RUBEN SILVA, EL TRICAMPEÓN URUGUAYO

Por Agustín Lucas

 

El Bar Almar, antes La Mosca Blanca, riega de neón la esquina y puebla de humo el aire. Adentro las historias de bigote aguantando el mostrador. La prestancia está en el trapo que lo limpia, lo acaricia más bien. El trapo está empuñado en la mano del cantinero. El cantinero, el analista, el confeso amigo, el consuelo, o el desconsuelo final. En los bares hay fútbol, digamos el fútbol crítico: la folclórica imagen del juego o la infame burla expiatoria sobre el jugador y la pelota, y ese vínculo de amor técnico entre uno y otro, que no son nada, además, sin el resto. El resto es supuestamente simple: “Los delanteros ganan partidos, los defensas ganan campeonatos”. Diciendo esto último conocí a Ruben Silva años atrás, en pugna por un sueño que se llamó Institución Atlética Sud América, y que escribió nuestros nombres en los libros de lo que llamamos gloria (ese nombre de mujer que se parece tanto al éxito). Pero el nombre del hombre de quien hablo, un moreno espigado de mirada horizontal, ya estaba escrito a lo largo del cuaderno amarillento, desde los años noventa, cuando con la camiseta papal dio la primera vuelta de un mareo de copas, que nada tienen que ver con el alcohol.

 

“Si no creés en mí ni me hablés para dirigir. Yo no voy a mostrarme a ningún lado. Yo quiero ganar por mi trabajo que es director técnico. Yo soy director técnico. Pero igual no me la creo, siempre me acuerdo del Coco Beethoven Javier que decía: todo lo rígido se rompe”.

La casa, cercana al Bar Almar, antes La Mosca Blanca, se fue agrandando con los años, con los hijos. Con los nietos. Conforme fueron pasando las camisetas, se colaban en el eco del túnel llantos de gurises como el de Luciano, que hoy se debate en el medio campo de Central.

“El fútbol es algo medio matemático. Buen plantel, buena gente, una dirigencia que más o menos apoye, un objetivo en común, hacen que te vaya bien. Un buen equipo pero con egoístas, mala gente, hace que al final te vaya mal. La lógica llega hasta ahí. Nacional del 92 por ejemplo: el mejor equipo, profesional. No éramos amigos, algunos más que otros por los años en el club, pero nada más. Salimos campeón uruguayo cinco fechas antes. El clásico de la cadenita y el gol de bolea de Dely Valdés. Jugaban Revelez y De León. Estábamos el Quique Saravia, Canals y yo. Jugaban Méndez, Morán y Carlos Soca, estaba el Chango Pintos Saldanha y el Tony Gómez. Gutiérrez, el Bocha Cardaccio y el Pelado Peña, pero Gutiérrez estaba robado. De diez Suárez y Lemos, y Gerardo Miranda. El misionero Vidal González, el Dely, Wanchope, O’Neill, Pepe García: un cuadrazo. No nos llevábamos todos bien ni nada por el estilo, pero el objetivo era claro. Y esa es la diferencia con otros equipos. En Nacional había que ganar. Lo sabe el que corta el pasto, el que te sirve la merienda, lo saben todos”.

En plena emoción en el relato aparece Rosana, la abuela, la madre y la esposa. Nos presentamos mientras Zaira aún busca un brazo de muñeca que el abuelo Ruben prometió coser. “En Defensor pasó lo mismo. No te faltaba nada, te daban todo, y entonces también había que ganar. Otra gran diferencia: cuando todos tiran para el mismo lado. Muchas veces los celos, las envidias, las camarillas, hacen que no todos tiremos para el mismo lado. El que encontró la fórmula fue Ahuntchain, la cosa era hacer un gol y ganábamos”.

Es cierto que las camisetas te van marcando la piel. Eso de que la sangre es de colores. Te van rayando como con un corte, parecido a un lápiz. Se aprende matemática, historia, se educa el cuerpo, la reacción, los reflejos. Se convive en grupo, se marcha en comunidad o no se marcha, sólo se está. Por eso hay camisetas que se olvidan y otras que flamean en el cuerpo con el viento del tiempo. “Para marcar la historia vos tenés que ganar en determinados momentos, si no es una historia relativa. Nadie jamás dijo que estábamos para campeones en Bella Vista. Siempre fue el partido que viene. Podíamos perder en cualquier momento. Por eso el festejo y la alegría fueron tremendos”.

Reviviendo la vergüenza de una tarde, Ruben recuerda un viaje en ómnibus con su hijo a un partido del baby, cuándo alguien desde el asiento le dijo al chico: Si jugás la mitad de lo que jugaba tu papá vas a ser un crack. Nunca me voy a olvidar de aquel 23 de diciembre, nunca más. “Y yo tampoco, el 23 de diciembre salimos campeones con Bella Vista”.

Zaira encontró el brazo de la muñeca y ahora se acerca, hay un diálogo de mimos y palabras, y la niña vuelve al mundo animado de un dibujito y al baúl de los juguetes abierto: dispersas las historias por la casa. “Lo único es el estudio y disfrutar. Mientras estén en esta casa van a estudiar. Mi hija está en tercero de abogacía, ahora dejó un poco porque nació la nena pero ya le dije, también, tenés que volver a estudiar. Yo viví en un complejo de viviendas. Mi viejo me educó muchísimo. Mis amigos estaban en la esquina, y mi viejo me decía: ‘Cuando empiezan a tomar vino, venite. Porque aunque vos no tomes vino van a decir que estabas tomando vino. Y cuando vayan al bar pedite una Sprite porque si te ven con Coca Cola para la gente también es vino”. Cuando la palabra “mística” aparece en la conversación, a Ruben le sale el barrio. Vocifera recordando una pelea en el túnel, una arenga desde ese subterráneo húmedo donde el eco se queda, a punto de entrar a la cancha. “La primera vez que me citaron al primero de Huracán Buceo, mi viejo no me dejó ir porque era de mañana y yo tenía que ir a estudiar. Mi viejo jugó al fútbol, era bastante famoso, pero en los campeonatos de barrio. Eran famosos los jugadores del barrio en esa época”. Imitando a Máspoli en una mímica para nada burlona, cargada de admiración, se acuerda cuando este lo hizo debutar en primera, y vuelve a los gurises que entrena, a la pasión en el crecimiento de los más chicos en torno a la pelota: “Hasta hoy me arrepiento de no haber terminado de estudiar. A los de sexta y séptima les digo: acá lo más importante es el estudio. Si tienen que faltar, falten, el entrenamiento se recupera, el estudio no. Después, de grandes, es mucho más complicado”.

Reconocer los orígenes es aceptarse, decirse sí, decirse hola. Encontrarse en el mundo es tener una noción de patria, porque la patria siempre se extraña. Se anhela. Se llora. Se le escriben canciones, poesías, se le dedican goles, alegrías. Ahora, ¿cuál es la patria? ¿De qué se trata? ¿Dónde queda? La patria es la cama, la esquina, la cuadra. La vieja. El cuadro. Aquella novia. Todo lo aquello. La melancolía, el vértigo de la nostalgia. “Yo jugué en Unidad Buceo, el equipo de las viviendas. Los del cuartel venían porque pagaban al contado. Era fútbol en plena dictadura. Pero en la cancha no había policías, los jueces unos tigres bárbaros, si se tenían que agarrar a piñas se agarraban. Mi hermano jugaba en Juventud del Buceo. Yo tenía dieciocho o diecinueve años, mi hermano era un gurí. No sabés las patadas que le volaban. Desde chiquito jugabas con los más grandes. Veinte contra veinte. No sabíamos nada, corríamos atrás de la pelota dos o tres horas. Era otra cultura. También jugué en el Cosmos, el Hugo Laborde era el dueño de la panadería y del cuadro, y juntaba a los mejores en Ramón Anador y Estibao: Daniel Junior, Eduardo Pierri, Manuel Corbo, el Chifle, el Piolín Ponce. Salimos campeones en el campeonato de la Iglesia San Pedro [Leguizamón y Anzani] y en el campeonato de Unidad Buceo. Todos los de Huracán Buceo jugaban en los cuadros. Eran como quince equipos, pero en el Cosmos te daban asado”.

¿Cómo explicar que una persona puede salir campeón uruguayo tres veces seguidas con diferentes equipos, dos de ellos considerados chicos? Yendo al origen. Yendo a las raíces. Hurgando en la memoria las cosas más puras, las menos sucias por el trajín. “Después me fui al pesado del barrio, el Barcelona, aunque en el Unidad ganaban por lo legal o por lo criminal. No iba cualquiera a jugar ahí. La cancha de Unidad se llenaba. Todo el barrio los domingos de tarde. El corazón te hacía así [se pega en el pecho]. Nunca me puse tan nervioso como cuando jugaba en el barrio. En la cancha de Unidad terminaba el partido y había que largar. No había cómo zafar. No había amenazas ni nada. Jugabas muzzarela, te limpiabas el raspón y a la otra ibas y se la ponías. Una cosa es que yo te lo cuente y otra es haberlo vivido. Se hablaba en la semana en el almacén, en la esquina, en todos lados”.

Me acompaña hasta la puerta, salimos a la vereda, vemos cómo está el barrio. El Bar Almar, antes La Mosca Blanca, aún está encendido. Alguien saluda, la noche cae sobre Montevideo. Nos abrazamos, es un abrazo de camisetas campeonas. Me llevo una estela de historias. Bajo el cordón, voy por la calle.

“Se fue yendo la gente del barrio, eran 512 familias en aquella época. Mis amigos con los que me crié están en Australia, en España, en Estados Unidos, uno vive en el Marconi y otro en la Costa de Oro. Cuando nos encontramos caemos en los mismos cuentos de siempre. Había dieciséis familias por vivienda, y por cada edificio había dos familias negras. Era el año 68. Éramos los pobres. Éramos los mugrientos que peleaban y tomaban vino. Yo a muerte con las viviendas. El Buceo son las viviendas. Yo viví el trato del negro. Tenía una profesora que me decía Black. En el único lugar donde yo no sufrí discriminación fue en el fútbol”.

 

 

 

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