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La historia de la futbolista 144




CAROLINA MILLACET, UNA PIONERA DEL FÚTBOL FEMENINO URUGUAYO

En 2016, la AUF hizo un evento de reconocimiento para conmemorar a las pioneras del fútbol femenino, a los veinte años de haber empezado “oficialmente” el primer campeonato de mujeres. En ese torneo, en River Plate, jugó Carolina Millacet. Ahora vive en el norte de New Jersey, en Estados Unidos. Tiene un restaurante, un diner, donde sirven desayunos y almuerzos típicos de Estados Unidos, pero también chivitos y milanesas.

Por Franca Roibal, New Jersey

Hace dos años se incendió el local viejo y recién hace unas semanas volvió a abrir, con local reconstruido y renovado. En medio de la construcción nos reunimos para charlar sobre su historia como jugadora de fútbol. Mi familia la conoce desde hace años, pero nunca había salido el tema. Cuando surgió, fue como si nada, como si hubiera sido cualquier comentario o anécdota de la cotidianeidad. Es un rasgo característico de los uruguayos en el exterior esa “normalidad”, no obstante haber protagonizado cosas extraordinarias.

Es fanática del fútbol, es de Nacional pero mira fútbol de todo el mundo, fútbol femenino lo más posible. Le brillan los ojos cada vez que dice “me encanta el fútbol” (lo dice varias veces) o cuando habla de jugadores que admira. Tiene una filosofía sobre lo que significa el fútbol para los uruguayos. “Bueno, lo del fútbol obviamente… creo que fue más por un tema familiar. En mi casa siempre se miró fútbol. Siempre. A mi padre le gustaba el fútbol, a mi madre le gustaba el fútbol, y bueno, en Uruguay es así. Creo que la mayoría de la gente consume fútbol. Está en el ADN de nosotros. El fútbol me gustó desde chica”. Como reza un aviso: en Uruguay cuando nacen, los bebés no lloran, gritan gol.

Viene de una familia y de un barrio obrero (Ferrocarril – Colón). Eran tres hermanos, entonces no podía ir a muchos partidos, pero tiene memoria del primer encuentro que fue a ver (a Nacional, cuando tenía doce años). El resto era “todo por televisión. Y obviamente estaba el cuadro del barrio, el Yegros, en el que jugaba mi hermano”, recuerda.

Su pasión por el fútbol hizo que desde pequeña se animara a jugar con los varones; su primer juego “oficial” fue en el Yegros cuando armaron un partido para niñas en una comida del barrio. “Como buen barrio obrero de Uruguay, había una cantidad de gurises, de chiquilines. En ese barrio éramos más de veinte, una cantidad. Entonces nosotros ahí, entre las niñas y los varones; los varones jugaban y, cuando nos dejaban, nos metíamos. Se podían armar buenos picados en la calle”.

Su carné de futbolista. Millacet debió abandonar el fútbol porque era imposible conjugar los tiempos del trabajo -en la fiambrería de un supermercado-, el liceo y las prácticas deportivas.

El tema de la falta de baby fútbol femenino surge varias veces durante la charla. Ella tuvo la suerte de que los padres “no tenían problema” con que jugara con varones. Esto habla sobre un problema mayor: el machismo sistémico que no da las mismas oportunidades a las niñas que a los varones.

Le encantaba jugar en cualquier lado. “Si en el barrio salía algo y me invitaban, como sabían que jugaba, yo jugaba con cualquiera. En cualquier cancha me metía”.

A los 13 años, con cuatro o cinco chicas más, formaron el “cuadro de mujeres” del barrio, al que llamaron Ipayú (por las calles Ipané y Pirayú). Como no había baby fútbol para ellas, ellas se lo inventaron. Después de jugar en el Ipayú, se juntaron con otro cuadro de mujeres de la otra cuadra, se llamaba La Banda. El Ipayú y La Banda tenían una fuerte rivalidad en los cuadros de los varones, pero ellas se dieron cuenta que juntas tenían más poder, y eligieron juntarse a pesar de que a muchos no les gustó. Con La Banda les era difícil encontrar otros cuadros para jugar partidos. “Entonces jugábamos contra un equipo de Las Piedras, contra otro cuadro que se llamaba Ferrocarril, que también era de mi barrio, pero eran unas muchachas un poco más grandes. Y bueno, así empezamos a jugar un poco y ahí fue donde aprendí más. En ese cuadro, La Banda, jugaban fútbol 5 o 9, ya que no tenían suficientes muchachas para jugar fútbol 11.

«Es lamentable la diferencia entre el fútbol femenino y el masculino. Va a ser muy difícil que se igualen porque lamentablemente en el mundo entero lo siguen viendo de la misma manera. Nunca van a alcanzar lo que gana un hombre. Porque los hombres son hombres y tienen que ganar más, porque el fútbol era de ellos y es un negocio. Tremendo negocio».

Al poco tiempo se disolvió La Banda y Carolina se fue a jugar a Ferrocarril, ya tenía quince años y podía jugar con las más grandes. Ahí empezó la historia con River. Mientras jugaba en Ferrocarril, estaban en un campeonato y dos de las muchachas que jugaban con ella vinieron con la noticia de que River quería formar un cuadro, porque el fútbol femenino iba a empezar a institucionalizarse y los cuadros femeninos se iban a asociar a la AUF. Carolina no se acuerda exactamente cómo fue, pero River las eligió para empezar a jugar para el equipo femenino oficial. “Así fue que nosotras formamos River Plate. Lo formamos con Ferrocarril, y para poder llegar a los números, llamamos a San Francisco de Las Piedras. Ya jugábamos fútbol 11. Y nosotras estábamos recontentas, imaginate, yo estaba feliz. Lo hacíamos por nada, sabíamos que plata no había, era porque nos gustaba. Una se pregunta, ‘¿podés jugar al fútbol porque te gusta?’ Es buenísimo, me encantaba. Yo tenía 15 o 16 años, entonces había cosas que no veía, o capaz que no analizaba o no entendía. A vos te gustaba, ibas y jugabas”. En el año 1996 empezaron a afiliar a los cuadros femeninos a la AUF. Carolina es la jugadora número 144.

El primer año se afiliaron seis o siete equipos, ninguno de los dos “grandes”. Al segundo año se afilió Nacional y, según Carolina, “eso fue un problema para muchos cuadros porque como Nacional no tenía jugadoras empezó a sacar jugadoras de todas partes”.

Explica que cuando entró Nacional, empezó a destrozar equipos al llevarse las mejores jugadoras, y hace un signo de poner plata en la mesa, no está segura de los detalles, pero “algo les ofrecían”. Cuenta Carolina que había una muchacha que se iba a ir a Nacional, pero River logró que se quedara. “River movió cielo y tierra para que una de ellas se quedara con nosotras. No sé de qué manera fue, si le pagaron o no, a mí no me importaba. Yo quería que se quedara porque teníamos que jugar bien. Pero la otra muchacha se fue, y así hicieron con todo. Después con el tema de los jueces, cuando jugás contra Nacionalno cobran igual que cuando jugás contra otro cuadro”. A pesar de su simpatía por los tricolores, tiene muy claro el asunto de las ventajas de los equipos grandes.

En River, a las que no tenían para los viáticos, se los pagaban. También les daban el equipo deportivo y si no tenían para los championes también les compraban. “Fue muy difícil la iniciación del fútbol. Yo tenía 16 años, entonces para mí era divino. Jugaba para River, no me importaba nada más”. Sin embargo, era un esfuerzo poder jugar. “Era todo un esfuerzo poder ir ahí. Lamentablemente muchas no teníamos las condiciones económicas. La mayoría de las que jugábamos éramos de barrios obreros. Todo lo que hacíamos era un sacrificio. Era muy difícil pagarte un ómnibus. Imaginate, después de eso podemos hablar de lo que quieras. No podía tener championes, nada. Todo lo que hacía era con sacrificio”. En el momento quizás esto no le pasaba por la mente, pero al analizarlo ahora se da cuenta de todos los obstáculos que tenían estas pioneras.

El problema de los magros salarios –o la inexistencia de remuneración económica– de las futbolistas uruguayas quedó en evidencia. La injusticia sistémica se palpaba a la vista. Solo jugó en River por dos años porque tuvo que dejar el fútbol para trabajar. Por un tiempo intentó hacer las tres cosas… jugar en River, trabajar en un supermercado y terminar dos materias que le quedaban del liceo. Pero el trabajo no era muy flexible con los horarios, y tuvo que dejar lo que le apasionaba más: el fútbol. “Recuerdo que empecé a trabajar y tenía problema con los horarios. La necesidad… yo tenía que trabajar. Cuando tenés un trabajo, y más en un supermercado, y recién empezás, te ponen todos los días de tarde a trabajar. Muy pocos días de mañana. Entonces ir a las prácticas se te hace difícil. Y si no vas a las prácticas no jugás. Tuve que dejar de jugar en River porque no podía practicar, tenía que trabajar”. Cuenta una anécdota de cuando jugaron un partido entre “cajeras y secciones” en el supermercado (ella trabajaba en la fiambrería); un señor la vio jugar, la invitó a jugar con Wanderers que iba a empezar a tener equipo. “No, yo juego en River”, contestó.

Poco tiempo después tuvo que dejar el fútbol. En este momento es difícil no hacer la conexión con la falta de igualdad de género, especialmente en los salarios. Si a ella le hubieran pagado un salario, quién sabe cuál sería su historia. Después de un tiempo se fue a trabajar a un “supermercado de barrio”, donde se sentía mucho más cómoda y feliz; aunque ya se había ido de River, eran mucho más flexibles con el horario, lo cual la ayudó a terminar el liceo. En otro partido con los hombres que se juntaban a jugar contra una panadería, la invitaron a jugar en un equipo, esta vez en Huracán de Paso de la Arena. Terminó yendo a algunas prácticas, pero era demasiado lejos, tenía que tomar dos ómnibus y demoraba dos horas en llegar. Otra vez, un problema de accesibilidad le impidió continuar una carrera futbolística. “Era un sacrificio todo”. Tiene poca esperanza de que se llegue a la paridad. “Es lamentable la diferencia entre el fútbol femenino y el masculino. Va a ser muy difícil que se igualen porque lamentablemente en el mundo entero lo siguen viendo de la misma manera. Nunca van a alcanzar lo que gana un hombre. ¿Por qué? Bueno, porque los hombres son hombres y tienen que ganar más, porque el fútbol era de ellos y porque es un negocio. Tremendo negocio”.

A pesar de tener críticas sobre el sistema que no deja que las mujeres brillen como los hombres, Carolina tiene gratos recuerdos de su paso por River, por el grupo que se formó y por los técnicos que tuvo. “Lo de River fue bueno. Teníamos un grupo buenísimo, dirigido en forma provisoria por Hugo Gentile. Cuando River nos designó un técnico, fue a Jorge Burgell, el primer técnico oficial”. Continúa: “A mí me marcó una etapa de la vida que fue espectacular, porque la experiencia es hermosa cuando hacés algo que te gusta. Y cuando estás en un ambiente que es bueno. No era un ambiente competitivo ni hostil. Éramos todas iniciadas en el mismo momento, nosotras formamos ese cuadro”. Está orgullosa de haber formado parte de un grupo que dio el empujón para que “las mujeres o las niñas puedan desarrollar ese deporte que todos llevamos en la piel”. Jugaba de zaguera central, pero a veces de lateral izquierdo y derecho. Donde se necesitara. Le encantaba jugar de zaguera. También recuerda que le gustaba conocer todas las canchas y lugares en donde jugaban, al igual que hacer amistad con las compañeras. “Las experiencias que tuve en River fueron espectaculares porque conocés muchas mujeres, aprendés de la diversidad, de la mujer en el fútbol, del respeto. Siempre nos respetamos”.

En un momento, entre avergonzada y sonriente, contó cómo a veces habla de este momento en su historia. “Nosotros nos reímos porque acá [en el restorán, donde a veces pasan partidos aunque ella no siempre se queda a verlos con la gente porque se enoja demasiado] hay una cantidad de hombres y todos hablan de fútbol, fútbol, fútbol… pero muchos de ellos no han jugado en ningún cuadro. Siempre les cuento, les digo: ‘hablan mucho de fútbol pero la única que ha jugado profesional fui yo’, y se ríen porque obviamente soy mujer. Entonces como que siempre causa gracia”.

En varios momentos aparece esta aceptación, internalización y casi minimización del machismo en el que vivimos. “El fútbol y la política están súper ligados”, dice orgullosamente refiriéndose a que el auge del fútbol uruguayo mundial, y de los deportes en general, coincidió con el cambio de gobierno. “Cuando un gobierno cambia y aporta a la sociedad, aporta a los deportes también. Creo que eso fue una muestra muy grande hace quince años en Uruguay”. Sin embargo, todavía hay mucho trabajo para lograr la igualdad de género en el fútbol. “El tema del fútbol femenino en Uruguay es un problema. La igualdad es un problema. Eso [la igualdad] no lo vamos a lograr hasta que no cambie la cultura”.

«Haber sido una pionera en el fútbol cambió algo de la historia de Uruguay. Quizás antes no lo veía, porque fue algo que hacíamos porque nos gustaba. Hoy me doy cuenta de que el día que nos dieron ese diploma, haya sido lo que haya sido, es algo. Por lo menos reconocieron de una manera mínima que una hizo un esfuerzo».

La desigualdad no es solo salarial. “Yo tenía que salir a trabajar, tenía que estudiar; para ir a practicar, a ver si me podían arreglar el horario. Al varón no le pasa eso. El varón, literalmente, desde el momento que empieza y juega en las divisiones inferiores de cualquier cuadro, se dedica al fútbol. La mayoría no sale a trabajar. Porque si son buenos, el fútbol mismo se encarga, cualquier cuadro, de que ellos tengan todo para ir a jugar”. Asegura que no dice que ningún varón haga ese tipo de sacrificio, los hay, pero para la mujer es virtualmente imposible venir de una situación humilde y poder dedicarse al fútbol. “Tenés más obstáculos, en todo sentido. El varón que nace en Uruguay y dice ‘quiero ser futbolista’, si tiene condiciones y se dedica, es futbolista. A nosotras no nos pasa eso, incluso hasta el día de hoy”. Este es un ejemplo del machismo sistémico que mantiene el status quo. También piensa que hay que empujar siempre por más. No es suficiente que haya cuadros. Cuando se formaron los cuadros era todo un sacrificio, toda una lucha. Ni los cuadros mismos hacían mucho por empujar el emprendimiento y apoyar. “Si querés algo tendrías que hacer todo lo posible para que eso se encamine y esté bien. Creo que lo hacían porque sentían que tenían que hacerlo, pero no porque pensaran que estaba bien hacerlo”. Se refiere a los equipos y cómo trataban a los de las mujeres, igual que los equipos masculinos. “River no nos prestaba la cancha porque era para los hombres. Siempre me pregunté qué podía hacer que nosotras jugáramos los domingos ahí siete partidos. ¿Le íbamos a destrozar la cancha? Es esa diferencia de… que es el hombre y la mujer, porque vos (como mujer) no sos la estrella. Pertenecíamos a River y no teníamos dónde practicar”. Carolina menciona esta injusticia como uno de los ejemplos del machismo sistémico. Como otro ejemplo, señala que no hay baby fútbol para niñas, lo cual es una de las cosas que en Estados Unidos hacen bien. La sobrina juega en un equipo en el cual por un tiempo era la única niña. Carolina dice que esto lleva a que actualmente Estados Unidos tenga uno de los mejores equipos de fútbol de mujeres, a pesar de que tampoco les pagan bien en la liga profesional, ni es suficiente para vivir en muchos casos. La falta de igualdad en este ámbito es algo que hay que remediar inmediatamente.

En el año 1996 se comenzó a afiliar futbolistas a los equipos femeninos de la AUF. Carolina es la jugadora número 144.

En 2016 recibió un diploma de la AUF reconociéndola como una pionera del fútbol uruguayo. “Me siento orgullosa porque fue una parte de mi vida y partimos de algo que cambió la historia del deporte en Uruguay. Haber sido una pionera en el fútbol cambió algo la historia de Uruguay. Quizás antes no lo veía, porque para nosotros en el momento fue algo que hacíamos porque nos gustaba. Hoy me doy cuenta de que el día que nos dieron ese diploma, haya sido lo que haya sido, es algo. Por lo menos saben, reconocieron de una manera mínima que una hizo un esfuerzo. Las muchachas que juegan hoy tienen chance gracias a las que impulsaron el fútbol también. Poder estabilizar eso para nosotras fue una pelea. Las que juegan actualmente tienen las puertas más abiertas. Me pone contenta eso: que no tengan tantos obstáculos. Hay que seguir”. Para ellas, para las pioneras, tenemos que trabajar para acercarnos a la igualdad de género en el fútbol.




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