SEBASTIÁN FERNÁNDEZ SIN ETIQUETAS

Por Carla Rizzotto

 

Trata de escaparle al rótulo pegado en la frente que tanto vende, de demostrar por qué hoy vale a pesar de haberlo demostrado ayer, y de seguir por el camino que cree correcto aunque las cosas no estén saliendo del todo bien. Así es el delantero tricolor que sueña con volver a la selección.

 

 

Desde el banco de suplentes el fútbol se ve injusto. Los únicos que no lo sienten así son los once que están del otro lado de la línea. Pero Sebastián estaba convencido de que ese 2 de julio de 2010 en Johannesburgo le tocaba, que entraría en el segundo tiempo contra Ghana. El partido iba 1-1, ni cerca estaba Luis Suárez de sacar con la mano aquella pelota de gol de los africanos, tampoco Asamoah Gyan de estrellarla en el penal contra el palo; y menos aún Sebastián Abreu de picarla. De hecho, el Loco estaba sentado a su lado, tan ansioso como él por jugar aunque fuera un rato. En el minuto 75, Tabárez le dio la chance al 13, el más experimentado.

El que la mira desde ese asiento duda y se reprocha. Aunque esta vez Papelito

–ahora le gusta el apodo que le adjudicó el relator argentino Walter Nelson– estaba más furioso que otra cosa. Es calentón de chiquito, admite. Igual, como la procesión va por dentro y como el tiempo lo ayudó a controlar las emociones, se tragó la bronca. “Pensaba que tenía que entrar yo, pero la verdad es que el Maestro tenía razón, nadie más que vos podía hacer eso, yo seguro que no podía”, le dijo a Abreu en la sobremesa de la cena post-hazaña.

 

¿Al final lo alivió que no lo hubiera puesto el técnico?

No me alivió. Pero fue el Loco quien entró e hizo algo histórico para la selección. Ese quinto penal era sólo para él.

 

¿Le hubieran temblado las piernas?

Seguro, pero a él también le deben de haber temblado.

 

Aquella proeza en Sudáfrica la vivió desde afuera de la cancha. “Aprendés a perderle el miedo, a convivir con el hecho de que en un equipo son 25 o 30 y sólo juegan 11”. Tal vez algo similar a lo que sucede en una convivencia de cinco hermanos, sobre todo si sos el tercer varón y estás bien en el medio.

Se crió en una calle cerrada de Punta Gorda con más libertad de la que pueden tener hoy sus tres hijos en Pocitos. La mamá –Mariela– era azafata de Pluna, “me acuerdo que traía a casa las bandejas de comida de los vuelos”. Pero renunció para cuidar a la prole; papá Antonio –Noni– pasaba tres o cuatro días a la semana fuera de Montevideo trabajando en el campo. “Mi vieja estaba en todas”, recuerda.

Una foto que muestra a Sebastián anticipándose a soplar las velitas en el cumpleaños número cuatro de un amiguito de la Scuola Italiana, donde estudió desde los tres años hasta terminar el liceo, predijo su destino. Y no le quedó otra que empezar baby fútbol en el Carrasco Lawn Tennis. Probó con la raqueta un rato –deporte que hay, deporte que juega–, pero cuando tenía edad para arrancar a competir, la guardó.

El fútbol le gustaba, sí, había jugado hasta en la selección del Lawn que se mide en la Liga Universitaria e incluso había quedado fichado en Miramar Misiones. Sin embargo, su plan A era convertirse en profesor de educación física. Un revés no calculado en el examen de ingreso del ISEF terminó sentándolo en una silla de Ciencias Políticas por un año. Ni él sabe por qué. “Son cosas que hacés a los 17 años”.

El más grande del clan Fernández vio en el deporte más popular una profesión para su hermano, algo de lo que al propio Sebastián le costaba percatarse. Le insistió tanto que siguió con los dos proyectos, tarde o temprano alguno terminaría imponiéndose; y a esta altura ya todos sabemos cuál fue.

 

¿Terminó el ISEF?

No. Fui tres años, que no es lo mismo que estudiar tres años. Tenía asistencia obligatoria a todas las materias; ya había empezado a jugar en el fútbol profesional y no fui capaz de congeniar las dos cosas. La verdad es que sólo me dejó amigos. No me gustó el trato que tuvieron los profesores conmigo. No me ayudaron en nada; es más, me la complicaron bastante.

 

¿Por ser jugador de fútbol?

Sí. La visión de la gente con respecto al jugador de fútbol cambió mucho después del Mundial de Sudáfrica. Se valorizó esta carrera, ganó prestigio; pero a mí me tocó empezar antes. Cuando contaba que jugaba en la tercera división de Miramar me decían que estaba perdiendo el tiempo. “Dejá eso, no vas a llegar a ningún lado, te estás equivocando”. Capaz que tenían razón porque si me iba mal eran años perdidos, pero en esa época lo sufrí bastante.

 

Al primer entrenamiento del club cebrita, el botija cayó en bicicleta luciendo muy suelto de cuerpo un short de Nacional, club para el que juega hoy en día. “Lo usaba siempre”, excusa número uno. “Si hubiera ido con el de Central Español sí era un drama”, excusa número dos. Ese día pasó desapercibido –el día, no el short–; aunque tiempo después, Sebastián Olalde, uno de los muchachos de la Primera, le dio dos pantalones de Miramar y le sugirió darle de baja al tricolor. “Igual, nadie te podía decir algo porque el club no te daba absolutamente nada, entonces cada uno iba con lo que tenía o con lo que podía”.

 

Entrenaba con pibes que no tenían para comprar un short pero a veces tampoco para comer, algo que nunca le sucedió. ¿Cómo lo vivía?

Siempre me sentí un afortunado por el lugar donde me tocó crecer; no sólo por tener para comer sino por mi familia en sí. Y me he preguntado muchas veces esto de la suerte de nacer en un lugar u otro, y la verdad es que no tiene explicación. Además, no soy un tipo que busque las diferencias, porque al final somos todos iguales. A todos nos interesa lo mismo, vengas de donde vengas, lo que querés es que los tuyos estén bien.

 

¿Qué lo sorprendió al pasar del Lawn Tennis a Miramar?

Miramar es fútbol profesional; hay otra competitividad, porque estás disputando un puesto con un compañero que te puede quitar la posibilidad de un sueño. En la liga también se puede enojar tu suplente, pero de otra manera.

 

Porque quizás no es su sueño de vida.

Capaz que sí es su sueño, pero no lo ve como una realidad. Cuando ya estás en un lugar donde el sueño se puede hacer posible, es otra cosa; no es lo mismo que soñar. Soñar, soñamos todos.

 

Para Sebastián, el sueño se volvió real recién en Defensor. Dejó el ISEF y entendió que su vida iba por este otro lado. Y vaya si le salió bien la jugada que con la viola festejó por partida doble: ganó el Apertura, y a pesar de escaparse el Clausura logró el campeonato uruguayo en la final contra Peñarol.

Primer destino: Argentina. Eso decía el pasaje, y hacia allí se embarcó. Acá enfrente, en el club Banfield de Buenos Aires, pero él lo vivió como si hubiera cruzado el océano. “Me costó pila; no tenía la cabeza preparada. En Defensor me había ido muy bien: hacía cinco años que jugaba en Primera y, quieras que no, ya tenía un nombre, un lugar, un reconocimiento. Cuando llegué a Argentina, era menos que un juvenil. Nadie sabía quién era, ni dónde había jugado. Además, los argentinos nos dicen ‘uru’ a todos los uruguayos, y eso me molestaba. Incluso había otro uruguayo, Martín Rodríguez, y lo llamaban igual. Son cambios que vienen todos juntos: te vas a vivir solo, estás en otro país, nadie te reconoce lo que hiciste y no te llaman ni siquiera por tu nombre. Me costó unos seis meses, que no jugué nada bien”, repasa.

 

¿Qué extrañaba más?

No sé, pero había algo con lo que no me sentía cómodo, y me hacía dudar de todo. Sabía que era mi carrera, que la había elegido y estaba contento por ese lado, pero cuando no jugaba me preguntaba “¿qué mierda hago acá?”. El fútbol tiene mucho de eso, de tener que esperar, y siempre que estás afuera se te pasa lo mismo por la cabeza “¿por qué no me voy para mi casa, si acá estoy perdiendo el tiempo?”. Te preparás toda la semana para entrar el domingo y no jugás, te preparás otra semana y tampoco, entonces enseguida viene la pregunta.

 

¿Qué pregunta surge cuando llega una lesión?

Al elegir esta carrera sabés que hay momentos en los que tu cuerpo no te va a responder, pero es distinto a estar en el banco. Ahí es tu cuerpo el que dice que no podés estar en la cancha y que te enfoques en la recuperación. No sentís eso de “¿qué estoy haciendo acá?”. Lo sabés: te estás recuperando para volver a jugar. He tenido bastante suerte con las lesiones –toco madera–. Aunque sufrí una fuerte, me rompí los ligamentos cruzados en el Rayo Vallecano.

 

Sin embargo tuvo varios pases frustrados por culpa de lesiones, ¿es así?

Sí, eso fue un tiempo antes, en Defensor. En un partido se me cayó un jugador arriba de la rodilla y tuve un traumatismo medio grave. En dos semanas volví a jugar, tenía una molestia, pero me hicieron estudios y no me encontraron nada. Al ganar el Apertura, me salió un pase al Morelia de México. Fui, firmé contrato y a los cuatro días me dijeron que tenía los cruzados rotos, que me volviera para Uruguay. A los dos meses, salió otra posibilidad en el Groningen. Teníamos una gira con la selección uruguaya, jugamos dos partidos amistosos, me quedé en Holanda para firmar contrato y después volver a jugar la final contra Peñarol por el campeonato uruguayo. Llegué allá y lo mismo: los cruzados rotos. Pensé que en México me habían engañado; pero en Holanda me convencí, no podían estar mintiendo los dos. Son momentos de muchas dudas, porque la gente te empieza a decir que te operes, que nunca te vas a poder ir de Uruguay, y yo por otro lado pensaba “¿por qué me voy a operar si estoy corriendo bien, me acaban de citar a la selección?”, “¿cómo me voy a perder seis meses dentro de una cancha si puedo jugar?”. Estaba dando pasito por pasito, me habían convocado a la selección, tenía pensado irme a México o a Europa, a ligas más competitivas, y seguir subiendo la escalerita. Cuando te tiran abajo la escalera es difícil.

 

¿Se operó?

No, me negué. Soy muy terco. Me dieron a préstamo a Banfield y después el club argentino compró el pase. Terminé saliendo campeón con Banfield.

 

¿Es lo mismo salir campeón en un equipo chico que en uno grande?

No, es muy distinto. Porque en el grande es una obligación y en el chico, una hazaña. La obligación de ganar hace que el disfrute de haberlo logrado sea más un alivio; cuando conseguís algo con un equipo que no lo espera, hay ganancia por todos lados.

 

¿Qué pasa cuando a pesar de ser una obligación no se logra?

En el fútbol estás más acostumbrado a perder que a ganar; es lo que toca casi siempre. Pero perder en un equipo grande es más complicado: no sólo se hace más difícil el día a día sino también creer en lo que estás haciendo. Porque muchas veces lo que hacés está bien, pero influye la suerte, los momentos; hay muchas cosas que no tienen explicación en el fútbol, y justamente es lo que hacen que sea tan apasionante.

 

¿Y tan ingrato? Me viene a la cabeza Diego Forlán, que vino a Peñarol, salió campeón y se fue pidiéndole perdón a la hinchada.

Es ingrato. Gustavo Munúa se fue porque tuvimos la mala suerte de perder contra Boca en la definición por penales; si hubiéramos ganado, hoy seguiría siendo nuestro entrenador –ahora asumió la conducción Martín Lasarte–. Hay otras cosas que juegan: el carisma que tenés con la gente, el momento en el que llegás al club, si está esperando a alguien como vos o no, si sos una figura de nivel internacional como Diego. En la previa venía a romper todo y a ser el mejor; es una expectativa y una carga muy pesada de sostener. El fútbol no es una sola persona: son 25 jugadores, es un club, es el entorno que se genera. Además Peñarol tenía más presión por la inauguración de su estadio. Si fuera tan fácil, nunca le errarías.

 

¿Lo que hizo antes no cuenta?

Te lo reconocen después, al retirarte. Es así el deporte en general. Hoy tenés que jugar mejor que ayer, tenés que demostrar por qué tu lugar es dentro de la cancha ese día, no importa cómo lo hayas hecho el anterior.

 

¿El hincha le pide mucho al jugador?

Sí, pero es lo que tiene que hacer. Es lo que yo haría si estuviera del otro lado.

 

¿Alguna vez padeció una hinchada?

Cuando vine a Nacional lo que más me costó fue tener a la crítica dentro de casa. Hasta ese momento nunca me había tocado vivirlo, porque no eran hinchas del equipo donde yo jugaba; entonces si perdíamos era “ya está, vamos arriba, hablemos de otra cosa”. Pero cuando estás rodeado de hinchas de Nacional, y tenés alguno que otro de Peñarol en la vuelta –su hermano Mauro, su tío paterno y primos–, el partido sigue en casa. Ante una derrota, ahora es “¿qué pasó?”, “¿y por qué no anda tal jugador?”.

 

El periplo que arrancó en Argentina continuó en España. En Málaga primero y luego en el Rayo Vallecano. ¿Diferencias? Bastantes. Sobre todo en cómo vive el fútbol la gente de cada lugar. “En Argentina tenés que atacar todo el tiempo, no importa si hay una pared, vos tenés que ir para adelante, chocarte contra esa pared, y que la gente vea que te chocaste. En España es al revés. Si vas por un lado, frenás la pelota, pisás para atrás y la cambiás para el otro lado, el estadio te aplaude. En Argentina, tenés a cuatro marcándote, te das vuelta, tocás para atrás y fiuuuuu [silba]. En Uruguay se intenta encontrar un equilibrio, buscás el arco rival pero no tenés la exigencia de tanta gente. Salvo en Nacional o Peñarol, en los demás equipos jugás muy tranquilo con esa presión, y eso hace una diferencia grande en cómo se juega al fútbol”.

 

Él lo experimentó en el Rayo, cuadro peculiar de Madrid por donde se lo mire. “Está en un barrio obrero de Madrid, el equipo es muy pobre dentro de la liga española; está al lado de equipos poderosos y ricos. Al tener un cuadro humilde, está muy metido en el barrio. La gente es de ahí, entonces lo siente muy propio. En esa cancha hay un aura distinta que en el resto. Allí aplauden una derrota; también está la crítica pero en ellos está metido eso de que son “el Rayito”. Se identifica mucho con su realidad humilde y trabajadora, donde les cuesta más que a cualquiera. Tienen eso muy metido en su vida y en el equipo.

 

¿Le hubiera gustado quedarse más tiempo en España?

No sé. En realidad me quería venir. Pasé muy bien en el Rayo, pero me tiraba mucho más mi gente y jugar en Nacional.

 

¿Se resigna plata para jugar en el club de sus amores?

Yo en lo personal resigné. Una vez en Uruguay, tuve mejores ofrecimientos que Nacional, pero en realidad estoy donde quiero. Y ganando muy bien en comparación con los sueldos de todo el mundo; no me quejo. Siento que este es mi lugar, entonces no me hace diferencia ganar un poco más o un poco menos.

 

Hablando de diferencia económica, ¿es clave en una carrera corta como la del futbolista?

Sí. Hay muchos muchachos a quienes se les termina el fútbol de un día para el otro y están viviendo al día, entonces tienen que salir a trabajar. Salís con 31 años, como yo, te piden el CV y decís que jugaste en Miramar, Defensor y Nacional. “¿Y dónde trabajaste ocho horas?”. La realidad de los que hicieron mucha plata o tuvieron más suerte la sabemos todos, pero esa otra realidad también es parte del fútbol; y es la del 95 por ciento de los jugadores.

 

¿Qué espera de esta etapa de la carrera?

Me siento bien y tengo sueños grandes. Ganar un premio internacional con Nacional es uno de los grandes objetivos de mi carrera, y el otro es volver a la selección. No sé si los voy a lograr, pero me dan la fuerza que necesito cuando dudo de todo lo que hago.

 

De titular jugó dos partidos y entró como suplente en dos del mundial en Sudáfrica, ¿siente que se quedó corto en la selección?

Sí, claro. El fútbol es así, y la vida también. No podés hacer todo lo que soñás. Estoy orgulloso de lo que logré; y lo que no, no me pesa. Pero me quedan muchas cosas por hacer.

 

La otra pasión

 

La heredó de su mamá y su abuela Eda, maestra ella. Para Sebastián, la lectura no tiene otro objetivo más que el disfrute. En verdad también lo desenchufa; por eso durante un buen tiempo le escapó a las tramas sobre fútbol, recién ahora se les anima. No conoce la sensación de abstinencia a la lectura. “No paso tiempo sin leer. Si me acuesto a la hora de la siesta y no leo, no me duermo. Lo mismo me pasa de noche. Soy de tener libros en la mesita de luz, siempre. Por más que mire la tele un rato, después la apago, prendo la lamparita y leo”, advierte.

En estos momentos, en la mesa de luz del cuarto que comparte con su esposa desde los 25 años, hay varios libros, entre ellos Mi primera juventud, una autobiografía de Churchill; La tregua, de Primo Levi; y Un hombre enamorado, de Karl Ove Knausgard. De acá, Mario Levrero está entre sus favoritos, y Gustavo Escanlar lo ha entretenido mucho, por citar sólo un par.

 

¿Se los regalan? ¿Los compra?

Voy mucho a las librerías. De hecho, vengo de tomar un café en Escaramuza, es preciosa. También voy pila a una chiquita que se llama Las Hortensias, que está sobre la calle Chucarro; es la librería del barrio. Incluso hace un par de años, con Agustín Lucas, un amigazo con quien debutamos juntos en la primera de Miramar, estuvimos buscando lugares para abrir una. Es una idea que tiene mi vieja desde hace muchos años. Por una cosa u otra finalmente lo pospusimos, pero es algo que está ahí, que me gustaría.

 

Al que lo ubica por el fútbol, tal vez le extrañe verlo seguido por los reductos literarios. “Como si fuera contradictorio”, suelta. Incluso en una época lo avergonzaban los rótulos tales como El intelectual del fútbol. “¿Porque leo un libro en la cama soy un intelectual?”, cuestiona. “También hablan de la supuesta ventaja que tengo sobre el resto de los jugadores; absolutamente ninguna. Me gusta leer un libro como mirar la tele o como ir al cine. Sí sé que tengo una suerte bárbara por la familia en la que me tocó nacer, pero no por leer un libro”.

Con pasos tímidos Sebastián se anima a colocarse en la otra vereda, la del que escribe; la que lo expone más de lo que quisiera, pero que a la vez le tira por alguna razón que aún le cuesta identificar. “Cuando falleció el pelado [Carlos] De Castro –en un accidente automovilístico en Venezuela el año pasado–, me salió hacerle una carta, se la mandé a Agustín para que la leyera y la publicó en Pordecirlago.com”. Y a pesar de lo expuesto que se siente en este rol, quizás tanto como en el de jugador, se volvió a animar. Esta vez para Pelota de papel, libro escrito por futbolistas y directores técnicos de la talla de Pablo Aimar, Javier Mascherano, Sebastián Domínguez, Fernando Cavenaghi, Jorge Sampaoli y Jorge Cazulo.

“De barrio” se titula el cuento que lleva su firma y, en palabras del periodista argentino Diego Fucks, hace una descripción “tan exacta y tan maravillosa del barrio, del viejo maestro que entregó su vida por los pibes/botijas”. La del descubridor de talentos que da todo de sí para hacer que esos chiquilines cumplan su sueño.

 

¿Es un personaje real el protagonista del cuento?

Sí. Es Mario Lanza, un entrenador que tuve en el Lawn Tennis cuando era juvenil. Fuera de mi familia, fue la persona que más influyó en mi vida. En todas las decisiones que tomo, él siempre está cerca de mí. Falleció hace unos años. No sé si lo escribí a modo de homenaje, pero me marcó mucho.

 

¿Se siente cómodo en la piel de escritor?

Por más que no sea placer lo que siento cuando escribo, porque es difícil, porque soy muy exigente conmigo y porque me da un poco de vergüenza, cada tanto lo hago, hay algo que me lleva hacia eso. Tampoco me gusta el hecho de tener un nombre como jugador, escribir algo y que sólo se lea por el nombre del jugador. Se me genera una disyuntiva. Pero igual voy a seguir.

 

Él siempre sigue. Con la sonrisa como aliada, con la seguridad que sólo su familia puede darle puertas adentro, cuando simplemente es Sebastián, y convencido de lo que le prometió el año pasado un profe tricolor. “El fútbol es noble. Al fin de cuentas te va a pagar todo tu esfuerzo. No importa si es hoy, mañana o pasado, pero te lo va a devolver”, le dijo. Por eso duerme tranquilo.

 

 

 

 

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