PABLO BENGOECHEA, LA VIGENCIA DE SU INCONFUNDIBLE PEGADA

LA CLASE DEL 10

Por Juan Aldecoa

 

Sentarse a hablar con el Profesor es volver el tiempo atrás en la máquina de la vida. Los recuerdos de su pique corto y el remate furioso al fondo de la red. El dorsal 10 que miles de niños y adolescentes querían tener él lo lleva tatuado en su espalda y hoy, con el buzo de DT y la misma forma de andar, es parte del campeón uruguayo. De eso, de la selección, de sus costumbres norteñas y su paso por el viejo continente habla Pablo Javier Bengoechea. Adelante, maestro.

 

 

Una vida de frontera

 

Entre el campo y la ciudad se crió el crack riverense. El aroma a porotos y la frontera con Brasil como fiel testigo de sus primeros pasos con la pelota le dio ese particular tranco, inconfundible en el transcurso del tiempo. En Oriental Atlético Club comenzó a acariciar el balón y la selección de Rivera lo tuvo como capitán para ser campeón del interior en la Copa Nacional de Selecciones. Uruguayo pero bien cerca de Santana creció lejos del centralismo montevideano. Su espejo era Paulo Roberto Falcao, ídolo en Río Grande y en el Inter de Porto Alegre.

 

¿Cómo era Parada Barón?

El recuerdo que uno tiene es precioso. Con las costumbres del campo... te tiene que gustar, a mí me gustaba. Andaba con mi padre todo el día, cosa que también me encantaba. En el 71 ya estaba en Rivera, hice jardinera en la ciudad y empecé primero. Mis padres por el 90 o 92 vendieron el campo.

 

La crianza en Rivera, tan cerca de Santana y la frontera con Brasil y tan lejos de las “costumbres uruguayas”, ¿incidió en su manera de jugar al fútbol y de manejarse en la vida?

Me costó un poco adaptarme a cómo jugaban en Montevideo, y que se adaptaran a mí tampoco fue fácil al comienzo. En Rivera siempre jugué de volante central y el Maestro (Óscar Washington Tabárez) lo primero que me dijo fue que iba a jugar suelto, delante de los volantes. Acá no se salía jugando en esa época, las canchas estaban muy feas y era pegarle para adelante. Esa lejanía se daba principalmente en aquella época en donde no había tanta comunicación. Yo siempre digo: el diario llegaba allá al mediodía. El cable cambió el mundo, nosotros no veíamos ningún canal uruguayo. Las costumbres eran todas brasileras: para jugar al fútbol, para escuchar música. Y los de Rivera somos diferentes a los de Livramento, imaginate con respecto a Montevideo, es abismal. El brasilero busca la forma de juntarse con amigos, de un fútbol cinco, de un asado, juntarse en la piscina. Nosotros somos diferentes, vas creciendo y cada vez te juntás menos. Los riverenses acá, en Montevideo, están muy en contacto; los de Artigas también. Todo el interior es diferente a Montevideo; Rivera y Artigas son más especiales, no sé si por el calor, por la influencia de Brasil, por la música.

 

Desde tan chico haber jugado en Oriental y después en la selección riverense –campeón en 1984– le debe haber dado buenas armas para convertirse en profesional.

Sí. De ahí salimos una buena camada. Además fuimos campeones juveniles también.

Yo sentía, de joven, que jugar por Rivera era lo máximo; era jugar un Mundial. En esos meses de enero y febrero éramos “populares”, era una fiesta.

 

El portuñol es un idioma muy rico, ¿le costó cambiar la forma de hablar cuando vino a Wanderers?

Nunca intenté cambiar mi forma de hablar. Obvio que tengo que hablar en español y no en portuñol, lo intento, a veces hay palabras que no me salen. Creo que ahora algo he mejorado, pero cuando llegué me trababa muchísimo. En Rivera, menos en las cuatro horas que iba a la escuela o en la UTU, todo lo demás era portuñol. De la puerta de mi casa para afuera, en la calle, todo portuñol. Cuando cruzábamos a Livramento había que hablar más en portugués o en español, porque nos entienden mejor incluso que cuando hablamos portuñol.

 

¿Había mucha pica?

Impresionante. Después entre nosotros somos muy unidos; de Rivera hacia acá el de Livramento se suma, y nosotros nos sumamos a ellos cuando compiten en Río Grande del Sur. Sólo hay problema cuando juegan Uruguay y Brasil, después Rivera y Livramento es una ciudad sola, no hay inconveniente alguno.

 

Europa, Europa

 

Mundo nuevo. Vida nueva. Junto a Fanny se fueron a Sevilla y se codearon con el profesionalismo bien de cerca. Completó cinco temporadas en el club del barrio Nervión y conoció las costumbres del sevillano a flor de piel. En esos cinco años disputó 158 partidos (134 por Liga Española, 21 por Copa del Rey y 2 en Copa UEFA) y marcó 31 goles, según consigna Pablo Bengoechea: la clase del Profesor, de Leonardo Haberkorn (2002). Anton Polster, Rinat Dassev, Iván Zamorano y Davor Zuker fueron algunos de los futbolistas con los que compartió vestuario en esa época.

 

Arribó a España con 22 años, le pasó todo muy rápido desde que jugaba en Rivera, llegó a Wanderers y pasó a Sevilla, ¿cómo se paró ante esa situación?

Yo extrañaba Rivera, o sea que estando en Montevideo o en Sevilla me daba lo mismo, obvio que estaba mucho más lejos. Extrañé mucho Rivera cuando llegué a Montevideo porque todo me sorprendía, estábamos saliendo de la dictadura y no era sencillo. A Sevilla ya fui casado, o sea que estaba siempre acompañado, y llegué al mundo que siempre soñás: una ciudad linda, limpia, la gente tenía trabajo, no se quejaba, el estadio era enorme, te ibas a equipar y sobraba ropa; ahí me sentí jugador de fútbol.

 

Era un fútbol de primer nivel y anduvo muy bien.

Cuando llegué había sólo dos extranjeros por equipo y éramos varios los uruguayos. Nos juntábamos siempre que podíamos. De los veinte equipos sólo dos no tenían extranjeros, el Real Sociedad y el Athletic Bilbao, o sea que en España en Primera División había sólo 36 extranjeros, y llegamos a estar Wilmar Cabrera, Amaro Nadal, José Luis Zalazar, Arsenio Luzardo, Eduardo Belza, Ruben Sosa, Miguel Bossio y Javier Zeoli. Éramos un montón, y el extranjero jugaba siempre.

 

Se dice que hace buenas feijoadas, ¿qué aprendió de la cocina española?

El tema de la comida era impresionante, los mariscos eran una novedad. Todas cosas que ni soñábamos que podíamos ver. Fuimos muy jóvenes con mi esposa y vivimos muchas cosas súper lindas. Yo jugaba al fútbol y después disfrutábamos juntos, paseábamos, hacíamos de todo.

 

Estuvo cinco años en España, ¿cómo es el sevillano?

Sensacional, alegre a full. Es como dicen ellos: en el norte se trabaja y en Andalucía se vive. Obviamente que ellos trabajan también, pero disfrutan mucho la vida. Es una ciudad en donde el clima ayuda muchísimo, frío prácticamente no hace –por lo menos en aquella época–, llovía diez o doce veces al año. El andaluz sale de la casa permanentemente; desayuna en la calle, se trabajaba en horario cortado entonces antes de ir a almorzar iban de tapas, después la siesta, el cafecito en el bar y de nuevo a trabajar, y ya de noche cena afuera. Por lo menos en donde vivíamos nosotros era así: tapitas, cafecito y todo así.

 

Su carrera en Europa no le dio la posibilidad de ver el nacimiento de sus dos primeras hijas. Esos sacrificios no salen en los diarios.

Claro, ellas nacieron en Rivera. Como se jugaba un partido en casa y otro afuera siempre estaba viajando. A Fanny la dejaban viajar a los seis meses y medio, así que se venía y en Rivera esperaba. A los catorce días lograba viajar, así que conocí a mis hijas con quince días. Nosotros siempre priorizamos la familia. Incluso en los viajes de trabajo que hice yéndome con [Sergio] Markarián a México, Chile y Perú, lo más importante pasó a ser el estudio de nuestras hijas, así que tanto ellas como mi esposa se quedaban. El fútbol como entrenador es importante, pero más importante es que mis hijas estudien.

 

¿Qué diferencias hay entre el vestuario del Río de la Plata y el europeo?

Yo cumplía el rol de recibir a los jugadores. Era extranjero pero como hablaba español tenía más contacto con mis compañeros; recibí a todos los extranjeros que llegaron después, salíamos, les mostraba la ciudad. Acá pasa lo mismo: el jugador va aprendiendo, el que ya vivió en el exterior y sabe que al comienzo puede ser difícil se prepara para recibir al que viene de afuera.

 

Juguemos en el bosque

 

En el Lobo jugó poco tiempo pero pudo demostrarle su pegada a los hinchas triperos, que lo vieron llegar como un desconocido y se metió en la larga lista de orientales que vistió la camiseta de Gimnasia, con dieciséis partidos y cinco goles en el club del bosque platense.

 

El paso por Gimnasia de La Plata fue corto si tomamos en cuenta lo extenso de su carrera, ¿cómo lo evalúa?

Fueron tres meses: de setiembre a diciembre de 1992. Una ciudad universitaria, muchísima gente joven. Casi siempre los días libres los usábamos para viajar a Buenos Aires y conocer un poco. Pasamos muy bien porque estaban Gregorio [Pérez], Guillermo Sanguinetti, Hugo Romeo Guerra, José Montelongo; éramos un grupo de uruguayos que nos juntábamos siempre. El clásico con Estudiantes [le marcó un gol de penal] se vive como acá pero en una sola ciudad.

 

Es un club con mucha gente pero muy sufrido.

Cuando llegué no sabía que era tan sufrido, después uno se va enterando que nunca le tocó salir campeón y al tener a Estudiantes ahí, que ganó todo lo que jugó, es difícil. Pero a todos los uruguayos les ha ido muy bien en Gimnasia; yo pasé espectacular. Gregorio estuvo dos meses, fue cesado, y yo me quise ir porque él me había llevado.

 

El último romántico

 

Sus pasos en nuestro fútbol comenzaron en el Montevideo Wanderers. El destino lo dejó en el Prado de Montevideo, donde se curtió, entre el Centro, el Parque Batlle y las canchas de la gloria. En su camino se cruzó el Maestro Tabárez y empezó a asomar el idilio y la receta del triunfo cuando Gregorio Elso Pérez lo tuvo por primera vez en el equipo bohemio. Esa primera vez con el de Gregorio Aznárez se repetiría en La Plata y en Peñarol. Y no les quedaría sueño por vengar.

 

Llegó a Wanderers en 1985, ¿cómo fue esa primera llegada a la capital?

Para mí fue horrible. Había venido una vez al estadio Centenario en la final de Nacional contra Inter de Porto Alegre. Vine con la hinchada de Livramento a ver a Inter, yo era fanático; estábamos en el mismo lugar que estaba la hinchada de Brasil en la Copa América 1995, debajo de la Torre de los Homenajes. Soy fanático de Inter, de Peñarol, de Falcao por la posición y de Fernando Morena porque fue el que me hizo de Peñarol; todos queríamos ser Morena cuando éramos chicos. A Peñarol lo escuchaba de noche, de día la señal de radio no llegaba.

 

¿Qué fue lo primero que hizo cuando pisó Montevideo?

Me bajé en Turil y me subí a un taxi para ir al hotel Oxford –Paraguay y San José–, y ahí dije: ¿qué hago acá? Estaba incómodo totalmente, aparte soy medio tímido y vergonzoso. Me pasó a buscar Gonzalo Madrid para ir al Viera pero no sabía si quería estar acá, sufrí muchísimo. Extrañaba mucho, me salvaron los compañeros y el Maestro que me vivía hablando. Llegué el 11 de marzo y creo que recién en agosto o setiembre me sentí cómodo.

 

En la revista Tres, en 1996, dijo: “El jugador ya se crea desde la categoría juvenil para ser campeón. En séptima no lo trabajan para que aprenda fundamentos, lo trabajan para que gane. Nuestro país, nuestra vida, es así. Se trabaja al jugador para que gane, no para que aprenda”, ¿hoy en día sigue siendo así?

No estoy tan metido en los jóvenes como estaba en ese momento, pero la sensación que tengo es que sí. Ahora está la tabla general, creo que eso aumentó aun. En el período que yo estuve en Peñarol esa tabla se perdió al final, pero muchas veces me pedían jugadores para Cuarta y Quinta. Creo que ahora hay más presión todavía. En Uruguay el que gana está conforme y el que no gana dice que el club trabaja para que los chicos aprendan y crezcan; todo el mundo acomoda el cuerpo.

 

¿En otros países no es así?

Hay un método para ganar. Acá lo que ocurre muchas veces es que un jugador alto en Sexta juega siempre, y a lo mejor ese chico después no llega. Hay decisiones que se toman sólo para ganar, y yo digo que hay otros caminos para ganar.

 

Dos de sus principales mentores en Montevideo fueron Tabárez y Gregorio Pérez, ¿qué aprendió de ellos para la vida y el deporte?

Traté de copiar ese estilo de vida. Escuchar lo que decían, te enseñaban a ser buen profesional. Uno captaba el valor que ambos le daban a la familia; muchas veces el Maestro nos llevaba a merendar a todos los jugadores a su casa y había un entorno familiar lindo. La forma de ser ante la victoria y la derrota, el equilibrio, el elogio normal y la crítica normal para mejorar.

 

Tal vez esa manera de ser logró trasladarla, tanto en su época de futbolista como ahora en el rol de entrenador, para posicionarse ante los medios de comunicación, ¿eso fue trabajado?

Me controlo mucho. Nunca vi a mi padre perder la elegancia y siempre me cuidé de que mis hijas no me vieran faltándole el respeto a alguien. Me cuidé en los clásicos de nunca perder la categoría, ganando o perdiendo. Cuando pasó lo de la pelea –año 2000– yo tenía claro que no podía pelear, era horrible lo que estaba pasando y nos llevaron presos a todos.

 

Gregorio lo llevó a todos lados a donde fue.

Es un tipo que te contagia el esfuerzo máximo siempre. No hay nada que no puedas lograr con él. Claro que después hay cosas que no lográs, no pudimos ser campeones de una copa internacional, perdimos dos finales de Copa Conmebol que hoy serían tremendos logros. Con Gregorio salías a la cancha convencido de que ibas a ganar.

 

No se ha abanderado con un partido político pero en varias ocasiones fue crítico con la realidad del país.

Ahora estoy mucho más confundido que antes, que tenía más claro lo que quería para el país. Hoy estoy desorientado totalmente. Trato de estar al tanto de todo, me gusta, pero lo que veo me choca un poco.

 

Dentro del plantel de Peñarol que dirigió había amigos suyos. Cuando se dio su salida, automáticamente Marcelo Zalayeta abandonó Peñarol. Él nunca volvió a decir una palabra.

Con el Tony [Antonio Pacheco] somos amigos de toda la vida, con Marcelo no nos vemos nunca. Lo quiero un montón, yo lo vi llegar a Peñarol en 1997, pero desde que se fue a fin de ese año hasta 2015 no volví a estar con él en un vestuario. De lo que pasó hablo siempre para saber cómo se siente, fue lo que más me dolió. Yo le pedí que siguiera un semestre más para irse siendo campeón uruguayo y jugando la Libertadores; no pudo culminar la carrera como él quería.

 

¿Quiere hablar de lo que pasó o ya no tiene sentido?

Me comunicaron que me echaban, hablé con la prensa y me fui a juntar las cosas. Mientras estaba ahí Marcelo llegó a mi habitación y me dijo que se iba. Le dije que me esperara en su cuarto así charlábamos, no quería que se fuera, era el capitán de ese equipo. Juntó sus cosas y se fue.

 

¿Entiende que esas actitudes jerarquizan la profesión?

El jugador de fútbol muchas veces quiere hacer cosas y no puede. El tema es poder. Él ya había anunciado que era su última temporada y me imagino que le pasaron cosas por la cabeza y la gota derramó el vaso. Cuando vos sos capitán de un equipo no te podés enterar por la prensa que echaron a tu técnico. Esas cosas no suceden, normalmente las cosas se hablan para sacar un club adelante. En mi época de capitán el presidente –José Pedro Damiani– hablaba todo con nosotros. El día anterior, de noche, leí en Twitter que Peñarol estaba reunido viendo si yo seguía o no. Ahí llamé al gerente –Juan Ahuntchain–, estaba en la casa; llamé a Walter Pereira –vicepresidente–, estaba en la casa; y llamé a Juan Pedro [Damiani], estaba en la casa. “Nada que ver”, “ningún problema”, “vamos arriba”, fue lo que me dijeron. Al otro día, de mañana a las 11.30 me llamó Ahuntchain y me dijo que el presidente estaba enojado con el resultado del clásico pero que él era un hombre de proyectos, de procesos, así que me fui a Los Aromos y todo bien. Cuando llegué me comunicaron que no era más el técnico.

 

Al dejar la dirección técnica dijo que los barra brava entraban a Los Aromos como si fuera su casa.

Hay que tener cuidado con la seguridad, hubo momentos en que a los jugadores les apuntaban con armas dentro de Los Aromos. Ellos me lo contaron y yo decidí que esa gente no entrara más, ¿cómo van a entrar a Los Aromos? En mi época de jugador nunca me había pasado, la diferencia es abismal.

 

¿Qué era el contador Damiani para Peñarol?

Un señor serio, que cumplía lo que decía y nos consultaba mucho. Cuando cometía algún error lo llamábamos y él entendía. Si pensaba que criticándonos nos iba a hacer rendir más era peor porque nos calentábamos. Fue creciendo junto a nosotros, teníamos una relación de ida y vuelta.

 

Del Negro Tito, una institución dentro del club, no se habla mucho pero siempre está.

Cuarenta años dentro de Peñarol. El Negro Tito es una persona difícil de conocer porque no habla. Vos llegás al estadio, estaciona el ómnibus y él está ahí, acompaña a todos hasta el vestuario. Él está ahí, si precisás café él está ahí, llega tu familia y él está en la puerta, está en todos lados. Servicial al máximo. Siempre está, nunca un comentario negativo sobre alguien, es el último en irse del vestuario. Sólo lo ves en el estadio, después nunca lo vi en Los Aromos, en un asado, y se lo ha invitado siempre.

 

¿Cuál es el mejor recuerdo de Peñarol?

La etapa de jugador es preciosa, lindísima. En esta última etapa como entrenador paso raya y me da todo lindo, positivo. Lo que más me preocupa es la relación con los futbolistas, que fue muy buena. Ser buen profesional, que cuando la gente va a Los Aromos, ya sean hinchas o periodistas, vean que está todo ordenado, que hay respeto, se entrena bien, se atiende a la prensa. Y después, claro, intentar ganar. El Clausura lo ganamos y después no alcanzó porque perdimos la final y en el nuevo campeonato lo único que había era el Apertura y se ganó. Soy exigente a la hora de jugar al fútbol y creo que tendríamos que haber ganado el campeonato jugando mejor, pero lo importante era ganarlo, jugar mejor y perder no es lo importante.

 

¿Por qué cree que fue tan criticado y no se midió con la misma vara al actual cuerpo técnico?

No sé. He llegado a pensar que tenían tantas ganas de criticarme por mi etapa de jugador –cosa que no hacían mucho– que descargaron todo ahora. Hubo gente que estaba ensañada conmigo, todas las semanas era lo mismo: “Si no gana el fin de semana lo echan”. Un día mi hija puso un tuit que me hizo reír: “Si Bengoechea no gana el fin de semana lo echan no es noticia. Noticia sería que no dijeran eso”.

 

¿Y por qué se les pega tanto a los respetuosos y a los lobbistas no?

Porque saben que uno no les va a contestar. Le pasó lo mismo al Flaco [Álvaro] Gutiérrez en Nacional, por ser educado, respetuoso, le caían. Él salió campeón y se fue y mucha gente estaba contenta; lo van a empezar a valorar ahora.

 

 

 

DE CELESTE

 

Por momentos recibió fuertes cuestionamientos en su pasaje por la selección pero fue determinante en dos títulos de Copa América y jugó un Mundial, ¿es difícil estar tan expuesto en un país tan futbolero?

Más que nada fui cuestionado en la Copa América de 1995. Yo estaba acá en el fútbol uruguayo y el Pichón [Héctor] Núñez me ponía siempre. Actualmente creo que es más difícil para un jugador de Peñarol o Nacional ser protagonista en la selección; la selección hoy en día es otro club. En aquel momento estaba todo dividido: te silbaban los de Nacional si errabas un pase, el gol se gritaba sólo de un lado; por eso me alegra mucho el momento que está viviendo Uruguay. Hoy todo el estadio es de la selección, es otro público, y eso es muy bueno para el futbolista.

En aquella copa del 95 yo jugué el primer partido –le ganamos 4-1 a Venezuela y participé de tres goles– y en el segundo partido no jugué. Fui muy criticado contra Venezuela y para mí había hecho un gran partido. Después jugué el tercer partido con México y la verdad es que fue de mis peores partidos, no sé ni cómo jugué. Desde ahí asumí el rol de que era suplente y cuando tuviera que entrar tenía que hacerlo bien. No entré ni en cuartos de final ni en la semi y en la final empezó el partido y el Pichón me dijo: “Mirá que vas a entrar”. Y tuve la suerte de hacer el gol.

 

¿Qué recuerda de aquellas épocas de concentración con Pichón Núñez?

Un crack. A Pichón yo lo conocí en Madrid, en 1987, cuando hice escala para llegar a Sevilla. Un tipo muy gracioso, muy divertido, sensacional; le sacaba presión a todo. Claro, llevaba cuarenta años viviendo en España y llegó a un país donde estornudás y es un drama.

 

¿Cómo ve ahora a la selección con este proceso de diez años?

Espectacular. Todos los uruguayos que salimos afuera estamos agradecidos. Cuando estaba en Perú me decían lo linda que era esta selección. Te dejan bien parado en todos lados, lo que lograron el Maestro y los jugadores es algo impensado para nuestro fútbol, para nuestro país. Es difícil lograr que la selección sea una isla.

 

 

 

UNA PEGADA

 

De chiquilín le empezó a pegar a la pelota y se adueñó, ya como profesional, de los penales y tiros libres en cada equipo que jugó. Con el remate de larga y media distancia hizo escuela y sus goles aún se recuerdan cuando se menciona su apellido.

 

¿Cómo fue el proceso y la perfección de la pegada?

Hice siempre mucha repetición, y no hay dudas de que dependiendo dónde estuviera la pelota y el arco, me paraba de determinada manera. Intentaba, según la posición de la pelota y el primer palo, formar un ángulo recto o lo iba abriendo hasta llegar a un ángulo obtuso. De niño tenía precisión, pero la fui perfeccionando con el pasar del tiempo. La clave es cómo uno se para, la distancia que tomó y en qué ángulo está.

 

¿En el momento del tiro libre pensaba todo eso?

Estaba automatizado; siempre me fijaba mucho en la distancia de la barrera. Si la barrera estaba a la distancia que tenía que estar, le podía dar más fuerza a la pegada; si estaba muy cerca, el golpe tenía que ser más lento y se levantará más rápido.

 

Siempre buscaba que el pincho de la pelota estuviera hacia adelante.

Sí, pero por una costumbre de niño. En Rivera jugábamos descalzos y siempre el pincho lo ponía para adelante porque con aquellas pelotas dolía mucho el impacto en el pie. Fue una costumbre que agarré.

 

¿Estudiaba a los goleros a la hora de pegarle a los tiros libres o penales?

No. Siempre dependía del resultado del partido. Por ejemplo: hay penales que podés errar, por así decirlo, porque ya vas ganando, y ese intentaba que no fuera a la derecha del golero. Cuando el penal precisaba convertirlo, porque el partido estaba parejo, siempre tiraba a la derecha del golero. En los tiros libres intentaba que el golero no saliera de su palo ya que yo casi siempre tiraba por encima de la barrera. En los centros lo mismo que se hace siempre. Normalmente los equipos ponen un jugador que marca la corta y el ejecutante tiene que hacer que ese jugador no la saque, o sea: intentar pasarlo por arriba con la pelota y que caiga antes de que el golero salga, ahí normalmente hay un hueco que es donde la pelota tiene que caer: es la intención.

 

 

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