FUERA DE SECCIÓN

Por Mintxo

 

Mi padre fue un hombre de leyendas. Con un afán de narrador de la Edad Media contaba cosas sin parar, imaginarias, que iba tejiendo cuando la oralidad le daba un respiro a las premeditaciones. Sus ademanes eran convincentes, cómplices perfectos de una mirada entrante. Siempre reía, porque para él estar triste, que yo estuviera triste, era un pecado imperdonable. Ponía tanto empeño en esa pasión por describir historias que desarrolló la actuación a la manera de los labradores: con oficio.

Su tablado universal solía ser la cocina, amplio espacio de una casa que además tenía dos habitaciones, un baño y un patio con pileta para lavar la ropa. No acostumbraba perfeccionar sus atuendos ni usar objetos que ensalzaran sus actuaciones, apenas si utilizaba los viejos gorros de paja desmembrada cuando el personaje lo requería. Actuaba como un ilusionista que brotaba de cualquier parte. La realidad era su absurdo.

Recuerdo una historia tan fuerte como un sueño. Tarde de verano en el interior profundo del país: un calor insoportable, el turbo gigante Punktal que hacía más ruido que viento, el perro, exhausto con la lengua temblando, actuaba de estatua viviente debajo de la mesa mientras mamá, siempre tranquila, leía un libro en la mecedora de la abuela. Mi diversión pasaba por hacer círculos en papel con una moneda como molde, medida perfecta para que, una vez recortados y definidos los colores, se transformaran en las camisetas del fútbol de chapitas. Papá terminó de barrer y, con mitad gesto humano, mitad payaso, recitó su verso preferido: “se me ocurrió una idea”.

 

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Inmediatamente dejé de leer. A decir verdad, no estaba tan atrapada con el libro. Iba por una de esas páginas donde las novelas suele navegar en detalles menores y dejar de lado el suspenso. Ya habría tiempo de volver en otra circunstancia del día o de enero, pensé. Además no quería perderme la actuación de César y sus malabares para distraer lo cotidiano.

Huguito observaba. Inocente, títere de nuestras emociones, gozaba del teatro sin sospechas. Su padre tenía un ingenio bárbaro y eso lo atraía. Cada vez que César comenzaba un cuento nunca sabíamos cómo iría a terminar. Me paré y entrecerré el postigo de la puerta de madera que daba al patio. Quedó la luz perfecta.

 

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Le dije a Hugo que mientras le contaba la historia siguiera cortando círculos hasta llegar a doce. Apacible como siempre, afín a dejarse llevar por los consejos, no puso ninguna objeción. Salvo cuando le comenté que, una vez terminados, los pintara íntegramente de negro. “Horribles, papá, van a quedar horribles. Aparte si son todos negros no les puedo pintar el número”, dijo mientras me miraba con cara de creador confundido. Le retruqué para que lo hiciera, que después veíamos, que confiara en mí.

Convencido, lo que se dice convencido, no quedó. Susana me miró y encogió los hombros. Hugo agachó la cabeza, le sacó punta al lápiz, puso la moneda sobre el papel, la sostuvo con el dedo índice de su mano izquierda y dibujó cuantos redondeles entraron. Le sugerí que una vez terminado eso y la tarea de recortarlos, agarrara todos los requeches y los fuera apelotonando en sus manos como cuando hacíamos bolas de arena en la playa. Movió la cabeza en señal de negación, pero siguió con su tarea.

 

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Miré a mi madre disimuladamente con cara de a-ver-quién-me-compra-mañana-otra-Sylvapen-negra. Dudo que me haya entendido, pero la verdad era que la fibra estaba al límite de sus posibilidades, al borde de secarse para siempre. Además, la idea de dejar de jugar justo a mitad de camino me molestaba, me parecía espantoso.

Papá se sentó en una de las cabeceras de la mesa, donde siempre. Acostumbrados a las fantasías para entretenernos en las horas muertas, callamos y escuchamos. Mencionó que su relato se remontaría muchos siglos atrás, a épocas cuando el mundo se trataba de otra cosa. Mamá frunció la frente, yo recordé el viejo atlas rojo sin tapa trasera.

 

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Para identificar a los carruajes tirados por caballos en riendas de hombres gigantes se decidió adjudicarle un color a cada equipo. La buena intención no fue otra que reconocer a los de un mismo bando bajo igual símbolo. La consecuencia se despertó enseguida: miles de hombres gritaban enloquecidamente desde las graderías, con las esperanzas puestas y trasladadas hacia los elegidos. Como si fueran niños, pero violentos. Como los adultos, pero sin reconocer que cuando la expectativa está depositada en el otro es probable que se pierdan los bozales.

Un señor dorado era el dueño del circo. Se paraba, movía los brazos, hacía ademanes, se sentaba. Esos gestos se repetían de formas poco originales: los que iban por los Azules, los que simpatizaban por los Verdes o por los Amarillos, los fanáticos de los Rojos; la masa hacía lo mismo, como las patrias cuando piden gloria o llanto. Tras los colores todos eran lo mismo, pero nadie lo advertía.

Años más tarde el ingenio pintó nuevas camisetas. En Constantinopla apareció una combinación de dos colores, amarillo y negro, con un águila bicéfala mirando hacia dos puntos: Oriente y Occidente. Más al sur, un grupo de viejos surcadores de mares y océanos decidieron que su estampa sería una camiseta toda negra en homenaje a las tempestades que los azotaban, pero que tendría una banda blanca en diagonal como representación de los caminos descubiertos y superados. Los seguidores de Orange, los de la casa de Saboya, los miembros de la Commonwealth, todos siguieron el mismo camino.

Entre los borradores de la gloria y la versión definitiva nada cambió. Ni Plinio el Joven ni otros intelectuales pueden descifrar el valor de la representación. Hombres pares rehenes del delirio y las pasiones inquebrantables; hombres comunes, indiferentes a cualquier otra cosa verdadera.

Fuera del estadio de Siracusa el anhelo supera a los resultados. Unos niños apegados a las matemáticas jugaban con formas. Fue la primera vez que se vio un icosaedro truncado formado por veinte hexágonos y doce pentágonos.

Uno de ellos se atrevió a decir que, de tirarlo al aire con una catapulta, su figura podría satelitar los cielos a la par de los dioses. Lo llamó Telstar 0. Otro, un poco más osado, sostuvo que si pudiera echarle aire dentro su figura se convertiría en un esférico uniforme. Nunca halló la forma de hacerlo en su tiempo.

El más pequeño de todos, a quien ya se le notaban sus dotes de artista, propuso pintar los doce pentágonos de negro y dejar el resto de blanco. Nadie planteó objeciones al respecto. Al paso de unos minutos, mientras que desde dentro del estadio se replicaban alaridos en pugnas, en la callejuela los niños culminaban su obra de arte en silencio.

Todo fue herencia en el ancho mundo. Los huesos de los huesos siguen moldeándose en otros cuerpos. Las camisetas mantienen latente el sentido (y sin sentido) de pertenencia. Alguien tomó prestada aquella primera pelota de papel blanca y negra para que todos, o casi todos, experimentaran la excitación de jugar por jugar.

 

 

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