OTRO CAMINO, OTRA RECOMPENSA

Por Carla Rizzotto

 

Cuando juega al fútbol, no lo hace por plata. Cuando pelea por algo, lo hace desde adentro. Así es, un futbolista inusual en un medio obvio.

 

El torneo de truco se pasó para mañana, así que los veteranos mentirosos tendrán 24 horas más para ensayar las jugadas. En un rincón del salón está todo armado para un festejo de cumpleaños; ya llegaron los invitados, sólo falta el homenajeado. Mientras tanto en una sala a puerta cerrada, intentando esquivar el alboroto, se encuentra reunida la comisión directiva. Es la primera reunión pos regreso a la A.

Esa cuadra de Camino Corrales está iluminada. Los autos que van y vienen por la avenida José Pedro Varela le dan cierta vida a la esquina. La sede del Club Social y Deportivo Villa Española es inconfundible. El rojo y amarillo de las paredes que dan al frente sobresalen en el monótono paisaje; y desde lejos se alcanza a ver un boxeador pintado en la fachada. Nacido en 1940 como club de boxeo, de ahí surgió el peso pesado Alfredo Evangelista, famoso por haber aguantado 15 rounds de pie ante el legendario Muhammad Alí.

Santiago López, Bigote, frecuenta esa esquina desde que tiene uso de razón. Se crió en el barrio montevideano elegido por los inmigrantes españoles, aunque recién de grande conoció la historia del célebre luchador uruguayo. “Yo tengo 34 años y él había peleado antes –en mayo del 77 fue el combate con Cassius Clay–; mi viejo sí se acuerda bien. Pero el año pasado Alfredo –nacionalizado español– volvió a Montevideo, con mi barra de amigos le hicimos un video a modo de homenaje y diseñamos la camiseta de fútbol con su cara. Ahí me enteré de su grandeza”.

Con la pelota o la onda, Bigote pateó cada calle del barrio, el de Funsa y del demolido Cilindro. “Cuando había básquet todo el barrio estaba ahí. Me acuerdo del sudamericano que ganó la selección uruguaya, éramos chicos y nos colábamos, hacíamos un relajo bárbaro”, suelta frente al esqueleto del Antel Arena. Él, al igual que muchos villeros de ley, se buscó un lugarcito detrás del vallado para ver la demolición del viejo estadio. “Sonó el impacto de la bomba y en dos segundos no quedó más Cilindro. Fue bastante triste”. Pero el barrio no perdió vida, dice, “vamos a ganar mucho más con el Antel Arena que con el Cilindro como había quedado” después del incendio.

 

¿Qué cambió en el barrio desde tu infancia a estos días?

La gente. Se perdió la reunión, el verse cara a cara. Ahora somos amigos por WhatsApp, y está de menos. En nuestra banda tratamos de encontrarnos en la sede al menos dos veces por mes, además de hablarnos mil cosas por WhatsApp.

 

Bigote elige una mesa, la más apartada del festejo. La parrilla marcha esta noche de lunes a ritmo de fin de semana. De repente aparece un directivo, se acerca y saluda con un beso. Luego otro, pues otro beso; y así hasta completar el cupo.

Entre beso y beso, Santiago cuenta que la sede es como su casa, y a esa altura ya resulta obvio: “La cantina está abierta desde el año pasado que la agarró mi cuñado, pero estuvo como nueve años cerrada. A un amigo nuestro lo mataron ahí en la puerta, no andaba en buenas cosas, como diría el Indio Solari, ‘venía rápido y se le soltó un patín’. Lo vinieron a buscar a la sede y no tuvo escapatoria”. Ahora sólo amigos y familia, aclara. Su compañera Natalia y su hija Mariana –de cuatro años– son las primeras. “Igual me calienta cuando dicen que el barrio es zona roja, me enferma. Yo ando por todos lados, estoy enamorado del barrio. Elegí comprarme mi casa acá; es mi lugar en el mundo”.

No tiene ningún cargo en el club, ni quiere tenerlo, al menos no el de presidente. “¿¡Estás loca!? No, está heavy”.

 

¿Qué está heavy?

El fútbol en sí. Me tiene un poco harto el sistema. Y siendo presidente tenés que lidiar con el sistema todo el tiempo. Peor.

 

Desde que volvió de Guatemala amaga con dejar el fútbol. “La nena crecía allá, mientras mi viejo envejecía acá sin poder verla. Entonces en un momento con mi mujer nos preguntamos: ¿vale la pena cambiar plata por felicidad? Nos fuimos de viaje a Cuba y encontramos una realidad que nos refortaleció la idea de que no se tranza felicidad por plata, regresamos a Guatemala, rescindí el contrato y nos fuimos”.

Jugaba en el Club Social y Deportivo Municipal, uno de los equipos guatemaltecos más ganadores, con siete millones de socios –agrega Santiago–. “Me reconocían en todos lados. Al principio andaba en ómnibus, y cuando subía todos me miraban. ¡Tenía que firmar autógrafos en el bondi!”.

Lo deslumbró el paisaje volcánico y la vegetación; el contraste socioeconómico le impactó. “Niños cargando azúcar, descalzos, con ampollas en los pies. Y Mercedes último modelo que ni siquiera existen acá, pasándoles como si nada por al lado”.

 

¿Tuviste miedo alguna vez?

Yo soy bastante kamikaze en ese sentido, mi señora es remiedosa, pero cada día que tenía libre recorríamos, y nunca nos pasó nada. Jamás vimos un hecho de violencia. Pero que existían, existían; porque prendíamos la tele y chorreaba sangre.

 

¿Pensás qué sería de ustedes si se hubieran quedado allá?

Hubiese seguido jugando, no nos iría mal, tendríamos un poco más de dinero. Capaz que en el fondo seríamos unos infelices. Pero no me lo cuestiono. Somos felices donde estamos.

 

Es que en el barrio no es Bigote a secas, es el Bigote de Villa Española, que no es lo mismo. Aunque siempre intente ponerse a la misma altura que el resto, sabe que es un referente. Por algo el presidente Fabián Umpiérrez pensó en él cuando se propuso poner al cuadro en carrera. “Volví de Guatemala sin querer jugar más al fútbol. Pero en una comida de cumpleaños del club, Fabián me comentó que iban a volver a la C. Habían jugado un amistoso con Basáñez y les había encajado cuatro goles. Era un desastre. Me dijo ‘no aguanto perder, armate una barra’. Hablé con Fernando Cañarte, El Caña, y ahí nos embarcamos en esta locura de llevarlo a la A”.

No quedaba otra que ponerse la camiseta, “no me cabía la idea de no hacer nada desde adentro siendo hincha del club, me parecía hipócrita de mi parte”.

Sumaron a Damián Santín, a Pablo Silva de las inferiores, a Martín González, todos identificados con los colores. “Y después pibes del barrio que habían jugado en el interior y eran hinchas”. Con un mismo objetivo: subir escalón por escalón hasta llegar a la máxima categoría. “Hoy se logró, pero si no se hubiese logrado, igual lo hubiésemos disfrutado. Estuvo bueno pasar por las tres categorías, fue tremendo aprendizaje”.

 

¿Cuáles son las diferencias más notorias entre una y otra categoría?

De la C a la A hay un abismo. El fútbol es amateur de verdad, jugábamos contra pibes que ni siquiera entrenaban, era drástico. Les hacíamos seis goles a algunos cuadros. En el cuadrangular final éramos todos bastante parejos, si bien llevábamos una diferencia sobre el resto, eran partidos complicados. Además nosotros éramos el grande de la divisional, no podíamos fallar. Entre la B y la A, la B es mucho más difícil. Es una divisional jodida, a nosotros nos costó. El primer año no pudimos ascender y lo hicimos el segundo. Se marca mucho, los pibes están con hambre de gloria, saben que el único salvavidas es ascender, entonces te arrancan la cabeza. En la A se juega más, es más vistosa.

 

¿En cuál te sentís más cómodo?

A mí me encantó la C. Me gustó mucho ir por todos los barrios, jugar en canchas horribles pero en los barrios. La B también tiene lo suyo. De la A me gusta ir a jugar al Tróccoli, por ejemplo; pero el Centenario no me gusta mucho. Lo mío son las canchas chicas, con el tejido cerca, que te comés una puteada. En el primer partido de este campeonato, contra Rampla en el estadio Obdulio Varela, un rato antes salí a dar una vuelta por el barrio. La gente cuelga banderas, tiene una mística, me llena eso.

 

“¿Te querés matar, no?”, le dice uno en la sede. “Y sí, ni me hables”, contesta Bigote al pasar, sin ánimos de ir más allá. Ayer era Su partido –su, con mayúscula–, el del regreso a la A, una meta que lo había mantenido enfocado e ilusionado los últimos tres años. A él y a todos los villeros. “Era como sacarme un peso de encima, sabía que cuando comenzara a rodar la pelota, el objetivo estaba cumplido”.

Pero ya sabemos que el fútbol, además de hermoso, es ingrato; y justo en la vuelta, a Santiago le tocó mirarla desde el banco. Entró ocho minutos, y la bronca le puede durar ochenta años. “Lo que pasa es que yo había germinado una semillita, la flor era este primer partido, y no pude verlo desde adentro de la cancha. Me pareció demasiado injusto, aunque queda feo que yo lo diga”. Cuando habla de sí mismo se siente egocéntrico, por eso “te lo traslado a otro equipo, a otro futbolista, que con lo emblemático que es tendría que jugar. Si pierde o gana es lo de menos, ponelo y que disfrute de que volvió a la A”.

 

¿Alcanza con un buen cuadro para volver a la A?

No, no. Hay un par de factores clave: primero, una buena gestión de la directiva desde el punto de vista económico es fundamental. Y segundo, el sentido de pertenencia de los jugadores hacia el club, el amor a la camiseta. Creo que aun con una buena gestión, sin el sentido de pertenencia no se hubiera logrado.

 

¿Está bien que los jugadores tengan que levantar un club o esa es una responsabilidad exclusiva de los dirigentes?

Creo que los jugadores se tienen que involucrar en el juego; porque además de deportivo es un juego político y económico, y los futbolistas no pueden mirar para el costado. Por eso cuando se involucraron los jugadores de la selección en el tema del sponsor de la camiseta, está de más. Equivocados o no, cada uno tendrá su opinión, pero a mí me encanta que lo hagan. Me encanta que Godín, que es el capitán celeste, se esté preocupando indirectamente por mí. Hasta ahora no habían alzado la voz, no se involucraban con el fútbol uruguayo; me parece que se hartaron y yo los aplaudo.

 

Villa Española votó en contra de la propuesta de Nike…

Sí, y no estoy de acuerdo. Pero es difícil juzgar a Villa Española cuando antes tenía deudas con un montón de empresas. A veces jugábamos gracias a Tenfield aunque nos estábamos embargando. Son decisiones difíciles. No comparto la de la directiva en este caso, pero tampoco la juzgo ni ahí. Si yo tuviera que votar lo haría en contra del sistema, pero yo no soy nadie.

 

La conciencia antisistema no se gesta de un día para el otro, es un proceso mental y emocional de años. En verdad, este futbolista antisistema que insta a sus colegas –sobre todo a los principiantes– a pelear por sus derechos y a no dejarse pisotear por los oportunistas, aceptó en sus inicios un sueldo de 650 pesos en la mano. “En el fútbol no había un sueldo mínimo, era el mínimo nacional, 1.200 pesos. Te descontaban 550 y te quedaban 650. Esta anécdota siempre la cuento: iba en bicicleta a la AUF a cobrar el sueldo, el presidente era Eugenio Figueredo y tenía un lugar reservado en el garaje para estacionar su auto. El tipo de seguridad no me dejaba poner la bici justo en ese lugar, pero yo no le daba bola. ‘Este mamadera se llena los bolsillos con plata que yo genero, tengo que venir en bicicleta a cobrar 600 pesos y este se la lleva toda’, pensaba. A la cuarta vez, imaginate. Era una baraja yo también. Con otros compañeros nos tomamos un par de cervezas, fuimos a cobrar, arrancamos el cartel de Figueredo; le queríamos pegar al de seguridad, no cobramos el cheque; fue cualquiera”.

 

¿Por qué fuiste gestando esa conciencia?

En mi vida siempre fui bastante radical con algunas cosas, y en el fútbol viví experiencias que me llevaron a pensar así. Se llenan los bolsillos gracias a mí, eso está mal, es impresentable. Fui creando ideas en mi cabeza, y hoy de grande tomo más la bandera y me animo a decir cosas. No me lo inculcaron en el baby fútbol, aprendí porque la pasé mal, porque mis compañeros la pasaron mal, y porque había cosas que no me gustaban. Fue un aprendizaje de vida.

 

¿Qué no te gustaba?

Qué no me gusta, querrás decir. No me gusta que los pibes no cobren, no me gusta que la pasen mal, no me gusta que tengan que salir a laburar con la ilusión de jugar al fútbol, no me gusta que el sistema juegue con esa ilusión. Y sin embargo, la pelota sigue girando.

 

¿Cuál es la ilusión?

Ser Suárez. El hecho de pensar: hoy la paso mal pero mañana la puedo pasar bien. Yo prefiero que la pase bien y alegrarme si el día de mañana es Suárez, a que la pase mal para ser Suárez. La ideología no es esa, se puede pasar bien y ser Suárez.

 

¿Pasarla mal en qué sentido?

En todo. En bañarse con agua fría, entrenar en canchas deplorables, tener que salir a laburar para comer.

 

¿Te hubiera gustado ser Suárez?

No, horrible, detestable. Debe ser un infeliz, pero en el buen sentido. Me parece un genio, un crack, pero cuando no podés hacer cosas que los demás pueden hacer me parece que sos un infeliz. Si yo no pudiera ir a un almacén a comprarle un chocolate a mi hija y tuviera que ir un tipo de seguridad en mi lugar, me sentiría bastante infeliz. Esa vida te la regalo. El Indio Solari dice que cuando la persona se come al personaje no hay vuelta atrás. A ellos se los come el personaje. Nadie conoce al Luis Suárez verdadero, todos conocemos al que nos muestra. Aunque es verdad que rompe con toda la imagen de jugador de fútbol, porque es un loco que llora en cámara, que se enoja, patalea. Esa parte sensible es divina. Pero no me gustaría llevar su vida, me mato. A mí a veces me embola ser el Bigote de Villa Española, imaginate.

 

Las cosas a medias no le van. Si participa en una reunión general de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, es el primero en levantar la mano para dejar sentada su opinión. Sin embargo, jamás tuvo un cargo en el sindicato. “Siempre increpé a la mutual, pero en el buen sentido, de una forma constructiva; cosas que me parece que están mal y hay que cambiarlas. Pero habría que empezar a cuestionarse de cambiar el sistema desde adentro; no tanto opinar sino construir. Entrar sería una opción, hoy no la pienso, quizás mañana. Si tengo la posibilidad de llegar a un jugador de fútbol lo voy a hacer, pero no sé si me pondría a pensar en armar una lista. Sé que hay que pelear contra un sistema jodido y perverso, eso me embola un poco”.

 

¿Sirve la mutual?

Sirve. Los jugadores la respetan mucho. Creo que no crea muchas políticas sociales, es ahí donde hay que apuntar: a crear semillas que luego den su fruto. Pero a la hora de reclamar, la mutual se sienta y logra que cobres. Tiene una forma muy dinámica, implementada hace mil años. Lo que yo planteo es algo más profundo, que creo es a lo que apunta la selección: “no seamos la selección pateando la pelotita”. Ellos están planteado algo drástico: “eduquémonos, vamos por acá, no peleemos cosas por pelear”. Entendamos que es un deporte, entendamos que es un negocio y participemos. La mutual no participa, deja que se haga. Deja que algunos partidos se jueguen a las doce del mediodía. No, mi amor, a las doce no. La mutual tiene que ser amiga de la AUF, la AUF no puede poner un partido a esa hora porque a la tele se le ocurre. El que juega soy yo. Y yo quiero jugar a las tres de la tarde para que mi barrio me acompañe, si vos no lo podés televisar es problema tuyo, no mío. La AUF se rige por un sistema que se llama Tenfield y la mutual no tiene muchas herramientas para meterse en eso.

 

¿Hoy es Tenfield y mañana será otro igual?

Es lo mismo que la puja entre Nike y Puma. Yo digo que Nike no es Robin Hood. Lo tengo claro. No viene a salvar a un pueblo, sino a llevarse la plata de un pueblo. Que deje más plata y que todo sea más equitativo es otra cosa, pero no es Robin Hood. Cuando se vaya Paco –Casal–, van a venir Hugo y Luis. Los intereses van a ser siempre los mismos. Cuando invierten en un negocio es para ganar, no para hacer beneficencia. La cosa es que quede más plata en las arcas de la AUF para que los jugadores se puedan manejar mejor. Esa es la idea, que todos la pasemos mejor.

 

Una vez dijiste que Maradona era el primer revolucionario del fútbol. ¿Existe un uruguayo revolucionario en este medio?

Lo dije porque quise hacer una comparación entre Maradona y Messi. Maradona estaba recomprometido con lo social, el loco tenía su bandera y no le importaba vivir en la burbuja del futbolista famoso. Messi vive en otro mundo, le interesa más estar en su burbuja que ver lo que pasa a su alrededor. Fabián O’Neill es un loco lindo. En el sentido de que todo el mundo dice “pah, yo quiero ser millonario, quiero jugar en el Inter” y él no, él “quiero ser feliz”. El loco tiene algo de revolucionario en ese sentido, vive la vida que quiere, no la que le quieren imponer.

 

¿Y vos?

Yo soy un bicho raro, como Agustín Lucas. No sé si somos revolucionarios, porque no nos da para hacer la revolución. No tenemos peso.

 

¿Por qué?

Por no haber jugado en equipos grandes. Hoy en día somos más conocidos por lo que decimos que por lo que jugamos. Si yo hubiese jugado en otras ligas, mi palabra tendría más peso, como pasa con Godín. Lo que dice Godín yo lo dije cincuenta mil notas atrás. No me di cuenta de que Tenfield era una monarquía cuando me lo dijo Godín, yo la viví y la vivo todos los días. Pero él tiene un peso, entonces movió los cimientos. Capaz que Godín es el primer revolucionario del fútbol.

 

¿Fue una circunstancia no haber jugado en un cuadro grande o no quisiste?

En 2008, cuando salí goleador de la B, tuve la chance de ir a los grandes. No se concretó, no sé por qué, pero no me quitaba el sueño tampoco. Creo que no se cumplió porque nunca fue mi sueño; porque en una temporada hice 25 goles, podría haber ido perfectamente. El máximo goleador de la B hizo 27, yo estuve ahí. Las cosas se dan por causalidad, y a mí nunca me inquietó.

 

¿Peñarol o Nacional?

Odio a los dos por igual. Nos han pisado tanto la cabeza a los cuadros chicos que me dan asco. Son los que mandan en el fútbol. Los grandes votan algo, y los chicos van detrás. Te das cuenta en las últimas elecciones; Peñarol tiene seis o siete cuadros que lo acompañan y Nacional lo mismo. Se manejan así, porque se deben favores, ‘te cambio la localía y te doy plata’. Es impresentable que en el fútbol uruguayo los cuadros grandes no se quieran mover de sus canchas, y siempre jueguen en el Centenario. Es joda, yo tengo que ir a jugar a todas las canchas y hay una desventaja brutal.

 

¿Qué cosas lindas te dio el fútbol?

Las ganas y la pasión por una institución.

 

¿Qué pueden pelear en la A?

Tenemos un objetivo claro que es no descender. Para los cimientos del club que estamos generando la meta es no bajar. Después, todo se va dando. Plaza Colonia demostró que no es imposible pelear un campeonato en la A, aunque la historia y los números muestran que pocos equipos chicos salen campeones.

 

Cuando el cuadro ascendió, Bigote pensó “ya está, me voy por la puerta grande”, pero los colores del club siguieron siendo más fuertes que sus propios deseos. Dice estar en los descuentos como futbolista, ¿qué pasara una vez que tome la decisión? Dará un paso al costado, literalmente. Dejará la cancha para ir a la tribuna, a alentar con el resto de los villeros.

 

 

 

 

RICOTERO HASTA LA MUERTE

 

Los Redondos tocaron una fibra suya. Dijeron cosas que él quería escuchar, que él necesitaba reivindicar. Los vio por primera vez en vivo a los diecisiete años en Jesús María, Córdoba y alucinó. Es, además de Villa Española, su otro lugar en el mundo. “Llego al toque y me cuestiono pila de cosas. Estamos en un lugar donde todos pensamos lo mismo, y queremos lo mismo. Yo te respeto a vos, vos a mí, son cosas que se pierden en la vida”.

Decidido a empuñar la bandera del Indio Solari, cada vez que Santiago López convierte un gol muestra la remera de la banda que lleva debajo de su camiseta. “Siento que rompo el molde”, dice. Sólo una vez la cambió por la de Todos somos familiares, en el marco de una campaña para concientizar al fútbol sobre la desaparición de personas en la dictadura y la importancia de no dejarlo en el olvido. “Tengo pensado hacerlo de vuelta, cuando juguemos para la tele en el Estadio, pero con algo más armado. Tal vez un discurso, que diga algo así como ‘hoy hice un gol y mi mamá festeja, pero un día como hoy de tal año, una niña desapareció y su mamá la llora’. Hay que tener un poco más de solidaridad para que al menos aparezcan los cuerpos, enterrarlos y hacer el duelo”.

Bigote dice lo que piensa y hace lo que siente, le guste a quien le guste. Hizo las inferiores en Villa Española hasta quinta división, se le vino el rock encima y abandonó las canchas por un tiempo. “Me gustaba andar en la esquina con mis amigos, tomar un vino cuando tuviera ganas y salir cuando tuviera ganas. Curtir la cultura de barrio”, cuenta. “¿Si me lo recrimino? ¿Estás loca? No, me encantó. Es otra de las cosas que si no la hubiese hecho, me hubiese arrepentido. Esas cosas me formaron como individuo. Cuando las vuelvo a hacer me siento joven”.

La vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo, canta el Indio. Conocedores de su locura, los hinchas le pintaron el año pasado una bandera que reza La vida sin el Villa es matar el tiempo a lo bobo. Esa música es su filosofía de vida. “He dejado de jugar al fútbol por ir, he dejado cualquier cosa. Y lo seguiría haciendo. Ahora el Indio tiene ganas de tocar allá abajo, en Ushuaia.

 

¿Vas a ir?

Y sí, no queda otra.

 

 

 

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