SARANDÍ GRANDE: DONDE LOS JÓVENES SE VUELCAN A LA ACTIVIDAD ECUESTRE

Por Dino Cappelli

 

El primer golpe de realidad me lo llevé en un café de Zonamérica, hace años. Alguien me preguntó de dónde era. Le respondí rápidamente, esperando que asintiera. Sarandí Grande. Así, independentista, sin necesidad de sumarle Florida. “De los pagos de Juan Ramón”, me dijo rápidamente. Corregirle su error, explicarle que somos la capital del raid hípico, donde se ganó (y antes se luchó) la Batalla de Sarandí en 1825, donde nació Faustino Harrison –presidente de la República–, fue todo uno.

El segundo encuentro con la dura realidad fue hace pocos años, cuando mi hijo Diego me dijo que dejaba el fútbol de la AUF, que se cansaba de Progreso, Leo Ramos y la Tercera división para enfocarse en sus estudios de arquitectura. Entonces concluí que seguiríamos –al menos por un tiempo– sin tener un futbolista en el profesionalismo del fútbol uruguayo, sin aquella uruguayísima condición de asociar la identidad regional con la pasión futbolera. Y que deberíamos seguir corrigiendo errores de quienes confunden a Sarandí Grande con Sarandí del Yi, por culpa, obra y goles de Juan Ramón Carrasco.

Sarandí Grande es la segunda ciudad del departamento de Florida, al norte por Ruta 5. Unos siete mil habitantes viven de los tambos y su producción lechera, de la actividad comercial –no hay industrias en ningún punto del horizonte– y más recientemente de los servicios agrícolas. Hay escaso margen de desempleo, una característica que permite tranquilidad y cierto marco de seguridad pueblerina. Un estadio de fútbol donde se disputan los campeonatos de la liga local, dos canchas –en una juega la Institución Deportiva Boquita en la Liga de Florida, en otra el Deportivo Sarandí compite en la Liga de Durazno– y muy pocos adeptos a la cotidianidad de los campitos. “Ya no quedan canchas en los barrios, ahora son todos complejos de vivienda”, razona Álvaro, habitué de La Bombonera, una cancha de fútbol 7.

Los núcleos habitacionales de Mevir, la cooperativa Covifesa, el crecimiento desprolijo de la ciudad o la simple desidia han prevalecido sobre los espacios verdes. Y así el pueblo que tiene adeptos, no tiene canchas donde jugar al fútbol por jugar nomás.

 

La buena historia

“Desde que se comenzó a jugar fútbol a impulsos de los trabajadores de la empresa encargada de la construcción de la vía férrea hacia el norte, hablamos de 1871 aproximadamente, hasta la fundación del Sarandí Fútbol Club, 1 de febrero de 1907, este deporte primó en Sarandí Grande. Este club es el decano del departamento; disputó los torneos departamentales de esa época con resultados brillantes”. Quien repasa la historia es el relator de raids hípicos Jorge Eduardo Lerena, una de las personas que más sabe de hipismo en Sarandí Grande y la región.

“A partir de 1913, cuando se corrió la primera marcha de resistencia ecuestre, y la segunda en 1915, la historia comienza a cambiar a pesar de los malos resultados de ambas. En 1935 se corre la 1ª edición del Raid Hípico Batalla de Sarandí, y es en ese octubre cuando definitivamente la tendencia hacia los caballos se hace más intensa”.

Por allí se debe pensar una de las primeras causas de que una ciudad con tantos futbolistas por cantidad de habitante (en la Liga conviven cinco equipos, además la ciudad aporta dos instituciones a las ligas regionales) el fútbol no sea pasión.

Pero algún día lo fue. Solamente basta enfocarse en la primera mitad del siglo XX. Y en los años siguientes. Eran tiempos de “sensacionales eventos deportivos”

–según juzga Lerena–: desde la fundación de Sarandí FC hasta el comienzo oficial de la Liga local en 1917; la añorada cancha Sarandí, desaparecida por el nuevo trazado de la Ruta 5; la vieja cancha de Policial, la de Perdomo, la de Nacional detrás de las primeras viviendas de la ciudad; las divisionales A y B; los clásicos entre tricolores y aurinegros; los equipos de las localidades y parajes de la región como Polanco, Maciel, Goñi, Pintado, La Cuchilla, La Cruz.

Esos tiempos desaparecieron detrás del desgano de los directivos, la apatía del público y la idiosincrasia de un pueblo que opta por diversas actividades antes que enfocarse en el fútbol.

“Eran épocas de mucho público alrededor de los campos de juego, pero llegado abril (raid del Club Deportivo Sarandí) y octubre (raid del Centro Social 12 de Octubre) el clima deportivo cambiaba totalmente”, acota el historiador.

Nelson Pérez Cortelezzi es el principal directivo del Club Pintado Wanderers. Su teoría aún se mantiene en pie. Para ser campeón, hay que acercar jugadores de Florida. De esa manera, el equipo bohemio campeonó con apenas un nativo en el plantel de primera división. “No hay jugadores en la vuelta”, razona Pérez Cortelezzi.

Por su equipo y sus contrataciones pasaron jugadores de excelente performance local. Hace memoria y nombra algunos. La Panchita Ariztegui, Barcia –padre del actual delantero de Nacional–, Jorge Benoit, pero ninguno de ellos logró alcanzar el fútbol de la capital. “Eran otros tiempos, pero por el factor que sea, ninguno llegó. Jugaron en Florida, en San José, en otras ligas. Cobraban algún peso, pero nunca al profesionalismo”.

En la ciudad los niños y jóvenes apuntan su interés hacia los caballos. Una de las primeras causas que entiende Lerena es la disminución de equipos que se produjo en los años setenta, cuando las dos divisionales se convirtieron en una sola. “Estoy seguro de que la disminución de equipos afiliados fue factor de importancia para que niños y jóvenes apuntaran hacia los caballos. Consecuencia: algunos de los posibles buenos jugadores de fútbol se dedicaron al hipismo”.

 

Sin cracks

Por un motivo u otro no llegaron. “A mí me gustaba tomarme un vinito, y en Danubio no podía. Entonces me vine”. El relato del Rubio Pérez es conocido por todos, por aquellos que lo vieron jugar y aún hoy lo catalogan como el mejor de la historia local. Héctor González probó suerte en varios equipos, llegando al Deportivo Maldonado. Un día lo tentaron para el Calcio y se embarcó rumbo a Italia. Pero extrañó, y al mes estaba de vuelta en Sarandí, sin fútbol y sin nada.

Los cracks no llegaron. Nombres hay muchos en la mente de los veteranos de boliche. Un momento de bar permite hacer historia. Sergio Rubio Pérez, Steward Chita Benoit, Ricardo Richard Fernández, Daniel Sánchez Gil, Jorge A. Benoit, Panchita Aristegui, Muniz. Todos acompañaron una época de esplendor en el fútbol del pueblo, pero no trascendieron hacia el sur de la Ruta 5. Tuvieron la oportunidad de incursionar en el fútbol profesional –estos y otros–, fueron observados e invitados a probarse y no llegaron al profesionalismo.

Eran tiempos en los que el brillo deportivo pasaba por el talento, puro e innato. Sin entrenamiento, sin infraestructura, con escenarios en pésimas condiciones. El jugador que sobresalía lo hacía a base de picardía, habilidad, goles y más goles.

Uno de estos casos fue el Rubio Pérez. Hoy vive en la Villa Hípica, al sur de la ciudad. “Fui, me probé y me volví. Me daban todo en Danubio, trabajo, casa, podía jugar al fútbol, pero yo extrañaba el pueblo y me vine. Y hoy haría lo mismo, no me arrepiento de nada”, confiesa a Túnel a sus 74 años, sabedor de que un buen vino podía más que la pelota.

 

Un hoy deslucido

El tiempo ha transcurrido. La Liga de Fútbol de Sarandí Grande actualmente cuenta con cinco equipos afiliados, se juegan anualmente tres torneos (Preparación, Apertura y Clausura), con planteles repetidos año a año, sin público. Sin emoción. Sin fútbol.

“Los costos de los espectáculos futboleros se han incrementado considerablemente, los dirigentes tienen que poner dinero para cubrirlos, poco a poco se van desgastando, el esfuerzo es cada vez mayor y no sólo en lo pecuniario sino también para comprometer a los propios jugadores a concurrir y aquí es donde, a nuestro entender, está uno de los puntos neurálgicos. Muchos de esos jugadores que de pronto entrenaron durante la semana entusiastamente, están vinculados a alguna de las caballerizas ya sea como allegado o trabaja y logra un sustento para sus gastos”, explica Eduardo Lerena, quien además de los pingos disfruta del fútbol.

 

Y así Sarandí Grande pervive, sin futbolistas atados al nombre de la ciudad. Paso de los Toros tiene a Fabián O’Neill, Tala a Stuani, Canelones a Lugano, Durazno al Hormiga Alzamendi, Cerro Chato a Diego Ifrán…

 

Que no lleguen a Montevideo es una primera parte de la hipótesis. Pero los que llegan no se mantienen. El pueblo se ha alineado detrás de las expectativas de varios jóvenes en los últimos tiempos. César Bonaudi deslumbró como recio zaguero en el Club Plaza y llegó a Peñarol. La tercera división fue su techo, en tiempos de Paolo Montero. El Toto Leiva no tuvo rivales en el arco, jugando en la liga local. Nacional fue su casa por muchos años de cantera, preferentemente alternando con Gustavo Munúa. “Era un joven de Sarandí Grande, era nuestro orgullo”, dice la charla de bar. Pero el fútbol y él se dejaron mutuamente.

Fabricio Cardozo es un ejemplo reciente. El Zurdo brilló en el Liverpool goleador de la quinta, cuarta y tercera división. Compartía campo con Rodales y Elías Figueroa, entre otros. Hasta que una lesión lo radió de la ilusión y del equipo de Belvedere, dejando en el pasado y en las páginas deportivas su capacidad de goleo. Antes y después sobran los nombres que son ejemplos.

¿Están comprometidos?, preguntamos a Lerena. Las respuestas refieren al sí, pero llegado el momento de decidir se vuelcan hacia el raid. ¿Por qué? Porque proporciona actividad continuada durante diez meses y el fútbol, con suerte, cinco o seis meses y no para todas las edades.

“En las caballerizas hay actividad durante todo el año, de mañana y de tarde, con la posibilidad de competir en forma oficial en las pruebas de esta ciudad o en otras en distintos puntos del país sin ser propietario”, ilustra Lerena. Y agrega: “Varios jóvenes han sido llevados a la capital para jugar en equipos muy bien organizados, en los que se les exige estudiar y entrenar, condiciones indispensable para continuar con sus aspiraciones. Lógicamente que la separación que deben sufrir, amistades y familiares, muchas veces no la pueden superar y regresan al pago y vuelven a jugar al fútbol. Desde otro punto de vista, la actividad ecuestre brinda más oportunidades a niños y jóvenes, que al avanzar en sus etapas de vida los impulsa a que de una manera u otra se vinculen a los caballos”.

 

Salto es Luis Suárez, y viceversa. Lodeiro es imagen y semejanza de Paysandú. Chori Castro es orgullo de Trinidad, y Andrés Fleurquin representa a Rocha. El Chango Pintos Saldanha se identifica con Artigas, como Ruben Paz y tantos otros. Diego Godín es igual a Rosario, como el Cebolla es a Juan Lacaze. Sarandí Grande carece de figura.

 

El único mohicano

Didier Borges le hizo la última moña a la vida… y la dejó sentada en la cancha. Así narraba Semanario Punto y Aparte el último hito en la vida del futbolista, el único que llevó a Sarandí Grande al profesionalismo. “Este domingo 17 se fue de la vida un hijo ilustre de la ciudad. Además de futbolista, notable para los que tuvieron la dicha de verlo en acción en los campos de juego, excelente persona. Un tipo de esos que te impulsan a vivir, que te enseñan que más allá de los setenta u ochenta años hay vida, y que es bueno vivirla. Deportista como pocos hasta los últimos días de su vida, estuvo en acción para con nuestra ciudad, tanto en los festejos del Centenario del Centro Social 12 de Octubre como en los almuerzos del raid”.

La crónica intentaba, en octubre de 2010, repasar brevemente la carrera del sarandiense que convivió con la gloria en el fútbol, visto más allá de las fronteras del tambo de Vera (el límite con el mundo por el sur) y del comercio de Jesús Choca (la frontera al norte).

Didier estuvo vinculado por siempre a su querido Rampla Juniors de Montevideo, integrante de la selección uruguaya en la época de los “mostros”.

Tiene varios hitos. Por ejemplo el 10 de setiembre de 1944 fue parte de la mayor goleada en la historia de la Divisional B del fútbol uruguayo, cuando con Rampla le hizo nueve goles a San Carlos.

El sarandiense integró también la preselección celeste de cara al Mundial de 1950. Representando a la casaca color cielo fue parte del clásico rioplatense jugado el 29 de enero de 1944 en Buenos Aires, cuando Argentina nos goleó 6-2.

Didier Borges fue campeón sudamericano con Uruguay, campeón con Rampla de innumerables copas, tanto en Uruguay como en Europa, cuando Rampla viajaba por el mundo haciendo gala de tercer grande. También fue técnico.

Él es el primero y el único. “¿Didier Borges?, no lo conozco, nunca lo oí nombrar”, responde el joven desde su posición de cerveza, en pleno centro.

Y Lerena piensa y piensa si esta situación algún día podrá cambiar. “El cambio de postura y actitud, por ahora no lo veo, las actividades ecuestres en nuestra ciudad predominan ampliamente, la Federación Ecuestre Uruguaya cuenta con cincuenta instituciones afiliadas”. Su razón tiene fundamentos recientes. Julián Cabrera era arquero en Villa Teresa, pero se volvió al pueblo y hoy ataja en Fraternidad. Javier López llegó a la cuarta de Peñarol, pero desde hace dos temporadas juega en el pueblo, la primera mitad del año en Boquita de la liga de Florida, y el segundo semestre en el Deportivo Sarandí de la liga de Durazno.

“Hay niños y jóvenes con grandes condiciones para jugar fútbol, pero en nuestra ciudad nacen de botas puestas y con la fusta bajo el brazo”, puntualiza el observador.

Sin embargo, la esperanza siempre está latente. Aquí o allá, en Nacional o en Bella Vista o en Cerro, siempre habrá una posibilidad entrenando y alternando en las divisiones formativas. Braian Ganachippe es volante, es 10. Se probó el 17 de octubre, gustó y quedó en el equipo papal. Tiempo atrás, ganó un raid hípico. Es de los pocos que prefiere el fútbol por sobre los caballos. Agustín González es una de las esperanzas de Nacional en sus formativas, a sus 17 años. Residente en el Parque Central, sueña desde hace años con llegar a primera división, y en eso está. Fabio Ghirardi otro tanto. Desde la tercera división de Cerro, alienta la ilusión del pueblo… aquel que por ahora no tiene futbolistas.

 

 

El único que llegó a Peñarol

 

Diego Pérez Ilundain es oriundo de Sarandí Grande. Comenzó jugando al baby fútbol en los Cardenales del Club Deportivo, y desde allí empezó a vivir su sueño de fútbol. Fue parte de la primera generación de jóvenes del pueblo que participó en el fútbol infantil organizado, en los primeros pasos de la incipiente Liga de Baby de Sarandí Grande, hoy desaparecida. A los 18 años, terminó de cursar la secundaria y emprendió el habitual viaje a Montevideo, hacia los estudios universitarios, hacia el periodismo deportivo. Finalmente recaló en Peñarol.

“Seguramente no hay un motivo particular y único por el que hace décadas no llega al fútbol profesional algún sarandiense. Uno de los primeros que se me ocurre es el nivel de la competencia local, sobre todo en la franja etaria entre los 12 y los 18 años, en la que se moldea al jugador tanto a nivel físico como técnico y hasta intelectual. En ese marco, posiblemente la tendencia creciente a una inserción de chicos sarandienses en ligas de fútbol infantil más ‘fuertes’ (si es que cabe tal definición) genere condiciones propicias para que surjan y crezcan jugadores mejor orientados al profesionalismo”, dice Pérez.

Actualmente funge como jefe de prensa del Club Atlético Peñarol. “Otro aspecto que se me ocurre determinante para que chicos sarandienses que prueban suerte en las divisiones formativas de equipos profesionales no ‘lleguen’ es la cercanía con Montevideo, aunque para algunos pueda sonar hasta contradictorio. En mi opinión, estar cerca de la capital hace que esas ganas de estar con los suyos –ya sea a nivel de familia, como de amigos– se haga bastante menos controlable que a chicos de otras partes de Uruguay. En Sarandí Grande el fútbol no deja ni dejará de ser un hobby para quienes lo practican, más allá de la edad. Eso hace que la dedicación y el nivel de compromiso ni siquiera se acerquen a los estándares mínimos de un jugador con posibilidades ciertas de dedicarse al fútbol a nivel profesional”.

 

 

 

 

 

 

 

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