EL FÚTBOL ES LA EXCUSA

Por Agustín Lucas

 

Ricardo se sube las medias por encima del vaquero. Se ajusta la gorra y mira al horizonte. El horizonte son cuadras y cuadras de campo, callecitas descolgadas del mapa. Entre el ojo y el horizonte hay una reja, sobre la reja un alambre de púas, casi inalcanzable. En las esquinas del predio se erigen los monumentos de la vigilancia. Las luces lo denuncian todo, los pastos se cortan al ras o se peinan a lo bruto, para que nadie, nadie, se escape. El escape es una ilusión, una máquina mental. La máquina mental es a veces el escape, pero es también la enfermedad. La fuga nunca es una nota musical. Cristian pide un short prestado porque el suyo está mojado, hace días que llueve, pero hoy el sol nos guiña una tarde que se presta para el juego. El juego, como el hambre y la escuela, son las necesidades básicas para el desarrollo. El barrio es la cuna. La esquina, el lugar donde se ama, se peca, se llora y se curte. Pablo se acomoda la ropa, la panza se mece pero la técnica es la misma de siempre. Sus dieciséis años le han enseñado, entre otras cosas, a hacer un amague. Yo soy el que sigue de largo. Elbio dice que no va a jugar pero termina poniéndose el chaleco rojo y patea para mi cuadro. Es callado. La vida lo tiene callado. La pelota le cae en los pies y la patea, sonríe por lo bajo, saluda por lo bajo, vive por lo bajo. Alexis derrocha su energía por todo el campo de juego. Corre, se tropieza, cae, se levanta, grita, la pide. Y cuando alguien la pide lo mejor es dársela. Miguel se para en el fondo con la sobriedad de los zagueros de antes, Ángel en el arco, con la remera colgando del travesaño y la culpa que va de palo a palo. No hay tiempo para protestas. Si apenas se va, siga siga, si el pelotazo es exagerado, habrá que meterse entre las chircas. Jhonny ocupa el otro arco, Gabriel le dejó su lugar porque quiere ir un rato de nueve. ¿Cuánto hay de sano en un adolescente que quiere jugar de nueve? El partido se brinda. La vida dura lo que dura el juego. Creo que al fin se define por un gol o por penales. El partido lo ganamos todos. La vida vuelve a la cabeza, el sudor se enfría en la espalda. Hasta un raspón delata la intensidad. El barro en los championes es la piel que no nos deja huir. El viento sopla, vuela el poncho del Diablo. Álvaro tiene que darle de comer a los chanchos, Franco deberá terminar con la cocina. Robert sudará su eterna camiseta del Barza, pero después tendrá que hacer los deberes para el liceo. Yo me iré al afuera. Saldré del adentro. Del encierro. Me encontraré con mi barrio, mi perro y las dinámicas problemáticas del cotidiano. La vida es un cuaderno de matemáticas que siempre da error. El error es a veces lo más lindo que nos ha pasado. O lo más terrible. ¿Cuánto nos educan sobre el error? ¿Cuánto sobre el éxito y el fracaso? Este hombre que ahora escribe, que tuvo la oportunidad de comer todos los días de su vida, de ir a la escuela y al liceo, de ser besado por una madre, tapado por una frazada, este hombre privilegiado se acurruca en las palabras porque no le queda otra. Los futbolistas de Miramar Misiones ya no serán los mismos futbolistas de siempre. Hay partidos que, cuando se habla de experiencia, no se cuentan nunca, pero son puntos de oro al final del campeonato. Un entrenamiento que poco tiene que ver con lo táctico, lo técnico es el abrazo, la complicidad, lo físico es correr, correr y correr. La risa es pájaro en mano. La muerte, un ciento volar. El colectivo NADACRECEALASOMBRA se repartirá por los barrios montevideanos, con el alma más adolescente y el corazón en carne viva. Gonzalo divulgará lo que siente el grupo al final de la jornada. El grupo acotará lo que el portavoz defiende, y se preparará para el próximo juego, el lunes siguiente, en la canchita de la Colonia Berro.

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