FÚTBOL Y  TENDENCIAS

Por Martín Otheguy

 

El fútbol, a veces, no tiene memoria. Es quizá por ello que la historia no recuerda a Bienaventurado Raimúndez, un puntero de Sudamérica que a comienzos de los años cincuenta llegó a vestir la camiseta celeste en un par de amistosos. Su influencia en el fútbol, sin embargo, se infiltró silenciosamente hasta nuestros días y produjo el cambio más revolucionario de este deporte en los últimos veinte años.

Sus compañeros notaron desde el comienzo que Raimúndez era un “distinto”. Se trataba sólo de indicios, de pequeñas pistas que se fueron acumulando hasta demostrar que era un adelantado –y a la vez incomprendido– en las canchas de fútbol. El primero en sospechar fue Obdulio Varela, cuando al ingresar al vestuario una mañana temprano descubrió a Bienaventurado con cera en el cuerpo, depilándose el pecho y las piernas. Creyó que lo iban a operar, pero Raimúndez salió al entrenamiento con las piernas tersas como un bebé y oliendo a perfume.

Cuando pidió una camiseta celeste cinco talles más chica de las que se entregaban a los jugadores, las autoridades de la AUF creyeron que era un regalo para un sobrino. Pero al día siguiente Raimúndez apareció con la pequeña camiseta puesta, apretada a tal punto que el kinesiólogo temió que fuera a morir de asfixia. Allí sus compañeros comprobaron que además tenía pectorales y abdominales marcados, algo inédito en la época, y recordaron que evitaba los ravioles y el vino antes de los partidos.

El plantel, sin comprender lo que sucedía y creyéndolo enfermo, dejó pasar a regañadientes sus excentricidades: el pelo rapado a los costados con una cresta perfectamente engominada en la parte superior de la cabeza, el uso de un innovador shampoo anticaspa, las horas frente al espejo, los shorts colocados no más arriba de la cintura, la crema corporal. Pero todo tiene un límite. Y Bienaventurado lo pasó cuando llegó a la cancha con unos botines de colores naranja y rosado fluorescentes y su nombre bordado al costado, que contrastaba con el cuero pardo y rústico de los demás.

Cansado y extrañado, Obdulio se acomodó los shorts a la altura del ombligo, lo encaró a Raimúndez y le dijo: “Botija, el día en que todos los championes sean así de coloridos vas a poder traer esos zapatos de princesa. Antes no. Cuando el fútbol sea un desfile de modas y se pierda el sentido de la etiqueta, volvé a probar suerte. Ojalá nunca llegue ese día, pero si pasa yo espero estar muerto”.

Y Raimúndez le hizo caso. Se fue del entrenamiento para no volver jamás, abandonó el país y marchó rumbo a Londres, donde años más tarde se hizo asistente técnico de baby fútbol de un modesto club llamado Ridgeway Rovers, en el que tuvo a su cargo a un gurí llamado David Beckham. Pero el fútbol, a veces, no tiene memoria. Y no es sólo eso. A los poderosos, a los intereses comerciales, a las multinacionales de los shampoos anticaspa, los calzoncillos y las lociones after shave no les sirve que se sepa dónde nació realmente el primer metrosexual del fútbol.

 

 

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