SU VERTIGINOSO ACCIONAR CULMINÓ TRAS LAS REJAS

Por Mauricio Pérez

 

“El poder es una cosa reservada a muy poca gente. A veces uno cree que con el dinero le alcanza y (en realidad) lo que uno quiere no es dinero: es poder. Pero el poder es una droga que si no se administra bien, te puede llegar a matar”. Sentado en su despacho de la AUF, Eugenio Figueredo recibió a dos jóvenes periodistas del programa Locos por el fútbol, del Canal 11 de Santa Lucía, y contestó una pregunta que tiene mucho de actualidad: “¿Qué es el poder?”.

Figueredo nació el 10 de marzo de 1932, en Santa Lucía (Canelones), pero a los pocos años se mudó, junto a su familia, a Montevideo. Se instalaron en una casa del barrio de la Unión, y al poco tiempo se mudaron al Buceo, donde Eugenio vivió su adolescencia. Por intermedio de unos amigos, se enroló en las divisiones formativas de Huracán Buceo.

Sobre mediados de los años cincuenta, Figueredo llegó a integrar el plantel principal del club, en la vieja divisional Extra. Jugaba de lateral derecho. Su carrera como futbolista fue efímera y sin mayor destaque. Tras su retiro, decidió seguir vinculado a la institución, pero fuera del campo de juego, como dirigente. Desempeñó algunos cargos menores, hasta que fue electo presidente en dos períodos: 1971-1972 y 1976-1977.

Poco a poco, comenzó a forjar una extensa carrera dentro del ámbito dirigencial. Se transformó en un hombre conocido, por su actitud diligente y expeditiva para resolver problemas, y comenzó a estrechar vínculos con los principales dirigentes del fútbol uruguayo. En su actividad particular, también le iba bien: se consolidó como un empresario medianamente exitoso del rubro automotor, al tiempo que incursionó en el sector inmobiliario, con inversiones rentables que aumentaron su creciente fortuna.

Su despegue hacia el contexto internacional no demoró en llegar. Fue designado delegado de la selección uruguaya de fútbol en varios torneos, donde aprovechó su bonhomía para relacionarse con una camada de dirigentes que lideró los destinos del fútbol sudamericano durante más de veinte años: Nicolás Leoz, Julio Humberto Grondona, Eduardo de Luca y Romer Osuna. Junto a ellos se transformó en uno de los hombres fuertes de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol).

Esos contactos le permitieron consolidar su figura en Uruguay. En 1997, fue electo presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), cargo que desempeñó hasta 2006, cuando el gobierno de Tabaré Vázquez “fogoneó” su salida. Antes, durante y después de esos nueve años integró el Comité Ejecutivo de Conmebol. Las denuncias de corrupción que provocaron la caída de su “amigo” Nicolás Leoz, en 2013, derivaron en su asunción como presidente del máximo órgano del fútbol sudamericano y como vicepresidente de la FIFA.

Estaba en la cúspide de su carrera dirigencial, era un hombre poderoso y con vínculos en todo el mundo. Pero todas las historias tienen un “pero”, y la de Figueredo no es la excepción. En mayo de 2015, un grupo de efectivos policiales de Interpol - Suiza ingresaron al lujoso hotel Baur au Lac de Zürich, a los pies de los Alpes, y detuvieron a una decena de dirigentes de Conmebol y Concacaf (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol), imputados en una intrincada trama de pago de sobornos y lavado de activos. Entre los detenidos estaba Figueredo.

Ocho meses antes, en octubre de 2014, Figueredo había declarado ante la Justicia uruguaya en relación con una denuncia penal presentada por varios clubes por eventuales hechos de corrupción en la Conmebol. Por este motivo, la jueza Adriana de los Santos solicitó su extradición, y tras una larga batalla en los estrados judiciales suizos, se logró su traslado a Uruguay. Figueredo volvió al país el jueves 24 de diciembre, al mediodía. Esa misma tarde fue procesado con prisión por los delitos de estafa y lavado de activos.

Fue la caída de Eugenio Figueredo. Un hombre polémico, que alcanzó los cargos más relevantes del fútbol uruguayo y sudamericano. Un hombre poderoso, que hizo carrera dentro del concierto internacional y que terminó en prisión por recibir coimas de parte de los empresarios. Porque a veces el poder puede transformarse en una droga.

 

El ascenso de Figueredo

“Era querido por todo el mundo”, afirmó un dirigente a Túnel. Corrían los años ochenta y Figueredo comenzaba a consolidarse como una figura conocida dentro del fútbol uruguayo. Ser presidente del Huracán Buceo le había permitido vincularse con los altos dirigentes del fútbol local. Su personalidad extrovertida y carismática, su capacidad de generar empatía con los demás hicieron el resto.

Integró el comité organizador del Mundialito del 80, un torneo disputado en plena dictadura que nucleó a las selecciones campeonas del mundo hasta esa fecha, y un año después se le designó en una comisión de la Divisional B. Fue sólo el comienzo de su meteórica carrera. Por esos años, Figueredo repartía su tiempo entre sus negocios en la automotora, ubicada en Ejido y Soriano, y su “trabajo” en la AUF. Conducía un Fiat, modelo Ritmo, de color azul, que un día sí y otro también era estacionado por su propietario en las proximidades de la sede de la AUF.

Con el paso del tiempo, y por su contracción al trabajo, se transformó en un hombre de confianza del Consejo Ejecutivo, que encabezaba el coronel Héctor Juanicó. Figueredo sabía todo lo que sucedía en la AUF. No había nada que se le pasara por alto, nada que le fuera desconocido. Forjó un estrecho vínculo con los funcionarios y se transformó en insustituible. “Era como un sexto neutral”, puntualizó un dirigente. Cuando la delegación de un club pretendía reunirse con el Ejecutivo, era él quien solía recibirlos; la mayoría de las veces participaba en forma activa de esas conversaciones. “Te recibían con un whisky y una caja de 50 sándwichs, y se hablaba de todo. Era otra época”.

Su tarea en el Mundialito y su participación como delegado de la AUF en diversos torneos le permitieron abrir una puerta hacia la Conmebol. Integró la Comisión de Protocolo del Mundial de México 1986, y, posteriormente, encabezó la delegación de la selección uruguaya que, dirigida por el maestro Óscar Washington Tabárez, participó de los Juegos Odesur en Santiago de Chile.

Durante esos Juegos Odesur, Figueredo era un habitué del lobby del hotel Sheraton –punto de encuentro de los dirigentes sudamericanos– desde primeras horas de la mañana. En ese ambiente, se movía “como pez en el agua”; apenas iba a los partidos. Para esa época ya tenía una estrecha relación con Leoz, Grondona, De Luca y Osuna. En Conmebol hacía un poco de todo: veedor, tareas administrativas, se encargaba de organizar las reuniones entre dirigentes.

Y esos vínculos se los hacía notar a los dirigentes uruguayos. “Le gustaba mostrarse con ellos y mostrarle al resto que ellos lo conocían”. Su primer cargo relevante en la AUF lo obtuvo en 1991, durante la presidencia de Julio César Maglione: secretario de Relaciones Públicas. Cuatro años después fue presidente del Comité Organizador de la Copa América Uruguay 1995. El título ganado por Uruguay terminó de consolidar su figura en el ámbito local. Su destino estaba marcado.

 

La elección de Figueredo

Los malos resultados deportivos (la eliminación del Mundial Estados Unidos 1994 y el titubeante paso en la eliminatoria para el Mundial Francia 1998), así como una fuerte presión de Peñarol por temas políticos provocaron la salida del presidente de la AUF, Carlos Maresca. Eran épocas difíciles en el organismo de la calle Guayabos, con una profunda crisis económica y política.

Esa crisis derivó en la elección de un Consejo Ejecutivo provisorio por 120 días, encabezado por el presidente de Wanderers, Raúl Aguerrebere, que adoptó algunas decisiones importantes, que permitieron atenuar la crisis. Sin embargo, seguía sin existir un consenso sobre la persona que comandaría los destinos del fútbol uruguayo. En ese contexto, Defensor Sporting impulsó la candidatura del doctor Alberto Ney Castillo, por entonces presidente de CAFO. Su nombre tenía el respaldo de Peñarol y de otros clubes, por lo que fue propuesto a la Asamblea General, con la firme posibilidad de que fuera electo. Pero Nacional anunció que no acompañaría su candidatura.

Fue entonces que surgió su nombre. Figueredo había asumido en 1993 como vicepresidente de Conmebol, y Nacional presentó su candidatura como un hombre capaz de liderar los destinos del fútbol uruguayo en tiempos de crisis. Su carta de presentación eran sus importantes “conexiones internacionales”, esas que había labrado con destreza y esmero durante años. “Se creía que era un hombre que por su contacto a nivel internacional iba a poder ayudar al fútbol uruguayo”, dijo a Túnel Fernando Nodar, ex presidente de Danubio.

Fue una elección reñida. La primera votación terminó en empate: cinco a cinco por lado. Castillo recibió el respaldo de Defensor Sporting, Cerro, Danubio, Peñarol y la Segunda División, al tiempo que Figueredo fue votado por Nacional, Huracán Buceo, River Plate, Rentistas y Racing. Hubo tres abstenciones: Liverpool, Wanderers y Rampla. Ninguno obtuvo los votos para ser electo, por lo que se decidió pasar a un cuarto intermedio de algunos días para habilitar la negociación en busca de consensos.

El lunes 7 de julio se realizó la “segunda vuelta”. Se realizó una votación secreta, en la cual Figueredo obtuvo una leve ventaja: 7-6. Un nuevo cuarto intermedio, esta vez de media hora, permitió convencer a Cerro de acompañar la candidatura de Figueredo, y la balanza comenzó a inclinarse a su favor: 8-5. Fue entonces que Peñarol tomó la palabra: el delegado José Carlos Domínguez anunció que cambiaba su voto “para no seguir manoseando nombres” y llamó a todas las instituciones a votar por Figueredo y que fuera electo por unanimidad. La decisión generó el rechazo de Defensor Sporting, que se retiró de sala. La votación terminó 11-1, con el único voto en contra de Danubio.

“Nuestra institución entendió que no se podía dilatar más, no se podía continuar con este manoseo de nombres. [Esta noche] tenía que salir el presidente de la AUF”, declaró Domínguez a la prensa. Esta situación fue reflejada por la prensa al otro día: “Peñarol ‘puso’ a Figueredo en la AUF” y “Eugenio Figueredo, presidente… por cansancio”, fueron los títulos de La República. Nacional estaba conforme con la decisión: “Hubiese sido un gran desperdicio dejar pasar la oportunidad de poder contar con un hombre de la capacidad de Figueredo para comandar los destinos de nuestro fútbol”, afirmó el delegado tricolor, Daniel Barreiro.

De esta forma, el novel presidente contaba con un respaldo explícito de “los clubes grandes”, lo que se reflejó en la elección del cuerpo de neutrales: Juan Pedro Damiani (Peñarol), Victor Della Valle (Nacional), Daniel Pastorini (Wanderers) y Carlos Molinari (River Plate), que al poco tiempo fue remplazado por Jorge Almada (River Plate). Asumió una semana después de que la selección Sub 20, liderada por Nicolás Olivera y Marcelo Zalayeta, obtuviera el vicecampeonato en el Mundial Malasia 1997. Sus primeras palabras fueron una muestra de la situación que se vivía: “Hay que ordenar la casa”.

 

Su Presidencia

Figueredo inició su mandato dando muestras de su importante gama de contactos en Uruguay y en el exterior. Se reunió con personalidades del gobierno y del contexto internacional, en busca de fondos para las alicaídas arcas de la AUF, y comenzó a delinear ideas para combatir el déficit operativo del organismo. Planteó la necesidad de reducir funcionarios e incluso propuso vender la sede de la calle Guayabos.

Con el respaldo obtenido, Figueredo se convirtió en un presidente con amplios poderes y activo en la gestión de los problemas cotidianos del organismo. “Puso a hombres de su confianza en cargos clave, y con el conocimiento que ya tenía de la AUF se transformó en una especie de panóptico: sabía todo”.

Durante su mandato, instrumentó los cambios aprobados en el interinato, entre ellos, la creación de la Mesa Ejecutiva. “Eso permitió una descentralización, y que el Consejo Ejecutivo atendiera los grandes temas”, dijo a Túnel un dirigente cercano a Figueredo. Pero la forma de hacerlo tuvo sus detractores: “Eliminó la reunión de delegados de la AUF, que se hacía los lunes o martes a las 19 horas. La AUF dejó de ser un ámbito de debate y se transformó en un lugar donde se iba por trámites administrativos”. A eso se sumaba que “las asambleas eran pour la gallerie”, ya que cuando un tema llegaba a votarse “ya estaba todo cocinado”.

“Él tenía un método de trabajo muy pragmático y muy inteligente. Cuando había un tema importante hacía reuniones fuera del ámbito de la AUF, con una picada y algunos whiskys de por medio, y buscaba el momento oportuno para plantearlo. Ahí se cocinaba todo, después se hacía la votación protocolar, pero se decidía ahí. Desde ese punto de vista, su accionar no era cristalino, porque a esas reuniones no iban todos los clubes”, afirmaron las fuentes. Esas reuniones se hacían en la sede de algún club afín, en el restaurante El Entrevero, en el club Armonía o, ya sobre el fin de su mandato, en el Complejo Uruguay Celeste.

Sin embargo, su primera presidencia estuvo signada por la venta de los derechos de televisión del fútbol uruguayo a la empresa Tenfield SA, propiedad del empresario Francisco Paco Casal. Tenfield obtuvo los derechos de televisión tras ofrecer cincuenta millones de dólares, por un contrato a diez años, luego que la asamblea de clubes rechazara un contrato de Bersabel SA por 82 millones de dólares.

Figueredo fue un activo partícipe de la negociación: “En ese momento Paco tenía un contrato muy pequeño por todos los derechos. Con Juan Pedro Damiani le ofrecimos el fútbol a los tres canales. Ninguno lo quiso. Entonces negociamos con Casal e hicimos un contrato de cincuenta millones de dólares por diez años. Eso fue en 1997. Probablemente si hoy lo revisás decís ¡qué barbaridad lo que se hizo!, pero era 1997 y no había nada, ¡nada! Era lo único. Cumplió, pagó y hasta hoy veo que el único dinero que circula en Uruguay es el de Casal”, declaró Figueredo al diario El País en 2014. El contrato fue aprobado por amplia mayoría, con el voto contrario de Nacional, Liverpool y River Plate.

Según una crónica del periodista Diego Muñoz, la mayoría de los clubes tenía previsto votar la propuesta de Bersabel, hasta que Casal irrumpió en la asamblea y logró que varios cambiaran su posición. “Alguien llamó a Paco por teléfono. No sé quién fue, pero alguien lo llamó y apareció en la asamblea”. Lo cierto es que ese negocio consolidó el poder de Casal en el fútbol local. “Sigo convencido de que estuvimos bien en votar eso”, dijo Nodar a Túnel.

 

Un hombre político

Si en algo coinciden todos es que Figueredo tenía una contracción al trabajo superior a la media de los dirigentes del fútbol uruguayo, y una capacidad de negociación que le permitía solucionar los asuntos más problemáticos, sin perder su base de apoyo. “Era muy profesional, un dirigente con dedicación plena. Para la mayoría de los dirigentes esto es un hobby, un trabajo honorario. Él era un dirigente profesional”, afirmó un dirigente. “Era una persona muy simpática, con carisma, muy trabajador. Se despertaba y ya estaba llamando por teléfono e interiorizándose de las cosas que pasaban en la AUF”, aseguró otro.

Además, tenía “una gran habilidad” para moverse en el ámbito político interno del fútbol. “Sabía que para gobernar debía contar con el visto bueno de Nacional y Peñarol, y por eso los protegía. Siempre favorecía a los grandes, y no se jugaba ni para un lado ni para el otro. Cuando surgió un problema con la Mesa Ejecutiva, la solución fue ampliar de tres a cinco sus miembros: agregó un representante de Nacional y otro de Peñarol”, dijo Nodar.

Pero Figueredo no descuidaba al resto de los clubes. “Le pasaba la mano a todo el mundo, y así tenía muchos laderos. La gente en los cargos importantes era de su confianza”. “Lo cierto es que Figueredo cambió, con el tiempo se transformó en otra persona, se paraba por arriba de todos. Hay muchos dirigentes que nacieron y crecieron gracias a Figueredo, nadie quería estar enojado con él”, expresó una fuente.

Un dirigente cercano a Figueredo explicó a Túnel que su principal virtud era también uno de sus defectos: “Tenía un estilo de conducción sumamente personalista, no era de delegar, y siempre estaba ‘apagando incendios’, pero por su estilo intentaba evitar el conflicto con los clubes y entre los clubes, por lo que su gestión tenía un sesgo ‘populista’, y eso atenta contra la posibilidad de realizar cambios. Cuando tenés que transar se dificulta establecer una política a largo plazo”.

Y continuó: “Durante su mandato se concretaron varios de los puntos que estaban en el proyecto impulsado tras la renuncia de Maresca […] pero no el sinceramiento económico de los clubes. La idea de profesionalizar al fútbol uruguayo duró un año. Y eso tuvo que ver con su personalidad: para evitar conflictos, se siguió con el temperamento que se tenía antes”. Esto implicó aceptar el ascenso de clubes que no cumplían con las condiciones mínimas para jugar en Primera División.

Un dirigente opositor fue más contundente: “Quería mantener a todos contentos, era una forma de consolidar su poder”. Esa forma de hacer política hizo que Figueredo intentara interceder en las decisiones de los distintos órganos ejecutivos de la AUF. Sobre todo cuando era un tema importante, en especial cuando estaba involucrado uno de sus clubes aliados. Eso ocurrió cuando el Tribunal de Penas analizaba sanciones para Peñarol y Cerro, como parte del expediente abierto tras el homicidio del hincha cerrense Héctor da Cunha, en marzo de 2006.

En los corrillos de la AUF trascendió que el Tribunal quería fijar una sanción ejemplarizante, por lo que Figueredo empezó a mover sus contactos y realizó varias llamadas telefónicas en procura de atenuar la pena, ya que una sanción severa podía implicar el descenso de Cerro. Hizo lo que estuvo a su alcance, pero no tuvo éxito: Peñarol recibió una pena de doce puntos; Cerro de seis y descendió. Su poder estaba en declive.

 

La salida

“El gobierno no va a intervenir pero no puede dejar de considerar como una muy mala noticia y como la peor expresión de un continuismo y un bloqueo a los cambios la posibilidad de que Figueredo continúe en la Presidencia” de la AUF, afirmó el entonces ministro de Turismo y Deporte, Héctor Lescano, hombre de fútbol y persona de confianza del presidente Tabaré Vázquez, al semanario Búsqueda.

Corría julio de 2006 y el gobierno del Frente Amplio lanzaba un mensaje contundente sobre la necesidad de impulsar un cambio en el fútbol uruguayo. “El fútbol requiere cambios y darse un buen baño de agua y jabón y con cepillo de alambre”, continuó Lescano. Sus dichos tenían un trasfondo. Desde hacía varios meses Figueredo había comenzado a mover sus piezas para ser reelecto nuevamente.

En 2002 su reelección había sido sencilla. Figueredo no tuvo oposición y superó los dos tercios de votos necesarios para ser electo presidente: obtuvo quince votos a favor (Bella Vista, Central Español, Cerro, Deportivo Maldonado, Juventud de Las Piedras, Nacional, Paysandú Bella Vista, Peñarol, Progreso, Racing, River Plate, Tacuarembó, Villa Española, Wanderers y la Segunda División). Sólo votaron en contra Danubio y Defensor, al tiempo que se abstuvieron Fénix y Plaza Colonia.

Pero cuatro años después la historia era distinta. “La situación no era la misma que en 2002, se trataba de un posible tercer período, que sería en otras condiciones, porque varios de quienes lo habían acompañado antes estaban cansados”. Además, Figueredo era duramente cuestionado tras firmar la extensión de los contratos de televisión con Tenfield SA sin consultar a la asamblea de clubes.

“Hubo una cantidad de cosas que eran turbias, que no eran claras. Por ejemplo, José Luis Palma (presidente de Liverpool) había estudiado los contratos con la televisión y descubierto varias cosas que nunca se habían votado en las asambleas. A partir de eso hubo varias charlas con él pidiéndole que se retirara”, afirmó un dirigente, actor fundamental de ese proceso.

Pese a esto Figueredo siguió moviendo sus influencias, con intensas reuniones con los clubes, pero con el apoyo vacilante de Peñarol y Nacional. Su suerte estaba echada. “No hubo una injerencia directa del gobierno, pero sólo con las declaraciones de Lescano era suficiente. Cuando un ministro sale a decir que el fútbol precisa un cambio y que está sucio… Renunció contra su voluntad, pero la situación se hizo insostenible. De no haber renunciado, la cosa podría haber terminado peor. Él estaba cercado por una cantidad de errores que había cometido”, agregó el dirigente. El 21 de julio de 2006, Figueredo presentó su renuncia.

 

El final del juego

Tras su salida de la AUF, Figueredo se enfocó en su carrera en la Conmebol, como hombre de confianza de Leoz. Su ascenso definitivo se produjo en 2013, cuando acuciado por denuncias de corrupción en su contra, Leoz abandonó su cargo en el organismo. Figueredo fue designado presidente de Conmebol y vicepresidente de FIFA. “No voy a competir con la imagen de Nicolás Leoz. Él fue una historia grande. […] Soy amigo de él y cuando uno es amigo de otra persona prácticamente los problemas que tiene uno, los tiene otro. Uno en los años se encuentra con tropiezos que no puede superar, este fue injusto para él. Son temas muy viejos que se empezaron a dar vuelta por estupideces y hubo intención de querer seguir dándole y dándole. Pero es un tema que lo quiero dejar de lado. Nosotros tenemos una confederación sana”, declaró Figueredo, al diario La Tercera (Chile).

Pero los hechos no le dieron la razón. En mayo de 2015, meses después de su alejamiento de la Conmebol, Figueredo y una decena de dirigentes fueron detenidos en Zürich (Suiza), imputados por la Fiscalía General de Estados Unidos como partícipes de una red de sobornos. La Fiscalía estadounidense afirmó que Datisa SA (un consorcio conformado por Traffic SA, Torneos & Competencias SA y Full Play Group SA) se comprometió a pagar cien millones de dólares en sobornos a los dirigentes por la cesión de los derechos de tres ediciones de la Copa América y de la Copa América Centenario, un torneo que se jugará este año en Estados Unidos.

Con base en el testimonio de “testigos arrepentidos” se constató que esa trama de corrupción se gestó a principios de los años noventa, cuando el propietario de Traffic, el brasileño José Hawilla, accedió a pagar coimas a Leoz y otros dirigentes por la cesión de los derechos de la Copa América. Esas prácticas también se extendieron a los torneos continentales de clubes: Copa Libertadores, Mercosur y Copa Sudamericana, cuyos derechos eran propiedad de Torneos & Competencias.

Esos pagos involucraron directamente a Figueredo. Según el indictment (acusación) de la Fiscalía, el ex presidente de la AUF recibió más de diez millones de dólares en coimas por accionar en favor de las empresas propietarias de los derechos de televisión. Los hechos investigados en Estados Unidos eran similares a los que desde 2013 venía indagando la Justicia uruguaya. Por este motivo, la jueza De los Santos, a pedido del fiscal Juan Gómez, solicitó su extradición y dispuso el embargo genérico de sus bienes.

Finalmente, Figueredo fue extraditado a Uruguay. Llegó al país el jueves 24 de diciembre de 2015, sobre el mediodía, y fue trasladado al juzgado. Esa misma tarde, fue procesado con prisión por los delitos de “estafa” y “lavado de activos”. Fue el final de la historia de Figueredo como dirigente de fútbol. Un hombre que nació en una casa humilde de Santa Lucía y que alcanzó los cargos más altos del fútbol mundial. Un hombre poderoso que terminó tras las rejas. Porque el poder a veces se transforma en una droga.

 

 

Artículo elaborado con base en fuentes consultadas por Túnel, y artículos publicados en los diarios La República, Últimas Noticias, El País, La Tercera (Chile), el semanario Búsqueda, la revista Caras y Caretas y el portal web Contragolpe.

 

 

 

El Complejo Uruguay Celeste

La gestión de Eugenio Figueredo estuvo pautada por luces y sombras, por cuestionamientos y polémicas, pero también por el desarrollo de una obra emblemática para el fútbol uruguayo: la construcción del Complejo Uruguay Celeste. Esa obra es destacada tanto por oficialistas como por opositores a su gestión. “Se movió muy bien en FIFA para conseguir los recursos económicos. Fue uno de los logros y obras que quedaron”, señaló un dirigente.

 

 

 

La designación de Tabárez

Una de las últimas decisiones de Figueredo al frente de la Asociación Uruguay de Fútbol (AUF) fue la designación de Óscar Washington Tabárez como técnico de la selección. Desde entonces se señaló a esa designación como un intento de Figueredo de conciliar con el gobierno del Frente Amplio que “fogoneaba” su salida, ya que Tabárez había asumido un rol importante en el programa “Gol al Futuro”, impulsado por el Poder Ejecutivo.

“Eso no es cierto, lo de Tabárez no fue ni una imposición, ni un intento de conciliar con el gobierno. Hacía mucho tiempo que el nombre de Tabárez estaba sobre la mesa, pero había mucha gente que no quería a Tabárez, y Figueredo no quería problemas”, afirmó un dirigente de confianza de Figueredo.