DAMIÁN FRASCARELLI

EL PUESTO INGRATO DE LOS SUEÑOS

Por Agustín Lucas

 

Damián Frascarelli es un despierto que sueña. Un niño que soñó lo que ahora vive el hombre. Un tipo irreverente que se alimenta de utopías. El jugador de fútbol no es en ningún caso únicamente un jugador de fútbol, ni aunque él mismo se lo crea. Ser arquero sin dudas, y además, es una característica especial.

 

 

En lo que sí creyó Damián fue en los objetivos, más que en los sueños, por suerte: “Siempre me fui planteando pequeños objetivos. Primero quería ser el golero de Miramar. Después ya quería jugar en Peñarol, y así, son sueños que los cumplís o no pero que están ahí en la cabeza. Pasé un mes sin dormir, compraba el diario y estaba en el diario, prendía la tele y estaba en la tele. Pero pasaban los días y lo de Peñarol se caía y tomaba fuerza de nuevo. Eran quilombos de plata, yo era una botella que salía diez pesos, mis sueños no importaban. La lesión la tiro para ese lado, al estrés de llegar al fin a Peñarol, cuando ni siquiera tenía zapatos intercambiables, las trabas que no se solucionaban y la liberación de haber llegado”. El éxito y el fracaso son como Dios y el Diablo, ninguno de los dos es bueno, pero a ambos nos cruzamos en mostradores, somiers, estadios y otros agujeros. Creemos en ellos a veces más que en nosotros mismos y vivimos según las costumbres pulcras de una cultura, y las intervenciones ineludibles de la oscuridad. ¿Qué pasa con Dios cuando un hombre se rompe? ¿Cuántas veces transa un hombre con el Diablo? No estoy hablando de filosofía, estoy hablando de fútbol. Cuando después de haber rozado el sueño de su vida, de haber calzado los guantes del orgullo, el hombre se rompe y el sueño se esfuma, el corazón bombea impotente y rabioso, el humor rota de tiempos como en una pista de música electrónica y la razón galopa de hombro a hombro siempre al borde de quebrar. Estoy hablando del cuerpo, estoy hablando de la razón, del corazón, de Dios y del Diablo, estoy hablando de fútbol. “Después de la lesión pasé a ser nadie, apenas el golero de la tercera, o ni siquiera eso. Cuando estás en un buen momento te usan, cuando no servís te tiran para un costado. Así es el fútbol. La recuperación demoró más de lo esperado, se me terminaba el contrato y volvía a Miramar que había descendido. A veces pensaba, ‘si no puedo caminar ¿cómo voy a volver a jugar al fútbol?’. Encima mis representantes cayeron presos. Estuve un mes entrenando. Pedían un dineral por mí pero me pagaban el mínimo. Me quiso Cerro pero como no había plata tampoco salió. Yo estaba asustado por lo que pasaba con mis representantes, no tenía cómo hablar con ellos porque los teléfonos estaban pinchados. Al tiempo, cuando ya estaba entrenando, me diagnosticaron una infección. Cada vez que iba a arrancar pasaba algo, era horrible. Me estaba quedando sin laburo. El recuerdo de los partidos era el penal que le atajé al Sebita [Fernández]. Le atajé el penal y nos dimos un abrazo”.

Un hombre de barrio le debe todo a su vieja y Damián Frascarelli no es más que eso: “Me anoté de tarde en el liceo 9 de Colón. Salía a las 16 horas y en Danubio empezábamos 17.30 en Camino Carrasco donde era el Parque Forno. Una hora y media de ómnibus. Mi madre me esperaba en la puerta del liceo con un bolso cargado de ropa de golero, pantalones, guantes, zapatos, una botellita con leche chocolatada y dos refuerzos de dulce de membrillo y queso. Merendaba en el bondi y hasta me cambiaba en el fondo. Me sacaba le pantalón del liceo y me ponía el de atajar”. Nos curtimos en la calle, tomando bondis eternos –“el viejo y querido 329”– conociendo Montevideo de cancha en cancha, contando las monedas para un dulzor que calme el ansia adolescente y un jugo cualquiera o una bebida refrescante llena de burbujas. De gurises las referencias fueron el popular Casa, el Polilla, el Gato, el Cabeza; en la flor de la adolescencia nos cruzamos con el Pelado De Castro: “Un emblema de los de antes. Un tipo que salía a trabajar y volvía a casa con su familia, participé del ascenso que vivimos siendo inferiores, y ejemplo para las nuevas generaciones como las nuestras. Después se convirtió en un amigo”.

El arquero es un tipo especial, y si no que los dioses del fútbol me lo nieguen, o que el anecdotario oral al que estamos acostumbrados me lo demuestre. Entrenan por separado, andan con enormes bolsos llenos de cosas, son torpes con los pies y, sobre todas las cosas, usan el uno o el doce, sobre una camiseta que puede –como no– llevar los colores del cuadro.

“Juan Alzubides conocía a mi técnico del Mauá (baby fútbol). Yo había ido a Wanderers pero éramos muchos. Quedaban dos semanas para arrancar el campeonato y no se decidían por ninguno. Y yo quería fichar en algún cuadro. A Peñarol fui dos días y me empalagó la competencia. En Danubio me pasó algo parecido, estuve cinco meses y me tuve que ir. Increíblemente después de haber jugado en Primera, por algunos de esos equipos pasé o me quisieron. El otro día pregunté por Di Cono, que era el captador de juveniles, que me vio y me arrimó. Me comí cada una de irme llorando para casa porque en Danubio era el quinto golero. Con trece años. Pero querer jugar me generó la constancia”.

Cuando lo conocí se convirtió en un compañero de ruta urbana, suburbana de ocasión. A veces nos tocaba heder en el fondo con el barro adherido aún a los pelos adolescentes de las piernas. Casi siempre alguna colegiala nos hacía la cabeza, el guarda nos amenazaba por hacer bardo, o el partido, que era nuestra vida, recalaba en los ángulos de la memoria o se resbalaba con el olvido en la charla. Así, aquel ómnibus amarillo que atravesaba la ciudad fue una aventura diaria, un cotidiano refugio acelerado por callecitas que ni idea, y la noción de vernos seguramente al otro día. “Me acuerdo de las palabras de Juan hablando con mi madre. Mientras ella, resignada por lo que había sucedido en otros equipos, le dijo que para el puesto sabía que era bajo, Juan le dijo que podía suplirlo con otras condiciones”. Así de simple y así de importante son las acciones de esos educadores de ocasión, generadores de ilusiones o muros en el vuelo, en la carrera. Y Juan Alzubidez fue el amigo mayor, jovial y seguro, que albergó nuestras andanzas por los suburbios atrás de una pelota. Supo encaminar a los líderes, alentar a los más débiles, promover el buen fútbol por sobre la miseria. Fue la referencia de una banda de amigos inolvidable, de historias ineludibles en el fraseo animado de los días, de amigos al fin para toda la vida. “En Séptima fue capitán el Polilla por votación –Juan tenía esas cosas–. Segundo capitán era yo que tenía un mes en el equipo. El Casa empezó a ser capitán en Sexta, cuando la cosa empezó a ponerse fea. Íbamos a entrenar a la cancha de la Facultad de Ciencias. Salíamos de entrenar de noche. Las ratas caminaban por el vestuario y las canillas daban choques eléctricos. Saltábamos el muro para entrar y a veces cuando estaba el candado teníamos que meter al más chiquito por la ventana para que sacara un par de pelotas y los chalecos. Todos a su manera éramos como personajes de una historia. De todos los años tenemos un cuento. En Cuarta el filtro fue más grande y se empezó a desarmar aquello inolvidable de los primeros años. Iba pasando el tiempo y el árbol se iba pelando. Es un momento salado. Jugadores que desde Séptima parece que van a llegar, se quedan en el camino”. De aquella generación afloraron valores como Palito Pereira, Papelito Fernández (ambos mundialistas), Damián Frascarelli, Alejo Saravia (Miramar, Bella Vista, Cerro Largo, entre otros equipos), Rodolfo Requelme (Rampla, Central, emigró de gurí y creció en España), Sergio Souza (recordado por aquel River de Carrasco) y quien escribe. De un equipo de once soñadores, siete cumplieron el reto más difícil de llegar a Primera, y el más difícil aún que es el de mantenerse. “Me tocó estar en lo máximo y todo lo contrario. Cuando subí a primera Beethoven Javier se la jugó por mí estando el Flaco Caro y Gonza Noguera. Flor de campeonato nos mandamos con un equipo de jugadores que algunos ni siquiera habíamos pisado el Estadio. En un momento me querían los dos grandes. Todo iba muy rápido y nadie me preguntaba nada. Cuando me dieron la chance les dije a mis representantes que si podían hacer una fuerza para ir a Peñarol mejor, porque yo a Nacional no quería ir ni loco”.

Aprendió modales en concentraciones y aeropuertos, los códigos los mamó en el barrio Colón y los pulió en el vestuario chico del Méndez Piana. En el vestuario grande se hizo hombre. Con trece años volvía llorando de entrenar, con veinte tocó su propio cielo, a los veintiuno estaba despedazado por mil partes, y a los veintidós arreglaba su contrato para volver, gracias al Tincho Crossa que lo recomendó con Garisto en el equipo más allá del muro, mientras sus representantes debatían su libertad con la Justicia: “Cuando me tocó volver a jugar tenía más nervios que en el debut”.

Al tiempo se estrenaría en la tan preciada Libertadores con Cerro: “Me puteaban anduviese bien o mal porque declaré que era hincha de Peñarol. Si te putea la hinchada rival es parte del folclore pero si te putea tu propia hinchada ya es demasiado. Tuve que pedirle a mi familia que no fuera a la cancha”. Y luego llegó el exilio –llamémosle voluntario– que lo llevó a ordenar la defensa en otros idiomas, no sin antes indicar con señas las compras del supermercado. “Ellos saben lo que es Peñarol porque les cantaba canciones de la hinchada. Y ahora obviamente por Forlán”. Atajó hasta el viento en un equipo chico de la lejana isla de Chipre, y pasó a Omonia, uno de los grandes, para ser el número 12 detrás del guardameta del seleccionado local. “Una vez me pasó de estar cargado y seguir entrenando a pesar del dolor. Me pinchó el músculo. Apreté los dientes y me pinchó dos veces más. Y la cuarta. Y le seguía dando. Nos vamos para el hotel y tenía la gamba como una pared. Llamé al médico y me dio un antiinflamatorio. Al otro día no podía ni caminar. Puteaba en griego. El médico nunca había visto una cosa igual. Volvíamos a Chipre y Patricia justo llegaba de Uruguay a vivir juntos. El médico fue a la habitación y me dijo que tenía que quedarme en Holanda hasta que bajara la inflamación. Me entró la desesperación hasta que me dijo que si volaba me podía explotar la pierna. Estuve cuatro días esperando volver”. Cuando el hombre es del mundo la patria es la cama, los tres palos, la percanta y la vieja; el equipo de tus amores, la forma de hablar el lunfardo montevideano inconfundible, el área chica. En Chile peleó un descenso y se fue adorado por la gente. Volvió a Peñarol por la puerta de adelante, sin pedir más permisos que al corazón. Hay hombres que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles*.

 

*Bertolt Brecht