Logo

Un faro en la resistencia, por Luis Morales




MEMORIA DE LOS PRIMEROS JUEGOS DEPORTIVOS DE AEBU

 

 

Un faro de resistencia

 

 

En 1975, los primeros Juegos Deportivos de AEBU marcaron, en el contexto de la dictadura cívico-militar que asoló Uruguay entre 1973 y 1985, un hito en cuanto a la oposición al autoritarismo. Los Juegos, que incluían un variado número de actividades deportivas y culturales, fueron también un espacio fermental para el desarrollo del teatro y manifestaciones musicales arraigadas en el pueblo, como la murga y el canto popular. En esta nota, escrita a partir de una entrevista con el expresidente del gremio bancario Juan Pedro Ciganda y material del archivo personal del autor, un coro de voces reconstruye, desde diversos puntos de vista, aquellos acontecimientos.

 

 

 

Texto Luis Morales

Fotos Archivo Histórico de AEBU

 

 

Un contexto difícil

Protagonista directo de los hechos, Juan Pedro Ciganda aporta su testimonio, que ayuda a comprender la importancia histórica que tuvieron los primeros Juegos Deportivos de AEBU. Acerca del contexto en que surgieron, recuerda el exdirigente bancario:

“Era el conocido en cuanto a que la dictadura estaba instalada desde 1973. Y luego de la gran huelga de resistencia, que duró de junio a los primeros días de julio del 73, de hecho fueron limitadas todas las libertades sindicales y clausurados muchos locales sindicales. La peculiaridad de AEBU es que contaba, desde fines de los sesenta y principio de los setenta, con un local estupendo, con muchas capacidad locativa, una edificación muy moderna –que en su momento fue un ejemplo en cuanto a la arquitectura de Montevideo– y que, más allá de toda la actividad sindical, la cantina y un salón de fiestas, abrigaba un gran Sector Deportivo, con un gimnasio y una muy buena piscina; más una guardería infantil que funcionaba desde principios de los setenta; teníamos, además, una biblioteca importante; y una serie de actividades culturales que se desarrollaban habitualmente en nuestro local. Naturalmente que las limitaciones impuestas por la dictadura habían hecho que algunas de esas cosas se vieran dificultadas o directamente tronchadas”.

Empero, para contrarrestar los efectos de la represión generalizada con que los militares y sus socios civiles pretendían aterrorizar a la sociedad entera, los sindicalistas buscaban mantener viva una llama de resistencia. Explica Ciganda cómo los Juegos se transformaron en parte fundamental de aquel propósito:

“La gran definición estratégica de todo el sindicato bancario, que abarcó el período que va de 1973 hasta 1984 completo, esa década infame de la dictadura, fue la de multiplicar, dentro de sus posibilidades, todo tipo de actividades culturales, educativas, sociales y deportivas que permitían ser un centro de atención e interés social no solo para los bancarios y sus familias, sino también para mucha cantidad de gente que se arrimaba al sindicato bancario por ser un lugar atractivo y donde, con el paso del tiempo, notoriamente se respiraba un clima que era una de las pocas excepciones en aquella sociedad.

“El criterio fue asegurarnos que, de todos modos, hubiera en el local una actividad permanente, estable y que supusiera ver el lugar lleno de gente en forma regular. Era la mejor cortina para que, de alguna manera, también el propio gremio pudiese hacer pequeñas reuniones de compañeros de distintos bancos; de gente que se arrimaba desde otros gremios que estaban totalmente clausurados, aunque más no fuera a tomar un café y charlar en nuestra cantina. Era una especie de faro de resistencia con esas características”.

Otro protagonista de aquellos acontecimientos, el profesor Víctor Pérez, brinda sus recuerdos sobre lo ocurrido entonces:

“Entré en AEBU en el 71, como profesor de educación física. Me llevó Maceiras, que era el director del Departamento Físico. Y me atrapó AEBU, desde todo punto de vista. Yo no lo vi como un trabajo sino como una forma de encarar lo que era mi filosofía y mi ideología de vida. En AEBU encontré una forma de resistencia y de poder seguir apostando a que los jóvenes pensaran por sí mismos, para que la familia no se despedazara, para que llegara la ayuda a los familiares de los presos políticos, a los despedidos, a los que estaban en la clandestinidad. Se hicieron muchas cosas que cuando las vivís no te parecen demasiado importantes, pero que luego, con el tiempo, decís: ‘¡Caramba! Todo lo que se hizo’, desde las cosas más pequeñitas a las más increíbles. Fue algo asombroso”.

En ocasiones, el recuerdo puede limar las aristas más horribles de la experiencia humana. Así, para comprender a carta cabal la dimensión de los hechos cuya memoria aquí se rescata, es necesario recordar que 1975 fue un año particularmente duro para quienes pretendían resistir. No era un juego de niños enfrentarse a la dictadura y sus esbirros.

A propósito de ello señala Ciganda:

“En ese mismo año, el rigor de la barbarie dictatorial y de la represión se incrementó muy seriamente, se multiplicó. No hay que olvidar que en ese año se lanzó la que luego se conocería como Operación Morgan, en particular contra la militancia del Partido Comunista. Y que, en los años siguientes, a partir de 1975, el sindicato bancario tuvo mucha gente encarcelada e incluso desaparecidos. Este contexto se mantuvo hasta el año 1980. Fue particularmente duro, pues en ese momento lo que funcionaba en el país era el terrorismo de Estado”.

Según Víctor Pérez, el sindicato de AEBU se enfrentaba a otro peligro. En efecto:

“La idea era rodear a AEBU; llenarlo y asegurarlo con un gran colchón de gente para que no lo fuera a expropiar la Policía o el Fusna (Fusileros Navales). Porque el local, por el lugar donde se ubica, le pertenecía al Fusna, pero la Policía también tenía muchas ganas de quedárselo, tenía sus aspiraciones, porque estaba en una zona medio límite. Creo que esa fue una de las causas por las cuales no lograron intervenirlo ninguno de los dos”.

Los Juegos

En ese contexto tan difícil surgieron los primeros Juegos Deportivos de AEBU.

“La dirección del sindicato apoyó la idea, que tuvo artífices estupendos en los profesores Ricardo Piñeyrúa, Jorge Roibal y Carlos Maceiras. En esos Juegos participaron, literalmente, miles de personas”, rememora Ciganda.

Pero, ¿en qué consistían aquellos Juegos? Responde Víctor Pérez:

“Eran una actividad que nucleaba hasta ochocientas personas y en ella participaban desde niños hasta abuelos, en grupos de más o menos cien personas. Los Juegos duraban dos semanas completas y tres fines de semana. El primer fin de semana era la inauguración; en el del medio se hacía mucho deporte; y en el último eran las finales de cada deporte; y luego, de noche, las actividades como el teatro y las murgas. En la semana, los Juegos comenzaban a las seis de la tarde y terminaban a las dos de la mañana; y el sábado y el domingo eran todo el día, de las nueve de la mañana a las once de la noche. Los Juegos se hacían hasta altas horas de la noche, con gente que al otro día tenía que levantarse temprano e ir a trabajar como cualquier trabajador. Era una actividad tremendamente intensa. Quedábamos agotados, pero valía la pena, porque el ánimo de la gente y el espíritu que ponía te empujaban, porque se veían cosas extraordinarias a todo nivel”.

Por su parte, complementariamente Ciganda detalla:

“Hubo desde maratones realizadas en zonas próximas al local sindical hasta torneos de básquetbol y fútbol de salón, pasando por competencias de natación, yincanas, juegos de salón como el truco, el ajedrez y las damas; también hubo una competencia en la cual los equipos relataban un cuento delante del público; café concert; y un concurso de murgas”.

Los recuerdos de un tercer protagonista de esta historia, Eduardo Larbanois, quien con el transcurso del tiempo habría de transformarse en una figura ineludible de la música uruguaya, coinciden con los anteriores:

“Los primeros Juegos Deportivos de AEBU los organizó Piñeyrúa, como para poder revitalizar la presencia social en la institución, porque la gente no se arrimaba por el terror que tenía. Los Juegos fueron una forma de que la gente se reencontrara. Se hacían espectáculos enormes en el gimnasio y yo estaba en cierta medida colaborando con Piñeyrúa en el armado de esos espectáculos”.

 

Las murgas, el teatro y el Canto Popular en los Juegos

Según el texto clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, de Mijail Bajtin, el carnaval es un evento fundamentalmente subversivo. En su libro, el autor soviético pone el foco en las implicaciones que a ese respecto tienen la risa y la irreverencia, lo grotesco y el lenguaje popular. Las murgas uruguayas no son ajenas a esa tradición del espíritu carnavalero. Entonces, en aquel contexto, el concurso de este tipo de agrupaciones musicales de los Juegos brindaba una oportunidad para decir aquello que los ávidos oídos de la sociedad querían escuchar, pero no se podía expresar sin poner en riesgo la libertad y la vida.

Así las cosas, según cuenta Ciganda:

“En materia de espectáculos, el concurso de murgas fue excepcional. Primero, porque en las murgas se integró gente de todas las edades. El concurso fue de seis murgas que tomaron el nombre de grupos indígenas: Pieles Rojas, Charrúas, Incas y otros que no recuerdo. Una cosa muy interesante es que alguna gente de primera línea del carnaval se arrimó a dar una mano. José Alanís, Pepe Veneno, el director de La Soberana, que había hecho una campaña increíble a partir de los años 69 y 70, se acercó y ayudó a funcionar a dos de las murgas. También lo hizo el Gordo Antonio Iglesias, dirigente del vidrio y a la vez director de Los Diablos Verdes, que ayudó a funcionar a una de las murgas. Asimismo, para el concurso vino, con muy buena onda, a dar una mano e integrar el jurado, Dalton Rosas Riolfo, que era una personalidad del carnaval”.

En el mismo sentido, desde su perspectiva de músico señala Larbanois:

“A esas actividades se empezó a arrimar gente como don Antonio Iglesias, el de Los Diablos Verdes, Cacho Del Puerto, Pepe Veneno y Catusa Silva, lo cual fue un gran estímulo. Fue un montón de gente que colaboró con nosotros, nos enseñaron lo de ellos y nosotros aportamos lo nuestro. Carlitos Bouzas hacía letras para las murgas; yo dirigí murgas. Entonces, como siempre, en los intercambios es donde uno crece. El crecimiento que tuvo el carnaval en AEBU fue formidable”.

Sin embargo, había que tener cuidado con los ímpetus en el manejo del transgresor espíritu carnavalero, pues los represores se servían de la más mínima excusa para hacer de las suyas. De modo tal que los organizadores, aun contra sus principios más íntimos, no tuvieron otro remedio que establecer una comisión de censura. Al respecto, entre risas, recuerda Ciganda:

“El profesor Piñeyrúa lo comentaba charlando conmigo: los censores eran los propios organizadores. Porque de alguna manera tenían que controlar que los muchachos no se fueran a pasar de la línea. Había que apelar a la sutileza, pero sin pasarse de la línea, porque estábamos caminando por un pretil muy finito”.

Como ya se ha dicho, en los Juegos también se desarrollaban otras actividades escénicas. En ese fermental ambiente, donde se encontraban diversas manifestaciones artísticas, se originó en buena medida lo que luego se conocería como el Canto Popular, algunas de cuyas raíces se pueden rastrear en los Juegos; un grupo de teatro que hizo historia y también una murga que se ha transformado en un mito: la BCG.

A propósito, sostiene Víctor Pérez:

“Lo mismo que pasaba con la murga ocurría con el teatro. Porque había gente de teatro que sabía que esto ocurría y venía a colaborar. En AEBU funcionaba el Grupo Ciudad Vieja, en el cual estaban el Flaco Jorge Esmoris, y otros grandes como Rosita Baffico, Fernando Toja y muchos otros que hoy en día vemos como personalidades asombrosas. ¡Y pasaron por AEBU! Estuvo también el Corto Buscaglia, que hizo teatro con padres para los niños del jardín”.

Quizá el siguiente fragmento de la entrevista que en junio de 2005 le realizara este cronista a Horacio Buscaglia no solo resulte ilustrativo acerca de lo que significaba AEBU entonces, sino también sobre las múltiples y creativas formas que adquirió la resistencia a la dictadura en el terreno cultural.

Sobre su pasaje por AEBU, nos decía Buscaglia:

“A partir de la idea de la psicóloga Martha Klingler, que estaba en AEBU, hice una cosa maravillosa: darles clases a los padres y abuelos de los alumnos de la guardería de AEBU. Se les dieron clases de títeres, de música, y yo agarré viaje para darles clases de teatro. Fue una experiencia bárbara, divina, porque eran bancarios, hombres y mujeres, algunos muy veteranos, que nunca en su vida habían pisado un escenario. Yo les propuse armar un espectáculo para que ellos lo hicieran a fin de año para los niños, para sus hijos y nietos. Fuimos trabajando hasta que, por la cantidad de gente que había, armamos dos obras. Ellos mismos hicieron su vestuario, y fue maravilloso cuando a fin de año la gente actuaba para sus hijos. ¡Era tan lindo verles las caras a los niños que veían a su mamá, a su papá, a su abuela, que ni se imaginaban que podían pintarse la cara, ahí, haciéndoles una obra! Creo que para ellos debe de haber sido una experiencia inolvidable, igual que para mí”.

“Esta era una de las formas de resistir a la dictadura...”, apostilló el periodista. Y su entrevistado completó la idea:

“Claro, todo pasaba por ahí. Por supuesto que también las obras que elegíamos. Recuerdo que hice una versión de un cuento de una argentina que trataba de unos animales de un circo que se rebelaban porque los obligaban a actuar como humanos y ellos querían actuar como animales. Todo, obviamente, apuntando siempre a buscar la puntita para meter el pinchazo”.

Por su parte, Juan Pedro Ciganda rememora:

“En una de las murgas estuvo Eduardo Larbanois, que en ese momento estaba trabajando en la biblioteca de AEBU. Con él allí adentro, la biblioteca fue un ‘nido’ que permitió que mucha gente del Canto Popular se arrimara permanentemente a AEBU y allí estuvo un poco la base de la posterior organización de los cantores populares en Adempu. Y en esos café concert que se realizaban desfilaban las figuras jóvenes del Canto Popular del momento, como Los Peyrou, la gente de Canciones para no Dormir la Siesta, Darnauchans, Abel García…

“La gente del Canto Popular desfiló por AEBU. Hacíamos espectáculos hasta que en cierto momento los representantes de la dictadura empezaron a cortarnos los víveres porque simplemente con eso congregábamos miles de personas. Los músicos lo hacían de forma totalmente desinteresada”.

Eduardo Larbanois coincide con el testimonio del exsindicalista y agrega detalles sobre los difíciles momentos que pasaron juntos como parte de aquellas peripecias:

“AEBU fue una de las cunas fundamentales del Canto Popular. Allí, en el gimnasio, se empezaron a realizar los primeros espectáculos masivos. Dos por tres se daban situaciones tragicómicas; por ejemplo, el hecho de que a veces caía la Policía a suspender el espectáculo y atrás venían los de la Marina y echaban a los policías porque decían que la Ciudad Vieja era jurisdicción de ellos. Se armaba un lío bárbaro entre ellos, y nosotros seguíamos con el espectáculo adelante. O, de repente, te caía la taquería con los palos y las metralletas, y era un susto bárbaro. Nunca sabíamos en qué terminaría aquello. Por lo general, íbamos todos presos, pero después nos soltaban. Y, por cierto, a cada espectáculo que hacíamos, marchábamos a la comisaría: don Juan Barbaruk, un tipo formidable que era el administrador; Antonio Marotta, que era el presidente; Juan Pedro Ciganda y yo, que estaba en la parte de organización, porque teníamos que dar información sobre cómo hacíamos, cuánto cobraban los artistas, para dónde iba la plata, qué íbamos a cantar... ¡una cosa lamentable!”.

Pero, a pesar de los pesares, aquella arriesgada apuesta a la cultura dio unos frutos que llegan hasta nuestros días, desde su autorizado punto de vista sintetiza Larbanois:

“Creo que las actividades de AEBU tuvieron una relevancia muy grande en el Canto Popular y en la murga. Allí fue donde se generaron los primeros movimientos en los cuales empezaron a integrarse cantores populares a la murga, así como gente de teatro. Lo cual generaba un cambio radical en la murga, que antes era un coro de barrio cuyo objetivo era divertirse criticando, nada más. Pero que no tenía el profesionalismo que tiene hoy día, cuando hay un cuidado en la presentación escénica y en la forma de cantar”.

 

Leer entre líneas

La sociedad uruguaya de entonces tenía una especial capacidad –desarrollada a contrapelo de la actividad represiva de esbirros, soplones y censores– para leer mensajes entrelineados. Así pues, en el marco de los Juegos, Juan Pedro Ciganda, en su calidad de integrante del Consejo Central de AEBU, aprovechaba la oportunidad para mandar alguno de aquellos mensajes en clave libertaria. Vistos desde la actualidad, pueden parecer ingenuos; sin embargo, en aquel contexto, ayudaban a mantener viva la llama de la resistencia a la dictadura. Cuenta Ciganda:

“En los tiempos más horrorosos, lo que hay que rescatar es el espíritu de la gente y cómo la gente sabe leer entre líneas. En ese momento, ya el Consejo Central me estaba proponiendo para que en toda actividad pública el que hablara fuera yo. Entonces aprovechábamos la inauguración de los Juegos, la clausura de los Juegos y los aniversarios de AEBU, las despedidas de fin de año, todas las actividades donde pudiéramos juntar un poco de gente, para hacer un saludo y decir algo interlineado, pero muy interlineado. Porque sabíamos que había ‘tiras’ cerca. Por suerte, a algunos los conocíamos… ¡el problema eran los que no conocíamos! Y me acuerdo de que en más de una oportunidad hacía una presentación muy tranquila, agradeciendo la participación de la gente en el evento que fuera, cosas muy generales, de cumplido, como es obvio. Pero, simplemente, con agregar cerca del final: ‘Un abrazo grande, pues, compañeros, a todos los que están aquí y a todos los que, por distintas razones, no han podido venir’… Yo decía eso y la gente estallaba en aplausos. Leía entre líneas lo que quería decir”.

 

Y al volver la vista atrás…

Como cierre de estas memorias, conviene citar la valoración que ha hecho Víctor Pérez de aquellos Juegos:

“Fueron una semilla asombrosa que alimentó algo que en ese momento ni el medio ni el país podían hacer, y esto era que la gente eligiera y siguiera teniendo contacto con el arte en sus diferentes expresiones. Como una forma de no bajar los brazos, de seguir diciendo: ‘La vida puede más que cualquier traba’”.

Opinión que, desde su perspectiva, corrobora Juan Pedro Ciganda:

“Ahora, mirados a la distancia, diría que fueron una cosa que sacudió la ciudad. Pero, todo esto era posible porque existía en la gente una vocación por expresarse, y la forma de hacerlo era participar en los Juegos. Participar de estos Juegos se transformaba en un acto de militancia para muchos chiquilines, incluso para familias enteras”.

 

NOTAS

Este texto se realizó a partir de una entrevista con Juan Pedro Ciganda y una serie de entrevistas con Horacio Buscaglia, Eduadro Larbanois y Víctor Pérez, que pertenecen al archivo del autor.

El autor agradece especialmente a Andrea Moreni, encargada del Archivo Histórico de AEBU, y a Valeria de Souza, de la biblioteca de AEBU, por su valiosa colaboración.

Todas las fotos que ilustran este texto pertenecen al Archivo Histórico de AEBU.

 

 

Acatar la consigna

 

Entre las muchas anécdotas jocosas de aquellos Juegos, vale la pena rescatar la que Ciganda cuenta:

“Se dio la consigna de que los dirigentes no teníamos que quedarnos tomando café en la cantina, sino que debíamos participar activamente. El primer partido de básquetbol de los Juegos fue entre un equipo formado por muchachos del banco La Caja Obrera y otro por muchachos del Bank of America. En este último jugaba el Inglés Carlos Blixen, que, aunque era veterano ya, daba una mano; y también estaba el Tano Luchini. En el otro equipo estaba el Purrete Antognazza, dirigente bancario, una figura señera de AEBU. Y tan en serio se habían tomado aquella consigna de que los dirigentes debíamos actuar y participar con el mayor entusiasmo, que en ese partido casi hubo un incidente por un choque debajo del tablero entre aquellos dos militantes de primera línea: el Tano Luchini, que era del Bank of América, y el Purrete Antognazza, del Caja Obrera”.

 

Los estudiantes navarros

 

 

Por Ricardo Piñeyrúa

 

 

Hace unos días, en una película, un personaje que escribía en un cuaderno historias que nunca mostraba, contestó que era para sacarlas de su cabeza. Me encantó la respuesta, porque me pasa eso, las escribo y se van, por suerte vienen otras. Pero yo algunas las pongo en Facebook y hoy, cuando vi que era el cumpleaños de Jorge Roibal, me acordé de una que escribí hace tiempo y creo que nunca la puse en Facebook, que lo nombra, vaya mi homenaje por su cumple.

 

Los estudiantes navarros

Si algo lo caracterizaba era su parsimonia, esa tranquilidad obtenida en años de pesca, y su gran mentón.

Debe haber sido en una charla cualquiera, Jorge, me refiero a Jorge Roibal, siempre traía propuestas e ideas novedosas, y ese día dejó caer un: “Y si hacemos una olimpiada de AEBU”. Se refería a una olimpiada interna como hacíamos en Sporting, aunque él tomaba como ejemplo las del Náutico.

La idea quedó madurando, él era un tipo que iba rumiando sus ideas hasta que las completaba y un día la trajo, casi terminada; muy audaz todo lo que quería hacer, pero me convenció y luego los dos a Carlos Maceiras, que era el director, y después a Juan Barbaruk, el administrador.

Ni idea teníamos de la aceptación que iba a tener. La cosa empezó a crecer y nos desbordó cuando comenzaron a llegar las listas de inscriptos de los bancos y las decenas de socios del Sector Deportivo.

Cuando armamos los equipos, juntos los de cada banco y distribuidos al azar los socios deportivos, empezaron los problemas: se querían cambiar, estar con sus compañeros o amigos; los capitanes traían nuevos inscriptos para reforzar el cuadro de fútbol o básquetbol; aparecieron ajedrecistas que se hacían socios; otros se anotaban dos veces con nombre diferente para cambiarse de equipo, y cada cambio era una protesta.

Aparecieron directores de murga y teatro, actores que se inscribían, pero no eran socios; al final, con Jorge nos dimos cuenta de la magnitud que estaba tomando y entendimos que aquello iba más allá de una diversión, todos querían estar, encontrar en esos Juegos un espacio de participación y protagonismo.

Los Juegos empezaron con un clima increíble, el desfile inaugural fue deslumbrante de creatividad y audacia, lo que entusiasmó aún más a todos los participantes. Los equipos, que al principio se reunían en la cantina, tomaron por asalto las salas de reuniones, aquellos santuarios del sindicalismo eran un depósito de disfraces, cartulinas en las paredes con letras de murga, carteleras con actividades.

La sala del Consejo Central era ocupada por equipos y los dirigentes se refugiaban en la salita de la Presidencia, lo único que no fue asaltado.

Era un ambiente de cordialidad y camaradería, todos sabían dónde estaban, pero se discutía por todo, por el reglamento del truco, por el ruido que no dejaba concentrar a los ajedrecistas, porque aparecían jugadores que no figuraban en las listas iniciales. Los ensayos de las murgas duraban hasta altas horas.

En un momento nadie estaba por fuera, todos se involucraron, los dirigentes y militantes se incorporaron dejando salir el jugador que todos tenemos, así se los encontraba, dedicados a escribir las letras de las murgas o peleándose por una pelota abajo del aro de básquetbol.

Horas vi al Gallego Carlos Bouzas, un ícono de la dirigencia sindical, escribiendo la letra para la murga de su equipo.

Todo fue impresionante, pero el concurso de murgas se llevó la mayor atención. Los trajes, letras, coros, crearon un espectáculo a gimnasio lleno, una murga trajo a Antonio Iglesias para que los ayudara y otra al Pepe Veneno para contrarrestarla.

Para amortiguar esa lucha de estilos, el jurado se formó con un par de dirigentes bajo la presidencia de Dalton Rosas Riolfo, sabio en temas de carnaval, dio un empate entre Iglesias y el Pepe Veneno, enemigos carnavaleros con sus Diablos Verdes y La Soberana. Alguien lo escuchó decir: “Amigo, en un sindicato, el Pepe no le puede ganar a Iglesias... Iglesias no le puede ganar al Pepe”.

Fueron veinte días inolvidables, era la ebullición de la libertad y la participación creativa en medio de la negrura de la dictadura en el año 75.

Pero lo mejor eran las noches, gloriosas, en largas mesas en la cantina, rebosantes, se discutía, se anotaban resultados, sumaban puntos, vitoreaban éxitos y se reía. Pero el punto culminante era cuando el Gallego, arquitecto o estudiante avanzado, alzaba su vozarrón y con aquel bigote a lo Capitán Alatriste cantaba:

Los estudiantes navarros, me cago en la

Cuando llegan a la posada,

lo primero que preguntan

chis pum jódete patrón

saca pan y vino, chorizo y jamón

y el porrón.

¿Dónde duerme la criada?

 

Como un canto unificador, todos se sumaban golpeando sus vasos de cerveza en la mesa, olvidando las rencillas del día, las disputas por la pelota o la falta envido perdida.

Aquello se transformó en una tradición, un himno, esa canción desconocida por la mayoría, era un canto de rebeldía de esos cientos que no se querían dejar ganar por la tristeza exterior.

Una canción española que no era censurable, y sin darnos cuenta, mientras entonábamos la canción, había nacido una forma de resistencia.

Vendrían después los café concert, los canto populares masivos y –sobre todo– un AEBU colmado de gente que la protegió hasta el final de la noche.

Y si no hubiera criada, me cago en la

Dónde coño duerme el ama,

y si tampoco hubiera ama

chis pum jódete patrón

saca pan y vino, chorizo y jamón,

y el porrón.

 

Pienso en Jorge tirando la idea mientras miraba el mar por los ventanales de Camacuá; pienso en la gente adueñándose, empoderándose como se dice ahora, del juego, engañando a la censura con creatividad; pienso en los dirigentes y militantes entendiendo que ese era el camino y se llena mi cabeza con esa canción, quizás, porque al final decía lo que todos queríamos gritar:

a la mierda la posada,

me cago en la.

 

NOTA

Túnel agradece al profesor Ricardo Piñeyrúa la autorización para reproducir su texto en estas páginas.

 

 




Para acceder a todos los artículos suscríbete.