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Historias de cuatro décadas




ARIEL KRASOUSKI, EL MUNDIALITO DEL 80 Y SU RELACIÓN CON MARADONA

Se cumplen cuarenta años del Mundialito de 1980, el torneo que congregó en Montevideo a las principales figuras del fútbol mundial de la época, incluido quien –para muchos– es el mejor jugador de la historia: Diego Armando Maradona. Entre los 108 jugadores que disputaron ese torneo, estaba Ariel Krasouski, que empezaba a despuntar en el mediocampo del Montevideo Wanderers.

Por Mauricio Pérez

Ariel Krasouski vivía un sueño. Con 21 años había sido convocado a la Selección uruguaya de fútbol para disputar la Copa de Oro de Campeones Mundiales, o Mundialito de 1980. El torneo internacional –organizado para celebrar el 50 aniversario del Mundial Uruguay 1930– se disputó en el mítico Estadio Centenario, en Montevideo, con la participación de cinco de las seis selecciones campeonas del mundo hasta esa fecha (solo faltó Inglaterra) y de Holanda, vicecampeona del mundo en 1974 y 1978, que llegaron con su máximo poderío.

El torneo contó con la presencia de futbolistas de primer nivel mundial: los brasileños Sócrates y Toninho Cerezo, los holandeses Willy y René van der Kerkhof y los alemanes Karl-Heinz Rummenigge y Harald Schumacher. Argentina se presentó con la base de la selección campeona del mundo en 1978, más los jóvenes Ramón Díaz y Diego Armando Maradona; Italia trajo un equipo integrado, entre otros, por Carlo Ancelotti, Giancarlo Antognoni, Marco Tardelli y Alessandro Altobelli, muchos de los cuales se consagrarían campeones en el Mundial de España en 1982.

Entre todas esas estrellas estaba Krasouski, un joven nacido en San José, quien jugaba en el Montevideo Wanderers. “En aquel momento –afirma Krasouski– era muy difícil que un jugador de cuadro chico jugara en la selección mayor”. Esa percepción se reflejó en la integración del plantel celeste. Solo cuatro de los dieciocho jugadores de Uruguay jugaban en cuadros menores: Daniel Martínez (Danubio), Jorge Siviero (Sud América), Jorge Barrios y Krasouski (ambos en Montevideo Wandereres).

Dos cosas hicieron posible su convocatoria: su pasaje por las selecciones juveniles y el buen desempeño en su equipo en el torneo local. Krasouski fue campeón sudamericano Sub 20 en 1977 y cuarto en el Mundial Sub 20 de Túnez 1977, y pieza clave en el sorprendente Montevideo Wanderers de 1980. “Hicimos una muy buena campaña, fuimos segundos detrás de Nacional, que ese año fue campeón de América y del mundo”, afirmó a Túnel. Con ese palmarés se metió de titular en el plantel.

Durante el Mundialito, le tocó enfrentar a jugadores de primer nivel, renombrados en todo el mundo. “Cada fenómeno. Antognoni tenía una calidad bárbara; Sócrates, una elegancia para jugar al fútbol. Yo era muy joven, y había muchos jugadores y muy buenos, algunos de esos jugadores eran mis ídolos”, recuerda. ¿Pudo “arrimar” a alguno? “Cuando los podía agarrar”, contesta con una sonrisa.

El torneo constó de dos series de tres equipos. El primero de cada grupo se clasificaba a la final. Uruguay le ganó a Holanda e Italia por idéntico marcador: 2-0. “Contra Holanda estaban los nervios del debut, pero lo ganamos bien. El partido contra Italia fue muy duro”, rememora Krasouski. La final fue contra Brasil el 10 de enero de 1981. Una especie de revancha de la final jugada en 1950. “Fue el partido más difícil, Brasil tenía un cuadrazo”. El partido se definió 2-1con un gol de Waldemar Victorino. Otra vez ese resultado, como treinta años antes. El festejo se trasladó de la tribuna a la cancha, de la cancha a la tribuna. Dieciocho jugadores entraban en la historia del fútbol uruguayo. La gente celebraba en la tribuna. De repente, comenzó un cántico que fue casi una catarsis: “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”.

Ariel Krasouski fue campeón sudamericano sub 20 en 1977 y cuarto en el Mundial de la categoría en Túnez. Surgido en Montevideo Wanderers, ganó el Mundialito del 80 con Uruguay y jugo siete años en Boca Juniors, junto a Maradona en sus primeros años.
Foto: Jerónimo López.

Otros golpes

En 1980, Uruguay vivía bajo dictadura. El golpe cívico-militar que comenzó a gestarse sobre fines de los años 1960, y que se concretó el 27 de junio de 1973, parecía aún inquebrantable. Las cárceles uruguayas estaban abarrotadas de presos políticos. Los cuarteles militares eran centros de detención y torturas de opositores al régimen. También el lugar de enterramiento de decenas de personas, muchas de las cuales aún permanecen desaparecidas.

Fue también el año en que la dictadura intentó legitimar su proyecto político en las urnas. El gobierno dictatorial impulsó una consulta popular para reformar la Constitución de 1967, legitimar al régimen y consolidar una democracia tutelada bajo control militar. El texto de la nueva constitución fue elaborado por la Comisión de Asuntos Políticos de las Fuerzas Armadas (Comaspo) y difundido –en parte– un mes antes del plebiscito; la campaña publicitaria fue prácticamente hegemónica a favor del SÍ al proyecto constitucional. El 30 de noviembre de 1980, sin embargo, las urnas dijeron NO. El 57% se pronunció en contra de la iniciativa; la dictadura sufrió una derrota inesperada y el retorno a la democracia comenzó a vislumbrase con más fuerza.

En ese contexto, se disputó el Mundialito de 1980. Para muchos, la organización del torneo fue un intento de la dictadura uruguaya de legitimar su imagen nacional e internacional. Una fiesta que se volvió en contra, y que sirvió como catarsis colectiva, que desencadenó el canto final contra el gobierno encabezado por el dictador Aparicio Méndez, quien presenció el partido desde el palco oficial.

Krasouski afirmó que los jugadores sabían muy bien lo que pasaba en el país, pero reivindica que lo que sucedió en la cancha estuvo lejos de todo ese contexto. “Estuvimos cinco meses preparándonos para ese campeonato. Obviamente sabíamos lo que pasaba en el país, ¿cómo no vamos a saber? Éramos jóvenes pero sabíamos. Nunca se mezcló. Nos preparamos para jugar un campeonato, nunca vimos a nadie que no fuera integrante del cuerpo técnico o gente de fútbol”, afirmó Krasouski a Túnel.

La única vez que se hicieron presentes personas ajenas al fútbol fue antes de la final con Brasil (ver recuadro). “En lo único que pensábamos era en hacer un buen papel”, agrega. Sin embargo, ese triunfo deportivo –según Krasouski– quedó impregnado del estigma que le dio el entorno político, lo que hizo que en Uruguay nunca se valorara como se debía.

“Fue un torneo muy bien organizado. Todas las selecciones vinieron a ganarlo. Todas vinieron con lo mejor que tenían, y por suerte lo pudimos ganar nosotros. Ese es el dolor que uno siente: que acá [en Uruguay] no se valora lo que se logró en ese torneo”. ¿Por qué en Uruguay no se le dio la relevancia a ese torneo? “Es clarito, no se le dio valor porque metieron la política en el medio. Si este campeonato lo hubiera ganado Brasil, Argentina u otro país no tengo ninguna duda de que lo estarían nombrando permanentemente. Lo que más duele es la indiferencia del lado uruguayo, que no se reconozca ese triunfo como algo muy importante para el fútbol nacional. Es provocado por el tema político. Porque siempre que la política se mete en el fútbol, es lamentable”, señaló Krasouski.

Esa indiferencia –dice– se explica por el contexto político, pero también por el resultado. Si Uruguay hubiera perdido esa final, según Krasouski, otra sería la historia. “Si hubiésemos perdido la final con Brasil, ¿cómo hubiéramos quedado los jugadores? Como los que perdimos una final en Uruguay, [se diría] que Brasil vino y se vengó de la final de 1950 […] Nos tendríamos que haber ido del país si hubieramos perdido esa final. De eso nos damos cuenta ahora. Hubiéramos quedado marcados para toda la vida como los que perdimos una final contra Brasil”, afirmó. Pero insiste con que una victoria como aquella no debería minimizarse: “Los militares no jugaron ni participaron en nada. Eso lo puedo decir yo o cualquiera de mis compañeros”.

Más allá del resultado deportivo, el resultado del plebiscito –y a partir de eso, los cánticos que surgieron en el Estadio Centenario– tuvo un impacto directo en la dictadura uruguaya. Según Alfonso Lessa, “la derrota en la urnas agitó la interna militar y apuró un secreto debate interno en el que comenzaron a señalarse responsabilidades”*. Esto aceleró un cambio en la cúpula del régimen, con la salida de Aparicio Méndez. En setiembre de 1981, el general Gregorio Goyo Álvarez asumió como dictador.

Pasado, futuro

Diego Armando Maradona fue una de las figuras que llegaron a Uruguay para jugar el Mundialito de 1980. Fue titular en los dos partidos de su selección: la victoria 2-1 frente a Alemania y el empate 1-1 frente a Brasil, donde anotó el único gol de su equipo. Tenía 20 años, pero su fama ya se extendía por todo el mundo.

Krasouski ya había sido testigo directo de la calidad del, para muchos, mejor jugador de la historia. La primera vez fue en el sudamericano Sub 20 de Venezuela, en 1977, donde Uruguay fue campeón. “[Maradona] era un niño, tenía 16 años. En Venezuela no les fue bien, no clasificaron al mundial, pero ya demostraba lo que iba a ser, que iba a ser un fuera de serie”, aseguró. No por nada un año después fue el último jugador que desafectó César Luis Menotti de cara al Mundial de 1978.

Esa selección uruguaya Sub 20 sufrió la calidad “del 10”. No en el torneo sudamericano (en el que Uruguay y Argentina empataron 0-0), sino unos meses después. Fue una mañana de junio en el Estadio Centenario; era el partido de despedida de la selección antes del viaje al continente africano. La Selección jugó contra el primer equipo de Argentinos Juniors, en el que Maradona era figura. “Fue terrible, nos ganaron 6-0”. Maradona anotó uno de los seis goles, tras eludir al golero, Fernando Álvez, y definir con el arco vacío.**

“En esa selección hacíamos partidos contra equipos de primera y no teníamos problemas. El único partido que perdimos fue ese; nos dieron un baile [ríe]. Nosotros ya teníamos la cabeza en el viaje. Nos habíamos ganado el respeto de la gente […] pero ese día nos agarró Argentinos Juniors con Maradona, fue una mañana terrible. Ahí vimos a Maradona en toda su dimensión”, recordó Krasouski. “Aleccionante derrota”, tituló el diario El País al otro día.

Unos años después de esa goleada en contra y unas semanas después del Mundialito de 1980, Krasouski volvió a encontrarse cara a cara con Maradona. Esa vez no tuvo que sufrir sus gambetas. Fueron compañeros en Boca Juniors en 1981. Cuando “el 10” ya era mucho más que un jugador de fútbol.

Al lado de Dios

Maradona debutó en la Primera división de Argentinos Juniors en octubre de 1976, en un partido contra Talleres de Córdoba. Tenía quince años. Poco tiempo después se transformó en figura del equipo de la Paternal y llegó a la Selección argentina; estuvo a un paso de jugar el Mundial de 1978, pero Menotti optó por Norberto Alonso, ídolo de River Plate. Su revancha personal ante esa frustración comenzó en 1979, cuando obtuvo el campeonato del mundo en Japón; en 1981, ya consagrado con solo 20 años, llegó a Boca Juniors. En ese plantel había un uruguayo: Krasouski.

“Era increíble. Tenía 20 años, y ya se veía que iba a ser un fuera de serie. Pero, sobre todo lo que movía. No podía salir del hotel, no podía caminar por la calle, no podía salir de la habitación, siempre tenía que estar encerrado porque la gente lo volvía loco”, contó Krasouski. Pese a esa aura que lo rodeaba, Maradona era un compañero excelente, que siempre tuvo gestos muy buenos.

Pero tenía otros atributos: “Tenía carácter y personalidad. Lo demostraba cuando jugaba. El carácter que tenía dentro de la cancha lo tenía afuera. Cuando se molestaba por algo, tenía su carácter”. Eso quedó demostrado en uno de esos primeros partidos. Al terminar el primer tiempo, Maradona se acercó al entrenador Silvio Marzolini y le pidió para hablar unos minutos a solas con sus compañeros en el vestuario. Allí les retrucó que en 45 minutos solo le habían pasado cuatro o cinco veces la pelota: “¿Qué pasa muchachos? Si yo no agarro la pelota no puedo jugar al fútbol, me tengo que ir”, les dijo.

Esa personalidad lo llevó a consolidarse como un líder en un equipo que tenía varios jugadores jóvenes (Óscar Ruggeri, Hugo Perotti, Osvaldo Escudero y Krasouski) y otros con mucha experiencia, que habían sido campeones de la Copa Libertadores: Hugo Gatti, Vicente Pernía, Roberto Mouso, Francisco Sá; y otros que volvían de Europa, como Miguel Brindisi y Marcelo Trobbiani. “Diego tenía 20 años, pero cuando tenía que hablar o decir algo al grupo, lo decía; nos decía lo que él pensaba en la cara”.

Según Krasouski, dentro de la cancha Maradona “parecía que tuviera 30”, y eso está asociado con su historia personal. “Nació en una villa miseria, los que han vivido en Argentina han visto lo que son las villas miseria. Salió de ahí a los 15 o 16 años y a los 19 años era la persona más famosa del mundo, no es fácil”, señaló. Esa fama de Maradona llevó a que todas las semanas Boca Juniors jugará partidos amistosos en el interior de Argentina o en el exterior. “El club recaudaba mucho gracias a Maradona […] Viajábamos mucho, pasamos un año prácticamente viajando. Y a cada lado que íbamos era imponente”.

No solo en Argentina, sino en todo el mundo. Incluso en Costa de Marfil. “En América del Sur pensábamos que en África no jugaban al fútbol, que andaban con arco y flecha, no había la comunicación que hay ahora”. Cuando el avión intentó aterrizar en la pista del aeropuerto, debió levantar vuelo y empezó a sobrevolar la zona. “Nos asustamos, nos pusimos nerviosos, llamamos a la azafata y nos dijo que nos quedáramos tranquilos, que estaban despejando la pista. Pensamos que iba a despegar un avión; pero cuando aterrizamos la Policía estaba sacando a la fuerza a quinientas o mil personas que estaban esperando a Maradona”.

En ese momento, Krasouski se dio cuenta de lo que significaba su compañero de equipo, de lo que generaba en Argentina, pero también a miles de kilómetros de su país. “No sé por qué, pero se me pasó por la cabeza y se lo dije a un compañero que viajaba conmigo: ‘Va a ser muy dura la vida de Diego en el futuro’. Porque si en aquel momento –que ni habíamos sido campeones con Boca Juniors– a un avión le costó aterrizar en Costa de Marfil esperando a Maradona, imaginate lo que fue después cuando fue campeón del mundo, cuando estuvo en Nápoles”. No se equivocó.

Plantel de Boca Juniors campeón del Metropolitano 1981 en Argentina. En la segunda fila, en el segundo lugar desde la izquierda aparece Ariel Krasouski; abajo, sentado, tercero desde la izquierda, Diego Armando Maradona.

El mundo Boca

Krasouski llegó a Boca Juniors con el torneo iniciado. Era un equipo armado, que tenía jugadores con pasado, presente y futuro, muchos consagrados. Él acababa de llegar de Montevideo Wanderers, pero recién había ganado el Mundialito. Tres días después de integrarse al grupo, el técnico Silvio Marzolini (“una persona excelente, muy querida por todo el mundo”) se le acercó en el entrenamiento y le preguntó: “Uruguayo, ¿cómo se siente para jugar el domingo?”. Le respondió que bien; ese domingo entró de titular. “No me sacó nunca más”.

Krasouski jugó siete años en Boca Juniors. Fue campeón y jugó con Maradona. Pero también vivió una época muy complicada económica y deportiva del club argentino. “Desde el año 1982 hasta 1984 fue muy complicado, Boca sufrió una crisis económica muy importante después de que se fuera Maradona (que fue transferido al Barcelona de España)”, señaló Krasouski.

Esta crisis tuvo su punto más álgido con la partida de Ruggeri y Ricardo Gareca a River Plate, su tradicional rival. Los jugadores estuvieron siete meses sin cobrar y el club estuvo a punto de declarar la quiebra. Pese a todo, Krasouski dice que se hubiera quedado toda la vida en Boca Juniors: “Me sentía muy cómodo”. “Boca es imponente, en el mundo mueve mucho, ni que hablar en Argentina”. Esa sensación la tuvo dentro y fuera de la cancha. “Cuando las cosas van mal la hinchada de Boca te alienta más, te apoya más, jamás insultaban a los jugadores y el estadio estaba repleto”, incluso cuando los jugadores decidieron no presentarse a jugar un partido por la deuda que el club tenía con ellos.

Su carrera en Boca Juniors se extendió hasta 1989, con un breve pasaje de un año por San Lorenzo –entre 1986 y 1987–. En 1990 retornó a Uruguay para jugar en Rentistas, entre otros equipos. Se retiró en 1995, vistiendo la camiseta de Fénix, lo que abrió el paso a su carrera como entrenador. Pese a su extensa trayectoria en uno de los clubes más importantes de Argentina, Krasouski apenas jugó 17 partidos en la Selección uruguaya, todos entre 1979 y 1981.

“Me quedé con las ganas de jugar el Mundial de 1982”, señala. Uruguay quedó segundo en su grupo, detrás de Perú y por delante de Colombia. “Perdimos un partido”. Contra Perú, 2-1, en Montevideo. Esa –dice– fue su única derrota jugando con la selección, pero también su retiro de la Celeste. “No jugué nunca más en la Selección. En esa época no había proceso de nada. Perdí un solo partido con la Selección, ese partido contra Perú que era una de las dos mejores selecciones del fútbol peruano de toda su historia, y nunca más estuve citado”, expresó. Pero eso no impide que su carrera tenga recuerdos imborrables, como salir campeón con Uruguay y jugar con Maradona. Un gusto de pocos.

*Lessa, Alfonso. La primera orden. Editorial Debate, p. 213.

** “Maradona: su olvidado primer día en el estadio Centenario” (El País, 10-XI-2019).

UN GOL DE 10

Cuando se le pregunta cuál es el partido que más recuerda junto a Diego Maradona, Ariel Krasouski no duda: el clásico contra River Plate por el Torneo Metropolitano de 1981. El partido se jugó en la mítica Bombonera. “Ganamos 3-0. Fue el primer clásico de él y ese día hizo un golazo”. El tercero “lo tenía para hacer mucho antes el gol, pero él lo hizo mucho más lindo. Yo estaba en la mitad de la cancha y decía ‘hacelo, hacelo’, y él dribleó a [Ubaldo] Fillol, dribleó a [Alberto] Tarantini, hasta que se metió con la pelota adentro del arco”.

Esa gambeta de más, ese segundo de pausa para eludir al rival y definir con el arco vacío, era parte de la esencia en el juego de Maradona: “Él disfrutaba eso. Tenía alegría para jugar; la naturaleza le dio la técnica y el carácter para jugar, pero él después estaba todo el día con la pelota, o con lo que fuera redondo, haciendo malabarismos que te dejaban asombrados […] Quería que la gente quedara contenta con lo que veía”. Y lo lograba.

LA REUNIÓN EN EL VESTUARIO

Ariel Krasouski afirma que la única vez que autoridades del gobierno se acercaron al plantel de la Selección uruguaya durante el Mundialito de 1980 fue antes de la final, en el vestuario. “Pidieron que los atendiéramos, que querían hablar, y ahí nos dijeron que era algo muy importante, que salir campeones sería una gran alegría para toda la gente. Llegaron a saludar, a desearnos suerte”, recuerda.

“Esa fue la única vez que vimos gente que no era del fútbol, [los jugadores] lo único que pensábamos era en hacer un buen papel”, insistió. Fue allí, en ese vestuario, que surgió la propuesta de que cada jugador recibiera un auto si salían campeones. Quien tuvo la idea fue Waldemar Victorino. “En esa época estaba de moda que al mejor jugador de la final de clubes se le regalara un auto […] Y Victorino les pidió un premio por salir campeones, se reunieron y nos dijeron que sí, está bien, ‘les regalamos un auto para cada uno’. Fue así”.

La promesa se cumplió. Incluso se dictó un decreto de gobierno ratificando el premio. Pero no todos los jugadores lo recibieron. Tres se quedaron sin nada: Hugo de León, Jorge Siviero y Krasouski. El gobierno definió que a quienes se iban al exterior no les correspondía. De León se fue al Gremio (Brasil), Siviero a Cobreloa de Chile, y Krasouski a Boca Juniors (Argentina). Siviero le planteó reclamar el premio. Al final no lo hicieron: “qué iba a reclamar, no, no, y eso que yo no tenía auto. Jugaba en la selección uruguaya, pero andaba en ómnibus. Eran otros tiempos de profesionalismo”, afirmó Krasouski.




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