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Aquel puntero de maravilla




POTRERO, PICARDÍA Y HABILIDAD

 

Como jugador, Luis Alberto Cubilla fue un crack y un ganador. Fue considerado uno de los mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX.

 

Por Sebastián Chittadini

 

 

Dicen, los que tuvieron la oportunidad de verlo jugar, que el Negro Cubilla fue uno de los más talentosos jugadores de fútbol que dio Uruguay. Y eso ya es mucho decir acerca de la picardía, la técnica y la impronta de aquel puntero que las hizo todas en una carrera que duró casi veinte años.

Jugó tres mundiales e hizo goles en dos, ganó la Copa del Rey con el Barcelona antes que Luis Suárez, fue el primer jugador en ganar la Libertadores y la Intercontinental con los dos grandes, tuvo un rol importante en el primer campeonato de Defensor

–con lo que se convirtió en el primero en salir campeón uruguayo con tres equipos diferentes– y no pudo jugar un Mundial por ser repatriado antes de enfrentarse a los repatriados. Lo que se dice un adelantado.

 

“Busque a Cubilla, porque Cubilla

es fútbol”

En el número 26 de 100 años de fútbol, Carlos Naya y Erasmo Fried definían así de categóricamente a Cubilla antes del Mundial de 1970. Era ese hombre retacón, explosivo y habilidoso al que había que buscar en el momento de ensayar esas jugadas que pueden parecer imposibles, basado en su absoluta carencia de vergüenza y superávit de confianza en sí mismo a la hora de pedir la pelota y sacarse un marcador de encima. En un fútbol que supo producir calidad y cantidad de punteros, él fue uno de los mejores por habilidad, potencia y gol. Y nunca se escondía, lo que era claramente un valor agregado a su habilidad.

Desde su 1,69 metro de altura, orgullosamente enfrentado a los ideales del índice de masa corporal, Cubilla era un puntero de los que jugaban pegados a la raya, de los que buscaban el enfrentamiento directo pie a pie con el marcador de punta, de los que hacían moñas y no las que se comen con aceite y queso. Técnica, potencia, guapeza y viveza sobraban en aquel prototipo de un fútbol lleno de variantes e imposible de ser esquematizado. Un rebelde, un desobediente lleno de mañas aprendidas en los potreros de Paysandú, que eludía en una baldosa al que viniera. Dijo alguna vez el enorme zaguero chileno Elías Ricardo Figueroa que era muy difícil agarrar a Cubilla para arrimarle la ropa al cuerpo, porque escondía la pelota y cuidaba el físico como nadie. Y si llegaba a haber contacto, el puntero tenía la habilidad de amortiguarlo y aparentar que había sido mayor de lo que en realidad había sido. Picardía, que le dicen.

¿Acaso Cubilla era perfecto? No, pero el jugador perfecto existe solamente en la Play Station y hay que crearlo. La lista de defectos que se le achacaban tenía dos vertientes: el físico y la cabeza. En cuanto a lo primero ‒quizás una mirada injusta que se deposita sobre todo aquel futbolista con tendencia a la retención de lípidos‒, era tal vez irrelevante y él se encargaba de rebatirlo cada vez que tenía la pelota en sus pies. En cuanto a lo otro, ahí ya era más complicado. Era Cubilla un hombre al que se criticaba por su temperamento difícil, por aquella tozudez propia de los que confían mucho en su habilidad y por un ego proporcional a su capacidad de desairar “jases”. Los cracks no suelen ser tipos sencillos y está bien que así sea, es algo que por lo general entienden los que juegan con ellos. Como aseguró el brasileño Didí, dos veces campeón del mundo, Cubilla era un jugador que destruía cualquier sistema y tiraba abajo cualquier estrategia, un jugador endiablado que dominaba al partido y al adversario.

Con todos estos atributos, no es de extrañar que haya sido elegido por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) como uno de los once mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX –concretamente el undécimo– por delante de cracks como Tostão, Alberto Spencer, Enzo Francescoli y Mario Kempes, entre muchos otros, en una lista que encabezaban Pelé, Maradona y Di Stéfano.

 

La historia la cuentan los ganadores

Además de haber sido un demonio con el 7 en la espalda, Cubilla ganó. Y mucho. Solo en su carrera como jugador, fueron dieciséis las vueltas olímpicas. Más tarde, superó ese número como entrenador y terminó de adquirir con sus veinte títulos del otro lado de la raya de cal la chapa definitiva de ganador. Tal fue su estirpe ganadora, que cuando lo mandaron a la quinta división de Peñarol empezó a estudiar porque estaba seguro de que iba a tener que dejar el fútbol y terminó consiguiendo el primer título de su carrera: técnico en electrotecnia.

Fue Peñarol el que lo trajo desde Paysandú y donde pasó de jugar de volante a hacerlo de puntero. Cuatro Uruguayos, dos Libertadores y una Intercontinental más tarde hizo las valijas para irse al Barcelona, donde ganó una Copa del Rey, pero chocó con el húngaro Ladislao Kubala porque lo mandaba al banco. Llegó así a RiverPlate de Argentina, donde la iba a romper toda sin poder sumar títulos. La vuelta a Uruguay fue con la camiseta de Nacional, donde mantuvo la saludable costumbre de ganar todo: otros cuatro Uruguayos, otra Libertadores, otra Intercontinental y una Interamericana fueron el saldo en títulos antes de irse a Chile para jugar en el Santiago Morning y de volver otra vez al país a hacer historia. Ya veterano, Cubilla fue uno de los pilares del equipo que torció la historia del fútbol uruguayo y cortó la hegemonía de los grandes en la era profesional. Con bigote y panza, quiso demostrarse a sí mismo que todavía servía y, tras comprobarlo, se retiró. Su técnico, el profesor José Ricardo de León, con el que se encontraban en las antípodas del pensamiento político y en el máximo del respeto mutuo, sostuvo que era “un jugador para todas las épocas”.

 

Un genio con mucho genio

Su paso por España y Argentina lo apartó casi siete años de la Selección. Fue así que se perdió el Mundial de 1966, porque la celeste no repatriaba jugadores. Tampoco pudo jugar ninguna competición sudamericana, ya que las ediciones de 1963 y 1967 del Campeonato Sudamericano lo agarraron jugando afuera y luego el torneo se suspendió hasta 1975 para pasar a llamarse Copa América.

Fueron apenas 38 partidos de selección en quince años, con once goles. Sin embargo, la genialidad mayor por la que se recuerda a Cubilla no fue un gol, sino aquella pelota imposible que sacó de entre las piernas de un defensa soviético sobre la línea de fondo para tirar el centro que Víctor Espárrago transformó en pasaje a semifinales del Mundial de México. El comienzo de los años setenta, con “los rusos” enfrente, era el escenario ideal para lo que Cubilla definió años más tarde en la revista Estrellas deportivas como la satisfacción más grande de su carrera. “Esa fue mi más grande alegría, porque mi ilusión era ganarles siempre a los rusos”.

¿Polémico? Sí. ¿Soberbio? También. Tanto en juego como en personalidad. Cualidades de sobra, títulos para regalar, pero no tan sobrado de popularidad como de recursos para el amague. No era el sanducero un hombre que cayera especialmente simpático, más allá de su pícara sonrisa en las fotos previas a los partidos. De carácter difícil, el hombre que luego de retirado llenó el país de pelotas para hacer goles de maravilla reconoció en una entrevista con El Diario, después del Mundial de México, la dureza de su carácter: “Sé que parezco antipático. Soy muy parco y tengo pocos, muy pocos, amigos”.Había muchas noticias en aquella edición, pero esta declaración no era una de ellas. 

 




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