EL CLÁSICO CON MÁS HISTORIA
LA BATALLA DEL PLATA

Por Pablo Aguirre

 

En vísperas de un nuevo campeonato mundial al que tanto argentinos como uruguayos aún no saben si lograrán clasificar, se recrea el dramatismo que caracterizó el histórico cruce futbolístico del río-mar. Más allá de los Messi, Suárez, Dybala, Cavani, Mascherano o Godín, más allá del presunto peso de la localía y de las consabidas especulaciones sobre quien llega mejor o peor, la ansiedad se instala en ambas aficiones. Buena instancia para recordar relatos, mitos y leyendas, que se tejieron a lo largo de este clásico de más de un siglo de historia.

 

Tan iguales y diferentes como el mate amargo y el dulce, las facturas y los bizcochos, somos capaces de compartir pasiones desde tiempos inmemoriales como el dulce de leche, el tango y el fútbol. Pocas regiones se pueden parecer tanto pero a su vez creerse muy distintas. En ambas orillas del Río de la Plata el fútbol fue cimentando su crecimiento a la par –aunque con características muy diferentes–, con un apoyo mutuo desde la rivalidad en la cancha pero con la fraternidad fuera de ella. Por lo menos así fue al comienzo, en los albores de este deporte.

A fines del siglo XIX, los medios de comunicación y transporte eran bastante primitivos comparándolos con los actuales, por lo que la cercanía geográfica que brindaba el estuario del Plata contribuyó a que los encuentros entre uruguayos y argentinos fueran cada vez más continuos, incluso mucho mayor a lo que sucede ahora: en los primeros años de aquella época amateur (1902-1916) se jugaba un promedio de tres a cuatro partidos en el año entre estos “combinados nacionales” (como se les solía denominar), constituyéndolo rápidamente en uno de los clásicos futbolísticos más antiguos del mundo. Una de las fechas más esperadas era el 15 de agosto de cada año, feriado de Santa María en ambos países, que se utilizaba para disputar uno de los match.

Durante una etapa supieron jugar con la misma camiseta: celeste y blanca a rayas, hasta que los vecinos se adueñaron de ella. Sin embargo, este paso dio lugar a que en poco tiempo fuera la casaca celeste la que quedara impregnada en el corazón de los uruguayos cuando un conjunto local, el viejo River de la Aduana, venciera con ese color al poderoso Alumni porteño de entonces. Hasta en ese aspecto quedaron estos países ligados en la historia.

Para hacerse idea en una simple comparación, cuando se enfrentaron por primera vez Uruguay y Brasil (recién en 1916), ya se llevaban casi cincuenta clásicos rioplatenses y una cifra importante también entre clubes. Queda en la memoria la primera victoria en 1903 en Buenos Aires, con un equipo integrado por jugadores de Nacional (3-2). Las copas Lipton, Newton, De Honor, Centenario o simples amistosos fueron rasgando las pieles y las vestiduras hasta que llegaron los primeros problemas. Surgieron los torneos sudamericanos, los juegos olímpicos y los mundiales, cuando el fútbol rioplatense era considerado de los mejores en el mundo: todavía sonaban los ecos de las finales de Ámsterdam y Montevideo, cuando se produjo la primera crisis entre los hermanos. Los porteños no aceptaron la derrota de la final mundialista y se desató una campaña contra los orientales.

Es claro que no se puede tapar el sol con una mano y menos con un dedo. En los años veinte, Argentina se impuso varias veces a Uruguay, y si se repasa el historial hasta nuestros días favorece claramente a los vecinos, aunque si se mide la trascendencia de los encuentros, ganar dos finales a nivel mundial otorga un plus.

Después del Mundial se suspendieron los campeonatos sudamericanos hasta 1935 (en Lima), cuando volvieron a enfrentarse tras gestiones de la organización incaica: los argentinos jugaron de blanco, y los orientales de rojo. Muchos héroes de aquellas gestas agotaban sus últimos cartuchos: José Nasazzi, Lorenzo Fernández, Ballesteros y el Manco Castro, entre otros. Como no podía ser de otra manera, el último partido era el clásico, en el que Argentina se presentaba como favorito por sus goleadas anteriores; el triunfo fue “celeste” por 3-0 (Taboada, Ciocca y Castro), obteniendo un nuevo título, con el que floreció el término “garra charrúa”.

Para la afición y la prensa de la época, las secuelas de estos partidos se transformaron en el plato diario, mostrando los primeros signos de intolerancia. Pan y circo. Sin embargo los colores celeste y blanco (sea en una camiseta o una bandera nacional), son una muestra simbólica de la verdadera relación entre hermanos; pasado el tiempo, muchos integrantes de ambos planteles se seguían juntando a rememorar y brindar por aquellos años, tanto en Buenos Aires como en Montevideo. Entonces, ¿de qué rivalidad hablan? Hasta Gardel supo entender de qué se trata el fútbol como deporte cuando visitó ambos planteles previo a la final del Mundial, como lo había hecho también en Ámsterdam.

 

Tiempos de guerra

En los siguientes años la guerra suspendió los mundiales de fútbol, y el predominio argentino en Sudamérica fue notorio, lo que favoreció el mote “campeones morales”, algo que tampoco pudieron demostrar en los mundiales de 1950 y 1954, ya que decidieron no asistir. Lo cierto es que el futuro inmediato le preparaba un cachetazo a ambos países; mientras Uruguay quedaba afuera del siguiente Mundial al ser eliminado por Paraguay (con goleada 5-0 incluida), Argentina volvía a una cita mundialista, para regresar rápidamente: eliminados por Checoslovaquia en la fase de grupos luego de perder 6-1.

Los estilos de juego de ambos se bifurcaron cada vez más, asociando estos a una frase que lo resume todo: “ataca Argentina, gol de Uruguay”. Ya los partidos pasaron a tener dentro del campo connotaciones más violentas, y venir al Estadio Centenario no es sencillo para los “porteños”. Por algo Uruguay nunca perdió un partido en una Copa América jugando de local, y ganó todas las que disputó en el mítico estadio-coliseo inaugurado el 18 de julio de 1930.

Volviendo a aquellos años se recuerda favorablemente un partido decisivo para ganar otra copa, esta vez un Sudamericano Extra en 1956, de local, para defender el honor. Nuevamente el partido decisivo ante Argentina para ganar 1-0, gol de Patesko Ambrois en el mítico arco de la Colombes. Una vez más los argentinos protestaron por el juego fuerte: “Nosotros no les pegamos ni hubo orden nuestra de jugar fuerte. Sólo pedimos que se respetara la tradición de nuestro fútbol, que no se retrocediera, que se dejara el alma en la cancha”, decía pocos años después Hugo Bagnulo, técnico de aquel seleccionado.

 

Cuando la agarra Pedro…

En los años sesenta los calendarios de los clubes eran cada vez más apretados al sumarse las copas continentales (Libertadores e Intercontinental), por lo que los torneos sudamericanos se empezaron a espaciar en el tiempo (Bolivia 1963 y Montevideo 1967). Este torneo veraniego en la capital tuvo algunas particularidades: hubo eliminatorias, Venezuela participó por primera vez mientras que Brasil y Perú faltaron a la cita. Los seleccionados rioplatenses venían de jugar el Mundial de Inglaterra, donde un cruce de jueces europeos imposibilitó en buena parte un mejor suceso. El plato fuerte, como siempre, se dejaría para el final. Uruguay venció a Bolivia, Venezuela y Paraguay, y empató con Chile; mientras tanto, los vecinos ganaron los cuatro encuentros, por lo que de empatar con los celestes ganarían por primera vez un torneo en Uruguay.

Aquella noche del 2 de febrero una nueva batalla del Plata, como tantas donde Uruguay sabía hacer valer su localía, fue un partido trabado y difícil, de pocas chances, hasta que en una salida en falso de los visitantes, los locales tomaron el balón, pase a Pedro Rocha, quien faltando un poco más de quince minutos sentencia la partida y, como tantas veces, se repite aquella frase mencionada: ataca Argentina, gol de Uruguay. Aquel notable nueve argentino que jugó en Nacional, Luis Artime, años después dijo: “Del Sudamericano de 1967 no me hable. Argentina fue a Montevideo con un buen equipo y volvimos a perder con los uruguayos en el Estadio Centenario que por entonces era inexpugnable… después perdimos la final contra Uruguay, en aquel partido de los golpes de Baeza y Carlos Paz. Pero ahora de nada vale quejarse. Rocha hizo el único gol y la leyenda seguía en pie: jugando en serio, Argentina no podía ganarle a Uruguay. Por eso más vale dejarlo así”.

Con estos antecedentes cuesta creer cómo Uruguay faltó al único Mundial que no podía dejar pasar: el de 1978 en Argentina. Sin embargo, Venezuela y Bolivia dejaron por el camino a Uruguay, que contaba en su plantel con figuras como Washington Olivera, Carrasco, Darío Pereyra, Victorino y muchos otros. Después de quedar eliminados, la plaza uruguaya sirvió para que algunas selecciones europeas pudieran jugar partidos de preparación contra combinados celestes. En uno de ellos, ante Alemania Federal, estuvo de manera interina sentado en el banco con el buzo de “deté” Omar Borrás, el mismo que desde su sillón en la AUF llevaría a Uruguay a jugar nuevamente un Mundial, México 86.

 

¡Entrá, Ruben!

La suerte realmente quiso que Uruguay y Argentina se enfrentasen en octavos de final de aquel Mundial azteca. Los porteños clasificaron por ser los mejores de su grupo; Uruguay apenas lo pudo hacer como mejor tercero, luego de su peor derrota en una Copa del Mundo, el recordado 1-6 contra Dinamarca.

Hablamos de la suerte porque era impensado que Uruguay apenas clasificara, más después de empatar el primer partido ante la potente Alemania. Las desavenencias entre los jugadores y el técnico, sumado a los problemas de organización conspiraron contra sus intereses. Aquella Argentina de Maradona ganó 1-0 con el recordado gol de Pasculli, cerca de finalizar el primer tiempo. En el segundo tiempo Uruguay tuvo sus chances, más aun cuando ingresó Ruben Paz, pero no se pudo torcer la historia: fue la primera victoria mundialista de Argentina, y una gran desazón para un plantel uruguayo muy rico en nombres: Francescoli, el mencionado Paz, Alzamendi, Da Silva, Venancio, el Pato Aguilera, Darío Pereyra, Santín, y disculpen a los que no nombramos, porque realmente ese grupo merecía otro final.

La revancha en el fútbol está a la vuelta de la esquina; en poco más de un año Argentina celebraba de local una nueva Copa América, nada menos que la oportunidad de lograr un torneo ante su gente, máxime si se tiene en cuenta que los vecinos llevaban veintiocho años sin ganarlo. En casa y siendo campeón del mundo. Uruguay luego de una de sus tantas crisis deportivas, rejuntó un equipo dirigido por Roberto Fleitas. Ingresó directamente a semifinales por ser el actual campeón, y le tocó justamente con… Argentina. Un 9 de julio, fecha patria en la vecina orilla, y más de setenta mil personas en el Monumental. El gol de Alzamendi a falta de dos minutos para el descanso, recordaba lo sucedido un año antes. Nuevamente Uruguay  campeón de América –luego de vencer a Chile en la final– en un torneo jugado en Argentina.

 

Veinticuatro años después

Lejos había quedado el recuerdo de Diego, y Argentina encontró un bálsamo cuando ganó el torneo continental dos veces seguidas: en 1991 y 1993. Uruguay, para no perder la costumbre, lo ganó en 1995, de local, en la final frente a Brasil para terminar invicto el siglo XX. La sucesión de encuentros en el archivo tiene una pequeña marca el 14 de noviembre de 2001, cuando se disputaban las eliminatorias para el mundial de Corea y Japón. Aquel partido fue empate 1-1, que dio lugar a muchas suspicacias, tal vez como nunca en la historia de este clásico; Uruguay necesitaba un empate para clasificar al repechaje, dejando fuera a Colombia,  que también insólitamente goleó 4-0 a Paraguay de visitante.

Diez años después de este encuentro, en julio de 2011, Argentina tuvo otra oportunidad ante su público. Sin Maradona pero con Messi, aunque Uruguay esta vez venía con más viento en la camiseta por haber obtenido el cuarto puesto en el Mundial de Sudáfrica 2010 con Diego Forlán como máxima figura, goleador y Balón de Oro. Ante el local, el recuerdo es reciente y todavía emocionan las atajadas de Muslera en el partido, el gol del Ruso Pérez, y la definición por penales nuevamente en favor de los charrúas: el Pelado Cáceres con su remate enmudeció Santa Fe. Uruguay es el único país en ganar la Copa América en Argentina: 1916, 1987 y 2011.

De aquel partido hasta el presente, el clásico rioplatense se jugó cuatro veces, con tres triunfos albicelestes y el restante para los orientales, precisamente el último que se jugó en Montevideo por Eliminatorias. El próximo 31 de agosto se jugará una nueva edición con puntos importantes por las eliminatorias para Rusia 2018; quedará en los protagonistas saber si quedará en la historia grande que tienen, o simplemente será una batalla más.