ILDO MANEIRO Y EL NACIONAL DEL 71

LA ADMIRABLE ALARMA

Por Mateo Magnone

 

La Copa Libertadores era un campo fértil. Nuestros equipos grandes marcaban presencia en el continente, lo paseaban con el pecho erguido, convicción y sin peros: primero estaba el fútbol y después, lejos, los factores extrafutbolísticos. Así, ganaban mucho más de lo que perdían, y se acostumbraban a instalarse en finales o semifinales. De yapa, la gloria. Ya en las copas del sesenta –década de una notable hegemonía peñarolense– Nacional estuvo en ese lugar, pero sin la yapa: tres finales jugadas, tres perdidas. En 1971, tuvo el premio, ganó su primera Libertadores, la Intercontinental y la Interamericana. Una de sus figuras fue Ildo Enrique Maneiro. Con él conversamos para tratar de entender, entre otras cosas, qué factores llevan a un club a conseguir esa simple y potente palabra: gloria.

 

En el 71 fueron campeones de América, a la vez que eran nuevamente campeones uruguayos. En la actualidad, hace muchos años que no se obtienen triunfos internacionales, incluso es muy difícil para un equipo uruguayo ganar el campeonato local teniendo doble competencia en el mismo año. ¿Por esos años se discutía sobre la doble competencia como hoy?

La actividad actual es incomparable con la de aquella época. Pese a que las distancias se han acortado, por obvias mejoras en los traslados, ya que antes viajabas muy expuesto. Antes, si tu equipo tenía actividad internacional, los partidos del campeonato local se adelantaban o retrasaban. Además en aquellas copas sólo eran dos clubes por país y no había otra competición internacional que trancara el calendario; las eliminatorias para los mundiales se hacían en un período corto, el campeonato local era mucho más extenso. No había tanta intensidad en la cantidad de partidos. Y en la organización interna había más encuentros entre las partes y no tantas peleas, incluso tus rivales tenían la predisposición de priorizar –para el país– las competiciones internacionales. A veces, para algunos partidos, hasta viajábamos con varios días de anticipación. A esto se le sumaba que los clubes del Pacífico aún eran muy débiles y que los clubes brasileros, salvo claras excepciones, no se interesaban tanto por la Libertadores.

 

Nacional venía de perder tres finales (1964, 1967 y 1969) y Peñarol ya había ganado tres (1960, 1961 y 1966). A la hora de afrontar una nueva copa, ¿cómo afectaba eso en el club?

La copa del 71 para Nacional fue un parto. Después de no poder ganarla tres veces, la Libertadores pasó a ser una obsesión. Le sumo que la copa del setenta la “rifamos”, porque cuando llegamos a las instancias de definición, llegó la citación de futbolistas para la selección mundialista, y ese plantel de Uruguay era Nacional y alguno más. Así que esa Libertadores se terminó jugando con suplentes. Por otra parte, en un país con una economía que se venía abajo, el club hizo la locura de pagar muchísima plata por figuras del continente: Manga, Ignacio Prieto, Luis Cubilla, y Luis Artime como corolario. Alguno de ellos ya había estado en el 69, en aquella final contra Estudiantes que fue bravísima. Ellos tenían esa estructura “mañosa” de Zubeldía, con Bilardo, Pachamé, Manera, Malbernat, etcétera. Un equipo muy sólido y de mucha calidad ofensiva.

 

¿Ya en esa final había “pica” con Estudiantes, se gestó en la del 71 o es un mito?

Las dos finales la generaron. Es que ir de visitante a Argentina era ir a una batalla, por lo menos los uruguayos lo afrontábamos así. Y era muy complicado ganar puntos. Estudiantes forjó una mística que lo hacía casi invencible de local. En el 69 teníamos un cuadrazo, pero ellos estaban adelantados en el mundo en cuanto a su sistema de marca. Eran tan metódicos como insoportables.

 

La tercera final del 71 fue en Lima. ¿Cómo recuerda esa noche?

Fue una cosa impresionante, aunque lo que más recuerdo, y aún me emociona, fue el recibimiento de la gente en Montevideo. Ahí tomamos real dimensión, porque además nos sorprendía que, en un momento con tanta conmoción social y política, el pueblo igual se juntara por los colores de su pasión y todos se abrazaran sin preguntarse la ideología. En cuanto al partido, fuimos particularmente superiores a Estudiantes. En la previa recuerdo estar nervioso, no dormí bien. Todas las finales son importantísimas, pero esa estaba cargada de mucha presión para nosotros.

 

La copa Libertadores está cargada de mística. ¿Ya entonces era así o se trata de una construcción social posterior?

Ya estaba muy cargada. Seguramente para Nacional aún más, por esa necesidad de obtenerla. Además, ganar la copa te daba un plus en la repercusión: los partidos, ida y vuelta, contra los europeos. Que clubes grandes de Europa viniesen a jugar a Sudamérica era todo un acontecimiento. En el 71, por rechazo a lo que había pasado entre Estudiantes y el Feyenoord el año anterior, cuando hubo partidos extremadamente violentos, el Ayax –siendo campeón de Europa– no quiso jugar la Intercontinental. Básicamente no querían venir a Sudamérica, ya que pensaban que los iban a matar. Así que teníamos que jugar la Intercontinental contra el Panathinaikos de Grecia, vicecampeón de Europa.

 

¿Conocían algo del Panathinaikos?

Ese mismo año, por la necesidad de recuperar la plata que se había gastado en las contrataciones, hicimos una gira que llegó a Europa. Una gira muy rara. Arrancamos por México, fuimos a Alemania, después a Escocia, etcétera. Lo más extraño era que pasaban los partidos y Artime no hacía ni medio gol. Es que antes de viajar, su padre había fallecido y eso lo dejó muy compungido. Estuvo como diez partidos sin hacer goles. Y allí nos tocó ir a Grecia, jugamos contra el Panathinaikos y le ganamos sin mucho problema. Esa superioridad, más allá de los recaudos, la teníamos clara cuando volvimos a enfrentarlos por la Intercontinental. Ese Nacional jugaba de igual a igual contra cualquiera.

 

¿Se valoraba la Intercontinental en ese momento, como hoy en el tiempo?

Sí, principalmente porque era una cuestión deportiva. Lo económico era absolutamente secundario, tal vez porque no era una copa rodeada del marketing que hoy tiene. Aunque los europeos le daban una bolilla relativa, menos aún que ahora. Ojo, si la pierden se desentienden, pero si la ganan la anotan.

 

¿Cómo fue volver a Grecia para la final?

Notable, aunque organizativamente muy desprolija. El plantel fue con dos delegados que “lideraban” la comitiva. El día de la final, a horas del partido, se fueron de compras. En un momento nos teníamos que ir para el estadio pero no aparecían. Esperamos y nada, hasta que el Peta Luis Ubiña, capitán del equipo, dijo: “Nos vamos”. Ya en el estadio, los esperamos un rato más porque eran los encargados de llenar el formulario para el partido. Para ese tipo de cosas habían viajado. Seguían sin aparecer, así que el formulario de Nacional para esa final del mundo lo llenamos y firmamos Juan Martín Mugica y yo. Imaginate eso hoy. Uno de esos delegados era Luis Givogre, quien luego fue ministro de Salud Pública en la dictadura. Había unas carencias brutales.

 

¿No les quedó la espinita de jugar contra el Ajax, para ver hasta dónde estaba ese Nacional?

Sí, absolutamente. Con el tiempo uno entra en razón de que el Ajax era un equipo tremendo, una revolución futbolística, y seguramente iba a ser mucho más rival que los griegos. Pero, en ese momento, no había tanta información, entonces ibas y jugabas contra quien te tocaba sin conocerlo mucho de antemano. Luego sí, recuerdo que cuando fui a Francia a hacerme unos estudios de evaluación, por mi pase al Olimpique de Lyon, el ejemplo de trabajo, en todo sentido, era el Ajax. Hubiese sido interesante enfrentarlos en la final. No se la íbamos a hacer fácil. Nacional tenía mucha personalidad, marcaba muy bien, tenía muy buen juego aéreo, los punteros eran muy habilidosos, el medio era sólido, y así nos iba. El Pulpa [Washington Etchamendi] consideraba que [Víctor] Espárrago era quien mejor marcaba, entonces lo mandaba a borrar al 10 del rival, y lo borraba, con mucha técnica.

 

¿Cómo era la preparación física?

Dependía de los tiempos. Para el Mundial del setenta, con la selección nos fuimos treinta días antes a México, con el profesor Alberto Langlade que, si bien tenía una concepción bastante militarizada, nos hacía trabajar muy bien. Era muy exigente y muy detallista. En Nacional estaba el profesor Carlos Moreira, quien era muy estudioso y había analizado cómo estiraban los basquetbolistas estadounidenses que recién habían venido a jugar a Uruguay. Por ejemplo, estiramientos de la mitad del cuerpo hacia arriba que nosotros jamás habíamos hecho. Antes corríamos y estirábamos para abajo. Pero Moreira trajo ese tipo de información y ayudó al resultado físico del plantel.

 

¿Cómo era Miguel Restuccia?

Restuccia llegó a la presidencia del club siendo joven, poderoso, viviendo en una casa gigante, y terminó con poquito y viviendo en una casa común y corriente. Dio la vida por Nacional. Era un tipo muy afectuoso; al jugador de fútbol le brindaba muchísimo cariño y respeto. También tenía un lado más pintoresco que se potenciaba cuando compartía sobremesa con el Pulpa.

 

La historia ha tratado a Etchamendi más como un personaje que como un director técnico capacitado. Pero algo debía de tener.

Sí, claro. Tenía mucha fortaleza en las decisiones, no le temblaba el pulso. Y para tomar esas decisiones no se fijaba cómo te llamabas, él priorizaba el cuadro, los rendimientos y el posible resultado deportivo. Hizo algunos cambios en el plantel que fueron muy cuestionados en su momento, absolutamente inesperados, pero el tiempo le dio la razón. Era un sabio, te daba lecciones de vida y tenía relación con mucha gente muy diversa, algo que seguramente le ayudase a leer la realidad sin tanto prejuicio.

 

Ubiña decía que haber sido el capitán de ese plantel fue muy gratificante, y a la vez particularmente difícil.

¿Qué características tenían esos jugadores?

Era un plantel con mucha gente grande, con personalidades muy fuertes. A la vez, tenía subgrupos. Por un lado estábamos los jóvenes formados en el club, que nos juntábamos bastante con los demás de nuestra edad. Por otro lado estaban los de la “República del Cerro”: Ubiña, Mugica, Espárrago y alguno más. Aunque Ubiña y Mugica tenían una pica futbolística, sana, porque si el cuadro salía jugando mucho por el lado de uno, el otro se quejaba. Eran bastante celosos entre sí. Arriba, jugar con Cubilla y con el Cascarilla [Julio César Morales] era muy simple, geniales jugadores ambos. Y a Artime había que dársela y punto. Luis era un tipo muy positivo, y muy exigente con los compañeros. Cuando estábamos por salir a la cancha, él nos paraba y decía: “Cero atrás. Uno hacemos”. Sabía que él la iba a mandar a guardar. Por otro lado estaba Manga, que era un tipo muy solitario, básicamente porque era medio extraterrestre. Tenía dificultades para comunicarse, no le gustaba entrenar, no le gustaba que le patearan al arco en las prácticas, pero después se mataba de risa, y ciertamente era un golero formidable, transmitía muchísima seguridad. Consideremos que, más allá de lo mal que le fue a su selección y que era suplente, fue arquero mundialista con Brasil en el 66. Eso no era para cualquiera, menos en aquella época. En definitiva, el Nacional del 71 se fue gestando por la permanencia de un núcleo de jugadores, y se fue enriqueciendo a pulmón y sudor con figuras del continente.

 

Ese plantel campeón de todo, ¿qué vinculación tiene actualmente con el club, con los dirigentes?

La relación con los dirigentes va y viene, según su consideración. Por ejemplo, con Ricardo Alarcón tuvimos un vínculo importante, por lo menos de atención de su parte: durante su presidencia, en 2011, se organizó la cena por los cuarenta años y en otra instancia se nos declaró socios honorarios, algo que nos permite entrar gratis al Parque Central. A los de ahora, no los conozco tanto. Nosotros, cada tanto, nos juntamos, pero por las nuestras, sin pedirle nada al club. Porque pasamos cosas maravillosas juntos y nos queremos como hermanos. Otro dirigente con quien hemos tenido relación fluida y es alguien a quien respeto y aprecio es Hernán Navascués.

 

Tal vez porque es un dirigente particularmente atento a la historia del club.

Sí, además siempre que le preguntan por el once ideal de Nacional, me nombra.

 

¿Le parece que debería haber particular consideración con las glorias del club?

Sinceramente, no. Creo que los clubes son de la gente, y está en la gente tener consideración o no con quienes forjaron la historia. Los dirigentes van cambiando, no te dan mucha bolilla, en las campañas te piden que aparezcas en la foto y cuando te morís te ponen la bandera en al féretro. Igual hay que tener cuidado con la gloria. Obviamente, en el momento y en los días posteriores, luego de ganar la Libertadores o ser campeón del mundo te sentís en un lugar especial. El éxito lo sentís en el cuerpo, es emocional. Pero no tenés que creértela tanto, y darte cuenta de que los triunfos deportivos son mucho más de los clubes que de los jugadores circunstanciales. Y si no te das cuenta, la historia te lo va a hacer notar: el éxito fue del futbolista, el triunfo es de la institución.

 

¿Por qué hoy les cuesta tanto, a los equipos uruguayos, llegar a instancias de definición?

Porque no hay planteles fuertes. Los buenos jugadores, los forjados en las inferiores, se van al año. Así es imposible conformar estructuras sólidas, y principalmente es imposible generar compromiso. Sin esos dos elementos, difícil que los clubes compitan a alto nivel. Por eso lo que ha hecho Tabárez en la selección es admirable. Obviamente es otra realidad, ya que ser técnico de la selección te permite, precisamente, seleccionar jugadores, por lo tanto tenés posibilidades que en los clubes no. Pero él ha logrado sostener una estructura y generar un enorme compromiso de parte de los jugadores que, aun estando en sus equipos, trabajan con la cabeza puesta en el bien de Uruguay. Vaya si nuestros clubes tienen para aprender allí.