LIGÜERA Y EL FUEGO SAGRADO EN EL FÚTBOL

Por Emilio Martínez Muracciole

 

Martín abre la puerta, se sube a la bici y pedalea. Pasa el puentecito que hay sobre una naciente de cañada, a pocos metros de su casa, y pedalea más. Tiene que pararse en los pedales para trepar el repecho largo hasta Julio César Grauert, con las ruedas de su bici montaña Albanés 2000 raspando el balasto. Grauert es la avenida del barrio Los Álamos, que en la perspectiva del floridense céntrico es uno de los barrios que está “del otro lado de la vía”. Martín dobla a la izquierda y se suma al viaje el Reta López, al que la maestra, después que crucen la vía, sigan pedaleando algunas cuadras, dejen la bici en la casa de Arrospide y entren a la escuela 116, le dirá “Martín”, como a él.

Es jueves y Fénix entrena de mañana porque tiene amistoso. El escenario es el Parque Capurro, con la bahía como escenografía fija. Ya bañado, bolso en mano, aparece el floridense que vino a buscar este floridense. Aunque el primero, el entrevistado, en realidad nació en la capital del país. En Florida eso se sabe, pero a nadie se le ocurre ponerle otro gentilicio a Martín Ligüera. Lo lleva como los demás, pero se le pronuncia como pocos: cuando hay que destacar quiénes salieron del terruño. “Me considero de Florida. Si bien nací en Montevideo, mis padres son de Florida y trabajaban en Montevideo. Pero antes de que yo cumpliera los dos años nos mudamos a Florida. Siempre me preguntan de dónde soy, y digo que soy floridense. Mis valores, que obviamente se fueron fortaleciendo después con el paso de los años, tienen una base construida en Florida”.

Martín recuerda al niño que salía de la casa, solo, y solo iba hasta la escuela como al almacén o a la casa de un amigo, y solos jugaban, como niños, sin tener que estar acompañados por adultos. “Hay una forma de criar diferente a la que hay acá [en Montevideo]. Me pasa hoy en día con mis hijos. El control es mayor aquí que el que yo vivía en Florida, independientemente de que fue hace unos 25 años y era otra la situación. Pero hoy en día me pasa de ir a Florida y ver a los niños que andan solos. Uno se pregunta con quién andarán, pero no, son de ahí nomás, de la esquina. En Montevideo es impensable que anden solos, con esa libertad”.

 

Un vecino de Florida, criado en la misma cooperativa de viviendas en la que me crié, estaba armando su vida acá en Montevideo, con un buen trabajo, ya desarrollándose, y un día venía caminando por su barrio, Pocitos, y de repente ve a un niño andando en triciclo en un balcón. Dijo “No. Esto no es lo que quiero”. Rearmó su vida en Florida.

A veces me cuestiono eso también. Vivo en un apartamento y por momentos me lo cuestiono. Es difícil, porque yo me crié de otra manera. Claro que hay más cosas para hacer, pero hay días que si no te armás un programa no tenés esa posibilidad, como niño, de salir a la calle y cruzarte con amigos, como yo salía y me cruzaba con el Reta, por nombrar a un amigo de la infancia. Yo tenía un entretenimiento todos los días sin tener que programar nada. Íbamos a jugar al fútbol a la cancha de Candil o a lo de Basignani. Iba hasta ahí y volvía sólo cuando me gritaba mi abuela que tenía que tomar la leche; era mi única obligación a esa hora. Iba y volvía, porque jugábamos hasta que se ocultaba el sol. Después, de noche, había que hacer los deberes. Mis días eran así.

 

También es otra manera de desarrollar los vínculos, de generar y solidificar amistades.

Bueno, yo tuve ese asunto también de que nunca pude fortalecer mucho los vínculos, porque después, más grande, vienen las salidas y todo eso, y si estás jugando al fútbol es muy difícil. Cuando vino la época de los cumpleaños de quince, prácticamente nunca podía ir. A veces iba, pero hasta las once y media o las doce, y me volvía a casa a acostarme. Me levantaba a las seis de la mañana para venir a jugar a Montevideo.

Y después, más grande, nunca estuve mucho tiempo en una misma institución, a no ser en Nacional y en Fénix. No pude formar vínculos fuertes. Estuve en seis países y lo máximo que estuve fue uno o a lo sumo dos años en cada uno.

 

De seguir en Fénix, sería tu período ininterrumpido más largo en un club.

No me había puesto a pensar, pero sí. Si no me pasa nada extraño seguiré acá. Pienso jugar al menos un año más. La verdad es que estoy muy cómodo acá.

 

* * *

 

Martín abre la puerta y va corriendo hasta la canchita de los Basignani, que está del otro lado del puentecito. Se pasa la tarde en eso. Casi no hay horarios. Es jugar, jugar y jugar, con entretiempos individuales cuando se escucha una voz que llama “¡a tomar la leche!”. Martín piensa mientras le viene la pelota, resuelve la jugada y va a merendar para volver enseguida. Sigue jugando. Es jugar, jugar y jugar, hasta que el sol dice basta. Del otro lado de la vía, cualquiera sabe, no hay o no había tanta iluminación como para que la claridad de algún foco cercano regale un reflejo de la pelota, que en definitiva es lo único que hace falta para jugar.

Martín piensa y le brotan los nombres de los demás. La lista es larga e incluye a Pablo Cabrera, al Reta, Alfredo Chicusqui Soba, Nelson Chingo Rocca y Fernando Noria, entonces niños o adolescentes que de mayores lograron destacarse en las canchas de la Primera división vernácula. En su mayoría son hinchas del club Candil, pero no podían jugar en el cuadro por un motivo con demasiado peso: no tenía todavía baby fútbol. Años después le llegó, aunque rebautizado como fútbol infantil.

 

¿Desde cuándo andás con la pelota?

Desde que tengo uso de razón. Yo estaba convencido, desde chiquito, que lo mío era jugar al fútbol. Estaba convencido. Quería jugar en Nacional y en la selección uruguaya, y siempre se lo decía a mi padre. Mi padre dice que comencé con cuatro años. Cuando tuve de edad de baby fútbol fui a jugar a Quilmes. Fui porque no había baby fútbol en Candil, si no jugaba en Candil. Una de las cosas que me quedó pendiente es jugar en Candil. En Quilmes me trataron espectacular y estoy más que agradecido.

 

De repente podés jugar algún año en Candil después que te retires del fútbol profesional.

Hubo una época en que lo pensé, pero ahora el día que deje ya está, doy por cerrado todo. No me veo. Pero cuando era más joven sí, lo pensaba y lo conversábamos con mi padre y mis hermanos. Pero no. El día que cerrás, tenés que cerrar todo de una vez. Sí me quedó eso de no haber jugado en el baby de Candil, porque es el cuadro de mi barrio.

 

La pelota le está llegando y Martín piensa. Piensa y hace, todos coinciden. La diferencia con el resto de los jugadores de su categoría en el baby fútbol era notoria, así que después de su partido se quedaba para otro medio tiempo, con la categoría de niños un año mayor. “Estaba despegado. La diferencia con el resto era abismal”, dice Juan Pablo Makovsky, quien fue su compañero en Quilmes. En ese club Martín jugó en todas las categorías que había entonces para cancha chica: churrinches, gorriones, semillas, cebollas y baby. “Una vez el técnico, creo que era La Vieja Cuadro, empezó a probar jugadores, a rotar. Era contra Avenida en el Complejo [N. de R.: el estadio infantil municipal en Florida]. Íbamos 0-0. Saca a Martín un rato, y en cuestión de veinte minutos nos hicieron como cinco o seis goles. Lo tuvo que poner de nuevo porque fue tremendo lo que cambió el cuadro”.

Martín López, el Reta, comenta algo que, palabras más palabras menos, se fue repitiendo en los demás testimonios. “Martín en la cancha era como un hombre jugando con niños. Jugaba y pensaba las jugadas como si fuera un adulto”, dice el Reta, que además de vecino fue compañero de Ligüera en la escuela, y en baby fútbol tanto en Quilmes como en selecciones albirrojas. La pelota llegaba y el pase para habilitar a un compañero era inmediato. Jugaba sin pelota, estaba en el lugar indicado, le pegaba en el momento justo, y le pegaba bien.

Le viene la pelota y Martín piensa. Piensa y hace, todos coinciden, pero él no lo recuerda.

 

Ya desde chico le metías mucha cabeza, ¿pensabas mucho en la jugada?

Mucha gente me lo ha dicho. Yo no tengo uso de razón de cómo pensaba en ese momento, pero casi toda la gente que me vio en el baby me suele decir eso, que pensaba como un grande dentro de la cancha, que ya pensaba la jugada cuando tenía ocho o nueve años.

 

¿De grande trabajaste en eso como una virtud a desarrollar para explotarla mejor?

No lo pensaba como una virtud. Es algo que sale naturalmente. Pero es difícil de pensar en desarrollar eso. ¿Cómo hacés para trabajar eso? Obviamente que la base es la repetición, y de que cuantos más partidos tengas, mejor puede salir.

 

Uno piensa en jugadores que de algún modo resolvían en lo inmediato situaciones complejas, como Zidane, por ejemplo. Y eso, parece claro, iba más allá de lo que podría decirse le era innato.

Pero es imposible hacer lo de Zidane, por más que lo mires y lo mires. Hay detalles que uno va viendo en la medida que pasa tu carrera. Sé que si cuando me viene la pelota ya no decidí qué voy a hacer con ella, se me complica el juego; ya sé que no ando en una buena tarde. Cuando la pelota me viene ya tengo resuelto el destino. Después podré ejecutar mal, no me importa, pero sabiendo que al venirme ya puedo estar razonando qué puedo hacer, qué movimientos están haciendo mis compañeros, es cuando pienso: estoy claro.

 

Después del baby fútbol, vino Nacional.

A Montevideo, a Nacional, me trajo el mayor Julio Tarrech. Vine a probarme una semana. Me acompañaba mi viejo. Vine, me probé y quedé.

 

¿Quiénes jugaban con vos en esa generación que después se hayan consolidado en Primera?

Prácticamente ninguno se pudo consolidar. Jugaron sí Peter Borges, Álvaro Giménez y Germán Domínguez. Pero el filtro es muy grande. Salimos campeones en Séptima, Sexta y primer año de Quinta. Fueron prácticamente dos años y medio de corrido saliendo campeones, y que se haya consolidado en Primera creo que fui yo solo. Es muy grande el filtro.

 

 * * *

 

Martín tiene doce años. Vive en Florida y tres días a la semana viaja a entrenarse a Montevideo. A las siete está en pie porque quince minutos antes de las ocho entra al liceo. Antes de las doce sale y va hasta la parada del ómnibus que está a dos cuadras, se toma un Bruno Hermanos para llegar a las dos de la tarde a Montevideo. A las tres se entrena. A las seis y poco tiene que estar en Tres Cruces porque se tiene que tomar un Turismar para volver. Como el ómnibus lo deja en la ruta, nueve menos veinte alguien lo estará esperando en la rotonda. En su casa cenará y hará los deberes para acostarse, porque mañana hay que estar a las siete en pie. “Era mortal, pero lo hacía con gusto”, asegura.

“Yo tenía doce años. Había venido a Montevideo, pero igual miraba con los ojos del que veía Montevideo por la televisión. Las primeras veces le decía a mi viejo: ‘Mirá, ¡Los Cuatro Ases!’. Y cuando iba en el ómnibus, dentro de Montevideo, tenía que contar las paradas. La primera semana me acompañó mi viejo, pero después él ya no podía porque tenía que trabajar. Me dijo que después del túnel de 8 de Octubre contara tres paradas para bajarme. Yo iba con unos nervios de novela. Apenas el ómnibus pasaba el túnel, si había mucha gente me paraba y arrancaba con el ‘con permiso’ para quedarme paradito al lado de la puerta. Y después de entrenar, las primeras veces me iba sin bañarme por miedo a perder el ómnibus para volver a Florida. Llegaba a las seis y poquito a la terminal, así que después me fui acomodando mejor con el tiempo y me bañaba después del entrenamiento. Aquello era salado”.

 

Después, instalarte en Montevideo te debe haber dado otra estabilidad, asentarte y tener una vida social acá.

No llegué a disfrutarlo mucho. A mí me subieron [a Primera división] a los dieciséis años. Empecé a venir a los doce a Montevideo, y a los catorce vinimos a vivir con mi familia. Mi padre trabajaba acá y al fin de cuenta estábamos toda la semana cruzados, porque él iba los fines de semana pero yo me venía a jugar. En ese entonces ya casi tenía quince, y al año de eso ya me pusieron en un clásico. No voy a decir que estuvieron mal, pero en lo que sí estuvieron mal es en no bancarme después. Hoy a los juveniles los suben y tienen un respaldo. A mí me subieron, me mandaron a jugar, y respondí, porque anduve bien en esos clásicos. Pero después me bajaron a Tercera. Otra cosa es si estás preparado, aunque creo que con dieciséis años no estás preparado para ser el diez de Nacional, pero tampoco mandarte de una para Tercera. Por más que ande mal, no me podés poner allá arriba y enseguida pegarme un fierrazo.

 

Era una época complicada para Nacional, en pleno fervor de Peñarol por el quinquenio.

Sí, pero yo no tomaba la magnitud de lo que estaba pasando. Tenía dieciséis años y quería jugar al fútbol. No me importaba nada de cuánto ganar ni nada; yo quería entrar a la cancha. Después me pongo a pensar y ¡fa! ¡El partido aquel con Defensor! Yo ese día quería hacer cincuenta goles. Hoy pienso: poné la quinta. ¿Cómo vas a poner a los jugadores profesionales?

 

Hasta hace unos días tenía en la retina la imagen de Juan Ramón Carrasco corriéndote para que vos no hicieras el gol, pero ahora vi la jugada en YouTube y veo que no es tan así.

Sí, puede parecer como que me saca, pero no. Era que él venía de frente. Si no venía Juan Ramón yo le daba. No sé si terminaba en gol, pero intentaba. Yo jugué para ganar. ¿Quién va a jugar para perder? A mí al menos nunca me ha pasado. Hoy, a la distancia, creo que le erraron en cómo manejaron la situación. Hay mil maneras de enfrentar eso, pero no mandando al equipo profesional. Fue un partido incómodo.

 

Martín tiene seis años. Es un niño, un escolar de primer año apenas, pero ya se le desprenden algunos destellos que harán que su maestra Nelly, tres décadas después, hable de él como si lo hubiera vivido hace unos meses. Parece que está disperso y Nelly lo asalta con una pregunta repentina que puede evidenciar la distracción. Pero no ocurre, porque tal vez Martín ya estaba pensando en lo que venía. “Era un excelente alumno, muy movedizo, pero muy inteligente. Y en eso de que se estaba moviendo, le preguntabas y respondía correctamente, porque en realidad estaba atendiendo”, comentó Nelly Enciso, hoy jubilada. “Quise mucho a mis alumnos en general, pero a Martín lo recuerdo con emoción. Tengo muy buenos recuerdos de él, porque era muy humano, muy buen compañero. Era además un alumno muy capaz. Incluso yo me lo hacía como que iba a hacer alguna carrera profesional”. Y sí, pienso: en los hechos hizo una carrera profesional.

 

Es inevitable hacerse la idea de un niño y adolescente responsable.

Sí. De repente he sido responsable hasta de más. Diría que me jugó en contra en mi carrera. Ahora he mejorado, pero hubo un tiempo en que me pasaba muchas facturas. Soy un tipo demasiado autocrítico. Eso, de repente en los mejores años de mi carrera llevaba a que me exigiera más, y al final terminé andando mal. Tal vez no mal, pero si lo pienso hoy me doy cuenta de que podía haber andado mucho mejor, presionándome menos. Tampoco me arrepiento.

 

Una vez le preguntaron a Tabárez si había fracasado en el Milan y él respondió que había llegado al Milan. ¿Desde qué perspectiva analizás tu carrera?

Estoy refeliz con mi carrera. Mi sueño era jugar en Nacional y en la selección. De grande se suma poder vivir del fútbol. Si podía haber jugado en tal cuadro, en tal otro, eso ya no depende tanto de vos. A veces son circunstancias y momentos que se dan. Fui a Europa y no tenía pasaporte. Estaba en Mallorca y por el cupo de extranjeros sólo podía entrar por Leo Franco, que era el golero, o por Samuel Eto’o. A todos los jugadores uruguayos se les hacía un contrato por cuatro años, y a mí sólo por uno. Yo fui a préstamo. A casi todos los jugadores que van a Europa les cuesta el primer año, hasta [Diego] Forlán en el Manchester United. Me tuve que volver, pero lo disfruté mucho de todos modos.

 

Sos un pensador, un armador, pero me acuerdo en la selección de Carrasco verte ir y volver casi como un carrilero.

Eso es porque estás convencido de lo que estás haciendo. Cuando el técnico consigue eso, que vos creas, ya está: es lo fundamental. Eso está incluso por encima de la idea táctica y todo lo demás. El jugador te tiene que creer lo que estás diciendo, y eso es difícil lograrlo con el día a día. El jugador de fútbol es muy bicho, así que lograrlo es una gran virtud. Después depende de que la pelota no te pegue en el palo y entre. Pasa ahora con este Fénix, que está convencido. Está convencido de que hay que defenderse a morir y generar chances para, en las que tenga, clavarte. Estamos convencidos de eso. En la época del Fénix de Carrasco el convencimiento era que si podíamos hacer ocho goles no íbamos a parar hasta hacer ocho goles. La forma te podía gustar o no, pero era así.

 

¿Qué te mueve?

Quiero ganar, tener gloria en el fútbol. Siempre me gustó eso. Yo quería salir campeón con Nacional. Lógicamente que ganar plata y vivir del fútbol me gusta, pero incluso desde esa visión podría decir que es muy difícil hacer plata con el fútbol si no lográs algo en el fútbol. Quiero la gloria y después buenísimo si la gloria me lleva a Europa. De hecho me llevó aquel momento de Fénix en el que ganamos la liguilla, que hice más de veinte goles, y de ser considerado ese año el mejor jugador del fútbol uruguayo.

 

¿La aspiración a la gloria traerá sola lo otro?

Absolutamente. Olvidate. Es así. Si pensás antes en lo otro, es frustrante.

 

Y es un peligro el gran contrato por la posibilidad de achancharse.

Claro. Por eso es admirable, por ejemplo, lo de Cavani bajando a todas en la selección, sacrificándose. Eso es de un sentimiento amateur. Es admirable. Cuando estamos en un picado en la playa, mi cuñado me dice “¡ta, ya te encarnizaste!”. Pero es que no quiero perder, ni ahí. Ese fuego es lo fundamental. Si perdés ese fuego no podés jugar más. Por más que ganés millones y millones, eso no se te puede apagar. Si se te apaga, no podés jugar más.

 

* * *

 

Son las finales del campeonato estudiantil de ADELF, la asociación de estudiantes liceales. La clase de Martín está ahí, jugando la final de primeros y segundos años, en el segundo turno aunque les tocaba en el primero. Los compañeros lograron jugar más tarde para que Martín llegara hasta el Democrático Fútbol 5. Aldo Velázquez, el arquero, recibe un gol pero evita cinco o seis. El cuadro empata y resiste; el Caco Valerio hace valer técnica y físico, pero está complicado para aguantar el 1-1. Martín no ha llegado porque tenía partido en Montevideo. Llegó en el entretiempo. “Cuando entró Ligüera no lo podíamos agarrar ni para pegarle una patada. Perdimos 10-1”, recuerda Gerardo Schiavonni, uno de los rivales de aquella final jugada hace más de veinte años.

 

* * *

 

¿En algún momento sentiste que ya no ibas a estar más en la selección?

Fueron dos cosas. Primero fue el partido con Venezuela. Ese fue el peor golpe que tuve futbolísticamente. Sentí que algo se había roto. Fue lo peor que me pasó en mi carrera.

 

¿Y lo mejor?

Creo que son dos momentos. Uno es el clásico del 3-2 que lo dimos vuelta en 17 minutos con dos goles del Lucho [Romero] y uno del Loco Abreu, y el otro es el 6-1 de Fénix contra Cruz Azul. Son dos partidos, dos momentos, que me marcaron.

 

Decías que fueron dos aspectos que te hicieron sentir ya definitivamente fuera de la selección.

Después me vi afuera cuando Tabárez comenzó con el proceso. Pero está bueno eso. Está muy bueno. Antes uno andaba tres partidos mal y para afuera. Hoy alguien anda diez partidos mal y tiene el respaldo del proceso de que en algún momento vas a andar bien, que sos jugador de selección y que no estás ahí por casualidad.

Después de esto, del proceso, se piensa de esto para arriba. Es muy en serio, no es casualidad lo que le está pasando con la selección uruguaya; hay algo más, porque no puede ser que se piense que “uf, siempre se salva Uruguay”. No, antes no nos salvábamos y no íbamos al mundial. Acá hay algo, hay un fuego que no se veía. No quiero decir que antes los jugadores no querían, pero se ve un compromiso que antes no. Eso se nota, o al menos uno lo palpa más por ser jugador. Es algo que hace la diferencia en los momentos críticos. Eso es resultado de algo, de una planificación de años, de un trabajo en sub 17 y sub 20. Por algo [Tabárez] cita a los de la sub 20, porque [los juveniles] vienen desde abajo con esa cabeza.

 

Jugando a los 35 años, ¿te ves del modo que te imaginabas que ibas a llegar?

No pensé que iba a jugar tanto tiempo. No me cansa. Incluso siento que lo estoy disfrutando mucho más. Me pasa desde que estuve en Paraguay en 2009. Hubo un cambio en mí. Siento que disfruto el fútbol mucho más que antes.

 

En Brasil no te fue mal. Llegaste a estar en los once mejores jugadores del campeonato paranaense.

Sí. En Brasil lo que me costó un poco fue el fixture y la competencia. Es mortal. Anduve muy bien, pero es complicado. Es todo muy seguido y no estás en tu casa. A mí me gusta estar en mi casa. Cada dos o tres días es un viaje, y en casa estaba sólo dos días. Aguanté porque era un contrato bueno, pero estaba perdiendo ese fuego, lo estaba perdiendo, me lo estaban sacando; diría que me sentía agobiado con tanto viaje. Llegaba al partido muerto y todavía planteándome todo lo que me estaba perdiendo, con un hijo recién nacido.

 

¿Te ves yéndote de Uruguay de nuevo?

Me tendría que ir solo. Eso es seguro. Y yo solo puedo estar quince días, no aguantaría más. Ya sufrí lo que tenía que sufrir, en el buen sentido. Ahora las prioridades son otras: ver crecer a mis hijos y disfrutar de este momento deportivo y de Fénix, que está cumpliendo cien años y que para mí es un orgullo estar acá, por el cuadro y porque recibo un cariño enorme por parte de la gente.

 

 

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