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Todo terreno, por Patricia Pujol




Fabián Canobbio, presidente del Club Atlético Progreso

 

Todo terreno

 

Se agacha a ordenar unos zapatos de fútbol en una caja que está apoyada en la puerta del vestuario. A Progreso le toca ser locatario en el Nasazzi. Una rareza para el cuadro de La Teja que se hace fuerte en el Estadio Abraham Paladino porque los vecinos acompañan de a montones. Así como le canta la alineación del partido a los periodistas que se arriman con sus preguntas, barre los restos del pasto que sobra cuando la máquina ya pasó. Apenas cumplió un año como presidente del club que lo vio nacer como futbolista. Ahora se preocupa por las formativas y de estirar como un chicle la esperanza de que la plata cubra las deudas. Un todo terreno.

 

 

Por Patricia Pujol

 

 

Hace cuatro años que el fútbol lo dejó. La pierna derecha y ese maldito tendón de Aquiles no daban para más. Estuvo en la selección sub 20 de Víctor Púa, en 1999 en el Mundial de Nigeria, y metió el gol que dejó afuera a Brasil en cuartos. Pasó por el fútbol del Celta de Vigo, del Villareal en España, AE Larisa en Grecia. Jugó en Progreso, Peñarol, Fénix y Danubio.

El zurdo que nos hizo gritar tantas veces gol, ahora también revisa las cuentas de un club que sabe de compromiso y trabajo. Dejó La Teja por Lagomar, donde vive con Rosana, su esposa, y sus hijos: Damián, Fiorella, Arianna e Ismael, testigos y resultado de su trayectoria. Cada uno nació en un lugar donde jugó: Vigo, Valladolid, Grecia y Uruguay, en ese orden.

Dice que es como un jubilado del fútbol. Debutó a los 17 en Progreso y se retiró a los 34 años en Danubio. Pasó por el Club Atlético Peñarol. Tiene 38, algunas manchas grises en el pelo negro y ya no entrena. Dejó el liceo en tercer año. Se dedicó a la Selección. “Me arrepentí en un momento de no haber estudiado. A mis hijos les digo que se preparen”. Habla Fabián Canobbio.

 

Sos el único futbolista presidente en el fútbol uruguayo. ¿Qué significa para vos y qué implica como tarea?

Más que nada es una responsabilidad enorme, pero traté de tomármelo con mucha naturalidad. Desde el principio intenté ser yo mismo, ser natural. Hago las cosas con mucho compromiso, de eso no hay dudas. Trato de dedicarme al máximo y dejar la menor cantidad de cabos sueltos posible.

¿De quién fue la idea?

Entre directivos y gente que está hoy en la directiva. Flavio Ramón y Manuel Buroni me propusieron. Surgió en una conversación, donde yo dije en forma informal que algún día iba a ser presidente de Progreso. Fue conversando en el Cuartel de la Paloma, entrenando, tomando mate y pasó. Después en una reunión que se armó por los festejos de los cien años de Progreso, con gente de muchos años en el club, Flavio me dijo que el momento era ahora, a fines de 2016. Dije que no sabía, que tenía que conocer un poco más el rol del directivo. No conocía ese sector del fútbol porque lo mío era sólo jugar. Había tenido contacto, siendo capitán, con directivos pero no sabía la interna de los clubes. Me insistió con los cien años del club, que sería bueno que fuera un referente. Con los veteranos se planteó y tuve más apoyo del que yo esperaba. Sé que para el directivo el jugador de fútbol no es un enemigo, pero es de otro sector. El directivo es reacio a ocupar otros lugares. A partir de ahí, me lo pensé unos días y asumí esa responsabilidad de ser la cabeza del club. En Progreso se hace de todo. Nos basamos en el compañerismo, nos damos una mano entre todos. Sobre todo en la administración, que no es poca cosa. En el fútbol uruguayo no hay mucho dinero y hay que tratar que ese dinero pueda tapar todos los huecos que tiene el club. Hoy tenemos 55 empleados, entonces es un tema en el que hacemos hincapié. Y buscamos que el club vuelva a ser el que fue antaño, eso nos deja contentos porque uno de los objetivos logrados es que la gente de La Teja vuelva a ir a la cancha. La gente estaba muy reacia a ciertas gestiones que se hicieron, y generamos credibilidad por lo que se hacen socios, la gente apoya. Esa es la satisfacción más grande que tenemos.

 

Todo esto que contás sucede en un momento en el que Progreso asciende. Ahora en Primera División hizo buenos partidos. Le ganó a Nacional. ¿Creés que tiene algo que ver con la gestión?

El trabajo da sus frutos. A veces en el fútbol hay que tener paciencia, que es lo más difícil, porque ningún resultado se consigue de un día para el otro. Pero logramos que esa famosa pirámide del fútbol estuviera alineada, nos hace fuertes y un club serio donde todos los que componemos Progreso miramos para el mismo lado. El objetivo es que el club esté lo mejor posible. Además, empezaron las divisiones formativas de buena manera. La idea es que a medida que el club tenga un buen sustento económico, se vuelque a juveniles, porque está ahí el futuro del club. En este nuevo proceso es el camino indicado.

 

¿Qué es lo más difícil de ser presidente?

Es siempre lo que refiere al dinero. Los déficits son muy grandes y es muy caro generar un espectáculo para organizar un partido de fútbol. Eso es un poco lo que te hace tambalear porque hay mucha gente a la que cumplir. Y el momento más duro es cuando no está el dinero en la fecha en que tenía que estar. De alguna manera tener que explicar a las personas que están esperando, que tienen que seguir esperando, sabiendo que necesitan ese dinero, es de las cosas más complicadas.

 

¿Cómo se financia Progreso?

El 75 por ciento del financiamiento del club es por el dinero de televisación. Hay, además, personas que colaboran, sponsors. Tenés que administrar más que bien, porque a veces dan ganas de invertir o pagar más porque se lo merecen pero tenés que mirar por toda la financiación del club. La idea es estar lo más al día posible y tratar de cubrir deudas del pasado, que muchas las hemos cubierto y eso es algo que nos deja tranquilos.

 

¿Qué proyectos tiene esta nueva directiva?

Queremos hacer un trabajo serio en juveniles. Sabemos que a los equipos pequeños si no venden jugadores se les hace difícil sobrevivir. Hay que hacer un presupuesto ajustado, volcando más tiempo para infraestructura y materiales, para buenos profesionales, para que se logre en algún momento estar sólidos y empezar a considerar que se vayan futbolistas y empiecen a dejar dinero legítimo del club.

 

Hablemos del camino que te trajo hasta acá. ¿A qué edad empezaste a jugar al fútbol?

Empecé a los seis años en Sagrada Familia, porque me mudé a Aires Puros. Después volví al año siguiente a La Teja y jugué trece años ininterrumpidos en Progreso.

 

Tu familia está muy ligada al club desde siempre.

Claro. El padre de mi abuela era kinesiólogo en Progreso. Mi abuelo fue jugador, director técnico, cocinero y tuvo durante muchos años la cantina en la sede. La carrera de mi hermano [Carlos, zaguero] y mía fue de muchos años. Mis abuelos siempre estuvieron acompañando en la tribuna y en casa.

 

¿Qué es lo más destacado de tu carrera o qué recordás más?

He tenido la suerte de jugar muchísimo. En todos los lugares que he estado, he jugado y para quienes tienen vocación de futbolista, los que creemos que nacimos para esto, es lo más gratificante. Lo otro, viene y va. Los partidos y haber competido tanto tiempo. Tengo 17 años de futbolista.

 

Es una carrera corta…

No, no es corta. Dejé con 34 años. Si uno trabaja con el cuerpo y estás 17 o 20 años dándole al físico, no es poco tiempo. Sí es corta –como me pasó a mí– para la vida, sos súper joven, pero para el fútbol sos veterano. Tengo un carné de futbolista vitalicio [se ríe]. Parece de jubilado. Sos como un jubilado del fútbol con 35 años.

 

¿Te preparaste para dejar el fútbol?

No me preparé. Las circunstancias se dieron solas por el tema de una lesión. Pasé muy mal. Me operaban cada tres meses. Así estuve un año por el talón de Aquiles. Entonces fue una agonía y ya dejé de disfrutar. Ese momento, cuando todo está centrado en recuperarse y todo es recaída tras recaída, se hizo cuesta arriba. Me reuní con los médicos y tomamos en conjunto esa decisión de parar. La pierna no daba para más. Me fui más tranquilo que preocupado. Fue como sacarme una mochila de arriba. Esa lucha por superarme a mí mismo y superar dolores, molestias, quedó a un lado.

 

¿Quién te hizo debutar en primera?

ErardoCóccaro. Fue una persona siempre vinculada al club. Me dirigió en sexta y en quinta. En 1996 dirigió la primera y entrenaba con ellos pero jugaba en quinta. Se dio la casualidad de que me hizo debutar él. No se quedó por muchos partidos más. En ese plantel estaba Santiago Correa, Marcelo Espósito, Marcelo Guerra, Leo Díaz, Juan Rotondo, Fernando Arévalo. Había un montón de futbolistas formados en Progreso.

 

¿Qué técnico te inspiró?

Tuve muchos y muy exigentes. Desde el fútbol, el entrenador, José Peluffo, ya era exigente. Éramos gurises pero te inculcaba el profesionalismo, la constancia que había que tener para jugar al fútbol. Después tuve a Cóccaro que repetía eso también y a los jugadores que soñábamos llegar a primera nos ayudaba un montón. El proceso de selección con Víctor Púa me enseñó mucho. Te trataba como a un hombre aunque tenías quince o dieciséis años. En el momento te enojabas pero con el correr de los años te ibas dando cuenta de que era bueno para el futuro y era el camino a seguir.

 

Con esa Selección metiste el penal y dejamos a Brasil afuera del Mundial de Nigeria. Estabas con Forlán, Chevantón, Ligüera, el Ruso Pérez, Carini… ¿Cómo viviste esa experiencia?

Fue buenísima por jugar un Mundial y por el lugar donde fue. Nos tuvimos que dar un montón de vacunas para viajar. Es un país muy peculiar. Fue como estar dentro de una película. La realidad es muy complicada para mucha gente en ese país. Es un lugar al que no se acostumbra a ir. Lo que he recorrido en el mundo es gracias al fútbol. La oportunidad de ir fue una gran experiencia. Era duro salir a entrenar y ver cómo vivían los niños, la gente. A uno le llama la atención y le duele eso. Te marca un poco dónde estás parado y te hace ver la vida desde otro punto de vista.

 

En esa Selección de Brasil estaba Ronaldinho…

Ya jugaba bien. Es de los que nunca jugó mal. Esas son las cosas que toman dimensión con el paso de los años. En su momento decías “dejaste afuera a Brasil del Mundial” y no tenía tanta repercusión, aunque siempre fue una potencia. Después con la carrera que hizo Ronaldinho, dejar a la Selección de él afuera, diez años después, ya era una hazaña.

 

¿Seguís en contacto con esos jugadores?

Hoy en día tenemos un grupo de WhatsApp y estamos más en contacto. Nos reímos muchísimo porque quedan pocos futbolistas activos. El caso puntual como presidente soy yo, pero están trabajando como entrenadores, otros están vinculados a otra actividad. Juegan Carlos Bueno, Damián Macaluso y Diego Forlán. Los demás no jugamos. Todos estamos con panza.

Es uno de los costos de parar.

Sinceramente me cuesta mucho entrenar solo, porque estuve acostumbrado siempre a entrenar en grupo. Encerrarte en un gimnasio, acostumbrado a entrenar al aire libre, con veinte compañeros a meterte a correr en cinta. Me compré una bicicleta, porque por el tendón no puedo correr, no puedo hacer trabajo de impacto, y creo que la usé tres veces. Parece que fuera una penitencia. La comida cambia por la rutina misma. Es raro que jugando engordes, pero está en la naturaleza de cada uno.

 

¿Percibís que cambió el negocio del fútbol desde que vos te volviste profesional hasta ahora?

Se profesionalizó mucho. En Uruguay el jugador de fútbol era el típico gurí de barrio que estaba todo el día jugando al fútbol pero hoy creo que en eso se está evolucionando. Los niños no están tanto en la calle, de alguna manera tienen un nivel cultural más alto y llegan un poco más preparados para enfrentar un cambio radical, como ir a vivir a otro país. También está el consumo de internet, la televisión, el futbolista joven se cuida mucho en las comidas, es modelo, es un atleta. Se lo ve como un ejemplo de imagen. Antes la imagen del futbolista no era tan considerada a nivel cultural. Ahora hacen publicidades y eso era raro verlo antes.

 

¿A qué jugador admirás?

El jugador que me sorprendió dentro de una cancha fue Ronaldo. Creo que es el mejor delantero de la historia sobradamente. El otro que era impresionante era [Zinedine] Zidane. La elegancia que tenía ese ser humano era algo increíble. Te daban ganas de pararte a aplaudirlo y mirarlo dentro de la cancha. Son de esas cosas que te quedan y que haberlas vivido... son impresionantes.

 

¿Qué jugador te parecía más difícil de enfrentar cuando ibas derecho al arco?

El jugador que uno decía que no iba a pasar era [Carles] Pujol, el central de Barcelona. Era muy fuerte, potente, rápido, con muchas cualidades. Si te enfrentabas, tenías que estar lejos de él, porque era uno de esos perros de caza.

 

Te enfrentaste a Messi con el Valladolid. ¿Qué te pareció?

Tiene otro vértigo. Es mucho más decisivo que otros jugadores. Desde que empezó a jugar se notaba que iba a ser distinto. Muchas jugadas donde los compañeros que lo tenían que seguir sabían para dónde iba a ir, él iba a ese lugar igual pero a su velocidad y con ese control de pelota era insuperable. Ha perdurado y se veía que iba a ser así.

 

¿Qué es lo que menos te gustó del mundo del fútbol?

Creo que lo que menos me gusta es cómo se trata al futbolista desde el negocio. Tratar a alguien como producto y no como persona no está bueno. A veces hacen captaciones de niños de nueve años y parece que ya lo ven con el símbolo del dólar y le ponen precio. Es algo que no le hace bien al fútbol. El ambiente del fútbol no me gusta. Todo lo que está fuera del fútbol no me gusta. Contratistas, periodistas, directivos, todo ese entorno. Sin ofender a nadie, hay mucha gente que no le hace bien al fútbol. Lo de las coimas se ha visto con el tema de FIFA porque han salido a la luz, tengo la esperanza de que se vaya blanqueando. Sería bueno que quede gente que quiera al deporte como un juego, y a partir de ahí todos pensemos en ganar. Como presidente de Progreso lo digo, que hay que formar futbolistas desde niños para que lleguen a su adultez con todos los condimentos para ser una buena persona y buen profesional.

 

¿Cómo te describís como jugador?

Fui siempre muy pensante. Eso fue catalogado por algún que otro periodista como un tipo frío. No tenía un fútbol de fricción. Si jugaba bien era porque mi cabeza, más que mis piernas, había funcionado los noventa minutos. Nunca fui un portento físico, no era mi cualidad. Lo mío era la técnica y la imaginación. Me metía en una burbuja y veía un partido que pasaba en mi cabeza. Era como estar en una isla. Siempre traté de ayudar. Creo que era solidario con el equipo. Disfrutaba más asistir a mis compañeros. Me hacía sentir importante.

 

¿Qué goles tuyos recordás?

Por suerte hice muchos, pero no elijo ninguno. Hay goles que toman más relevancia por lo que lo rodea. Me dicen que en el José Zorrilla le hice un gol al Real Madrid con la camiseta del Valladolid. Ganamos 1-0. Hacía más de veinte años que no le ganaban al Real. Ese gol capaz que va a ser recordado el día que vuelva a pasar. El gol que hice en la Selección de penal, en la sub 20, en el partido contra Brasil, lo veo y se me ponen los pelos de punta. El gol que hice por la definición por penales con Progreso, en 2012 para el ascenso, lo mismo. La gente se acuerda de goles por el rival. Para mí son todos importantes. A veces hacés goles muy lindos pero no tienen repercusión porque ganaste 3-0.

 

¿Cómo fue la experiencia en el Celta de Vigo? Has dicho que vivirías en esa ciudad.

Estuve casi cinco años. Mi primer hijo, Damián, nació ahí. La ciudad es muy parecida a Uruguay. Era como estar en mi casa. El trato humano, la gente, es muy acogedora. El gallego es una persona que al principio parece reacio pero te brinda todo. Pasé momentos tristes y hermosos. Me encariñé muchísimo y nos hicieron sentir muy cómodos.

 

¿Qué diferencias encontraste entre Grecia y España?

La experiencia fue muy positiva y anecdótica, a pesar de que en lo deportivo, por supuesto, están muy lejos de la Liga española. Llegamos a Grecia con mi señora embarazada de cuatro meses. La barrera del idioma nos complicaba bastante. Tuvimos la suerte de que había un argentino en el equipo, Matías. La novia es española, Sara. Ellos nos hacían de traductores, y a través de eso se generó un muy lindo vínculo, a tal punto que Sara entró al parto con nosotros para traducirle a mi señora lo que le decían los médicos en griego.

 

¿Cuál es tu mejor recuerdo asociado a Progreso?

No es de juego. En 2012, cuando ascendimos, vivía gente –como ahora– en el Paladino. El casero era el Kiko. Nos quedábamos dos horas después de cada partido en el vestuario. En invierno llegamos a comer guiso. No teníamos ni platos pero lo comíamos en unos recipientes, como si fueran unas cacerolas, y nos pasábamos la olla para comer todos. Parece de no creer. Venía de jugar en Europa, jugué en la B en Progreso y no me creían. Después lo hacíamos como festejo. Éramos diez esperando el guiso que tenía lo que había: un morrón, una cebolla, papa.

 

Se viene el Mundial de Rusia, ¿cómo ves a la Selección?

Creo que se consolidó un proyecto. Se ha logrado que un grupo perdure durante muchos años y fue el secreto. Esos futbolistas fueron creciendo y madurando con sus clubes y la Selección. Eso es un plus. Te da una ventaja sobre la experiencia que es muy positiva. La Selección ha logrado que haya una comunión entre el periodismo, la gente, los futbolistas y está bueno porque es como debe ser. Acá no estaba bueno cuando los jugadores venían y eran criticados. Ahora viene cualquiera de los que ha llamado y se lo recibe de buena manera, se lo apoya. Es el camino que hay que seguir. Los delanteros, Suárez y Cavani, están un escalón por encima de todos. Después Godín, Giménez, y los nuevos, Bentancur, Valverde. Esas incorporaciones últimas indican que estamos respaldados por muchos años. El Maestro es un tipo muy meticuloso y se toma su tiempo para sus cambios. Las últimas selecciones han demostrado que hay jugadores con mucha pasta. De acá al próximo Mundial va a haber competencia. No sé qué resultados habrá, porque eso nunca se sabe, pero da para hacer una buena participación, no pasar vergüenza.

 

 

“Lamparita”

 

¿Cómo procesaste aquel episodio de Rafa Benítez, el DT de Valencia, que cuando llegaste al Valladolid dijo: “Pido una mesa y me traen una lámpara”?

Pidió un extremo izquierdo y llegué yo que era más un volante interior y un media punta. Y dijo esa frase [Fabián la repite y nos reímos un poco]. Yo estaba recién llegado y los periodistas estaban buscando, porque había malestar y eso era público. Me llamó enseguida y me dijo que había puesto un ejemplo, porque venía con problemas con el director deportivo que le había hecho ciertas promesas y no había cumplido. Me dijo que no me lo tomara a mal, que no me miraría con ojos diferentes. Y me reí, me sorprendió pero no me dio tiempo para tomármelo mal. Estaba recién conociendo al equipo. Igual no daba para hacer nada. Uno va creciendo y va conociendo el ambiente y sabe qué puede hacer y qué no. En ese momento no podía hacer nada. Hacía diez días que había llegado. Después cada vez que me nombraban salía la famosa frase de Benítez con “lamparita”. Yo dije que no me había molestado.

 

 

 

 

 




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