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El héroe silencioso




Ruben Morán, el juvenil campeón de Maracaná en 1950

 

Por Pablo Aguirre

 

 

Ruben Morán, con apenas diecinueve años, dejó inscrito su nombre en la historia de la final del Mundial de Maracaná en 1950. Su carrera prometía muchas alegrías similares, pero el futuro no llegó como él seguramente esperaba.

Aprovecharon el momento en que salía el equipo local para pasar inadvertidos entre el humo producido por la cohetería infernal que iniciaba la fiesta. El aspecto que presentaba el mítico estadio de la ciudad de Río de Janeiro no era para cualquiera: lo habían sufrido los jugadores suecos y posteriormente los españoles que tuvieron el trabajo extra de llevarse la canasta llena de goles. Once orientales ingresaban al campo de juego –mientras el resto de la delegación observaba desde una fosa contigua–, a la misma hora que algunos dirigentes volvían presurosos con la excusa de que no se habían presentado antes, presos de sus miedos ante el posible papelón. Igual no importaba, poco tiempo después se mandaron hacer medallas de oro, mientras a los verdaderos protagonistas (los jugadores, claro está) les obsequiaron una de plata. Se escribieron libros, historias y novelas sobre los leones de Maracaná y seguramente se realizarán tantos otros trabajos. En ellos se cuentan las míticas escenas de quien durmió la siesta antes del partido, el capitán que enfrió el partido después del gol de Brasil, las corridas del autor del gol más importante de la historia de los mundiales, el porte del flaco que empató el encuentro.

Todos ellos tienen un pedazo de gloria, algunos más grande y otros capaz que no tanto, pero nadie les puede quitar el nombre ubicado en el bronce de la gloria eterna; entre ellos había un muchacho de apenas diecinueve años, delgado, surgido en el Cerrito de la Victoria, que estaba soñando despierto mientras con su mirada serena posaba hincado a la izquierda de Juan Alberto Schiaffino para la histórica foto grupal, ante los pocos flashes que se animaron a tomar la instantánea, previo al comienzo del encuentro. En la misma foto, a su derecha, estaba Ernesto Matucho Fígoli, histórico colaborador de la Selección, que lo abraza hasta donde llega con su mano derecha, como quien trata de cuidar a un joven que daba sus primeros grandes pasos.

Ruben Morán, el Tiza –como lo conocían en el barrio–, tuvo en vilo a sus vecinos la tarde del 16 de julio, en el que fue el único partido que jugó en todo el Mundial de 1950. Debutaba en una final con menos de veinte años. En realidad el titular era el puntero de Peñarol, Ernesto Patrulla Vidal, quien por una lesión no pudo jugar el encuentro decisivo ante Brasil. El dilema quedaba planteado para el entrenador, Juan López, que debía decidir entre incluir al “botija” que ya jugaba en Cerro, o poner con el “perfil cambiado” al experimentado Julio César Britos. Tiempos en que el fútbol ponía nombres y funciones a cada puesto, para que el director técnico asignara el titular y a su respectivo suplente, como fichas en un tablero. Finalmente, en una discutida conversación con los dirigentes y referentes del plantel, Juan López mostró el buzo con las siglas “D.T.” y se la jugó por el chiquilín que aparecía como una de las grandes promesas del fútbol uruguayo.

Sus comienzos fueron en la incipiente institución del barrio, el Club Sportivo Cerrito, fundado en 1929 por modestas familias (entre ellos por el árbitro asignado al Mundial del 50, Esteban Marino) y que se afilió a las competiciones de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, siendo el único en ganar un torneo en 1948 (la Divisional Extra) por la huelga de jugadores. Casualmente utiliza los colores verde y amarillo, como la bandera del país que vio consagrar a nuestro protagonista: Brasil. El modesto “clusito” –como solía decir el gran periodista Diego Lucero–, en sus primeros pasos ya tenía la fortuna que de su corazón surgieran tres figuras que estuvieron en el primer Mundial de la postguerra: el ya nombrado Esteban Marino como juez, el propio Ruben y también Héctor Vilches, a quien seguiría ligado en su carrera.

Precisamente Vilches fue el primer jugador de los auriverdes en pasar a una institución de Primera División con la que tendría una prolongada relación: el Club Atlético Cerro. Vaya paradoja: Cerro y Cerrito, un juego de nombres pero que hacen referencia a una misma situación: la representación del barrio. Sobre aquella época, y de cómo Ruben Morán también llegaría al club de la Villa, consultamos a un allegado a los albicelestes, un referente histórico de los cerrenses, Lorenzo Nusa, quien con nueve décadas de vida y de fútbol nos brinda mayor detalle: “El 13 de abril de 1949 Cerro le plantea al Club Cerrito su interés prioritario por el pase de Ruben Morán (el Tiza) y pocos días después se realiza la transferencia. Cerro tiene una buena relación con Cerrito en razón de la incorporación de Héctor Vilches el año anterior. Este fue quien sugirió el pase de Morán”.

De esta manera, ambos jugadores formaban el plantel de los villeros al momento de ser citados a la Selección junto a Matías González, titular en todos los partidos jugados en ese Mundial. Cerro concluía esa década formando con Luis Bella en el arco; Matías González y Perrone; César González, Carlos Carranza y Héctor Vilches; Raúl Iglesias, Rodolfo Pippo, Nelson Cancela, Washington Estula y Ruben Morán, que por muchos años disputaba el puesto de mejor puntero izquierdo del Campeonato Uruguayo, para la prensa de entonces.

Volviendo a nuestro protagonista, tuvo la oportunidad de jugar en aquella contienda precisamente en el partido más importante, el último, de una copa que tuvo como característica única que no se trataba de una “final” propiamente dicha, ya que el empate favorecía al local. No fue nada fácil para Ruben Morán haber formado parte del plantel que lograría traer la Copa del Mundo. Primero, jugó un par de amistosos en abril de 1950 (cuando debutó con la Celeste) en Santiago de Chile ante el local, donde convirtió un gol. Aquel seleccionado lo dirigió de manera interina Romeo Vázquez, quien a la postre fue el preparador físico en el Mundial, mientras la AUF era un caos donde no se ponían de acuerdo para designar al director técnico a menos de sesenta días del magno evento. Pero Ruben en ese aspecto tuvo suerte. Él peleaba el puesto en la lista de convocados con otros jugadores que contaban con más experiencia, como Hugo Villamide y Juan Ramón Orlandi, pero ambos, por diferentes circunstancias, padecieron lesiones que los marginaron de la convocatoria, lo que allanó el camino del joven jugador de Cerro.

En la tarde del 16 de julio, Ruben tuvo en el primer tiempo la oportunidad de destacarse cuando en una incidencia de ataque del conjunto oriental, y con el arquero rival en el piso fuera de acción, disparó su remate por encima del travesaño en lo que pudo ser la apertura del score. Pecados de juventud, propio de los nervios de un joven que vivía sus primeros minutos en ese gran acontecimiento, aunque ya se habían desarrollado acciones de peligro para ambas vallas.

El resto es historia conocida (obligatoriamente) para todos los uruguayos; el ataque uruguayo se profundizó por la banda contraria, el flanco derecho, donde Alcides Edgardo Ghiggia gestó las principales jugadas para ganar el partido ante la marca infructuosa de la defensa rival representada principalmente por dos jugadores: Bigode (lateral izquierdo de Brasil) y Barbosa, el guardameta que fuera condenado en vida por recibir ese día los dos goles.

Con la victoria consumada y el regreso triunfal a su hogar, al barrio (que lo recibió como a un héroe), continuó su carrera en la institución cerrense que intentaba crecer de la mano de su presidente, Luis Tróccoli, quien en alguna oportunidad le negara ser transferido a la vecina orilla, más precisamente a Boca Juniors.*

Ruben seguía siendo una de las promesas que tenía el fútbol uruguayo para conquistar nuevos títulos en ese período soñado de la Selección. Ya era Campeón del Mundo, estaba asentado como un jugador en la Primera División, augurando enormes posibilidades de un futuro tan prometedor como años de carrera tendría por delante.

Aquel Cerro promediaba la tabla, generalmente en el quinto lugar, cuando el campeonato uruguayo se formaba con diez equipos. Épocas de elencos estables en los clubes, de recitar “formaciones de memoria” durante años, salvo algún cambio de figuritas. Por ejemplo en 1951, Cerro formaba con Juan Carvidón; Matías González y Omar Perrone; Humberto Cardozo, Carlos María Carranza y Héctor Vilches; Héctor Delgado, Miguel Martínez, Nelson Cancela, Ramón Acosta y Ruben Morán. Increíblemente en el citado año (al igual que los meses posteriores a la consagración en Brasil), no jugó la Selección uruguaya bajo ningún concepto por lo que el público local no pudo disfrutar de los campeones del mundo en el Estadio Centenario, algo que cuesta creer hoy en día.

En 1952 llegó el Campeonato Panamericano en Chile para el cual Ruben Morán no fue citado, volviendo a integrar una delegación en la Copa América jugada en la ciudad de Lima el año siguiente (recién en mayo de ese año el seleccionado uruguayo jugó en el Estadio Centenario, por primera vez luego de Maracaná). En aquella oportunidad Uruguay no fue con sus mejores jugadores por la negación de algunos clubes a brindar lo mejor al combinado uruguayo. No es titular en este torneo y apenas ingresa unos minutos en el partido que terminó con derrota por la mínima diferencia frente a Brasil, cuando además se produjeron incidentes en algunos pasajes del encuentro. Sin saberlo, esa sería su última actuación con la camiseta celeste, en un total de cuatro partidos que tuvieron una particularidad: ninguno fue en tierra uruguaya, ante su público. El torneo sudamericano fue el presagio de un año difícil en su carrera y para su club: en el Torneo Competencia Cerro salió último, y en el Campeonato Uruguayo noveno (penúltimo), a un paso del descenso. Ya nada volvería a ser igual.

Los avatares de la vida harían que el muchacho prometedor –que en su mejor momento tuvo más de una oportunidad de pegar el salto al exterior y no pudo o no lo dejaron–, en el fin de la temporada de 1953 entrara en una especie de canje con el club Defensor en lugar de Argimón.

Uruguay estaba con la cabeza puesta en repetir la gloria de Maracaná en Lausana (Mundial de Suiza en 1954), mientras Ruben luchaba por un lugar en el equipo violeta, lo cual no lograría. Apenas jugó un solo partido en todo el año, contra Peñarol, en el comienzo de la segunda rueda, que terminó con derrota 2-0. Posteriormente la carrera del futbolista siguió en el Huracán de Rivera, para volver al barrio ya con la misión de trabajar. El Cerrito de la Victoria fue testigo de su vida, en sus diferentes pasos y tropiezos, junto a los recuerdos que habían quedado en la memoria colectiva y en la gloria que se esfumaba con los años, como sucede habitualmente en la tranquila Montevideo; su andar era el de un vecino más.

Hace cuarenta años, con el verano a medio andar, el titular de la camiseta número once en la gloriosa gesta de Maracaná dejó de existir físicamente con apenas 47 años; fue el primero de los campeones del cincuenta en abandonarnos. Vivió sus últimos tiempos, como tantos otros jugadores olvidados, de manera humilde y lejos del reconocimiento. Como se fueron tantos campeones que dio esta tierra, en medio del silencio, sin hacer ruido, para que cada tanto algún memorioso levante una copa en su honor.

 

*Suplemento Ovación, 29 de enero de 2017, nota de Luis Prats, ‘El campeón olvidado de Maracaná’.

Agradecimientos: Lorenzo Nusa y Museo del Fútbol.




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