DOPING POSITIVO

Por Mauricio Bruno

 

Me crié cerca de una Iglesia de los Santos de los Últimos Días, un lugar que me resultaba muy extraño, porque tenía un pincho gigante en vez de una cruz y porque parecía que sólo podían entrar personas excesivamente rubias que usaban casco para andar en bicicleta.

“Los Mormones”, como se conoce al predio donde se ubica la Iglesia, tiene una pequeña y preciosa cancha de fútbol abierta: piso de pórtland lustrado, arcos de gruesos caños metálicos, espacio para cuadros de cinco jugadores y altos alambrados para evitar la pérdida de balones. Las rejas que separan al predio de la vereda son bajas y por eso, desde temprana edad, los niños del barrio invadíamos las instalaciones y pasábamos los sábados enteros jugando a la pelota. Rápidamente desarrollamos un acuerdo tácito con las autoridades de la iglesia: mientras no causáramos vandalismo y escucháramos como si nos interesaran las propuestas que nos hacían de asistir a los oficios religiosos, podíamos quedarnos. Cada tanto, es cierto, había zafra represiva y nos echaban, con el pretexto de que no formábamos parte de la comunidad, pero luego de dos o tres semanas volvíamos tímidamente y nadie nos molestaba.

Cuando crecimos y nos hicimos adolescentes, trajimos un convidado de piedra que alteró para siempre nuestra relación con las autoridades eclesiásticas y que me sirvió para cuestionar esa máxima moral de que el deporte y la salud siempre van de la mano.

Más o menos para el año 2000, Los Mormones se había transformado en uno de los principales espacios de socialización de los varones adolescentes de Piriápolis. Los sábados circulaba mucha gente. Se hacían partidos a dos goles, para que los cuadros rotaran y todo el mundo pudiera jugar, pero si perdías era normal comerte una hora esperando el siguiente turno. Y en esa situación podía haber cuatro cuadros, o sea veinte tipos. ¿Cómo matar el tiempo mientras tanto? Pateando alguna pelota que sobraba, conversando amablemente o drogándote. Y es que a la sombra de un árbol que había al lado de la cancha se juntaban aquellos que querían consumir o adquirir productos alucinógenos y/o estimulantes –la mayoría de las veces faso; en pocas ocasiones, merca– y poco a poco esa costumbre fue provocando roces con las autoridades religiosas –pese a que nunca hubo hechos de violencia significativos– hasta que un día fuimos expulsados y no sólo no se nos permitió volver nunca más –a fin de cuentas, ya estábamos bastante grandes y a punto de retirarnos–, sino que además se restringió el ingreso a las nuevas generaciones, al punto que, hoy día, pasar un sábado por la vereda de la cancha produce honda tristeza, porque casi siempre está vacía.

Sin embargo, antes de que eso sucediera, conocí allí a George Riise, un jugador cuya triste historia quiero aprovechar para contarles. Le decíamos George porque se llamaba Jorge, y Riise porque se parecía al futbolista noruego del mismo apellido que durante años hizo toda la banda izquierda jugando para el Liverpool de Inglaterra.

George era un pésimo jugador de fútbol. Tal vez sólo era superado en ese aspecto por El Rey León, un argentino de gran melena que experimentaba, literalmente, pavor ante la pelota, al punto de que su frase más conocida dentro de la cancha era “no me la pases, a mí no, a mí no”. George, por el contrario, era voluntarioso, era querendón, pero carecía de todos los fundamentos técnicos, era lento, torpe y tenía una preocupante incapacidad para interpretar el lenguaje corporal tanto de sus compañeros como de sus rivales (nunca veía los pases obvios y perfectamente podía comerse el amague de una tortuga). A todo esto, George sumaba una costumbre que potenciaba sus defectos a extremos inverosímiles: gustaba de entrar a la cancha bajo los efectos del cannabis. Un combo letal.

Un día, durante una Semana de Turismo –que habrá sido del 2000 o 2001– cayó a jugar un pinta que nadie conocía. Era un gurí argentino que estaba de paseo, vio fútbol y quiso sumarse. Tendría doce o trece años, máximo, y pese a que arrastraba un nivel de agrande proporcional a su nacionalidad, la verdad es que jugaba muy bien. Decía que estaba en las inferiores de Huracán. A veces me pregunto si no habrá sido un Pastore, un De Federico, uno de esos media punta de estupenda técnica y liviandad que viene sacando Huracán durante los últimos años.

El hecho es que el botija entró a la cancha y si no fuera porque todavía era bastante chico –a esa edad, dos o tres años hacen gran diferencia– nos habría pintado la cara a todos. La mayoría supimos controlarlo con un poco de físico y carpeta. Pero George no tuvo la misma suerte.

Como buen depredador, el niño –a quien, por razones de comodidad, llamaremos a partir de ahora Pastore– detectó a la presa más fácil de la manada e hizo con ella lo que quiso. En un partido a dos goles, que se resolvió en menos de diez minutos, le hizo ocho caños, incluyendo uno en el que Pastore, de cara al arco libre y con la posibilidad de hacer el gol que daría por finalizado el partido, decidió no convertirlo y esperar a que George viniera desesperado a marcarlo para tirársela de suela y hacia atrás entre las piernas, a lo Riquelme. Lo particular de todo esto fue que George, que se encontraba en un estado completamente bobmarleyzado, no paró de reírse en ningún momento –al igual que el resto de los presentes, incluido Pastore– y de maravillarse ante todos y cada uno de los túneles recibidos. Cuando terminó el partido, abandonó la cancha casi levitando y se tiró contra un muro a esperar que se le pasara el cuelgue.

El equipo de Pastore siguió ganando partidos. Se mantuvo en cancha tanto tiempo que la pizarra dio la vuelta y volvió a tocarle el turno a George.

Pastore agarró la pelota y una plancha bajó como un martillo sobre una zona de su cuerpo que iba desde la ingle hasta la rodilla. Es que George ya andaba por los dieciocho años y era de patas grandes. El niño abandonó la cancha llorando y no volvió nunca más.

Por supuesto que George fue reprendido por sus pares. En este tipo de partidos suele haber un amplio margen de tolerancia para con los preadolescentes pizarreros. Hasta que no les sale barba, no se los puede lastimar. Además, es mal visto cometer faltas groseras cuando no hay un árbitro para penalizarlas. Pero George había comprendido súbitamente, una vez libre de los efectos de las hierbas alucinógenas, que durante el partido anterior todo el mundo se había reído de él, no con él, y no pensaba permitir que esto volviera a suceder.

Ese día, Pastore aprendió una lección. Un jugador de fútbol puede tener la técnica y soberbia necesarias como para humillar a sus rivales. Puede hacerlo a conciencia –como Neymar–, sabiendo que gran parte de los rivales no van a tolerar la exhibición gratuita a expensas suyas y van a tratar de golpearlo arteramente. Gracias a ello, muchas veces, conseguirá dejar al rival con un jugador menos.

Lo que no puede hacer es quejarse si lo lastiman. En el fútbol se puede pegar. Eso es parte del juego, igual que la tarjeta roja que viene como consecuencia. Si te gusta el toreo, bancate las cornadas.

 

 

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