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El empedrado camino a la recompensa




GRACIANA RAVELO, INTEGRANTE DE LA ORGANIZACIÓN DE FUTBOLISTAS URUGUAYAS

 

 

Graciana Ravelo es futbolista, abogada e integrante de la Organización de Futbolistas Uruguayas (OFU). Se consagró cuatro veces campeona del torneo uruguayo de fútbol sala. Disputó en dos instancias la Copa Libertadores y las define como “lo más lindo” que le dejó el fútbol. Desde su primer encuentro con la pelota, de chiquita y casi por azar, nunca se separaron: “Fue amor a primera vista”, dice. Guarda como un tesoro su primera camiseta: la del cuadro de su pueblo (donde era la única niña). Se inició en el fútbol del interior y hace más de diez años que juega en Montevideo. Para ella, ser mujer y jugar al fútbol representa un acto político y sueña con un futuro en el que las jugadoras se planteen la posibilidad de ser futbolistas.

 

 

Por Mariana Sequeira

 

 

Nació, creció y conoció su pasión en San Antonio, Canelones, y al preguntarle por sus inicios en el fútbol o con la pelota, no dudó en compartir una anécdota que retiene gracias a su madre...

“Esa pregunta es muy fácil porque en realidad el fútbol es como el eje de mi vida. Cuando era chiquitita, mi vieja –siempre me cuenta esto– me había comprado un caballito de madera que le había costado un huevo, básicamente. Mi mamá es maestra. Y fuimos a la plaza de mi pueblo donde se hacía una fiesta de Reyes, la típica que vienen y traen regalos. Ahí había regalos para las nenas y regalos para los varones, obviamente, y a mí me tocó una pelota roja no sé por qué, ligué un regalo de varón, entre comillas. Y ta, creo que fue amor a primera vista, a partir de ahí fue similar a lo de Oliver Atom, me parece que quedé atada de por vida a la pelota. Desde que tengo uso de razón juego al fútbol”.

 

¿Con quién jugabas?

Yo me crié en una especie de cooperativa, en un Mevir, que es el Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural. Y claro, en el seno de ese tipo de viviendas se permite más el desarrollo de determinadas amistades o de determinados núcleos. Tuve todos mis amigos de la infancia varones y ahí me inicié en el baby fútbol en un cuadro de mi pueblo: Porvenir, de San Antonio. En realidad, era un paraje rural cerca de ahí. 

 

¿Eras la única niña allí?

Era la única nena de mi categoría. A veces, si tenía suerte, me ascendían a otra categoría, que era como el sueño del baby fútbol: que te subieran a la categoría siguiente. Tengo la camiseta todavía y me entra, así que imaginen el nivel de utilidad que le daban a las camisetas en esa época.

 

¿En tu casa apoyaban que jugaras?

En mi casa somos dos nenas, mi viejo muy futbolero, mi mamá también muy futbolera, jugaba también. Siempre me apoyaron. Nos apoyaron a las dos, a mi hermana le faltó la parte de talento [risas].

 

Vida Nueva fue su primer equipo de mujeres cuando empezó a jugar en la OFI (Organización de Fútbol del Interior). Sin embargo, al mudarse a Montevideo para empezar la Facultad de Derecho, sostener la frecuencia de viajes para entrenar se hizo cada vez más difícil. Pero la pelota la busca y ella encuentra un cartel colgado en la facultad: “Se busca jugadora de futsal”.

“Fui un día a la hora que decía y obvio que no era la hora de la práctica, estaba mal el cartel. Así que hice básquetbol, que no tenía idea, con un par de gurisas de la Udelar. Después sí conocí a mis compañeras y a partir de ahí empecé a jugar futsal, en 2010. Ahí encontré un grupo de personas que atesoro hasta el día hoy, creo que es el mejor grupo del que he formado parte en el fútbol. Entrenábamos en el IAVA en condiciones pésimas, al aire libre y en una cancha de hormigón. Pero bien, teníamos un DT que era optimista y le ponía onda”.

En ese momento conoció el fútbol sala, la competencia en AUF y una nueva institucionalidad que no había vivido. Para ella, que jugó ambos, el fútbol del interior y el de Montevideo son diferentes…

“Hay dos cosas: para mí en Montevideo es como que tenés más un semillero, incluso en esa época [hace diez años] existía la posibilidad de formarte desde más pequeña, por lo menos juveniles. En el interior eso es más complejo porque tenías que hacerlo con varones. Pero en el interior es más sencillo acceder a mejores condiciones porque los clubes muchas veces tienen un respaldo comunitario. En mi caso, por ejemplo, que participé de un equipo de la OFI de once, teníamos condiciones mucho mejores de las que teníamos acá en un club AUF. Por ese apoyo más de la comunidad: se juntan los vecinos y hacen rifas para el club, se sostiene con el barrio, la ciudad o el pueblo. Los comerciantes de ese pueblo en general colaboran. Existe otra forma más social”.

Nunca dejó de jugar: tras la experiencia en la Udelar, la llamaron de Río Negro City –que en ese momento era el mejor equipo del campeonato uruguayo– y levantó dos copas. Lo mismo hizo en Peñarol a continuación y, actualmente, juega en el Club Banco República. Participó en la Copa Libertadores de fútbol sala en 2014 con Río Negro City y, por segunda vez, en 2018 con Peñarol. No todo era fútbol en su vida y una anécdota lo grafica claramente: su último viaje por el fútbol coincidió con una audiencia fijada para el día siguiente, por lo que tuvieron que hacer magia para cambiarla y poder agarrar el vuelo. Pero ella sabía que valía la pena con tal de vivir el sueño de ser futbolista por un rato.

“Es lo más lindo que me ha dado el fútbol. No importa lo adulto que seas, por quince días te abstraés de tu adultez y jurás que sos profesional. Es como vivir el sueño durante quince días de aspirar a, medianamente, entender que uno se dedica solo a eso. Durante la copa a vos te dicen lo que tenés que comer, te vienen a buscar al hotel, te llevan a jugar al partido. Un ejemplo hasta absurdo –que te puede parecer ridículo– es que en un partido salí seleccionada para el dopping y para mí fue maravilloso. Porque para mí era algo que solo les sucedía a los profesionales, ¿entendés? Me parece una experiencia inolvidable. Incluso con treinta años me ha resultado una experiencia muy linda de vivir”.

 

¿Cómo ves el fútbol femenino hoy en Uruguay? 

Eso depende pila de la perspectiva. Una de las cosas que te da la competencia internacional es tener contacto con otras personas que viven otras experiencias, particularmente a nivel latinoamericano. En ese sentido, a veces uno piensa que está re lejos, pero después una se da cuenta de que el fútbol femenino en general está muy lejos. Si bien hay diferencias entre clubes, incluso hasta europeos, también es verdad que estamos muy lejos de forma global. Pero hay dos factores que han influido mucho: el feminismo como movimiento social ha apuntalado al fútbol femenino, porque jugar al fútbol como mujer ya representa un acto político, es como decidir estar en un lugar que históricamente es un nicho masculino. Entonces simplemente estar ahí, decidir practicar ese deporte, es un cambio. Decidir practicar ese deporte de por sí es un cambio. Y, punto número dos, que viene atado un poco, es que las jugadoras vemos que los clubes a nivel masculino generan determinada masividad que debería en algo beneficiar al fútbol femenino, más allá después de la lógica más comercial.

 

Es recurrente escuchar que las mujeres están en otro nivel de condiciones de juego porque no generan ingresos para los clubes. ¿Cómo lo ves? ¿Qué respondés ante ese planteo?

Ese es un tema sistémico, por eso digo que el movimiento feminista es muy importante. Porque en realidad la inequidad de género, particularmente salarial o en acceso a oportunidades, es una deficiencia del sistema que no se puede negar. Obviamente, hay que corregir esas fallas para después lograr una equidad real. Hay lógicas mercantiles que determinan diferencias y hay que aprender a convivir con eso, pero en principio deberían corregirse las inequidades sistémicas que están establecidas por el orden y la forma que tenemos de vincularnos.

¿Desde cuándo participás en la Organización de Futbolistas Uruguayas?

No soy fundadora, me incorporé al grupo seis meses después de su creación. Hubo una convocatoria para las jugadoras que estuviesen interesadas en lograr el cambio, o por lo menos colaborar con eso, y me arrimé. Éramos un montón de jugadoras muy entusiastas, por cierto. Ahí me encontré con un grupo de mujeres muy poderosas y con muchas ganas de generar un cambio en el fútbol femenino y decidí unirme. La verdad es que hasta hoy trabajamos mucho, por lo menos para contribuir desde ese lugar a corregir esas inequidades.

 

¿En qué se han enfocado en este tiempo?

Nuestro laburo fundamental tiene que ver con acompañar el proceso general del mejoramiento del fútbol femenino. El primer objetivo que se nos plantea como gremio, que todo el mundo pone sobre la mesa cuando habla de fútbol, es la profesionalización. A partir de ahí reflexionamos si realmente es el camino que queremos atravesar o por lo menos si es el objetivo a corto plazo. Nosotras como gremio decimos no, no es el objetivo a corto plazo. Para nosotras debería evolucionar primero hacia un fútbol equitativo, con condiciones reales para la práctica deportiva, con acceso a igualdad de oportunidades. Porque la realidad es que hoy la carrera en fútbol femenino tiene muchos obstáculos: uno son los propios clubes, el propio sistema institucional, otro son las propias posibilidades económicas que tienen las jugadoras. Una vez que se logren sacar todos estos obstáculos del camino, recién ahí capaz que podemos hablar de llegar al objetivo final de la profesionalización. Hoy la realidad es que nuestro trabajo fundamental es contribuir para mejorar las condiciones en el ámbito de la práctica deportiva.

 

¿Consideran profesionales a las jugadoras que actualmente tienen contratos con los clubes?

Eso sin duda que no, pero nosotras no lo vemos con mal ojo. Generar un vínculo escrito con un club entendemos que no está del todo mal, pero no puede catalogarse como contrato profesional. No es en la única liga en la que suceden ese tipo de acuerdos. Lo que sí exigimos como jugadoras es que los clubes, que en definitiva son los principales responsables de otorgar esas condiciones, den un paso adelante y se hagan cargo de esas responsabilidades. Muchas veces tendemos a focalizar en la institución que organiza, que es la Asociación Uruguaya de Fútbol, pero no hay que desconocer que la jugadora, cuando sale a la cancha, se pone la camiseta de un club, representa a ese club y eso tiene un valor. Es como si yo saliera a la cancha con la camiseta de una marca, eso tiene un valor. Salir a la cancha con la camiseta de un club debe tener un valor para ese club. Entonces el club tiene que ponerse las pilas y decir “yo a mis jugadoras les doy condiciones básicas para que puedan representarme de la mejor forma posible”.

Durante la pandemia, la OFU buscó tener un rol de acompañamiento de las jugadoras. ¿Qué actividades realizaron y cómo fueron recibidas por las futbolistas?

La verdad es que nos encontró en una situación compleja, porque al haber tantas diferencias entre los desarrollos de los clubes y la dinámica general, estábamos un poco perdidas al principio, pero después pudimos encontrar la forma. Hicimos una campaña para repartir canastas cuando la situación se puso muy compleja, sobre todo para dar apoyo a las jugadoras que tenían una necesidad particular. Recibimos el apoyo de la Mutual en ese sentido. También trabajamos en varias instancias con las jugadoras para difundir derechos y tratar diversos temas que nos preocupan. Y la realidad es que hoy –un año y medio después– hemos logrado una unidad y una representatividad que no teníamos antes de la pandemia. Capaz que esas instancias virtuales nos han ayudado como gremio a nuclear más jugadoras, a que las personas se acerquen y consulten, eso nos ha sorprendido. El otro día tuvimos una reunión particular sobre un tema y nunca habíamos tenido tantas asistentes a una reunión, eso nos puso muy orgullosas.

 

Sin desconocer que le quedan sueños personales por cumplir y muchos partidos por jugar, ahora se dedica a anhelar para las que vienen. Así cerraba la entrevista, imaginando dónde le gustaría encontrar al fútbol femenino en unos años.

“En este caso me voy a tomar la facultad de hablar por todas las mujeres que nos ponemos la mochila de la OFU todos los días, creo que hablo por todas si digo que nuestra meta o nuestro objetivo sería que dentro de diez años tengamos la posibilidad de que las jugadoras se planteen ser jugadoras de fútbol. O sea, no tener que elegir. Sueño con vivir de esto, con levantarme todos los días y ser orgullosamente futbolista y no tener necesariamente que optar por otra cosa y que eso sea una actividad paralela o un hobbie. Creo que eso sería como la frutilla de la torta de un proceso de cambio y transformación en el fútbol femenino: crear en el seno o en la semilla de esas niñas la posibilidad del fútbol como una vocación. 




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