía el Mulita 38 años de edad y veinte de fútbol en épicas batallas del fútbol chacarero.

El año 1978 cerraba en el Estadio Mario Sobrero como campeón del interior el ciclo de un arachán que vio la luz y la primera pelota en el barrio Pérez Castellanos de la capital “sí, nací en Montevideo, en el barrio de Obdulio, de Rubén González, ¡pero yo soy de Melo!” dice el hombre de un metro sesenta y cinco con piernas flacas y arqueadas como a quien se le escapó el caballo, que marcó época en el fútbol del noreste (también jugó por la selección de Treinta y Tres), ignorando al ”biotipo” recomendado para un cinco.

En Montevideo jugó en Racing, Boston River, Colón y Cerrito, se codeó con “nenes” como el Cotorra Míguez, Javier Ambrois, Pepe Urruzmendi, Mariolo e Ignacio Bergara, fútbol al mango en partidos de hacha y poca tiza.

Rondaba los veinte años cuando una invitación de un amigo le torció el destino, o se lo enderezó: “Che, mi hermano se casa en Melo, ¿querés ir?”, preguntó el compinche sin saber que en la simple invitación de uno puede caber todo el futuro de otro. “Eso me cambió el mundo”, dice César como mirando para adentro, en donde vive el pasado. “Me quedé casi un mes, volví a Montevideo y regresé a Melo para el carnaval, el del almanaque, porque allí es carnaval todo el año, y allá estaba bolicheando viendo qué hacer –yo tomaba Coca Cola, el resto caña brasilera–, cuando el Negro Ramallo que jugó en Canillitas y estaba en el Artigas me invitó a jugar, le dije que no. Otro día un milico que andaba por ahí me convenció y me probé en el Conventos, anduve bien y me querían en el equipo. ‘Y qué me dan’, pregunté. ‘Bueno, te damos ingreso’, me dijo (el Conventos era el equipo del 8º de Caballería de Cero Largo). ‘¿Y de qué, de cabo, sargento?’ ‘No, de soldado’. ‘¡Ni hablar!’ dije, y me fui”.

Finalmente lo probaron en el Artigas, ni medias de fútbol tenía, fue con soquetes y se quedó. “Hacía veinticinco años que el club no ganaba nada y ese año salimos campeones, yo jugaba de ocho y hablaba mucho, demasiado dicen, era muy técnico pero alguna patadita que otra daba también”.

Volvió a Montevideo, extrañaba a los siete hermanos, a la vieja, y ahí estaba un día en su casa, sin nada por hacer, pidiéndole una chuleta con arroz y un huevo frito a la madre, cuando entró el padre y la trancada fue brava: “¿Qué hacés? Si no vas a trabajar tenés que pagar la comida”, dijo el viejo con plancha y sin anestesia, asunto que venía de atrás desde cuando lo despertaba con un baldazo de agua a las cinco de la mañana para que fuera a trabajar exceptuando los días en que la vieja lo despertaba antes de que se levantara el viejo y lo escondía para que pudiera dormir un rato más. “Eran otros tiempos, pero ahora le agradezco todo, lo que tengo de trabajador y honesto se lo debo a su dureza, de Melo me estaban llamando para seguir jugando así que me levanté y le dije: ‘Usted no me ve más’, que cacé el bolso y me tomé el tren, como no había asientos viajé en el baño sentado en el water, volví al Artigas y ahí empieza otra historia, ese año con el Artigas jugamos y perdimos la final del interior contra Rausa, de Gregorio Aznárez, todavía era ocho”.

Y esa historia empezó y murió en el noreste. Jugó también en el Treinta y Tres con el que fue campeón del interior, con el recordado Colacho Ramírez, el de la memorable corrida a Rivelinho en el Maracaná, y en Los Charrúas de Santa Clara. Nunca volvió a Montevideo, incluso recibiendo ofertas. “Me quisieron llevar a Wanderers pero yo no quise, ya estaba casado y acostumbrado a Melo, la gente de Cerro Largo es muy cariñosa, agradecida, gente sacrificada, es el sacrificio de los quileros en moto, con cuatro amortiguadores atrás para aguantar la carga, arriesgando la vida, es más gente un quilero que varios ‘compañeros’ que cobran doble sueldo”.

 

Aquel partido

Otras finales había ganado Cerro Largo antes y también otras después. Pero ninguna tan recordada como aquella. Once años habían pasado desde el debut de César Álvarez con la albiceleste, y esa final era la oportunidad de retirarse por la puerta grande, hacía seis años que era el capitán.

“Ganamos en Melo 3-2, y en Maldonado ganábamos 2-0, tranquilos, en un córner sube Dámaso Clavijo, pobre y milico del cuartel, le digo que se quede, no me hace caso y me dice: ‘no, no… me dijo Humberto Pica que si hacía un gol me daba quinientos pesos’. Contra la pobreza no hay táctica que aguante, ni capitán que se respete. Viene el córner y en el contragolpe nos meten el gol, se nos complicó el partido y nos ganan 3-2 de pesados y con ayuda ‘extra’”.

 

¿Había mucha pichicata entonces?

Y… no había controles, a algunos le daban hasta tres, una el médico, otra el técnico y la tercera un dirigente por si fallaban las otras. Yo nunca acepté pero para ese partido me explicaron de un método nuevo que usaban en Europa con los caballos y que no habría ninguna sustancia extraña, resulta que le sacaban sangre, la recuperaban y a los días se la ponían de nuevo. Volaban. Pero a mí me dijeron: mirá, Mulita, vos con lo flaquito que sos si te sacamos sangre te morís, así que te la vamos a dar de frente. Salí hecho un avión, a los cinco minutos le pegué de cincuenta metros y casi parto el travesaño.

 

El 8 de abril fue la final, un sábado. El Maldonado rico, semiprofesional, se veía campeón, pero el Cerro Largo pobre, de pelota al piso, mezcla de fútbol uruguayo y brasileño desde los tiempos de Ondino Viera y Eulogio Machado, no era fácil. Capitán y líder, el Mulita negoció los premios, mil pesos si ganaban, después de una dura conversación con incluso amenaza de no presentarse. “Al final transamos, nadie quería perderse la oportunidad y los dirigentes lo sabían. No era mucho pero ayudaba, todos éramos trabajadores, el fútbol era amateur en serio, de una sola camiseta, de medias rotas, de un solo pantalón, grande o ajustado, el que hubiera, yo trabajaba en UTE”.

Estadio a tope, no entraba ni un alfiler, ni una persona más, ni siquiera una petaca de caña.

Tiempo atrás, en Cerro Largo, el jefe de policía Rodríguez Demicheli había contratado a los mejores bochistas para que el club policial fuera campeón. El Melo Wanderers fue el rival. El capitán advierte que el jerarca policial se tomaba un trago entre jugada y jugada, y protesta, pero una simple regla que impedía beber durante el partido no sería impedimento para quienes la legalidad nunca fue un obstáculo. Advertido por el árbitro tras los reclamos la respuesta del militar no se hizo esperar: “Dígale que acá [con la ‘a’ prolongada en la boca pero sin sonido y dedo índice señalando el piso] no hay más perro que el chocolate, y el chocolate… soy yo”.

Apodo cantado para Rodríguez Demicheli: El Chocolate. Pero en voz baja, entre risas clandestinas.

Ese día del 78, el ex jefe de Policía ya era intendente interventor de Rocha y antes del partido con una voz impersonal con tono de comunicado de las Conjuntas dio la bienvenida a los hinchas llegados para alentar a ambos equipos. Al nombrarse a Demicheli, la reacción de la barra arachana no se hizo esperar y un atronador Cho-co-la-te… Cho-co-la-te sorprende a quienes no sabían la historia. Con amargura de cacao tuvo que explicar al otro día el intendente su degradación de coronel a chocolate. La irreverencia se hizo superioridad en las tribunas y se trasladó a la cancha. Cerro Largo fue superior, ganó 2-1, el segundo de Dámaso Clavijo (llegaría a jugar en Peñarol), quien esta vez debió haber cobrado quinientos pesos extras por el gol que no hizo en Maldonado.

Y quinientos fue la cantidad que finalmente recibieron los jugadores en lugar de los mil prometidos. “Les dijimos que entonces se fueran solos en el ómnibus, a ver quién los aplaudía en Melo, yo propuse irnos para Montevideo y de allá viajar al otro día solos para Cerro Largo pero los compañeros aceptaron volver y allá arrancamos, como siempre con los dirigentes con la copa adelante, como si hubieran jugado. Yo con la calentura me bajé en Treinta y Tres para quedarme, pero un auto rezagado me convenció y alcancé a la caravana en Arbolito”.

Y desde Arbolito hasta la Aparicio Saravia en la ciudad de Melo esperaba la gente. Desde un humilde peón de campo a caballo hasta un “copetudo” estanciero, era la gente. En plena dictadura y con las ganas de manifestarse prohibida y reprimida, Cerro Largo era una fiesta.

Retirado de la selección y veterano aún le quedaba aliento al pequeño centrojás para desparramar sudor y fútbol, Oriental de Tacuarembó, Deportivo Maldonado y finalmente el Club Punta del Este supieron de su derroche.

Cómo chofer, taxista, portero de edificio pasaron los años pero nunca las ganas de volver a Melo, la ciudad que eligió para que fuera suya. Le faltaba aún ganar el partido de su vida, un cáncer que lo tuvo a maltraer durante años hasta que le ganó la última trancada. Para salir vivo y con pelota dominada. Como entrenador subió a Punta del Este y San Martín a la A, sacó campeón del Este a la selección juvenil fernandina y fue asistente de la mayor.

Esta crónica que empezó en Maldonado termina donde tiene que terminar, en Melo, a donde regresó Álvarez en 2014.

“Ajá, si fuera una mudanza no hay nadie, pero ven humo y vienen todos”, grita un paisano revoleando un whisky y desata la risa. El bar del Tuna es diferente a todos los bares, para empezar no tiene barra. La presencia del Mulita por primera vez no pasa inadvertida a los más de treinta amigos que esperan por el cordero que lentamente se asa a la parrilla.

Salvo un par que con pesar bajan la cabeza y dicen ”yo no estuve”, todos parecen haber estado ese sábado en el estadio Mario Sobrero y cada uno de ellos guarda una historia de esa noche larga e inolvidable.

En el interior no hay ídolos, los jugadores se ven de cerca, nunca llegan a ser afiches en cuartos de adolescentes, ni figuritas, no firman autógrafos, ni jugosos contratos, son uno más, como el Mulita esa noche, pero con el enorme poder de hacer regresar a la gente 38 años atrás. Y eso los hace inolvidables.

 

 

 

“Prefirió el carnaval”

 

“Yo vi que físicamente no estaban bien los de Maldonado y sólo recurrían al juego aéreo, así que decido poner otro zaguero con la orden de que si era posible toda pelota al área tratar de sacarla fuera del estadio y ordeno el cambio por el Mulita. Y sí, estaba sumamente molesto, pero no me iba a poner a explicarle que lo sacaba porque era el más chico. Cuando llegó acá era un ocho rapidito, ágil, con gran habilidad para entrar al área y tirarse, dos por tres le cobraban penal. Con el tiempo se hizo cinco y sí era muy bueno, gran despliegue, con características similares a las de Arévalo Ríos, tenía nivel para jugar en Montevideo, no sé qué hacía acá, parece que prefirió el carnaval”. (Antonio Ubilla, el Macaco, acodado en la barra de la cantina del centenario Club Artigas de Melo).