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¡El Feni no baja!: un grito de resistencia




Origen e identidad de una leyenda que trasciende el fútbol

 

En el barrio Capurro, en Montevideo, nació uno de los mitos futboleros uruguayos, allá por la década del sesenta. En otro siglo, otro Uruguay. El Parque Capurro ya formaba parte del paisaje montevideano –tanto el espacio público perteneciente a la Intendencia de Montevideo como la cancha de Fénix– y el oeste estaba definitivamente perfilado como un destino industrial y obrero. Atrás –muy atrás– había quedado el barrio-balneario, y el deporte y el fútbol ya habían tomado protagonismo para transformar al barrio en metáfora.

 

 

 

Por Juan Aldecoa

 

 

“Fue una cosa espontánea, ese grito de desahogo; siempre estábamos penúltimos, últimos, que bajamos, que no bajamos, y resurge de las cenizas el ave”, cuenta Mario Sanseverino, presidente del Centro Atlético Fénix cuando en la entrevista para Túnel surge la pregunta cantada: ¿cómo nació el grito “¡El Fénix no baja!”? Dice Sanseverino que “la frase viene desde el año 56, 57, más o menos. Fénix sube por primera vez a la divisional A en el año 56, tiene muy buena actuación en el 57 pero desciende. En ese momento se comienza a decir que Fénix es un cuadro de la B, y vuelve a subir en el 59”. Los recuerdos se entremezclan –algunos son difusos–, y cuando hay dudas lo que pesan son las vivencias: “Lo vengo viviendo a Fénix desde el año cuarenta y pico”, agrega.

Ir a la cancha de Fénix (ya sea como hincha, espectador o a trabajar) tiene un gusto especial. El Parque Capurro es de los estadios más hermosos, porque junto con el Olímpico de Rampla Juniors tienen el agregado ideal: las cuatro tribunas conviven con el césped, las pelotas y el agua. En el caso de la cancha albivioleta, la ruta es el destino de muchos uñazos perpetrados por recios defensores. Al marco y el paisaje, agréguele una pizca de barrio, una historia colmada de sufrimientos, el orgullo de pertenecer y una cucharadita de inventiva popular futbolera. “Es curioso, pero recuerdo alguna ocasión de Fénix saliendo campeón de la B, y en los festejos frente a la sede, la gente en lugar de gritar ‘Fénix campeón’, gritaba ‘Fénix no baja’”, dice Juan José Calvo, referente uruguayo de la demografía (y uno de los principales de la región).

Calvo, entre investigaciones políticas de población, la búsqueda de vínculos entre economía, población y desarrollo, y sus viajes al exterior por su trabajo en Naciones Unidas, no abandona su pasión por Fénix. “Trabajé muchos años en Naciones Unidas, tengo colegas dispersos por todas partes y varias barras futboleras en el mundo. El grito de guerra ‘Fénix no baja’ es inigualable, yo no conozco otro equipo en el mundo –a pesar de que tengan cierta tradición de jugar de la mitad de la tabla para abajo– que tenga un grito similar, que justamente tuvo que ver con todas esas subidas y bajadas, y aquella serie de clásicos contra Racing”, cuenta. Sobre el grito que da origen a esta nota, no duda: “Es un grito de resistencia, y uno se identifica con eso. El ‘Fénix no baja’ es resistencia; uno no dice Fénix campeón. Tiren todo lo que tiren vamos a aguantar. Fuera de la cancha de Fénix, y fuera del fútbol, en Uruguay se utiliza la expresión aplicada a cuestiones de resistir a algo, ha trascendido”.

 

La metáfora del barrio

Gustavo Perini, conocido popularmente como El gran Gustaf, suma en su currículum varias pasiones como la actuación, el humor y Fénix. Memorioso de las viejas alineaciones futboleras, siempre pone entre sus maestros a Luis Bebe Cerminara, Alberto Restuccia y Mary Minetti –entre otros y otras–. La cultura es parte de Gustaf, y también de Fénix. “‘El ‘Fénix no baja’ es la metáfora del barrio. Es un barrio trabajador, obrero, luchador, que trasciende a su equipo de fútbol: el club de fútbol interpreta a la gente del barrio, esa gente que intenta día a día, minuto a minuto, no descender”, cuenta Perini.

“La leyenda en sí misma nace de un caricaturista de El Diario de la noche, donde se hacían apostillas deportivas con humor, y le pone un globo a un hincha con un gorrito de Fénix que está gritando ‘el ‘Fénix no baja’”. Pero es claro, según Gustaf ese grito trascendió y es “genuino” de la hinchada: “son más de cien años peleando el descenso”. El humorista considera que Fénix no es solo un club de fútbol, ya que el capurrense ha sido parte de momentos históricos de la cultura uruguaya. “Cuando se crea la murga Falta y Resto, sale del Fénix. Es una murga combativa, majestuosa; y en esa metáfora de resurgir de las cenizas, Jaime Roos se puso la camiseta de Fénix para el disco Mediocampo”. Para cerrar menciona a la Escuelita del Crimen y a uno de los personajes que nació en ese grupo de humoristas: el Niño Calatrava. “Eran todos hinchas de Fénix”, no lo duda.

Desde adentro

“En los últimos años Fénix está mal acostumbrado –en el buen sentido–, pero la historia de Fénix era un subibaja. Ahora se ha estabilizado; a mí me tocó estar en dos etapas, y las dos fueron espectaculares. En ningún momento se pasó zozobra, digamos, a pesar de que la segunda vez sí peleamos el descenso, pero no solo nos salvamos sino que el puntaje nos dio para meternos en la Copa Sudamericana”. La palabra autorizada es del 10, uno de los ídolos del club: Martín Ligüera.

Ligüera, más allá de que nació en Montevideo, es floridense. Debutó siendo un chiquilín muy joven, con 16 años en Nacional, en 1996. Aquel equipo tricolor de Miguel Ángel Puppo enfrentaba a Peñarol en el estadio Centenario. El clásico de la Supercopa terminó empatado 2-2, en una tarde invernal que le dio la bienvenida a Martín, quien luego recorrió muchas canchas y varios países atrás de la pelota. En Nacional es queridísimo, y en Fénix se convirtió en ídolo tras dos pasajes en el club de Capurro. “La esencia de Fénix es eso, tratar de siempre ir remándola para no descender”, recuerda Ligüera, a pesar de que también vivió momentos de los dulces en el club, como haber jugado las copas Libertadores y Sudamericana.

“El jugador que llega va absorbiendo toda esa historia. Es un equipo que por lo general todos los años sufre deportiva y económicamente en muchos pasajes, entonces esa conjunción se transmite de afuera hacia adentro de la cancha”, argumenta el jugador sobre la mística capurrense. El actual entrenador de la tercera división de Nacional no oculta su amor por los tricolores: “La gente sabe que yo estoy identificado con Nacional –y soy hincha de Nacional– pero va más allá de eso el cariño que nos tenemos, por las circunstancias que a mí me tocó pasar con uno de mis hijos. Me tuve que venir de Brasil y ellos me abrieron la puerta para entrenar y jugar con la voluntad de que si yo me tenía que ir a Estados Unidos durante el campeonato lo podía hacer. Y me tuve que ir dos o tres veces, perderme partidos, y no había problemas”.

Al final de cuentas, el club de barrio lo “arropó”, y cuenta que se sintió “uno más desde el primer día”: “El cariño que me dieron fue muy grande. Hay algo más que lo deportivo; la gente me lo hace sentir, y yo siempre traté de demostrarles mi respeto con mi forma de jugar y mi forma de actuar”.

Una cuestión de estilos (y de historias)

“En los años 60 y 61 anda por allá abajo, y en el 61 termina último junto con Wanderers y tiene que ir a unas finales. ‘El ‘Fénix no baja’, comenzó a decirse. Wanderers era un equipo económicamente más fuerte, con más historia, más respaldo a nivel de la Asociación Uruguaya de Fútbol, y logra habilitar un período de pases especial para jugar esos partidos. De esa manera, se refuerza con jugadores de Peñarol, y hasta con brasileros. Era ampliamente favorito, vamos a jugar al estadio y Fénix le gana los dos partidos”. Mario Sanseverino lo cuenta y se traslada a los años de su juventud. El libro de los cien años de Fénix rememora esos momentos de sufrimiento, de campañas angustiantes hasta el último suspiro.

Más acá en el tiempo Fénix no estuvo ajeno a la pelea por el descenso. Si bien existe una cierta estabilidad –permaneció en primera y ha clasificado a copas internacionales–, los estilos futbolísticos han sido bien marcados, como lo cuenta el demógrafo Juan José Calvo: “En los últimos años –sobre todo desde la primera llegada de Juan Ramón Carrasco– Fénix juega mucho más atildado. Cuando le ganamos 6-1 al Cruz Azul en el Franzini, por la Libertadores, fue apoteótico. Siempre lo recuerdo: saliendo de la cancha, aquella noche, vi a dos veteranos que iban abrazados, llorando”.

Pero Fénix ha tenido otras noches, no tan dulces al paladar del hincha. Durante varios años se los ha acusado de ser defensivos, de plantear partidos aguerridos y no colaborar con el espectáculo. ¿Qué es jugar bien? ¿Qué es jugar mal? “Es un estilo. A mí me gusta mucho más ver el fútbol de las canchas chicas que ver al Barcelona o al Real Madrid. Se juega al fútbol pero tiene una significación totalmente diferente”, agrega Calvo.

El corazón casi siempre puede más que la razón. “El Fénix no baja”, ese grito que nació de la tribuna y se cruzó con la cultura popular y los dichos futboleros, es parte del día a día de un barrio, de una cancha, de un club y de sus sentimientos. Ese grito de resistencia vale lo que un campeonato y trasciende las generaciones. Es la esencia del ave mitológica, el ave Fénix que desaparece y resurge de sus cenizas, el símbolo de la renovación en general.

 

 

Un amuleto

 

Cuenta Juan José Calvo: “En 1995 me fui becado a estudiar a Francia, a hacer mi posgrado. Me iba por unos años, y uno ahí tiene que pensar qué llevar. Además de la ropa y otras cuestiones, había tres cosas que tenía que llevar: uno era el manual de econometría básico –esto lo voy a precisar, dije–; otro fue el libro de cocina del Crandon; y lo tercero fue la camiseta del Fénix, que estuvo colgada en mi apartamento en París durante años”.

El demógrafo, nacido en Uruguayana y Capurro –“a menos de cien metros de la sede de Fénix”, dice–, hace una radiografía de la hinchada: “Tiene una parte obrera, una parte un poco lumpen, y también, después, una parte de profesionales del barrio que siguió vinculada a ir a la cancha”. Ese pedazo representativo de la mayoría de los barrios montevideanos se lo llevó consigo para siempre. El amuleto hecho de tela –la camiseta– recorrió el mundo: Haití, cuando el terremoto de 2010; Siria, cuando el final del conflicto en Damasco, en 2018; Venezuela y Burkina Faso, más acá en el tiempo: “A las misiones complicadas siempre me la llevo; para mí tener la camiseta de Fénix era como llevarme un pedacito de Uruguay”.




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