JORGE BURGELL EN EL ENCIERRO DE LA DICTADURA

Por Patricia Pujol

 

Montevideo. Es 21 de octubre de 1975 y el sol pega fuerte. Apenas pasó el mediodía, arrancan las primeras horas de la tarde y el ruido típico del centro se siente en Colonia y Martín C. Martínez. Algunas mujeres ya esperan el 143 que va a Ciudad Vieja y otras se van sumando. Él tiene su maletín de librero, de cuero oscuro, en la mano derecha, bien agarrado. El peso es considerable, viaja con varios tomos dedicados a la odontología y sus especialidades. Se acerca el ómnibus y las mujeres forman, como en paso de baile, casi una fila desprolija pero silenciosa. El señor del maletín espera, en último lugar, su turno para subir. Se agarra del pasamano del coche para aprovechar el envión. No tendrá éxito. Se escuchan gritos, puteadas, promesas de golpes, después patadas, piñazos. El señor del maletín ya no tiene maletín. Una capucha negra hasta el cuello le tapa todo lo visible, todo lo que ya no será posible ver. Los lentes ya volaron tras un golpe de esos tantos que le cayeron por todo el cuerpo. Lo subieron a patadas a un auto y cerraron la puerta.

Jorge Burgell fue llevado a un centro de detención clandestino en Punta Gorda.

 

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Colonia. Es 7 de enero de 1947 y nace Jorgito, en Boca del Rosario. Pronto llegará a la casa amplia, de muchos cuartos y patio generoso con árboles y frutas, donde viven sus padres primerizos, Elsa y Mario. Años más tarde nace Marta, su única hermana. Mario es chofer y trabaja en una empresa de patrones argentinos que exporta hacia Buenos Aires arena y piedra que se extraen en la zona de la desembocadura del río Rosario, en el Río de la Plata. Muy seguido viaja a Montevideo para abastecer a la empresa de elementos de trabajo. Entre la niñez y la adolescencia, en varias ocasiones Jorge se suma a esos viajes en época de vacaciones.

De gurí el fútbol fue sinónimo de Boca Juniors, el cuadro del pueblo que competía en la Liga de Nueva Helvecia. No sólo para él, también para Carlos, su amigo inseparable, quien aparece en cada uno de los cuentos de infancia y juventud. Jorge, que vistió esa camiseta y jugó de delantero, recuerda con satisfacción la cancha con vestuarios y una red de iluminación que llegó a funcionar tan bien que daba piola para disputar torneos a la noche en veranos de antojo. ¡La envidia de los demás clubes a la redonda que concurrían gustosos, en esa época, a los cuadrangulares nocturnos con baile posterior!

Un día, llegó Enrique Erro a la plaza de Rosario, la ciudad más cercana y vinculada a La Boca y, según su parecer, dijo unas cuantas verdades. A Jorge adolescente le sonaron razonables. Se había planteado escuchar, durante la campaña electoral de 1962, a dirigentes de todos los partidos. El interés por la política y la idea de la unidad de la izquierda empezaban a despuntar.

Cuando se hizo más grande, apareció el deseo de ser entrenador de fútbol que tuvo como antecedente la organización, junto con Carlos, de los partidos de sub 12 –así le denominaban– hasta sub 17 por lo menos, ante equipos cercanos. Armaban los partidos y la forma de jugar del equipo boquense. Se había sumado a ese sentimiento complejo de amor por el deporte.

Para estudiar Notariado, consiguió la Beca de Bienestar Universitario y viajó a Montevideo a compartir apartamento con un primo que estudiaba Medicina, y luego, con su amigo Carlos, estudiante de Derecho. De entrada se había acercado al Centro de Estudiantes y estaba militando en la Universidad. También se había afiliado a la Juventud Comunista y –como de costumbre– se lo había comentado sólo a Carlos. La militancia le ocupaba mucho tiempo. Pero la materia Obligaciones fue el palo en la rueda y después de cursar el primer año tuvo que volver a La Boca sin chistar. Tenía 19 años y Boca Juniors necesitaba un DT. Aunque los jugadores eran casi todos mayores que Jorge, se tiró el lance y aceptó dirigir a esos hombres dedicados a las ocho horas de pico y pala. Todo esto tres años antes de convertirse en entrenador egresado del Instituto Superior de Educación Física (ISEF). La experiencia llegó primero.

“En 1966 estuve todo el año en Colonia. Seguía estudiando Obligaciones. No fui buen estudiante porque todo era lo otro, la militancia. Había mucho que hacer, trabajar en varios círculos a la vez: hacer alianzas, difundir publicaciones, desarrollar tareas gremiales y políticas. En esa época tenía algunos libros de entrenamiento de fútbol en los que me apoyaba. Me da cierta vergüenza decir que uno de ellos era Entrenamiento moderno, de Omar Borrás, con quien tuve muchas discusiones después y fui tan opositor a su accionar. Era un libro que él había traducido, los gráficos estaban en inglés. Pero me daba elementos para hacer la preparación física, payada total porque no tenía fundamentos, estaba formado por mi preocupación, solamente. Ya estaba naciendo el entrenador que quería ser. El equipo jugaba muy bien. Fue una gran experiencia. A toda esa muchachada, que era mayor que yo, le quedó ese recuerdo de que habían hecho cosas distintas, como trabajar fundamentos: cómo pegarle a la pelota, cómo tirar y cómo entrar a una pelota por alto”.

Burgell se sonríe con la picardía que le arrima el recuerdo.

 

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Se enamoró en la Universidad. Conoció a Estela en 1968, mientras ella también estudiaba Notariado aunque estaba más adelantada en la carrera. Se casaron por civil y con fiestita familiar en julio de 1972.

Burgell buscaba trabajo con la idea de aumentar sus ingresos para ampliar la familia. Un profesor de la Facultad de Odontología le comentó que una comisión de publicaciones de los docentes de la facultad necesitaba venderlas. Ellos tenían los materiales pero les faltaba gente, y a Jorge que era gente, le faltaba material para vender.

“Eran folletos de poco precio pero pude añadir otros materiales, libros de interés general para empezar. Me dieron un stand en el hall de entrada de la Facultad, agregué un pequeño pasadiscos y vendía discos. También ponía música en el hall. Y todo eso me estaba sirviendo como medio de vida. Al poco tiempo, me contacté con un librero especializado en Odontología y me di cuenta de que esos libros daban un buen margen porque el costo era mayor. Empecé a vender en cuotas y a hacerme un poco experto en esa temática”.

En la tarea clandestina, desde el golpe de Estado, Burgell tenía un objetivo que cumplir. Atendía algunos miembros de la dirigencia sindical. Su tarea era llevar y traer correspondencia entre ellos, asegurarles un lugar donde pasar el día y la noche a resguardo. “La detención fue el día en que se lanzó el llamado Operativo Morgan, aunque esa denominación la conocí hace relativamente pocos años. Tenía otro nombre en ese momento: Operativo 300 Carlos. Se suponía que iban a capturar a ‘300 Carlos Marx’, que con eso destruían al partido. Fueron bastante más que 300”.

El 21 de octubre de 1975, Estela estaba con sus dos hijos, Silvana de un año y medio, y Federico de apenas mes y medio, en la casona de la calle Durazno, cerca del Parque Rodó, en la que también vivían otros familiares. Pasaría un mes y medio hasta tener noticias de la suerte de Jorge.

“El riesgo existía, obviamente. Me había enterado de detenciones pero eran ocasionales. Estaba en la red de enlaces y eso fue lo primero que cayó el primer día del operativo contra los comunistas que se prolongaría por años, desde 1975 a 1983 por lo menos. Supe de casos que fueron a detener a algún compañero a su domicilio y como en esa casa ya había varios familiares detenidos y, justo ese día estaban preparados los bolsos para la visita al cuartel, cuando entraron a la casa y vieron los bolsos, dijeron: ‘¡Qué familia!”.

Jorge interrumpe el cuento y se ríe, y no nos queda otra: nos reímos.

“Hay que tener claro que estábamos haciendo vida política y lo que teníamos derecho a hacer. Lo hacíamos en clandestinidad porque nos quitaron la posibilidad de usar locales, pero no hacíamos otra cosa que política, difundir material, organizar y colaborar con la resistencia. Yo pasé a la clandestinidad el día del golpe de Estado. Eso tuvo un costado medio incómodo, algo desagradable ante mis amigos y conocidos porque tenía que aparecer ante todos como un tipo que había dejado de militar y que estaba preocupado por la situación económica de su familia. Así estuve dos años y medio muy intensos, porque estaba día y noche en esa situación de riesgo. Caí porque tenían detectado a mi contacto, nos encontramos en Colonia y Juan Paullier, subí al auto, intercambiamos las cosas, me bajé en Colonia y Martín C. Martínez y estaba subiendo al 143. Me cayeron y golpearon. Me tiraron al suelo en la parte de atrás del auto. En poco rato me bajaron y me pusieron atado contra un vehículo. Vi, por debajo de la capucha, que era una camioneta militar y, paradójicamente, sentí un alivio, porque hasta entonces no sabía quién me había secuestrado y para qué. Yo no sabía quiénes eran. Respiré cuando supe que era el Ejército. Pensé: es legal, no son un grupo fascista por la libre. Ese cierto alivio no duró mucho. De ahí fui de cabeza a la casa de Punta Gorda, centro clandestino de detención y tortura, al lado del Hotel Oceanía. Que era ese lugar lo supe mucho después. Esa casa se fue llenando, había gente por todos lados. El clima del ambiente era de terror, de locura. Estuve un día y medio de plantón, hasta bien entrada la noche del 22. Tenía pensado ir para afuera con mi familia el 24 de octubre. Yo decía que estaban equivocados y que no tenía nada que ver, reclamaba que me dijeran por qué estaba allí. Esa noche me sacaron de ahí hasta la ex Cárcel del Pueblo del MLN, en la calle Juan Paullier casi Maldonado. Estaba a pocas cuadras de mi casa pero no lo supe en esos momentos. Era como un depósito de seres humanos a la espera. Reconocí a algunos. Había tres guardias: una que golpeaba mal, otra normal y otra que te dejaba sacar las vendas y hablar. Ahí conocí a Nuble Yic. Me dijo que había tenido un infarto y que era del Cerro, que trabajaba en la carne. Lo volví a ver en diciembre, cuando nos llevaron desde el Infierno Grande al primer cuartel. Ahí estuve seis días. Era un alivio poder caminar y conversar. El 28 me dijeron: ‘Ocho –que era mi número desde que me agarraron–, te llevamos’. El Uno era mi contacto, que era al que le estaban dando en Punta Gorda. El día anterior había caído Vladimir Turiansky –dirigente sindical, fundador de la Central Nacional de Trabajadores, militante del Partido Comunista–, y fui derecho a la tortura, al submarino en todas sus variantes, a la colgada para atrás. Ahí empecé a sentir esa sensación de frío y calor alternados en todo el cuerpo”.

En cada traslado se activaba la incertidumbre. Eso también es parte del infierno.

“Después de idas y vueltas, el 2 de noviembre, en la madrugada, nos llevaron a un infierno total en un gran galpón, gritos, radios sintonizadas en dos emisoras distintas sonando al mismo tiempo, un tocadiscos con música a veces. Era un ruido todo, no había silencio nunca: gritos, gemidos, radio prendida. Sucedían paradojas terribles: nos pasaban discos que nos habían sacado a nosotros. Uno de ellos tenía unos versos contra la tortura en la voz del actor Julio Calcagno. Era descabellado. Escuchábamos alegatos musicales contra la tortura en medio de la tortura más brutal y descarnada. Estuve un mes en Avenida de las Instrucciones, pero a los fondos del cuartel, del 13, en el Servicio de Material y Armamento”.

Para Jorge, que divide la ciudad en la unidad de medida canchas de fútbol, el cuartel queda “hacia el Suero”, queriendo decir: el Parque Carlos Suero, la cancha de Colón Fútbol Club, en Instrucciones y Colman.

“Ya estando en el cuartel desde el 2 de diciembre, fue como pasar del infierno al purgatorio. Estábamos en un galpón grande, los hombres contra la pared y las mujeres en el centro, vigilados permanentemente. Nos sacaron las vendas a las 24 horas. No nos dejaban hablar. Estábamos incomunicados. A los pocos días me trajeron un colchón. Estela y la familia se enteraron, indirectamente, que estaba vivo. Del 21 de octubre a mediados de diciembre no tuve pertenencias, nada. Pedí los lentes, que eran importantes porque en el rapto me los volaron. Tener los lentes era un avance. Ahí ya supimos que estaba en el cuartel del kilómetro 14 de Camino Maldonado, Infantería 2 y 3, porque escuchaba pasar los autos de publicidad móvil anunciando actividades en esa zona. Seguíamos siendo vigilados y castigados. Empezamos a intercambiar bolsos con mi familia, yo mandaba cosas y ellos también. Era el medio de comunicación. Me llegaba con ropa y alimentos y yo mandaba ropa sucia. Todavía no me veían. Ni bien pudimos, pedimos libros. Allá por febrero un juez militar se instaló en el cuartel. Procedía cotejando el acta que escribían los torturadores”.

A Jorge Burgell lo condenaron: “Dos a ocho años por asistencia a la asociación subversiva”. Él no sabe por qué, en medio de su detención, le subieron la condena de seis a dieciocho años. No recibió ninguna explicación. Estuvo cuatro años y medio sin libertad.

 

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Mudo. Le costó unos quince largos minutos de visita recuperar el aliento. El 15 de marzo de 1976 fue el reencuentro con su familia. Habían pasado cinco meses. A la cita acudió Estela con los dos chiquilines y Elsa, su madre.

Cuenta Burgell que creía estar preparado para ver a Federico, que se había hecho la idea de que lo encontraría más grande, que le costaría reconocerlo porque seguramente ya no sería tan bebé como cuando lo dejó de ver y que tendría cara de niño. Los gurises llegaron y aquellas ideas de caras se materializaron. Cuenta que cuando vio a Silvana, con ojos grandes, pelo rubio, mirada fija, quedó perplejo. No pudo hablar por varios minutos. Había pasado tiempo. Federico gateaba sobre la mesa de madera que separaba a los adultos-visita. Ellos no podían tocarse.

El tiempo crece a los hijos, aun sin padre. Para eso no se había preparado tanto.

Se instala un silencio en nuestra conversación. Es el primero y el último.

 

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San José. Es marzo de 1977. Jorge y otros nueve compañeros encapuchados suben al vehículo de traslado. El destino aparente es el Penal de Libertad, pero, ¿cómo saberlo? Al llegar les toca un fin de semana entero de aislamiento, “para que vean de qué se trata”. “Nuestra mayor ambición, increíblemente, era ir al penal, porque sabíamos que no íbamos a salir en libertad. Sabíamos que lo mejor que podía pasarnos era irnos de los cuarteles, porque eran un infierno mayor que el penal sin que este fuera una jauja. Teníamos las versiones de familiares de que era otra cosa”.

La dinámica del penal incluía salidas al patio, tareas, conversación. También había ruido, pero era un ruido de movimiento, de supervivencia en acción.

“Era recreo todos los días, estar en una celda con otra persona, donde todos los trabajos los hacían los presos. Todo funcionaba con el preso como centro, en el cuartel eras un anexo y la pasabas muy mal”.

Burgell abre un cajón del mueble de madera que hay en uno de los cuartos de su casa y saca un sobre manila escrito con lapicera azul: “Jorge preso”. Adentro hay papeles que hablan de su detención, de su estado físico, de la evaluación de su conducta, de su familia. Son copias de los papeles originales que duermen en el Archivo General de la Nación, que es eso: un gran repositorio de información de nuestras cosas. Sólo que algunas cosas son más nuestras que otras.

En uno de esos registros figura como “autorizado a acompañar en las transmisiones de fútbol” que se organizaban en Difusión y Grabaciones, una especie de radio que era llevada adelante por presos con experiencia en prensa y que preparaba programas musicales –con discos que llevaban los familiares– y con informativos generales y culturales tomados de páginas o recortes de diarios que eran proporcionados por los militares. Una vez armados esos programas, eran difundidos a todo el penal por un sistema de parlantes. El documento no tiene fecha pero Jorge recuerda bien cuándo fue: durante el Mundial de Fútbol en Argentina, en 1978. El encierro encontró un hueco por donde respirar.

“Durante un tiempo salíamos con una cuadrilla con voluntarios para arreglar y mantener las dos canchas de fútbol y las de básquetbol y vóleibol donde se hacían normalmente los recreos de una hora. Como la cancha chica tenía una subida de un lado y del otro otra bajada, de ángulo a ángulo, cuando llovía demoraba en secarse, y no teníamos fútbol. Entonces ideamos una obra de ingeniería que duraba meses (así teníamos posibilidad de salir y conversar): desmontar la parte alta y trasladar la tierra al otro lado, porque el objetivo era que la lluvia no impidiera jugar. Sucedía que cada tanto había relevamientos en los cuales te consultaban dónde querías trabajar y qué tareas sabías hacer. ‘Yo soy entrenador deportivo, por eso estoy dispuesto a estar en cualquier competencia deportiva’, dije. Propuse realizar campeonatos entre los presos, en el que participaran todos los pisos del penal. No sucedió en mi estadía, pero había sucedido antes. Estaba prohibido el contacto entre los presos de los distintos pisos. Cuando salías de las celdas tampoco podías mirar ni saludar. La mayoría de las sanciones que tuve estaban relacionadas con el saludo a alguien. El día posterior a la fecha inaugural del Mundial de Argentina, pasó por la celda del tercer piso, donde estaba yo, un preso a hacernos una encuesta como relevamiento. En la celda teníamos un pizarrón dibujado y ahí escribíamos algunas cosas, como entretenimiento. Yo tenía información deportiva porque habíamos acordado que Estela me llevaba dos Gráficos en cada visita mensual, cuando estaba autorizado entrar revistas o libros, y otro compañero pedía otros dos distintos, entonces intercambiábamos. Luego los leían los 48 presos del sector. Otros recibían la revista Sport y también nos informábamos a través de la radio, porque todos los mediodías nos hacían escuchar el informativo de Radio Montecarlo. Había un sistema de audio interno y se empezaron a crear programas propios del penal. No se escuchaba bien, los parlantes retumbaban dentro de la estructura hueca de la cárcel. Con la información que iba recolectando de las revistas, yo escribía en el pizarrón una formación probable de las selecciones. El día del primer partido, el que estaba encargado de la transmisión para el penal dijo cualquier cosa: al arquero lo puso de defensa, al puntero izquierdo de delantero. Ese mismo preso fue el que apareció en mi celda, abrió la ventanita y nos hizo la encuesta.

 

–Soy entrenador y vendedor de libros, pero cualquier trabajo me sirve. Y también puedo asesorar al que pasó el partido de ayer, porque dijo cualquier cosa. Tengo la información acá –señalando en dirección al pizarrón–. Dijo cualquier cosa el tipo.

–¿En serio podrías ayudar en eso?

–Sí, claro.

–Se lo voy a plantear al capitán.

 

Al otro día me avisa que van a hacerme un papelito que me permitiera salir de la celda. Pasó toda la primera fase de grupos del Mundial y nada. Cuando se va a jugar la segunda fase, viene uno con el papelito escrito a mano, que sería el pase o la acreditación para que yo saliera de la celda. Desde 1978 a 1980 me sirvió para salir de la celda, me daba mucho aire para mis movimientos y pasaba mucho tiempo en la celda de Grabaciones que daba vista a las canchas, mi celda estaba del otro lado, daba vista al oeste, al campo”.

Jorge lo saca del sobre manila. Es un papel amarillento, con dos ganchitos de máquina de metal, escrito a mano con lapicera azul. Fue su pase-libre para ir de su propia celda a la de Grabaciones y a la inversa.

“Me acuerdo del primer partido que estuve en la transmisión. Me llevaban desde el tercer piso al primero. Había una radio, una mesa, un micrófono y un soldado que me vigilaba. Estaba el otro preso, que era el que venía haciendo la transmisión. Sobre la mesa, los suplementos deportivos, gorditos, todos. Estábamos a mediados de 1978 y yo no veía un diario desde octubre de 1975. Agarré uno y me pasó algo rarísimo, que no me había pasado antes ni me pasó después: me temblaba todo el cuerpo. Dejé el diario sobre la mesa y me dije: me tengo que calmar. Esperé diez minutos y recién entonces los pude agarrar otra vez”.

“Le dije a mi compañero de transmisión que con ese material se podía hacer un informativo deportivo porque es un contacto con la vida, con lo que pasa afuera aunque sea en lo deportivo. Hay que plantearlo y todo arrancó. Se fue creando un programa llamado Panorama deportivo, que tenía hasta cortinas musicales. Lo había diseñado con una estructura. Y empecé a escribir a máquina, cosa que nunca había hecho. Demoraba pero tenía tiempo de sobra. Lo hacíamos tres veces por semana, unos quince minutos. Me acordé de un informativo de la vieja Radio Sport a las nueve de la mañana, que te daba toda la información en quince minutos. Partí de ese esquema, con una nota central, la información del deporte nacional, algo de deporte internacional y creé el ‘Punto final’, que era la última noticia distinta, rara o cómica. Increíblemente, después de salir en libertad –ya por 1982– presentamos, con un compañero, Pedro, un proyecto similar en CX 30, Radio Nacional, directamente a Germán Araújo. Era lo que sabíamos hacer”.

Los programas en la radio de la cárcel se transmitían al mediodía y antes de la cena, momento en que los presos estaban en sus celdas.

“Recuerdo que tenía repercusiones diversas. Los fines de semana tomábamos las transmisiones de los partidos del campeonato uruguayo. Yo me encargaba de definir qué radio escuchar. Un soldado me custodiaba. Rara vez me daban órdenes, pero cuando sucedía me decían: ‘Ponga a Víctor Hugo’. No tenía alternativa. Tampoco entendía por qué a Víctor Hugo. Cuando no tenía orden, alternaba los comentarios y los relatos de distintas emisoras: el primer tiempo de una y el segundo tiempo de otra. Recuerdo uno de los golpeteos más ruidosos del penal por este motivo. Puse a Ruben Casco, que dos por tres mandaba unos comentarios encubiertos, entrelíneas, sobre la realidad, sobre lo que pasaba. Relataba, hablaba y bromeaba. Y se produjo un golpeteo con mucho entusiasmo que estuvo muy bueno”.

La radio del penal, los campeonatos de fútbol en las canchas del patio, las transmisiones de los partidos del torneo uruguayo profesional, fueron puentes de conexión entre presos y punto de contacto con el afuera.

“Cuando me fui en libertad, en junio de 1980, un compañero quedó encargado de la tarea que hacía”.

Panorama deportivo siguió escuchándose dentro del penal por casi cinco años más.

La vida periodística de Burgell también continuó y continúa. Trabajó en la sección de Deportes de diarios y semanarios, y participó en varios programas radiales relacionados con la información deportiva. Actualmente publica en La Diaria y en Túnel.

 

 

 

SABERES

 

“Otra del 5º, cerca del Cementerio del Norte. Cada cuartel tenía sus rasgos diferenciales. En este, cada tanto llegaba un soldado o un sargento o un teniente y, desde la puerta, se hacía escuchar. Precisaban un carpintero y había. Otro día: ¿Un médico? Y había tres o cuatro. ¿Un constructor y dos albañiles? Allá iban. ¿Arquitecto? También. ¿Alguien práctico en carneadas de cerdos? Y sí, van tres.

Había mucha capacidad artesanal y profesional en esos presos políticos. Mucha calidad humana, sobre todo. Una gran riqueza existía en aquella selección de la sociedad uruguaya. Al lado de ellos, con ellos, la cárcel era menos cárcel”.

 

 

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