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El fútbol como religión, por Mauricio Pérez




LA GOLEADORA PALMIRENSE Y SU PRESENTE EN NACIONAL

 

 

El fútbol como religión

 

 

La pelota es una parte de su vida desde que, de niña, corría detrás de ella por las calles de Nueva Palmira (Colonia). Dentro de la cancha, la busca en forma incesante, con el objetivo último de hacerla besar la red; fuera de la cancha, la lleva sobre el pecho casi pegada al corazón. Esperanza Pizarro cumplió 20 años el 15 de abril y es la goleadora de Nacional. Fue elegida por Túnel como la mejor jugadora del fútbol uruguayo.

 

 

Por Mauricio Pérez

 

 

Esperanza Pizarro sonríe. Piensa unos segundos, baja un poco la mirada y vuelve a sonreír. La pregunta es ¿qué se siente al hacer un gol? Levanta la vista, mira la cancha vacía del Parque Central y sonríe de nuevo. Contesta con una palabra: felicidad. “Si jugás al fútbol, más allá de la posición, a cualquiera le gusta convertir”, dice Pizarro. “Pero siendo delantera [el gol] es como completarte; es tu función, lo que tenés que hacer. Más allá de esa felicidad, es sentir que estás logrando el propósito de tu puesto en la cancha”.

Pizarro sabe muy bien qué es eso de hacer goles: en el último campeonato uruguayo anotó 19 en diez partidos. Su primer gol fue en un clásico, contra Peñarol, el día de su debut en la máxima categoría. “Era el gol que nos ponía 1-0 arriba, para mí fue una felicidad total. No puedo decir otra cosa que no sea eso: una felicidad tremenda”. El partido término 1-1, con un gol casi en la hora. Y más allá de la bronca por el resultado, ese día quedó guardado en su memoria como una marca indeleble.

Pizarro empezó a jugar a los cinco años en el club Sacachispas de Nueva Palmira. Un año antes, había pedido a sus padres para jugar al fútbol, pero aún no tenía edad para empezar. Cuando ese impedimento burocrático era parte del pasado, volvió a insistir y su madre, enseguida, salió a buscarle club. “Siempre me dejaron hacer todo lo que quería”, dice.

¿Qué te dijeron tus padres cuando les dijiste que querías jugar al fútbol? “Al principio pensaron que era un capricho, porque cuando era chica yo quería hacer todo lo que había, todo lo que veía me gustaba. No importa si era jugar al fútbol, otro deporte o un trabajo. Cuando era más chica me gustaba ir a la carnicería con mi mamá, y una vez dije que quería ser carnicera. Ellos pensaban que era un capricho de la edad, pero después se dieron cuenta de que no era un capricho”, cuenta.

Pizarro tiene dos hermanas mayores, a quienes el fútbol no las atraía demasiado. Su gusto por la pelota parece ser una herencia de su padre, quien “siempre jugó al fútbol”.

“Yo andaba con él para todos lados, la pelota siempre estuvo conmigo. Desde chica siempre me regalaron pelotas; todo lo que pedía para mi cumpleaños, Día del Niño o Navidad eran pelotas. Ni qué decir que en el barrio, en la cuadra, siempre se jugaba al fútbol. Éramos como trece y jugábamos todas las tardes. Cuando pedí, estaba mirando un partido de fútbol con mi padre; siempre miraba a RiverPlate argentino o al Real Madrid, se ve que eso me llamó la atención. Si te ponés a mirar, tenía fútbol por todos lados, era difícil que no me atrapara”. Y la atrapó.

 

 

Solo ella

Cuando Pizarro comenzó a jugar, los equipos con niñas eran casi una excepción. “En todo el baby había una sola niña, pero en las categorías más grandes en mi club era la única”, recuerda. Por suerte, dice, eso cambió. “Hoy vas a ver el baby y hay un montón de chiquilinas, y eso me pone muy contenta porque el rendimiento sale primero del baby, si no tenés una base es muy difícil agarrar cosas básicas que son ahí donde se aprenden”.

¿Te hicieron sentir el hecho de ser la única niña en el baby? “Quizás un poco al principio, con algunos compañeros tenía una disputa, pero la mayoría eran compañeros de escuela, entonces estaban acostumbrados”. Según recuerda, el problema no era ni en su club ni con los demás niños, sino con los adultos de los cuadros rivales: “El problema era en los partidos, no tanto por los niños, que no tenían ningún problema, sino los padres, que gritaban cosas de afuera, y los niños tienden a hacerle caso al padre, es su referente. Ahí un poco los gritos afectaban, pero a mí no”, afirma.

Por esos años, jugaba más cerca de su arco que del arco contrario. “En el baby empecé los dos primeros años jugando de lateral, y después pasé a jugar de 5”. ¿Raspando? “No, no. Yo jugaba, era la que armaba [la jugada] para que el delantero hiciera el gol”. Cuando jugaba en Cerro Oriental, otro cuadro de la zona, se ponía del otro lado del mostrador: era golera. “Cuando no nos llegaban al arco, me sacaban del arco y me ponían arriba”. Su calidad la llevó a jugar de 5 en la Selección de Nueva Palmira de varones.

Por esos años, el gol no era algo habitual en su juego. “Tengo un leve recuerdo de un gol, no sé si fue el primero. En una final, jugábamos contra Parque Deportivo Juvenil de Nueva Palmira, ganamos cuatro o cinco a cero. Hago un gol, le pegan para arriba y queda ahí, en el área, y entro por el medio y le pego un puntazo”. ¿Un gol de 9? “Sí, bien de 9. Ahí ya jugaba de 5. Clarito me acuerdo del primer gol con la Selección de Nueva Palmira, fue contra Ombúes de Lavalle, lo hice con la panza, con la rodilla, con todo, me metí para adentro del arco con la pelota. Nunca había hecho un gol y de la desesperación que tenía, ahí en la línea, hice cualquier cosa, pero la pelota entró”.

Con el paso del tiempo, su calidad comenzó a abrirle nuevos desafíos. En el interior, el fútbol femenino tiene solo dos categorías: sub 16 y Primera división. Cuando Pizarro tenía 14 años, ya jugaba en Primera. Según dice, esa posibilidad de jugar con gente grande desde chica le permitió adaptarse rápidamente al cambio entre juveniles y Primera en el campeonato AUF. En 2019, tras varios meses sin jugar llegó a Nacional. Un salto cualitativo en su carrera. “Me genera felicidad poder representar a Nacional en su máxima categoría”, dice. Y sonríe, otra vez.

 

La gran ciudad

Su primera experiencia futbolística lejos de su casa fue en Paraguay, para disputar un torneo de fútbol sala. Según recuerda, ella no quería viajar. Fue su madre quien la convenció de que tenía que ir. “A partir de ese momento me costó muchísimo menos alejarme de casa”, cuenta Pizarro. Esa experiencia hizo que su llegada a Montevideo fuese más sencilla. Sobre todo porque fue progresiva y porque estuvo acompañada.

“Mi primera llegada fue por la Selección sub 17, tenía 14 años. Veníamos dos o tres meses, pero me volvía todos los fines de semana. De a poco me iba quedando un poco más, hasta que el año pasado me vi obligada a venir a entrenar. La adaptación no fue muy díficil, tengo una hermana acá y muchas compañeras que conozco desde hace cinco o seis años y, por ese lado, fue bastante fácil”, cuenta.

Según dice, las facilidades que le brindó Nacional fueron claves en ese proceso de adaptación. Su llegada al club fue en 2019. Pizarro había viajado a Brasil para jugar en el Inter de Porto Alegre, pero no se adaptó y decidió volver a Uruguay. Por esos tiempos tenía discrepancias con su club, Palmirense, por lo que dejó de jugar. Estuvo seis meses parada; al siguiente período de pases, el club seguía negándole el pase en libertad. Fue allí que apareció el elenco tricolor.

“Nacional apostó fuerte por mí; me cubría todo lo que necesitaba. Fue la mejor opción. Yo estaba desesperada por volver a jugar, hacía meses que no pisaba la cancha. Nacional negoció directamente con el club anterior, y mi madre quedaba muy conforme con que venía a Nacional. Era cómodo el traslado a Montevideo, me cubrían pasajes, viáticos. Estaba terminando bachillerato de Medicina en Nueva Palmira y ellos fueron muy flexibles en eso. Hoy en día Nacional tiene un proyecto lindo en el fútbol femenino”, afirma.

Su llegada al tricolor fue para jugar en la sub 19; en 2020, ya integraba el plantel principal. En su primer partido oficial, contra Peñarol, hizo un gol; y en su primer torneo se consagró campeona uruguaya y goleadora. Mejor, imposible. Un dato anecdótico: antes de debutar en la Primera división de Nacional ya había debutado en la Selección mayor de Uruguay, en una serie de partidos amistosos.

Eso es parte del proceso en el que está inmerso el fútbol femenino en Uruguay, que tiene una figura clave: Ariel Longo. “Fue el entrenador que hizo posible que las jugadoras del interior pudieran jugar en la Selección uruguaya. Fue él quien salió a hacer un recorrido por todo Uruguay para hacer la captación de jugadoras y fue cuando me vio a mí y a otras compañeras de Palmirense; fue mi llegada a la sub 17”.

¿Qué representa Longo para el fútbol femenino? “Cada persona puede tener su opinión, pero no cabe duda de que Ariel es una pieza clave en el fútbol femenino. Ha hecho un proceso silencioso que ha dado muchos frutos. La base de las jugadoras que empezaron en 2015 somos cinco o seis que seguímos hasta hoy. Desde que empecé siempre [a nivel internacional] hemos quedado un escalón más arriba que en las competencias anteriores, logrando cosas históricas”, dice.

Según Pizarro, que jugadoras del interior puedan competir en la Selección es muy importante para el fútbol femenino, sobre todo por las dificultades que significa para ellas llegar a competir en Montevideo. “Las jugadoras del interior no se vienen a Montevideo a jugar a AUF porque recién se está empezando a profesionalizar y es difícil dejar todo para venirte. Es más por cuenta propia que por lo que te puedan brindar los clubes”, dice. Eso, por suerte, empezó a cambiar.

 

 

Techo de cristal

Pizarro es una de las jugadoras con contrato profesional en Uruguay. Se trata de un proceso clave para el avance definitivo del fútbol femenino. En Nacional, este proceso de profesionalización es parte de una simbiosis entre las jugadoras y el club. “El proyecto nace desde la dirigencia […] pero nosotras estábamos haciendo nuestra parte para que creciera”, afirma Pizarro.

“Si uno estaba en el club en el 2019 ni siquiera se entrenaba en Los Céspedes. En el 2020, ni bien empezamos, había un rumor de que se apostaba fuerte al fútbol femenino, y enseguida nos lo comunicaron”. Esto incluía profesionalizar el fútbol femenino y que las jugadoras firmaran –en forma escalonada y progresiva– contrato con el club, así como un cambio sustantivo en la infraestructura destinada a las jugadoras. Actualmente, el plantel femenino tiene una cancha a su disposición en Los Céspedes, psicólogo y otras instalaciones destinadas a la preparación deportiva. “A partir de ese proyecto nosotras apostamos a entrenar muchísimo más, a mejorar muchísimo, fue de los dos lados”, afirma Pizarro.

Sin embargo, las diferencias entre hombres y mujeres aún persisten. “En Uruguay se tiene que ver todo el panorama. Ni siquiera en la Primera división masculina son todos profesionales. Vos ves clubes como Nacional totalmente profesional, con un estadio e instalaciones a disposición, y después ves clubes que están peleando el descenso y no tienen todo lo que se debería para ser un club profesional”. Pasa lo mismo en el fútbol femenino: “Hay clubes que están muchísimo más arriba que otros. Las jugadoras pueden entrenar, mejorar, dar todo, pero también se necesita un poco del otro lado. Es lo que pasó en Nacional: nosotras estábamos dando todo y hubo una mano del otro lado que ayudó a romper barreras e ir en camino hacia la profesionalización”.

Todo esto hizo que las diferencias con el resto de los países del continente se acorten: “Con Nacional, solo tuvimos un partido amistoso el año pasado, con RiverPlate [Argentina] y no hubo ninguna diferencia, se jugó de igual a igual. River está jugando Libertadores y no le fue mal. Hay nivel en el plantel para competir internacionalmente. Hay una base de entrenamiento muy buena”. Eso también ocurre con la Selección uruguaya. “Por suerte, hoy día se emparejó muchísimo. Si ibas a competir en otros años, la verdad, estábamos muy lejos”. Eso a nivel sudamericano, con Europa las diferencias aún persisten: “es otro mundo, para llegar ahí falta muchísimo todavía, pero se está en un proceso de mejorar cada vez más y la Selección está muy bien encaminada”.

En este sentido, Pizarro tiene claro su objetivo: “Quiero competir en lo máximo”. ¿Qué sería el máximo nivel? “En Uruguay no hay que buscar mucho. Se sabe que lo máximo, hoy día, son Nacional y Peñarol, no hay otros clubes que estén a ese nivel. Hoy estoy en el máximo. Pero lo que busco es hacer una espectacular Copa Libertadores y llegar lo más lejos posible. Ese es mi techo de hoy día, donde me encuentro. Poder competir a nivel internacional pero compitiendo, no participar por participar”. ¿Jugar en Europa es un objetivo? “Hoy el fútbol femenino ya tiene sus ‘extranjeras’, la salida es mucho más fácil. Igual que en los hombres, quien tiene buen nivel busca salir y siempre se mira la máxima competición para poder jugar ahí”, contesta.

 

 

Sola en el área

Dentro de la cancha, Pizarro se transforma. La sonrisa queda de lado; su juego se caracteriza por su calidad para definir, pero también por su esfuerzo de correr cada pelota como si fuera la última. Y también por su personalidad. Que a veces, la traiciona. “Se enoja mucho. Y si está enojada…”, dice Agustina Sánchez, su amiga, golera de Nacional. “La cara se le transforma”, agrega.

Pizarro reconoce que es así, pero dice que está cambiando. “Es parte de mi personalidad, porque no es solo en el fútbol. En cualquier cosa que esté haciendo me recaliento si no me sale lo que quiero. Por ejemplo, si estoy jugando al truco, estoy jugando de verdad y alguien está jugando para la joda, ya me enojo. Y me pasa lo mismo en la cancha”.

Según Pizarro, ese enojo es parte de su búsqueda permanente por la perfección. “Cuando estás dentro de la cancha, tenés que jugar como si ese fuera el último partido que vas a jugar. Hay cosas que pasan por desconcentración, y esas cosas me enojan. Pero es mi carácter”.

Con el tiempo, sin embargo, aprendió a descargar esas tensiones, sobre todo en el post partido. “A nivel local, por suerte, todavía no me ha tocado perder. Pero ahora aprendí a manejar mejor los partidos después que terminan. Dentro del partido, no lo pienso, y lo vivo como si fuera el último. Dejo todo en la cancha, todo lo que tenga ese día para dar, lo voy a dejar. Pero aprendí a manejar el resultado”.

Esto implica intentar transformar ese enojo, y pensar en por qué no se le dio el resultado, para poder mejorar de cara al siguiente partido.

El fútbol es un juego colectivo, de equipo, pero muchas veces –dice Pizarro– uno está solo, sobre todo en la toma de decisiones. “En el momento de definir, por ejemplo, quedás en un mano a mano contra la golera y sos vos contra ella. Ya está. El equipo ya te la dio, ahora tenés que hacer todo lo posible para resolver de la mejor manera”. ¿Qué se piensa en ese momento? “Capaz que sentís la presión… la soledad se siente en cuanto sentís que toda la responsabilidad está en vos. En el fondo sabés que si errás ese gol estás acompañada como para que vayas en busca de otra posibilidad. Pero esos son los momentos en lo que te encontrás solo. O cuando ejecutás un penal. Son momentos de soledad. Para la golera ni qué hablar, cuando se para debajo de los tres palos y tiene que atajar un penal”.

 

 

Garra y corazón

Pizarro disfruta de su tiempo libre en reuniones con amigas, ruedas de mate y de música (“escucho de todo, soy muy amplia, desde rock hasta Joaquín Sabina, no tengo punto medio”). De otros deportes, le gusta el básquetbol. “Lo empecé a mirar con una compañera, pero no entendía ni las reglas. Y fui aprendiendo. Ella es hincha de Goes y me acercó ahí”. Con ella fue a la cancha de Plaza de las Misiones: “me regustó, fui a ver un clásico y todo. A partir de ahí nunca más me perdí ningún partido, incluso miro partidos que no son de Goes”.

Pero el fútbol ocupa buena parte de su día. Pizarro mira mucho fútbol por televisión; juegue quien juegue. “Capaz que me comentás un partido que lo vio una sola persona y yo lo vi. Mis redes sociales son todo fútbol”, afirma. Además, está realizando el curso C de director técnico, que habilita a dirigir a niños hasta 12 años.

Pero también está cursando la Facultad. Pizarro quiere estudiar Fisioterapia, pero por ahora no ha podido. El año pasado no pudo dar la prueba de ingreso porque tenía que jugar el Sudamericano Sub 20; y este año no quedó en el sorteo. Por eso, mientras tanto, cursa otras carreras para poder revalidar materias. Este año, está haciendo el curso de partera. ¿Cómo se conjuga el estudio y el fútbol? “Hay personas muchos más organizadas, para mí es todo un desafío porque soy muy despistada. Lo llevo bien. Ahora no empecé facultad, estoy solo con el curso y el entrenamiento. Es una cosa de locos, pero uno se acostumbra, se puede hacer tiempo para todo”.

El símbolo de la relevancia del fútbol en su vida lo revela la cadenita que cuelga en su cuello que, cada tanto, sostiene con su mano derecha. La cadenita tiene un dije con forma de pelota. “Me la regaló un técnico de cuando yo jugaba al baby, Kevin [Fuentes]. Es un técnico muy querido por mí, que más que enseñarme cómo se juega, o gestos técnicos, me enseñó la disciplina. Fue un año en que yo no hacía mucho caso, no quería ir a entrenar, estaba como rebelde y él me encaminó enseguida. Me encaminó en el buen sentido”.

Un día, Kevin le dijo que quería regalarle una cadenita y ella le dijo que sí. “Desde que me la regaló en 2018 nunca me la he sacado”. ¿Qué valor tiene esa cadenita? “Es una forma de llevar al fútbol siempre conmigo. Yo lo llevo en todo lo que puedo, el fútbol está presente las 24 horas del día. No hay ninguna medallita más linda que esta, que tiene una pelota de fútbol. Además del valor sentimental, también es una forma de llevar el fútbol conmigo siempre”. ¿Casi como una religión? “Claro”, contesta Pizarro. Y sonríe. Como hace a cada rato fuera de la cancha, como cada vez que su disparo besa la red.




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