LA MIRADA DE UN EX FUTBOLISTA, PERIODISTA, NACIDO EN ESPAÑA

Y VENEZOLANO POR ADOPCIÓN

Por Lázaro Candal, La Coruña

 

Esta nota futbolera no busca un acento genético sobre la formación y proyección del fútbol venezolano, partiendo de la realidad de que el fútbol no tiene patria, sino patrias que lo van identificando. Claro, no es lo mismo un equipo que un país jugando fútbol. El catalán Pep Guardiola lo decía en el año 2009, cuando hacía del Barcelona un equipo de magnitud universal, con su concepto de que “el equipo se distingue por su fidelidad a una filosofía de juego”. Es que el Barcelona expresa el alma catalana.

 

Siempre el fútbol que respira la patria no tiene equipo, sino equipos, no tiene fórmula sino formulismos. Dentro de ese caudal primordial que es el conjunto de contrastes técnicos que ofrecen los países en su desarrollo, originados en los propios equipos van naciendo estilos y técnicas de juego capaces de crear la escuela definitiva de cada país, de cada patria, como un modelo de juego a defender.

Buen ejemplo de ello nos lo ofrecieron Uruguay y Argentina cuando disputaron el Mundial de Fútbol de 1930 en el país uruguayo. Los charrúas venían de ser dobles campeones olímpicos y conocían las circunstancias que agruparon al seleccionado para obtener esos dos títulos: no sólo su buen juego, sino su entrega, su casta, su temperamento. Habían encontrado su filosofía futbolística. Y así se prepararon para su Mundial.

Los argentinos sabían las características de sus grandes rivales y vecinos. Ambos países habían tenido experiencias en confrontaciones entre equipos y seleccionados. Pero los argentinos también eran dueños de su propia filosofía: mejor toque que sus rivales, pero inferior sacrificio en la disputa del juego; mientras ellos tocaban más sus rivales corrían y se entregaban más. Así ganaron y así continuaron: siempre buscando mayor compromiso. Tanto unos como otros.

Pero eso fue entre esos dos monstruos del fútbol. Porque en Venezuela el primer partido de fútbol oficial se jugó entre el Centro Atlético y el Venzóleo en el año 1926. Seis años más tarde se creó la Liga Venezolana de Fútbol, no profesional; en 1931 se creó la Asociación Nacional de Fútbol y en 1951 se fundó la Federación Nacional de Fútbol que recibió el reconocimiento oficial de la FIFA. El Centro Atlético, Venzóleo, Venezuela, Dos Caminos, Caracas Sport, Loyola, Unión Nueva Esparta, Litoral y La Salle son los equipos que salieron a la palestra. Después se hicieron grandes inversiones. Se importaron jugadores, entre ellos el famoso Ricardo Zamora como técnico del La Salle, llegaron también Clemente Ortega, uruguayo que actuaba en Colombia, y el buen central uruguayo Ángel Otero.

Fue un fútbol revuelto de estilos: se trataba de imponerlo como deporte de masas, pero era una tarea muy difícil porque en Venezuela las madres parían a sus hijos con un bate de béisbol en la mano.

Cuando se requería formar un seleccionado, no había forma de encontrar un estilo de juego y mucho menos una filosofía. Por eso fue desapareciendo la afición y el interés por este deporte.

En el año 1959, procedente de Costa Rica, en donde estaba jugando en el fútbol profesional, de gran oficio, escuela y calidad, llegué a Venezuela contratado por La Salle. Mi sorpresa fue increíble, pues en la Liga Mayor, dependiente de la FVF, había solamente cuatro equipos de profesionales: Danubio, D. Italia, D. Portugués y La Salle. “Dios mío”, me dije.

Había muchos equipos aficionados y también buenos jugadores, pero sin oficio. No había técnicos. Después se fueron añadiendo equipos: D. Español, U. D. Canarias, Anzoátegui, Valencia, D. Galicia, D. Lara, D. Táchira, Estudiantes de Mérida, Portuguesa, Caracas, hasta que hoy al torneo de Primera –también hay Segunda División–, lo componen veinte equipos.

En la década del sesenta y setenta la importación fue espectacular. Había interés acumulado sobre todo por los equipos de colectividades y su gran rivalidad. El D. Italia importaba brasileños y nada más. El Portugués brasileños y algún argentino, el Galicia uruguayos, el Valencia y el Lara brasileños; en una oportunidad el cuadro larense importó de un solo tiro doce brasileños, entre ellos algún jugador de básquetbol. Y los demás cuadros se iban repartiendo las nacionalidades a las que había que agregar –además de argentinos, brasileños y uruguayos– colombianos, peruanos, algún chileno y ecuatoriano.

Los equipos que mandaban eran el Galicia y el Italia. El cuadro italiano era el que mejor jugaba; el gallego era el que ganaba, alcanzó nueve títulos y nueve participaciones en la Copa Libertadores de América, el liderato hasta el momento con el Táchira. Aunque ahora el cuadro gallego ha desaparecido.

En esta confrontación de equipos, de estilos, lleno de diferente nacionalidades, imaginen lo que se podía esperar de un seleccionado nacional originado en ese despliegue en el que los criollos, siempre en número inferior, tenían que superarse para imponerse a los importados primero y luego rendir con la casaca nacional. Muy difícil.

Así empezaron a jugar eliminatorias, Copa América y Mundial de Fútbol y goleada tras goleada. Un drama. Ni filosofía, ni estilo, ni balón, solamente goles en contra. Menos mal que en ese desconcierto aparecieron los nombres del Julio César Poroto Britos, un puntero derecho que fue de Peñarol y Nacional, jugó en el Real Madrid, estuvo en el grupo de jugadores –aunque no actuara– en el Mundial de Brasil y por tanto también fue campeón. En el año 1965 estuvo con el Galicia y realizó una gran labor, fue quien llevó a los primeros jugadores uruguayos como “importados”, entre ellos a Ramón Souza Duarte, al Tano Roberto Leopardi, a los que se sumaron otros. Y no puedo dejar atrás a un cumplidor tan esencial como Ildo Maneiro, sobre todo por su personalidad con la pelota.

Lo importante es que el Poroto se tituló en varias temporadas, siempre alternas, porque se iba y regresaba, a veces por problemas y otras por descanso, pero siempre en el cuadro gallego. Aportó mucho fútbol, era muy vivo, muy atrevido. Dejó una gran escuela como técnico. Enseñó mucho a los criollos y era muy ganador. Además de muy simpático. Dejó escuela y siempre se le recuerda.

Hubo otros técnicos, no propiamente de clubes, pero sí de cuadros amateurs, de colegios (en Venezuela la influencia del fútbol en los colegios es muy grande; en el La Salle, San Ignacio de Loyola, San Agustín, Santo Tomás, Cristo Rey y otros más se lo impulsó muchísimo). Salieron muchos futbolistas profesionales, pues participaban en todos los torneos aficionados con gran competitividad y rivalidad. En ellos hicieron campaña muchos uruguayos después que terminaban su etapa profesional y repartían sus conocimientos enseñando fútbol en los colegios. Uno de ellos, Hamlet Joroba Tabárez, hizo una enorme labor en el Santo Tomás que, todavía hoy, continúa con mucho éxito. El Joroba fue un tremendo medio volante en el Galicia, años y años siempre determinante en su cuadro gallego.

Ocurre que en esos colegios se atendía no solamente a un grupo sino a todas las categorías: cadetes A y B, infantiles A, B y C, juveniles hasta los 18 años. En ese mismo colegio también fueron técnicos Alem Pinto y el Pipo Óscar Rossi, ya fallecido. Los tres fueron profesionales del Galicia, con calidad y buen juego, sobre todo el Joroba Tabárez como medio de mando y orden. Hubo también otro uruguayo, un fenómeno como jugador, había llegado de Colombia en donde jugó con los grandes en la época de Adolfo Pedernera, Alfredo Di Stéfano y otras figuras. Se llamaba Clemente Ortega, un fenómeno como jugador y como persona. Fue un gran maestro, sobre todo en las categorías menores. Estuvo años y años entregado a esa hermosa pedagogía futbolística.

Entre los jugadores uruguayos que llegaron a Venezuela, hubo otros que proyectaron sus conocimientos y enseñanzas no solamente en Caracas sino en el interior. Mientras tanto el Galicia continuaba importando charrúas. Fue cuando llegó el maestro de maestros, Walter Gómez, que hizo campeón al Galicia, teniendo como dueño de la cancha, para hacerla toda suya con su brega, fútbol y casta, a Roque Fernández, ¡qué par de jugadores! Walter era un poeta, sus goles dejaron huellas de grandeza y enseñanza. Roque también fue técnico y bueno. Sus años en Venezuela son imborrables.

También recordamos la llegada de Víctor Filomeno, formidable inside, que se nacionalizó y formó parte del seleccionado nacional, era muy bueno, además del Galicia llevó su calidad a otros cuadros, terminando como técnico; con él llegó un puntero izquierdo, hábil y rápido, Telmo Blanco, y el Chueco Jorge Santos, un nueve retrasado, como quería el Poroto. Es que el Galicia tenía un nueve, Ramón Iriarte, criollo, hijo de una gloria del atletismo venezolano que corría los cien metros en once segundos. Y, claro, el Chueco le metía pelotas de treinta metros y el criollo se las llevaba todas: en una temporada treinta goles en treinta pases del Chueco. Una barbaridad. Por si fuera poco, tenemos que señalar al Queque Hamilton Rivero, otro nueve de maravilla que dibujaba el fútbol. Un defensa, Isabelino Martínez, tremendo, derecho e izquierdo, que luego se fue a Estudiantes de Mérida, aunque en calidad grande; el Quico Salomón, tremendo central, no pasaba nadie con él; y su otro compañero, el cuarto hombre, Nelson Marcenaro, otro crack para mandar en el área; no hay que olvidar al potente José Enrique Chiazzaro, goleador en el Galicia y goleador en el Estudiantes de Mérida.

No se me olvida tampoco el impetuoso Ronald Langón, que no perdonaba las pelotas en el área. Era un portento, como fueron en el medio campo Carlos Ancheta y Héctor Farías, aunque no se puede pasar por alto quien fue el último grande que nos llegó de Uruguay, nada menos que el Cococho Emilio Álvarez, impresionante central por estatura y calidad humana, siempre con la sonrisa para contestar, por eso pronto se hizo admirar por los carabobeños en el Valencia, capital del estado Carabobo.

Recuerdo a dos grandes amigos, arqueros, ya desaparecidos, Manuel Arias y Juan Carlos Leiva, ambos matricularon primero en el Galicia para luego cambiar de aires, primero como arqueros de garantía y posteriormente como buenos técnicos. Y también a Julio Larrosa, lamentablemente fallecido, que llegó de México. Un diez como la copa de un pino. Qué manejo estupendo para superar rivales y mandar con sus asistencias. Un jugadorazo, también en el cuadro gallego hizo locuras y terminó enseñando por su calidad como técnico. Y qué decir de Javier Ambrois, que lo sabía todo en fútbol y también fuera del fútbol. Tenía tanto que hacía lo que quería.

Otros amigos aportaron mucho al fútbol venezolano. Empiezo por José María Ravel, un sabio de este deporte, conocimiento, tradición, historia, verbo, calidad humana, enseñó mucho y proyectó más en su entorno futbolístico. Lo mismo que ocurrió con mi amigo, el Pocho José Gil, tremenda calidad, otro sabio en el terreno de juego, dejó innumerables enseñanzas con habilidad y toque, primero como jugador y finalmente como técnico, qué gran tipo. Lo mismo tengo que decir de otro que me asombró como futbolista, como técnico y como amigo, con el que tanto hablé y me enseñó: el Pepe José Sasía. Recuerdo que en una conferencia del gran Eduardo Galeano, aquí en La Coruña, al final hablamos del fútbol de su tierra, que tanto le gustaba, cuando le dije que había sido amigo del Pepe sonrió y me dijo: “¡Qué hombre!”, ahí mismo entendí su gran admiración hacia el desaparecido amigazo.

Queda para el final el mejor de todos: el Cata Walter Roque, que llegó como puntero izquierdo para el Galicia y se cansó de jugar, marcar goles y hacer amigos. Qué clase de persona. Pasó luego del Galicia a ser técnico y dirigió a casi todos los cuadros profesionales. En todos enseñó con su insistencia y carácter intensivo. Su trayectoria se alargó al seleccionado de Venezuela, en donde fue técnico muchas veces. Siempre había que llamarlo. El Cata fue el hombre que más influyó en el sentimiento futbolístico uruguayo en la Vinotinto. Nadie hizo tanto como él. Nadie. Ni descubrió tantos nuevos valores, ni los enseñó tanto como el Cata. Se desvivía por la Vinotinto. Era amistoso y padrazo con el jugador, pero duro con el irresponsable por el daño que le hacía al colectivo, como él mismo se lo reclamaba.

He olvidado el nombre de muchos, pero finalmente puede entenderse que ningún otro país como Uruguay dejó tan marcada su influencia futbolística en Venezuela. Incluso los otros dos grandes, Argentina y Brasil, sobre todo los brasileños que fueron los segundos en influencia, apenas fueron treinta por ciento de lo que originaron los uruguayos. Impresionante, además del hecho de la calidad de los jugadores y de los técnicos, que eso adiciona un poder especial. El día que le ganamos a Uruguay en el Centenario 3-0 fue como si el hijo estuviera reprimiendo al padre: ahí se iniciaba nuestra esencia futbolística.

De cualquiera de los formas, necesariamente, en Venezuela nuestro fútbol, digo “nuestro” porque además de ser venezolano, aunque haya nacido en España, le he dedicado 53 años de mi vida, como futbolista, periodista, narrador deportivo, comentarista y hasta propulsor de la Liga Nacional de Fútbol Menor como vicepresidente (dedicada a promocionar, proyectar y enseñar fútbol en los barrios y periferias de las ciudades de donde salen los futbolistas del pueblo), se fue haciendo uruguayo en su estilo y esencia, como el chileno se parece al argentino, lo mismo que el colombiano o el peruano que tiene la esencia del brasileño. Todo ello no solamente ha sido por casualidad sino por las circunstancias en esta propia filosofía que engendra el fútbol en su origen y costumbres, sin dejar de olvidar esta hermosa legión uruguaya de tan buenos futbolistas, como técnicos y profesores de este deporte. Es por lo que, creo, debo tener algo de razón cuando pienso que sí, que el fútbol uruguayo nos dejó su escuela.