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Si dejamos la vida, van a seguir cantando




En el metro de Madrid están pintadas un centenar de caras y banderas. Digamos, cada cara sobre cada bandera. Algunas caras parecen conocidas, otras anónimas. Cuando pienso que identifico una de las caras pintadas en las paredes del metro de Madrid, no coincide en realidad con la bandera que hay pintada detrás, que es como su piel. Puede ser simplemente que no se condicen, o puede ser simplemente que las caras del metro de Madrid nos representan a nosotros mismos en el rostro de un otro, una especie de espejo inexacto que nos interpela, un culto al anonimato, una representación de la pluralidad de culturas que atraviesa la puerta de Alcalá.

 

 

 

Por Agustín Lucas, desde Madrid

 

A un lado de una de las salidas del metro Portazgo, después del Puente de Vallecas, está el Bar La Uña, un sucucho tras un par de escalones donde suenan tragamonedas. Unas cortinas rojas, unas conversaciones de la hostia, de puta madre digamos, un lunfardo que madre mía para un momento de la semana bien cojonudo: el día del partido. O la noche más bien, una nueva noche fría en el barrio, resguardados en un bar que también es como un espejo inexacto, un culto al anonimato. Las caras del bar son las del metro de Madrid. El bar es como un faro que se erige en el destino, una parroquia donde entrar a vislumbrar lo que se busca: la cancha. Al mozo no le sorprende el acento porque él también es extranjero, y le alegra que preguntemos por el estadio, muy amablemente nos dice que es para el lado contrario a donde venimos caminando. Entonces pedimos unas cañas y antes del brindis el mismo mozo desliza un plato de tapas que hace que las glándulas segreguen y que hasta el brindis se distraiga. Estamos en Vallecas, el barrio obrero, donde no se habla de inmigrantes sino de vecinos, el barrio del Rayo Vallecano. “El Rayo es distinto, estás en Europa, no tenés vallas, no tenés nada, pero la tribuna de atrás del arco se agita de verdad. Son Los Bukaneros. Hay equipos que de repente tienen más gente pero vas al Bernabeu y no cantan, vas a la cancha del Valencia y cantan unos pocos, en Villareal está lleno el estadio pero no sentís ambiente, no sentís canto, no sentís bombo, nada, acá sí, todos los partidos, y ahora que vamos mal, más todavía. Ellos quieren que vos corras, les da igual si ganás o perdés, quieren que te identifiques con el barrio, que hagas todo por el equipo. Ellos insisten en que vos sientas lo que es el barrio, lo que es el Rayo Vallecano”.

Emiliano Velázquez nació en Danubio, o sea, nació en Potencia, más bien nació en Piedras Blancas. Claro, de alguna forma los futbolistas tenemos esa manera de recordar los años según los colores que usamos. El 103 y el 300 le fueron marcando la vida. Emiliano sabe lo que es el barrio porque Danubio es barrio. A las caras de la Curva les atraviesa el semblante una franja negra, y en el bullicio de la gurisada se va tejiendo esa cosa que se llama identidad, que a veces se termina con el profesionalismo, y a veces no. Hay nichos en el mundo donde el mercado no se lo ha comido todo, donde esa lucecita fundacional de los cuadros sigue rindiendo en cada cabecera con el póster de los campeones, en cada banderín, en cada tatuaje. “A todos los equipos se les complica. Acá la hinchada te ayuda a morir. Es difícil para cualquiera venir a Vallecas. Mañana en el partido van a cantar más de lo normal, jugamos contra el Eibar que es un rival directo, que está abajo en la tabla como nosotros y que le ganó al Real Madrid 3-0. Pero que le ganen al Real Madrid es una cosa y mañana es otra”. Mañana es hoy. Ayer, en la previa al partido entre el Rayo Vallecano y el Eibar, tomamos unos mates con Emiliano en su casa, con sus perros adoptados que conocen de aviones, y que por lo tanto conocen Piedras Blancas. “Hoy fueron a hablar del partido de mañana. Que es un partido importante, pero que ellos no presionan, no nos piden más de lo normal, que ganemos o perdamos pero que se noten las ganas. De visita con Valencia viajaron como siempre quinientas personas, que no es normal. Siempre te piden que los saludes aunque estén allá arriba en la tribuna. En un partido contra Villareal que perdimos en casa, nosotros entramos al vestuario y nos vinieron a buscar. Nos pidieron que saliéramos a saludar de nuevo porque había muerto un niño del barrio. Ellos no nos recriminan si jugamos mal, nos piden que estemos en esos momentos. Que dejes la vida, y que des la cara por el Rayo. Que si nosotros dejamos la vida ellos van a seguir cantando”. A unas cuadras del Bar La Uña está el Mesón Moreno, bien enfrente a la tribuna donde cantan Los Bukaneros, la hinchada banda sonora de cada partido, la que pinta una pancarta distinta porque siempre hay algo para decir ante cada conflicto social, la de las raíces en la identidad y en el barrio y en la fidelidad por los colores. Supieron escribir, entre otras manifestaciones, que “La franja no se mancha con racismo” en repudio a la contratación de un futbolista ucraniano identificado con la ultraderecha. Por otro lado, reciben a los nuevos futbolistas con un recorrido por la zona y por las costumbres y les hablan de rayismo, los empapan de su idiosincrasia y los devuelven a la cancha para alentarlos siempre y cuando sientan como propio el sudor de la casaca blanca atravesada en diagonal por la histórica franja roja: “Todos los jugadores nuevos tienen que hacer un recorrido por el barrio caminando con ellos. Es para que conozcas cómo es la hinchada, cómo es el barrio, ellos quieren que los jugadores vivan en el barrio. Te llevan a una iglesia, a la casa de la fundadora, a un colegio abandonado donde hicieron una escuelita y un ring de boxeo, al lugar donde se juntan a pintar los tifos, que son las banderas que llevan para los partidos. Esa es su sede, donde se juntan antes y después de los partidos. Tienen indumentaria para la venta, que no es oficial pero es la de la hinchada. Arreglan el barrio, hacen sociabilidad. El Día del Rayismo, desde el estadio se hace una carrera que recorre todo Vallecas. Siempre piden que los jugadores participen, y nosotros vamos, claro”. En el Mesón Moreno también hay hinchas del Eibar bebiendo en la previa. Viajan por el aire las jarras y las tapas y en la tele el fútbol se apodera de los píxeles. El partido se relata en conversaciones, el equipo se delinea en la fila del baño. Una cuadra más adentro hay un mar de gente empinando birras: es la hinchada. Nos metemos en esa mersa, somos parte del caudal rayista que se mueve ameboide hacia la cancha. El equipo no gana desde hace varias fechas, pelea los últimos puestos con el rival de turno y por eso la hinchada alentará más que siempre. Siempre un poco más, que se puede. Emiliano volvió esta semana de París donde estuvo citado a la Selección uruguaya. Forma parte de ese grupo selecto de valores. Quiere rendirle al cuadro para rendirle al barrio para rendirle al Maestro, de quien habla con el respeto supremo que generan a veces los padres, o esos tutores que te da la vida. “Mañana es un rival directo y la gente va a estar apoyando más que siempre. Todavía no sé si juego, se lesionó un lateral derecho y el suplente está suspendido, no jugué nunca de lateral, pero si tengo que jugar mañana estoy preparado. Siempre estoy preparado para jugar”. Mañana es hoy, adentro Los Bukaneros cubren las espaldas de los backs con un canto de izquierda en el pretil de la popular. En las tribunas se arma el coro. Todo rebota en la pared atrás del arco y vuelve, empapa a los jugadores. Emiliano al fin tuvo que jugar de lateral, sacó pelotas como el barrio manda. El equipo ganó y el barrio es fiesta. Emiliano volverá a su casa y a sus perros con el sabor de la gente contenta. Seguirá soñando con la Celeste, y esperará al mes de junio o a los escasos días de diciembre, para volver a Piedras Blancas, a contar peripecias rayistas, a hablar de Danubio, a ver pasar el 103 como si pasara la vida por la avenida.




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