SI ALGÚN DÍA POR ESAS COSAS

A 25 AÑOS DE LA GESTA DEL QUINQUENIO DE LOS CHICOS

Por Juan Aldecoa

 

Entre 1987 y 1991 ocurrió un fenómeno único en la era profesional de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Durante esos cinco años cuatro equipos de los denominados “en desarrollo” salieron campeones uruguayos: Defensor en 1987, Danubio en 1988, Progreso en 1989, Bella Vista en 1990 y Defensor, ya fusionado con Sporting Club Uruguay, repitió el logro en 1991. Hoy, 25 años después del último título que formó parte del “Quinquenio de los Chicos”, los símbolos de cada club campeón tratan de explicar cómo fue posible esa hegemonía de los más chicos sobre los poderosos. ¿Es posible que se repita un hecho similar en el fútbol uruguayo del siglo XXI?

 

 

Los hinchas de cuadros chicos

arrancan en un camión

con la bandera en los hombros

atadita a una ilusión.

 

Salud, salud los hinchas de los cuadros chicos

salud la barra de mi corazón

salud, la camiseta más hermosa de este mundo

salud, desde la panza de la vieja hasta el cajón.

 

Los hinchas de cuadros chicos

se mueren del corazón

si algún día por esas cosas

su cuadro sale campeón…

 

‘A los cuadros chicos’,

de Washington Canario Luna.

 

 

 

La investigación y el análisis de lo que pasó a fines de los años ochenta y principios de los noventa en torno al Campeonato Uruguayo de Primera División de la AUF, con el Quinquenio de los Chicos como fenómeno histórico e inigualable –hasta ahora–, no puede dejar de lado los antecedentes de los inicios de este deporte tan popular que forjó la identidad de un país que nacía y crecía mirándose en el espejo de la corriente inmigratoria que hacía las valijas y cruzaba, como podía, hasta esta parte del globo. Durante la era amateur, comprendida entre 1900 y 1931, varios fueron los clubes que se consagraron campeones uruguayos además de Peñarol y Nacional. Wanderers fue el pionero entre los chicos: fue campeón en 1906, 1909 y 1931. No sólo los bohemios festejaron, sino que el River Plate Football Club –inspiración y predecesor del actual Club Atlético River Plate– logró los uruguayos de 1908, 1910, 1913 y 1914. Rampla Juniors Fútbol Club también fue campeón, en 1927. El año 1932 le dio paso al profesionalismo, con los títulos mundiales de los Olímpicos en 1924 y 1928, y el Mundial de 1930 a cuestas para Uruguay, donde se jugaba el mejor fútbol del mundo. Desde el 32 hasta 1976 los equipos grandes se repartieron los títulos hasta que llegó el profesor José Ricardo de León, un adelantado. Una de las tribunas del estadio Luis Franzini lleva el nombre de la hazaña: 25 de julio de 1976. Esa tarde de invierno Defensor rompió con 44 años de hegemonía de tricolores y aurinegros, después de derrotar a Rentistas por 2-1 y darle paso a la vuelta olímpica al revés, hecho significativo para la historia de nuestro fútbol. Algunos años después, en 1984, fue Central Español el que escribió una nueva página de la historia grande en el fútbol local, para darle paso, tres años después, al comienzo de los cinco años con títulos de Defensor, Danubio, Progreso y Bella Vista. Sin dudas que el Profe De León en 1976 –y algunos años antes– marcó el camino y sentó las bases para que los demás se contagiaran y lograran lo impensado: ser campeones uruguayos. Para que ello ocurriera, además de la fortaleza de los equipos que lograron el título, los protagonistas remarcan que hubo un aspecto común que colaboró para que se emparejara la competencia: los grandes salieron a jugar en todas las canchas. De verdad.

 

Adelante, Defensor

“El gran detalle que recuerdo es que el año anterior (1986) fue nefasto para nosotros, casi nos vamos al descenso. En esa época, después del 86, Eduardo Arsuaga ganó la elección y de ahí en adelante Defensor es lo que es hoy. En el 86 yo fui goleador uruguayo y peleamos el descenso; no jugamos una final por el descenso porque Bella Vista le ganó a Fénix y descendió Fénix. En el 87 se reestructuró todo: ganó la elección Arsuaga, que fue un fenómeno en la dirigencia –y lo sigue siendo– y ahí vino Raúl Möller con [Edgardo] Martirena y el profe [Juan Antonio] Tchadkijian. Quedamos algunos y en ese año empezamos a ir partido a partido; había una mezcla de gente joven con gente de experiencia y prácticamente había pocos cambios porque no nos lesionábamos. Repetíamos mucho el equipo y eso era bueno para todos. Héctor Tuja estaba en el arco, los dos zagueros eran el Vasco [Óscar] Aguirregaray y Juan Ahuntchain; los laterales eran Luis Cabrera y Eliseo Rivero, también estaba el Tajo [Fernando] Silva; en el medio teníamos a [Heber Silva] Cantera con Miguel Falero y después arriba estaban los pibes como Sergio Martínez, jugaba yo y jugaba el Cara [Servando] Vecino y Carlos Larrañaga. Esa mezcla de veteranos y jóvenes dio buen resultado; había un plantel muy bueno y a medida que pasaban los partidos nos afianzamos. Desde que agarramos la punta, en la tercera o cuarta fecha, no la soltamos”. Ese testimonio es de Gerardo Miranda, goleador y figura del Defensor campeón del Uruguayo 1987. El torneo era un cabeza a cabeza entre violetas y tricolores y los festejos llegaron tras 24 fechas disputadas. Un 16 de diciembre el Franzini volvió a ser testigo de una vuelta olímpica de Defensor, que logró el Campeonato Uruguayo tras derrotar 1-0 a Nacional, con gol de su goleador Gerardo Miranda, en lo que se popularizó como el “Mirandazo”. Un emergente Manteca Martínez junto con la experiencia de Ahuntchain, Rivero, Aguirregaray y Silva Cantera hicieron posible que la alegría volviera a ser de color violeta. El autor del gol soñado trata de explicarle a Túnel por qué ocurrió ese fenómeno tan particular en el fútbol local: “Son rachas que se dan. Más que nada, porque Peñarol y Nacional empezaron a salir a jugar en todos lados y los otros equipos hicieron valer la localía. Nosotros en ese campeonato le ganamos a los dos en el Franzini. Ahí se empezó a ver que cuando sos local sos local, y te cuesta salir. Pasa en todas partes del mundo. Otra de las cosas que cambió fue que los equipos denominados ‘en desarrollo’ empezaron a vender sus jugadores al exterior, sin pasaje por Peñarol ni Nacional. Además, los dos equipos jugaban cosas importantes a nivel internacional”.

Casi dos años después, el 15 de marzo de 1989, se produjo la fusión del Club Atlético Defensor con el Sporting Club Uruguay, equipo de básquetbol vecino –el decano y más ganador– que vivía una crisis económica. De esa manera –con muchas opiniones a favor y otras tantas en contra– nació Defensor Sporting Club: “La fusión significó la unión para crecer”, consignaban los diarios de la época. Y no tardaría en llegar un nuevo título, consagrándose el equipo tuerto de Punta Carretas como uno de los más importantes en esos años. Fue 1991 el año para estampar la tercera estrella y llevar una nueva Copa Uruguaya a las vitrinas. Claudio Arbiza, Silva Cantera y el joven Marcelo Tejera –con tan sólo 18 años– fueron las figuras de ese equipo que tenía baluartes como José Chilelli, Juan Ferreri, Peter Méndez, Ruben Silva, Héctor Samantha Rodríguez y Guillermo Almada, entre otros. ¿Dónde pudo haberse concretado el título de Defensor? En el Franzini, claro. Después de 26 etapas y 34 puntos sumados los tuertos llegaron a la última fecha, otra vez peleando punto a punto con Nacional y les alcanzó con empatar 0-0 ante Central Español para ser campeones. Después de dar la vuelta, los festejos siguieron hasta la noche y, en la sede de la calle Jaime Zudáñez, Jaime Roos volvió a tocar ‘Cometa de la farola’ y la interpretó junto a los jugadores del plantel campeón: “Para mí sonó como si hubiera sido escrita ahí mismo”, recordó el cantante en una entrevista.

Tejera, la promesa joven surgida del club y el fútbol lírico de ese equipo, recuerda que las canchas en esa época no pasaban su mejor momento y “había pocas en las que se podía jugar”. Sobre esa campaña del 91, el volante agrega: “Nosotros teníamos bastante armado nuestro libreto: tirársela a William Gutiérrez arriba, ir a pelearla, buscar algún rebote y tratar de encontrar alguna jugada de gol. Tampoco éramos el Barcelona, pero a medida que fue pasando el campeonato y cuando faltaban cinco o seis fechas el equipo se fue acomodando y ahí nos dimos cuenta de que podíamos salir campeones y lo hicimos en la última fecha contra Central Español en casa”. Marcos Marcelo destaca que las canchas en mal estado de la época colaboraban con el juego recio de los equipos veteranos: “En esa época, tanto Danubio como Defensor tenían equipos más armados, más de hombres. Ahora son muchos juveniles; fijate que ahí el único juvenil era yo, los demás eran todos veteranos y se hacían sentir, eran complicados”.

 

Salve Danubio

El Danubio campeón del Uruguayo 1988 se podría decir que fue un “gran campeón” en la historia de nuestro fútbol. Es que los que lo disfrutaron hablan de que ese equipo dirigido por Ildo Maneiro jugaba un fútbol espectacular, con mayoría de jugadores de la casa. La alineación titular sale de memoria: Javier Zeoli; Luis da Luz, Daniel Sánchez, Fernando Kanapkis y Nelson Cabrera; Edison Suárez, Ruben Pereira, Eber Moas y Edgar Borges; y Ruben da Silva y Gustavo Dalto. Sólo Kanapkis y el Pecho Sánchez no pertenecían al club de la franja y habían llegado desde Fénix y River, respectivamente. La particularidad de ese año es que los danubianos además del Campeonato Uruguayo ya se habían quedado con el Torneo Competencia, por lo que la victoria se trasladó durante todo el año. De los 24 partidos que disputaron los de la curva sólo perdieron ocho puntos: dos derrotas y cuatro empates –se sumaban dos puntos por victoria–. Fueron 40 unidades de 48 posibles las que consiguió Danubio, que se quedó con el primer puesto el 27 de noviembre de 1988 y dejó a Peñarol y a Defensor con 31, nueve puntos detrás. Realmente fue un campeón récord, con números interesantísimos. El equipo de Maneiro convirtió 52 goles, siendo Ruben Polillita Da Silva el máximo anotador de esa campaña, con 23; Moas y Suárez convirtieron 7. Da Silva, que se mantuvo hasta hace pocos años como el goleador histórico de Danubio –superado por otro ídolo de la casa, Diego Perrone, que marcó uno más y superó su récord, con 72 anotaciones–, recuerda que “después de que se ganó el Competencia el grupo estaba fuerte y pensamos que podíamos ganar el Uruguayo, empezamos a creer en nosotros”. En el Competencia, la actuación danubiana también había sido genial: de doce partidos ganó nueve, empató dos y perdió uno. Eran buenos tiempos para un equipo que un año después jugaría la Copa Libertadores de América y, con otra gran campaña, lograría meterse en las semifinales que terminó perdiendo con el campeón de esa edición, Atlético Nacional de Medellín. La década de 1980 fue sin dudas un momento de despegue para Danubio, y Polillita tiene la explicación de por qué ese equipo fue tan contundente: “Se armó un buen equipo, un buen plantel, y demostramos buenas cosas en el Centenario ante los grandes. Éramos un equipo muy bien trabajado, cada uno de los que lo integrábamos sabíamos cuál era nuestro rol dentro del campo”. En los Jardines y en la Unión se paró el mundo.

 

El rey de La Teja

“El recuerdo más lindo que tuvimos fue al finalizar la temporada, haber logrado una campaña tan estupenda con el campeonato y además haber eliminado a los dos grandes de la Copa Libertadores. Eso marca un poco lo que era el fútbol en ese entonces, cuando los grandes salían a jugar a las canchas chicas y ese Progreso armó un equipo muy fuerte porque el año anterior había hecho pocos puntos y el objetivo era sumar para dejar al equipo afianzado en Primera. Después de siete u ocho fechas nos dimos cuenta de que podíamos estar para algo grande y se dio”. Pedro Catalino Pedrucci, dueño de esas palabras y símbolo del Club Atlético Progreso campeón uruguayo de 1989, que grabó a fuego esa vuelta olímpica en la historia de los gauchos del Pantanoso, acompañado en esa campaña por Ruben Acosta, Luis Berger, Sergio Cid, William Gutiérrez, Alejandro Larrea, Gustavo Machaín, Julio Maidana, Johnny Miqueiro –goleador de esa campaña, con siete tantos–, Dardo Pérez, Robert Púa, Leonardo Ramos, Luis Ramos, Leonel Rocco, Fernando Silva, Próspero Silva y Víctor Silva. Ese Uruguayo fue especial porque se jugó a una rueda –como el que acaba de comenzar– pero ese aspecto no evitó que Progreso lo obtuviera con varios puntos de ventaja. Los gauchos, presididos en ese entonces por el actual presidente de la república, Tabaré Vázquez, jugaron doce encuentros de los que ganaron nueve, empataron dos y perdieron uno. Los 20 puntos que lograron fueron más que los 15 que sumaron Nacional y Peñarol, sus escoltas, que vieron cómo una vez más un título se iba para las vitrinas de un cuadro chico. Los dirigidos por Saúl Rivero metieron de arranque cuatro triunfos en fila, vencieron a River, Danubio, Nacional y Defensor. Venía todo bien hasta que en la quinta fecha llegó la única derrota del torneo, ante Wanderers, por 2-0. Como si fuera una máquina, esa derrota le dio impulso para ganar cinco partidos consecutivos. Los que sufrieron a los tejanos esta vez fueron Huracán Buceo, Cerro, Liverpool, Peñarol y Rentistas. En la 11a fecha lo esperaba la gloria, que quería ser acariciada y para ello sólo bastaba un empate ante Central Español, en el Parque Palermo. Con sufrimiento, valentía y humildad, el 1-1 le dio el título a Progreso, el fútbol fue armonía y la caravana mágica recorrió las calles de Parque Batlle hasta llegar a La Teja, donde los festejos se hicieron realidad. En la última fecha, por cumplir con el calendario, otro empate ante Bella Vista daba por terminada esa campaña histórica de Progreso. “Uno recuerda los equipos, cómo era el campeonato, y se da cuenta de que esos logros se obtuvieron, en primer orden, porque el nivel del campeonato era muy bueno. Hoy no es así, cualquier equipo te complica afuera. Y en segundo lugar, los grandes salían a todas las canchas y eso empareja las cosas”, cierra Pedrucci.

 

Como quería el Mariscal

En 1990 le tocaba hacer historia al Club Atlético Bella Vista, el equipo papal del Prado de Montevideo, que entonces estaba dirigido técnicamente por Manuel Keosseian. El bigotón, que tomó la conducción de los papales en el noventa, venía de ser campeón uruguayo en la B con Fénix y Rentistas, y no quería ser menos esta vez en Primera División. “Después del Competencia –nos fue muy mal– llegaron nuevos jugadores y el equipo se empezó a hacer fuerte; se sumaron Ruben Silva y el Mellizo [Julio] Morales, entre otros, y terminaron siendo baluartes. El Beto [Alberto] Acosta ya estaba, pero también vino el Pocho [Ruben] Navarro y ellos dos, que eran nacidos en Bella Vista, fueron creando una mística muy especial. Había otros que también eran de la casa y fueron muy importantes, como el Flaco Álvaro Gutiérrez, Ricardo Canals –que no era titular– y [Henry Ariel] López Báez. El sentido de pertenencia que tenían ellos le dio un diferencial al equipo, eran la base”, recuerda Manolo. Esa campaña del noventa, el logro más importante en la historia del club auriblanco, apiló 16 victorias, siete empates y tres derrotas en 26 partidos, en los que Bella Vista sumó 39 puntos, siete más que su escolta Nacional. Ese Uruguayo a dos ruedas fue largo, pero en el fútbol se dice que hay partidos que luego resultan clave para llegar al objetivo de ser campeón: “El día que sentí que se podía dar fue cuando le ganamos a Nacional en el Nasazzi (1-0), ese fue el quiebre porque faltaban pocos partidos. No es que la vi, pero nos sacamos a Nacional de encima y también le ganamos a Peñarol en el Estadio”. Esas dos cachetadas a los grandes en pocos días confirmaron el buen momento papal, que después siguió su camino tras vencer a Defensor y Liverpool. Un empate ante Central Español le paró el carro al equipo de Keosseian pero las condiciones estaban dadas para que el 23 de diciembre por la tarde en el Nasazzi el Prado fuera una fiesta. Y así fue porque, a falta de dos etapas para que terminara el Uruguayo, Bella Vista se consagró campeón tras empatar 1-1 ante Cerro. Los villeros comenzaron arriba en el marcador pero el centro de Pocho Navarro y el cabezazo de Ruben Silva hicieron que el sueño se convirtiera en realidad. Esta vuelta olímpica fue otro hito en la historia del fútbol uruguayo, que año a año escribía nombres de vecinos nuevos que iban llegando al barrio. “Y te potenciás también, ¿no? Un año es campeón Defensor, después Danubio, después Progreso, y te das cuenta de que se puede, que podés lograrlo”, cierra Keosseian, que se suma a los demás entrevistados y agrega ese aspecto común de la época: “Los equipos grandes iban a casi todas las canchas chicas; ya de por sí llegar, el vestuario, era todo distinto. En aquella época los vestuarios no son lo que son ahora, las canchas no estaban buenas, y me parece que no influía tanto la gente en la tribuna, no ejercían tanta presión desde afuera”.

 

 

Las fotos fueron cedidas por los entrevistados.

 

 

 

DE PALERMO, O DE ALGÚN OTRO PAÍS

 

Si bien el Campeonato Uruguayo que logró el Central Español Fútbol Club no entra en los cinco años de hegemonía de los chicos, vale la pena recordar esa vuelta olímpica que se metió en el recuerdo de todos los palermitanos, en 1984, con Líber Arispe como entrenador. Héctor Tuja, Julio Garrido, Javier Baldriz, César Pereira, Carlos Barcos, Obdulio Trasante, Fernando Operti, Miguel Berriel, Wilfredo Antúnez, Tomás Lima, Abel Tolosa, Miguel del Río, Óscar Falero, Pablo Silva, Uruguay Gussoni, José Ignacio Villarreal, Daniel Viera, Fernando Vilar, Fernando Madrigal, Daniel Andrada y Ruben Borda integraron ese plantel campeón que quedaría en la historia de Central. El goleador del Uruguayo, que se jugó a dos ruedas (24 fechas), fue Villarreal, con 18 anotaciones. En la última etapa, disputada el 30 de setiembre, Central tenía que ganarle a Huracán Buceo para consagrarse y lo logró por 2-1, con dos goles de su goleador. De esa manera los del barrio Palermo –ya mudados a Parque Batlle– fueron campeones (35 puntos) y dejaron a Peñarol en el segundo puesto (34). La vuelta olímpica de un club chico volvía a hacer “caer la estantería” de nuestro fútbol y se convertía en un hito histórico no sólo por el hecho en sí, sino porque Central Español venía de ser campeón en la B en 1983 de la mano de Roberto Fleitas.

 

 

 

NO SE COME LA PASTILLA

 

Hay protagonistas dentro de la cancha y también están los que desde afuera, con su voz, analizan el fútbol y en algunos casos sienten más que el solo hecho de estar apegados a una profesión que los acompañó durante tantos años. Enrique Yannuzzi, el dueño de “Los olvidados que dicen presente”, periodista y comentarista de trayectoria en Radio Universal, Canal 10 y Canal 5, vivió el Quinquenio de los Chicos a flor de piel y se emocionó con el título de su Bella Vista en 1990 –la cabina de prensa número 2 del estadio José Nasazzi lleva su nombre–. Como los que estaban adentro de la cancha o afuera de la línea de cal, el pensamiento de Quique toma una dirección similar: “Generalmente los grandes hasta el 83 y el 84 jugaban en el estadio Centenario, salvo en el Tróccoli, Belvedere –a veces– y Jardines del Hipódromo. A partir de 1985 se abrió la tranquera y empezaron a ir a todos lados, sobre todo en el Quinquenio de los Chicos, y eso hizo que el campeonato fuera mucho más parejo”. Las localías eran un plus para esos equipos, pero además tenían otras fortalezas: “El Progreso del 89, por ejemplo, jugaba con cuatro delanteros y te arrancaba la cabeza. Yo creo que hoy se puede dar algo parecido a lo que pasó en aquella época en la medida en que los campeonatos no sean tan desparejos”.

 

 

LOS GRANDES Y URUGUAY

 

El período entre 1987 y 1991 no sólo tuvo la particularidad de que cuatro equipos que no son ni Peñarol ni Nacional fueron campeones en ese lapso de cinco años en los que se compitió a nivel local. En las competiciones internacionales los grandes se hicieron fuertes y lograron títulos. Peñarol, con el gol agónico de Diego Aguirre, fue campeón de la Copa Libertadores de América en 1987 ante América de Cali en Santiago de Chile, lo que resultó ser su último título a nivel internacional; después ante Porto perdió la Copa Intercontinental. Nacional, un año después, también obtuvo la Libertadores, alcanzó el número de tres copas después de ganarle la final en el Centenario a Newell’s Old Boys de Rosario y le agregó a fin de año la vuelta olímpica en la Intercontinental ante el PSV holandés, tras empatar en los 120 minutos de juego y ganar en los penales. Pedro Pedrucci le encuentra una explicación a estos hechos: “Teníamos una competencia muy dura a nivel local y eso fortalecía a Nacional y a Peñarol. Después, cuando los grandes salían a jugar internacionalmente quizás se les hacía más difícil enfrentar a equipos de nuestro fútbol que a equipos de Colombia o Ecuador”.

El contexto a nivel de selecciones en América también nos tenía en las tapas de los diarios, con el color que ya predominaba en las televisiones de nuestro país desde su primera aparición, en 1981. La selección uruguaya no era ajena a los triunfos continentales y en la Copa América de Argentina 1987 consiguió la 13a tras despachar en la semifinal al campeón del mundo, la Argentina de Maradona, y en la final a Chile. Dos años después, en la Copa América de Brasil 1989, Uruguay tuvo una gran actuación que no le alcanzó para ser campeón. Después de clasificar en la segunda posición, detrás de Argentina en el grupo B, la celeste obtuvo el vicecampeonato tras derrotar en la fase final 3-0 a Paraguay y 2-0 a Argentina para llegar a definir el título con Brasil en la última fecha. La selección locataria terminó dando la vuelta después de un solitario gol de Romário ante 170.000 espectadores en el estadio de Maracaná, en Río de Janeiro. La base de ese gran equipo que jugó en 1989 se repitió en el Mundial de Italia 90. El grupo no fue nada fácil: el empate 0-0 ante España en el debut y la derrota por 3-1 ante Bélgica obligaba a la selección a derrotar a Corea del Sur para meterse en octavos de final. La victoria llegó con gol de Daniel Fonseca a los 90 minutos en el estadio Friuli de la ciudad de Udine y el tercer puesto nos clasificó para jugar los octavos de final ante Italia, que nos eliminó con un 2-0 en el estadio Olímpico de Roma.

 

 

 

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