FÚTBOL Y TENDENCIAS

QUE LAS HAY, LAS HAY

Por Martín Otheguy

 

El Mosquito Da Costa vio con incredulidad cómo el balón, después de haber rebotado en la pantorrilla del zaguero de su equipo, trazaba una parábola casi imposible, se elevaba sobre el arquero de cejas depiladas y se metía en el arco a los 92 minutos de juego, sentenciando a sus dirigidos a una nueva derrota y hundiéndolos aún más en la tabla de posiciones pese a su chapa de candidatos, siempre vigente por tratarse de uno de los dos equipos más grandes del país. Se dio vuelta en dirección a su ayudante técnico y le dijo: “Esto no es normal. Renuncio”.

La prensa coincidía en que algo extradeportivo estaba afectando al club, cuyo nombre verdadero –al igual que el de los demás protagonistas de esta historia– no será revelado para proteger a los inocentes. Tenía el plantel más caro del país, pero no podía ganarle a nadie. Si los jugadores empezaban a rendir, se lesionaban. Cuando el equipo funcionaba bien, la pelota no quería entrar. Si el juez se equivocaba, beneficiaba al rival. Cuando la dirigencia se reunió a tratar el caso, después de la renuncia indeclinable del Mosquito, alguien recordó que el equipo había usado en tres años más técnicos que los sinónimos que el periodista José Carlos Cinsa podía enumerar en un programa entero de Arrebato, el compacto deportivo de TVT. Y fue allí, ante la evidencia acumulada de tanta mala suerte sospechosa, cuando un dirigente decidió plantear lo que todos pensaban pero callaban: había que contratar una bruja que apelara a métodos no convencionales para dar vuelta la pisada.

Fue cuestión de acudir a unos pocos contactos para llegar a Amelia, una bruja que venía con muy buenos antecedentes por sus trabajos con clubes en la otra orilla del Plata y que prometía resultados. Amelia explicó que para que su labor surtiera efecto tenían que dejarla ingresar todos los días al complejo de entrenamientos y cumplir algunos rituales, por absurdos que parecieran. La dirigencia aceptó y vio cómo durante semanas Amelia se paraba frente a los futbolistas, sacaba un papelito y recitaba unas palabras mágicas por largo rato. Y sorprendentemente, los efectos empezaron a notarse casi enseguida. La pelota circulaba con mayor facilidad, el equipo empezó a repuntar y los puntos no demoraron en llegar, en una escalada progresiva que terminó con el club metido bien arriba y con chance de definir el campeonato.

Amelia desapareció de los entrenamientos a dos fechas del final y los dirigentes, desesperados, temieron que con ella se hubieran desvanecido los conjuros secretos que escondía en sus pergaminos. Mandaron a los empleados del club a rastrillar cada centímetro del complejo en busca de alguno de sus viejos papeles con la fórmula mágica y al final, muy arrugado pero perfectamente legible, encontraron el “trabajo” que había hecho Amelia. Lo abrieron y descubrieron en él los enigmáticos caracteres del alfabeto tebano que usan las brujas. Traducido, aquel texto sagrado resultó contener las siguientes frases: “Nunca hagan centros frontales, porque está probado que nueve de cada diez los ganan los zagueros. Que el arquero no la vente más a la mitad de la cancha, porque hay cincuenta por ciento de posibilidades de que quede en los pies del rival; salgan por abajo. La mejor manera de hacer tiempo es tenerla, no rifarla de un pelotazo. Toquen la pelota siempre, abran la cancha, busquen al desmarcado y usen las puntas. No hay más secretos, el resto es superstición”. Lo leyeron en trance durante dos semanas y al final el equipo salió campeón.