LA VIDA DE LOS JÓVENES DEL INTERIOR EN LAS CASITAS DE LOS CLUBES DE FÚTBOL

NIÑOS DE AYER, HOMBRES DE MAÑANA

Por Isabel Prieto Fernández

 

Algunas formativas de los clubes de fútbol tienen destinado para los deportistas del interior del país un lugar para alojarlos. Túnel visitó dos hogares: el de Defensor Sporting y el de Liverpool. Una misma etapa, iguales sueños y distinta visión de la realidad.

 

Son todos distintos, como lo es una huella dactilar con otras. Son personas, no individuos. Tienen orígenes sociales diferentes, peripecias personales intransferibles, pero cargan con la autenticidad de la moneda recién acuñada. Pueden ser los talentosos, con una cabeza y un corazón que nunca saldrán del potrero, o los intelectuales del fútbol, cuyo diseño estratégico va de la mano con un diagrama similar de la vida. De todos ellos se nutre la cultura del balompié –vaya palabra–, uno de los pocos espacios de igualdad y confraternidad que por un instante transmuta desigualdades más profundas. Tienen la plasticidad de la juventud, de esa edad de oro en la que todo es posible. La diferencia de ellos con el resto de los adolescentes es que comienzan su carrera apenas abandonada la niñez, con la incertidumbre de no saber si se van a recibir, por más duro que trabajen, por más empeño que pongan en la tarea.

 

La Casita de Defensor

Defensor Sporting Club tiene una casa destinada para los futbolistas que vienen del interior. La Casita, así le llaman, está en el barrio Punta Gorda, sobre la calle Coimbra.

Fui recibida por los adultos del grupo: primero Carlos, que es el casero; luego Daniel, cuyo rol fundamental es ser el vínculo entre los chiquilines y el centro de enseñanza al que concurren (liceo o UTU); Gimena, que es la coaching, y Julio, que tiene la tarea de apoyarlos en matemáticas. También tienen profesores de apoyo en otras materias.

Nos reunimos en el living. Es amplio, como para que quepan los 24 integrantes del grupo. Mauro, Samuel, Brian, Valentín, Ramiro y Axel están mirando una película, pero me confiesan que no saben el nombre y tampoco parece importar mucho, “porque no está buena”. Luca está metido en el mate, acomodando la yerba de un lado hacia otro. Por su expresión, parece que es como la película: no tiene acomodo.

Mientras nos conocemos –ellos me estudian a mí y yo a ellos–, hay seriedad en el grupo. Intento adivinar qué esperan, pero es difícil. De algún lado, por detrás de mí, llegan más. Antes de verles las caras, de escuchar sus nombres –Gastón, Santiago, Erik, Matías, Agustín, Christian, Valentín–, escucho sus pasos contundentes, seguros. No puedo evitar recordar a Idea Vilariño o, mejor dicho, a Los Olimareños (mi mente lo canta): “De todas partes vienen, sangre y coraje”. Y era así nomás porque en estos gurises están representados todos los departamentos, con un algo corajudo que los hace venirse para la capital. Siguen: Luca, Joaquín, Christopher. “¿Empezamos?”, pregunto. “Ignacio”, sobresaltada me doy vuelta. Viene apurado, atrás llega alguien más. Es Isaac.

Nadie hablaba, Ramiro tampoco, aunque todos decidieron que tenía que ser él quien empezara, pero no se decidía, el silencio era espeso. Pedí que olvidara el grabador, entonces habló: “Soy de Maldonado. Me probaron acá y quedé jugando”. Ramiro tiene tres hermanas, que “antes” lo extrañaban un poco, pero “ahora ya están acostumbradas”. Ese fue el puntapié inicial, para que hablara el resto, y entonces caigo en la cuenta de que no será fácil ponerle un nombre a quien habla. Se los digo y lo aceptan.

Hablan de la familia, de extrañar y sentirse extrañado, pero también de acostumbrarse a estar lejos de casa. Ninguno manifestó gusto genuino por Montevideo. Para ellos es un paso, el primero, en una carrera que esperan promisoria.

Me cuentan que se levantan a las siete de la mañana a esperar que llegue el pan. Luego de desayunar van a estudiar, vuelven, almuerzan y cada uno se va para la práctica. Los más grandes, al complejo de Pichincha; los más chicos entrenan en el complejo del Comando del Ejército, en Bulevar y Colorado. Las horas libres son luego de la merienda.

“¿Todos estudian, no?”, pregunté, creyendo saber la respuesta. “Bue… vamos todos los días”, dijo uno, cortando los tímidos “sí” y arrancando sonrisas cómplices.

Los compañeros de clase les preguntan cómo es vivir en La Casita, pero “no todos; algunos nos dan para atrás”. “Eso es por envidia”, dice otro.

Nacho va al Nocturno, pero estaba con nosotros porque había ATD: “Es mucho mejor. Toda gente grande. Antes iba a la UTU de Malvín Norte, pero tuve que dejar porque el ambiente me resultaba agresivo; iba solo, sin ningún compañero de acá”.

En La Casita están hasta los dieciocho años inclusive, luego deben irse. Nacho y Joaquín juegan en Cuarta. Ambos están cerca de los diecinueve, por lo que la permanencia en ese hogar será por poco tiempo más. Explican que el destino de ellos tiene dos puntas: por un lado, dependen de su trabajo en la cancha; por otro, del de los representantes.

Hablan de la psicóloga: “Es grupal, pero si tenés algún problema también te ayuda”. Gimena, la coaching, informa que hacen talleres, donde trabajan la convivencia, el equipo, la importancia de ayudarse unos con otros, de no tener conflictos, y tienen actividades con juegos. El próximo taller será “la violencia en el deporte”. El tema lo eligieron ellos. Así que la pregunta era obligada: “¿Sienten la violencia?”. La respuesta fue unánime: “Sí”.

“Está complicado, se genera mucho roce, inclusive en la cancha y hay que controlarse. Para ayudarnos en eso tenemos a Juan, que también es psicólogo, pero él trabaja en el Complejo [de camino Pichincha, donde Defensor practica]”.

“Es peor cuando estás enojado con las cosas que te pasan en la vida también”, dice otro.

Pregunto si escuchan las cosas que grita la hinchada. Dicen que sí, “a los padres, que putean al juez y eso”, comenta uno con visible amargura. Otro agrega que también hay insultos de la parcialidad contraria, y alguien acota que “eso es normal”. ¿Para qué? Se generó una discusión entre la normalidad y la anormalidad en los epítetos que les proferían a ellos y al juez. Por suerte, uno de los adolescentes con voz potente zanjó el tema: “Lo que pasa que en el interior es distinto; los de acá insultan más”.

Las situaciones con los árbitros también son complicadas y Juan, el psicólogo, intenta darles herramientas para que se puedan conducir de la mejor manera posible. Uno de los muchachos cuenta: “Lo que pasa es que te dicen cualquier cosa. Hay muchos jueces que insultan”. La mayoría se sumó a la queja, a esa y a la que le siguió: “Las juezas son las peores”. Sin dudas que fue el asombro de mi rostro ante la sentencia lapidaria el que obligó a un futbolista a poner el ejemplo: “Una vez íbamos ganando y nos cobró mal, pero muy mal. Nos quejamos y dijo ‘van ganando 4-0, déjense de romper los huevos’; así lo dijo y eso es una falta de respeto”. “Tienen tarjetas que te pueden echar, eso hace que se crean gran cosa”, se escuchó una voz resignada.

Otra vez el silencio. Era tan cortante que podía escucharse. Así que lo rompí con una pregunta fuerte: “¿De sexualidad hablan?”. Vi que algunos se miraban e intuí que donde mi visión no alcanzaba, sucedía lo mismo. Alguien se animó a decir que no. Y la que no supe cómo salir de la situación terminé siendo yo, que me enterraba cada vez más: “¿Y por qué no? ¿No les interesa?”. Uno de los chiquilines de edad mediana, dieciséis años quizá, intentó rescatarme: “Ese tema también se planteó, pero votamos y ganó la violencia”. “Les preocupa, entonces”. Los “no” venían de todas direcciones. ¿Cómo podía ser tan torpe? “Bien, pasemos a otro tema”, lo dije con voz firme, mientras intentaba retomar el rumbo que había perdido en un abrir y cerrar de ojos: “¿Qué tema preocupa?”. “El compañerismo, porque en la práctica a veces no nos llevamos bien. Siempre hay alguno con el que podés terminar a las piñas. Eso preocupa”, el muchacho sonaba decidido. Otro consideró que “si eso te pasa con un hermano, ¿cómo no te va a pasar con una persona que no conocés?”. “A veces pasa que estás muy metido en el partido y se te va la mano para decirle algo a un compañero y ahí se genera un problema”. “Capaz que lo decís para bien, pero lo decís fuerte y…”. “La adrenalina del partido a veces te lleva a eso”. Y hablaron de compañerismo nomás. De golpe callaron, así que pregunté si querían decir algo más: “De los señores de la casita”, dijo un morocho de pelo rebelde. Con un “dale” acepté la invitación. “Nooo. Te tiro esa para que todos hablemos”, contestó con desenfado, acompañando las palabras con ese gesto con los brazos, típico de los futbolistas que quieren mostrar que no están cometiendo una infracción. Todos reímos. Era Isaac, lo sé porque cuando se presentó, recordé que su nombre quiere decir “el que hará reír”. Le hace honor. Uno de los más grandes cuenta que cuando llegaron “había otra señora que ya tenía su edad y le cansaban todas estas cosas. Carlos y Silvia, que están hace dos años, son mucho mejor”. Uno dice, como queriendo salvar el recuerdo de la casera anterior: “Lo que pasa que son dos y se apoyan entre ellos; la otra señora era sola”. “Ahora la comida es un lujo. Desde la llegada de ellos ha cambiado mucho”. “Ah, sí, eso es cierto. Carlos pintó la casa, y la comida de Silvia es muy rica”. “Tenemos una perra”. “Sí, y en el complejo tenemos otro, el Recluta, que estaba acá antes”. “No nos olvidemos de Marta, que viene de mañana. Es la limpiadora, pero nosotros tenemos que ayudar con la limpieza”. Comienzan a hacer bromas con la falta de higiene de algunos, hablan entre ellos, se ríen, algunos atacan, otros se defienden y otros contraatacan. Están distendidos e impresiona lo jóvenes que son y lo ordenados al hablar. No se pisan entre ellos. Uno parece adivinar mis pensamientos: “Acá madurás más rápido. Mirás las cosas de otra manera”.

 

La sede de Liverpool, hogar de muchos

Liverpool también tiene una casa para los jugadores del interior. Está en la propia sede. Hay doce jóvenes en total. Túnel habló con nueve: Franco, Facundo, Tomás, Anthony, Nicolás, Sigfredo, Lucas, Thiago y otro Facundo.

En este caso se hace más fácil identificar a los protagonistas porque todos nos sentamos en torno a una mesa.

La sede de Liverpool aloja jugadores sin el límite de edad que tiene Defensor. Lucas, por ejemplo, es de los más viejos en el lugar. Llegó por un conocido de Soriano. Lo probaron y gustó.

Tomás es otro ejemplo. Fue por las de él, luego que otro club lo dejara libre. Reconoce que tiene problemas de conducta. Cuenta anécdotas llenas de picardía. Sus compañeros ríen, pero no tomándole el pelo. Es notorio que lo aprecian y que les divierte sanamente. A mí también, aunque intento disimularlo un poco. En el liceo, al principio iba todo bien, aunque no le gusta estudiar. Ahora hace tres años que está en tercero. Pregunto si la institución tiene un adulto que se haga cargo de hablar con los profesores. Contestan que sí, pero Tomás enseguida aclara: “Pero ya firmó que no se hacía más responsable mío”. El club también lo sancionó por su comportamiento. Es delantero. Imagino que debe ser muy, pero muy, bueno con la pelota entre los pies.

Cuentan lo complicado que les resultó Montevideo. A Sigfredo no, porque es de una localidad del departamento de Canelones, y estuvo cinco años levantándose a las cuatro de la mañana para poder practicar. Ahora el club le dio la posibilidad de quedarse a vivir acá.

Franco vino desde Paso de los Toros, “al principio me tenían que andar llevando para todos lados. Ahora ya conozco bastante”, dice confiado.

Manejarse bien en los ómnibus cuesta mucho. Relatan las peripecias y yo recuerdo que lo mismo les pasaba a los jóvenes futbolistas que había entrevistado en La Casita de Defensor. Uno de los chiquilines cuenta que cuando pensaba que ya dominaba el trayecto, se armó de valor y se tomó un ómnibus solo. El detalle fue que lo hizo en sentido inverso al que tenía que ir.

También les llama la atención la cantidad de gente: “Es rarísimo. En el pueblo que yo vivo son mil habitantes nomás”. Otro retruca: “En el mío no llegan ni a quinientas personas, muchacho”. Un tercero los mira, y a falta de censo, espeta: “Y en mi pueblo que no hay semáforos ni supermercado. La primera vez que vi un semáforo fue acá”.

Lo cierto es que el pueblo se extraña y lo hacen sentir. Los que tienen su hogar más lejos, van cada dos meses: “A veces por un día. Si tenés varias horas de viaje, como es mi caso que tengo que ir hasta Salto, es desgastador”, dice Nicolás, que reconoce que extraña a la familia.

Anthony es de Treinta y Tres. Admite que su deseo inmediato es llegar a la Primera de Liverpool. Jugó en otro cuadro, pero sintió que no tenía chance: “Lo que pasa es que acá me siento bien”, dijo mientras sonreía.

Al igual que lo hice con Defensor, pregunté si sentían la violencia. Era una charla distinta a la otra, porque no había adultos y ellos eran los únicos representantes de la institución. Capaz que por eso era más fácil: “Según los partidos; a veces se pica”. “Algún padre enojado porque le cobran una falta al hijo”. “Algunos jueces nos hablan mal. Muy mal. No sólo a Liverpool, al otro cuadro también”. Caramba, eso ya lo había escuchado.

Piden a Sigfredo que cuente la anécdota y él lo hace: “El partido venía fuerte y los jueces cobraron mal. Era obvio que les pesó la camiseta del otro cuadro. Hubo insultos, baboseadas del rival porque íbamos ganando en la cancha de ellos y nos terminaron empatando pasada la hora. Empezó un lío adentro de la cancha, se terminó y siguió afuera. Era una batalla campal”. Aseguró que no le dio miedo: “Lo que yo quería era defender a mis compañeros. Lo que pasa es que veías para los costados y no conocías a nadie. Miedo no te generaba, sí dudas si ir o no… Estuvo medio complicado”.

“Y las juezas, ¿cómo son?”, pregunto. No dudan en la respuesta: “Las mujeres son más educadas. Les falta la personalidad del juez hombre a la hora de cobrar, y con los gritos se pueden marear más. Hay de todo, pero algunas son bien. Hasta mejor que un juez hombre; más justas”, dice uno. “Aparte, ves a una mujer y ya no se le protesta tanto como al hombre”, acota otro. “O vas con más respeto a la hora de hablar”. Lo dijo Tomás, el adolescente terrible. Ni por asomo hubiera adivinado esa gambeta.

 

 

 

 

LA CASITA MARCA LA DIFERENCIA

 

Estábamos en plena charla, cuando pedí a los jóvenes futbolistas de la farola que me dijeran en qué se diferenciaba Montevideo del interior. “Acá son bocasucias, allá afuera no se dicen tantas malas palabras”, dijo Matías. “Aparte acá, en La Casita, tenemos que convivir, así que estamos ejercitando eso de la buena educación continuamente”, subrayó Joaquín. “Nosotros tenemos una vida más estructurada que nuestros compañeros de clase. Salimos del liceo y sabemos que después de almorzar debemos ir a la práctica”, añadió Christopher. Joaquín y Christopher son los más grandes, y eso es notorio a la hora de hablar por la forma en que son escuchados por sus compañeros.

“La diferencia está en la cantidad de gente. Acá nadie se conoce”, sentenció Samuel. En seguida sus compañeros encontraron otras: “Para mí lo distinto es tomar ómnibus, porque en Salto no se toma. Se camina o vas en bici”. “Arriba acá tenés que llevar una tarjeta”, dijo otro. “Ah, porque afuera sólo es con plata”, acoté. “O con lapicera”, contestó uno haciendo el gesto de escribir algo en la mano. Todos rieron recordando el abono. “A mí me asombra que nadie te espera”, dijo Agustín. Erik lo confirmó: “Acá es al revés, te ven que estás cruzando la calle y siguen”, añadió Gastón. Fue entonces que Alex remarcó resignado: “Si te pueden pisar, te pisan”, arrancando las carcajadas de todos nosotros.

 

 

 

NEGRO Y AZUL, COMO EL COLOR DE LAS LAPICERAS

 

Cuando con los muchachos de Liverpool salió el tema del estudio, les pregunté si ellos notaban un trato diferente al resto de sus compañeros. Inmediatamente dijeron que sí: “No sabés si es porque jugás al fútbol o porque venís de afuera y saben que no vivís con tu familia”, dice Franco. Pero la duda queda zanjada cuando recuerda que en más de una ocasión le han dicho “ah, vos sos el que juega al fútbol”.

Nicolás dice que en su caso tiene varios compañeros de clase que juegan en otros cuadros, “pero nos llevamos bien. Me doy cuenta de que eso te ayuda a adaptarte”.

Anthony dice que la diferencia la nota en varios círculos, no sólo en el liceo. Pregunto si los profesores también los tratan distinto. Aseguran que la mayoría sí.

“Hay compañeros que me han preguntado si pueden venir a practicar”, dice Facundo. Tomás comenta: “Algunos te preguntan ‘¿voy un día y ya quedo?’. No entienden que no es así”.

Ellos saben que pisar el lado de adentro de la línea de cal no es sólo cuestión de gustos. “¿Y cómo es?”, pregunto. “Es sacrificado. Hay que tener perseverancia”, dice Thiago, que hasta ese momento había permanecido callado.