EL MAESTRO TABÁREZ A DIEZ AÑOS DE SU VUELTA A LA SELECCIÓN NACIONAL

Por Rómulo Martínez Chenlo

 

En 2006, después de años de caos, frustraciones y sinsentidos del fútbol uruguayo que se expresaban en sus selecciones nacionales, la Asociación Uruguaya de Fútbol fue a buscar nuevamente a Óscar Tabárez para que asumiera como entrenador de la selección mayor, pero esta vez el técnico venía con un importante desarrollo de planes que trascendían largamente los límites del campo de juego, sus estrategias y la forma de afrontar los partidos. Eugenio Figueredo quiso hacer una jugada a su favor, pero el mentor de la llegada del Maestro fue Daniel Pastorini, quien conocía las ideas de Tabárez. Han pasado ya diez años de ejecución, desarrollo y modificación de aquel plan bautizado “Institucionalización de los procesos de selecciones nacionales” y, mientras nos aprontamos para seguir adelante, echamos una miradita atrás y nos entusiasmamos con lo que vendrá.

 

Cuando en días Uruguay enfrente a Brasil por la quinta fecha de la clasificatoria sudamericana para el Mundial de Rusia 2018, Óscar Washington Tabárez alcanzará la marca de 161 partidos al frente de la selección absoluta y quedará a seis partidos –que, de una u otra forma, jugará Uruguay esta temporada– de convertirse en el seleccionador nacional con más partidos dirigidos. En la Copa América Centenario o en la clasificatoria igualará la marca de Sepp Herberger, quien entre 1936 y 1964 dirigió a Alemania en 167 partidos, incluyendo la selección del Tercer Reich y la también hitleriana representación, que incluía a alemanes y austríacos, que participó en el Mundial de 1938 y siguió jugando durante la Segunda Guerra Mundial.

Tabárez tiene dos períodos al frente de la selección mayor. El primero, en torno al Mundial de Italia 1990, incluyó la Copa América, las eliminatorias para Italia 1990 y el propio Mundial, que marcó el fin de aquella primera etapa al frente de la selección, entre fines de 1988 y el invierno de 1990.

Su segundo período, el que nos ocupa ahora, es el de la última década, único de una continuidad ininterrumpida tan extensa que empezó en mayo de 2006 en aquel amistoso con Irlanda del Norte en Nueva Jersey y que ha pasado por 126 partidos, entre los que se cuentan dos mundiales, tres copas América, una Copa de las Confederaciones, decenas de partidos por eliminatorias y amistosos de FIFA, entre lo que ha sumado la 15ª Copa América para Uruguay, el cuarto puesto en Sudáfrica 2010, el tercer lugar en las Confederaciones 2015 y el inédito segundo puesto en el Ranking FIFA en 2012.

Esos números no reflejan, sin embargo, lo más trascendente e importante de esta década que, de alguna manera, resignifica esta verdadera refundación de la selección uruguaya.

 

El lugar y el momento

Mientras esperamos por la ansiada entrevista, Andrés, mirándolo desde su óptica de fotoperiodista, evalúa posibles lugares donde hacer la nota. Está claro, lo sabemos, por respeto y admiración, que no dependerá de nosotros, sino que conversaremos donde el Maestro quiera. Pero yo, en un ataque de audacia, dirijo el guión emocional y traslado mi idea: “Si se puede, me gustaría que fuese en ese salón”. Ese salón es el que ahora llaman “sala de prensa” y que está ligera y funcionalmente alhajado a esos efectos, pero una década atrás estaba vacío, vestido apenas con un escritorio y un par de sillas, salvado, por la humilde y ligera transparencia de ser lo que es y no más que eso, del ladrillo visto.

Diez años atrás, cuando Tabárez apenas había sido nominado para el acéfalo cargo de director técnico de la selección nacional, después de una seria y dolorosa caída en picada de la celeste, el entrenador nos había atendido ahí. Aquella vez, obviamente, ni Fernando Morán, el fotoperiodista con el que compartí la tarea, ni yo podríamos siquiera haber pensado en elegir locación para las fotos.

Como burda figura de anticipación poética, aquel día de marzo de 2006 estaba intensamente gris y quedaba la sobra de una intensa lluvia que no llegó a temporal, por lo tanto, no había forma de sentarse a conversar si no al amparo de un techo y cuatro paredes. Más allá de que después aquella entrevista, la primigenia de la historia de La Diaria, terminase teniendo tintes de encuentro augural, yo recordaba bien la larga mañana y el rumbo que había tomado la charla.

En el auto de mi padre, bajo el azote de la lluvia y perdido entre las confundibles por ese entonces rutas 101 y 102, sin saber qué era un GPS, llegué, con la cola entre las patas, justo a la hora de la entrevista al Complejo Uruguay Celeste. Ahora en este marzo de 2016, mientras departimos antes de darle rec a la entrevista para Túnel, el maestro me confiesa que él al principio también se perdió un par de veces en su camino para llegar a aquel lugar, a este lugar que tanto ha cambiado, como el fútbol de selecciones de Uruguay, en estos últimos diez años.

 

Profecía cumplida

“¡Pah, hace como diez años de eso! ¡Qué me voy a acordar!” podría haber sido mi respuesta ante una hipotética pregunta acerca de aquella charla con Tabárez, pero habría sido una mentira: a pesar de que he conversado muchísimas veces con el Maestro, en las más diversas coyunturas, no hubo año en el que no me acordara de aquella charla y de su propuesta de irradiación desde el vértice de la pirámide como única salida genérica para el fútbol en Uruguay. No voy a decir que lo sabía de memoria, pero recordaba su discurso: “Lo vamos a hacer en la selección y pretendemos que se generalice en todos los niveles del fútbol del país, incluyendo, por supuesto, todos los clubes de la AUF [Asociación Uruguaya de Fútbol], en donde nos apoyaremos en nuestras ideas, pero fundamentalmente en la práctica de los que hacen las cosas bien desde hace tiempo en nuestro fútbol. Apostamos a que se dé naturalmente la teoría de la irradiación, o sea, ser un foco donde se trabaja de determinada manera, apuntando a que eso vaya generando de a poco un cambio cultural”.

Aunque ya aprendimos que el camino es infinito, diez años después impresiona su claridad y coherencia en el desarrollo de las ideas y formas. Aquella mañana de 2006, cuando no había siquiera una lista de seleccionados, le pregunté: “¿Cuánto cree que podría ayudar el tratar de internalizar el concepto de que no queremos ganar mañana, sino trabajar para dar lo mejor a mediano plazo?”. Y él respondió: “He dejado mensajes en cuanto a que mi principal anhelo es que cuando me tenga que ir –sea por resultados, por dudas, por razones de edad o por lo que sea–, esta manera de hacer las cosas sea continuada por otras personas. Si logramos dejar eso, será muy importante para el fútbol, pero fundamentalmente para los cambios culturales que pretendemos”.

Y yo remataba así aquella entrevista publicada en La Diaria, el 20 de marzo de 2006: “El 20 de marzo de 2016, ese domingo que acabo de agendar, ya estaré con 55 pirulines encima. Casi con seguridad seré abuelo, y entonces podré contarle a alguno de mis nietit@s [sic] que hace diez años salió La Diaria. También le diré que hace diez años empezó el que pretendió ser un plan básico de organización de las selecciones uruguayas. El plan maestro, el plan de Óscar Washington Tabárez. Seguro que le diré algo más, pero eso, si puedo, se lo escribo dentro de diez años”.

Y aquí estoy.

Escribiéndolo.

 

Era ficción, fue realidad

Como siempre me ha pasado con Tabárez, el encuentro es franco, serio, abierto y permanentemente enriquecedor por sus aportes, pensamientos, certezas e hipótesis. He tenido la suerte, una década atrás, de jugar al futuro sin tener necesidad de subirme al De Lorean, y centrar aquella entrevista, la primera que otorgaba el nuevo director técnico de la selección nacional, cuando aún no había presentado en la AUF su “Institucionalización de los procesos de las selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas”. Yo, que ya me senté y trato de asegurarme de que ese grabador moderno, tan digital que parece una calculadora científica, me funcione, tengo la nota en la tablet, pero no la muestro. Fue planificada con tiempo para que fuera la primera entrevista de La Diaria, que justamente vería la luz el 20 de marzo de aquel año –de ahí lo arbitrario del título–, y claro que recuerdo nuestra interna de nota de peso para arrancar ese sueño. En su arranque, ahora, diez años después, en papel amarillento, decía: “Ni yo, ni mucho menos el exitosísimo técnico de la selección imaginábamos que una década después me recibiría en el mojón de los diez años para revisar lo que va del camino, tan rico en recompensas, tan en construcción permanente, cimentado por certezas y bacheado por las inclemencias externas”.

Hace diez años ya había un plan efectivo, pronto para pasar del manuscrito bien garabateado en letra de maestro al encuadernado con espiral para que no quedase archivado en algún depósito de la AUF. Ese plan, después vengo a descubrir, habla del camino: “La consecuencia del mismo modo de trabajar en todos los niveles de la selección nacional aporta mucho a la idea de marcar un proceso (camino, ruta) coordinado y continuo en la evolución de un futbolista seleccionado”, y entonces entiendo cómo lo vamos desbrozando hacia aquella idea inicial.

Repaso aquel punteo de objetivos a cumplir. La gratísima sorpresa es que se han cumplido aquellos nueve puntos planteados antes del inicio de este trabajo a mediano y largo plazo en el mundo de las ideas que, lamentablemente, por el utilitarismo de los resultados siempre está renovando pagarés a corto plazo.

“Yo sé que en aquel momento la credibilidad era mínima, pero había gente, como en el caso suyo, que ya había pensado en esas cosas, y entonces, de a poco, se fueron generando y ganando adhesiones. La primera vez que fui a la AUF me preguntaban por las condiciones, y entonces respondí que las condiciones no eran los temas contractuales, sino hacer cosas; que dirigir no significaba ver cuántos partidos se ganaban, cuántos se perdían y si se clasificaba o no, sino hacer cosas que pudieran ayudar a colocar racionalmente al fútbol uruguayo en el contexto del mundo. Con el correr del tiempo, fuimos ganando adhesiones, fundamentalmente desde adentro, y eso ha sido fundamental. En Nueva Jersey, en el primer partido de Uruguay [el 21 de mayo de 2006 con Irlanda del Norte] yo les hice un discurso a los jugadores, basado en que lo que más les pedía era adhesión. Un jugador me preguntó: ‘¿usted me asegura que el equipo lo va a hacer usted y que no va a haber otras influencias y cosas de afuera?’. Le contesté que sí, que siempre ha sido así conmigo, pero que además, si las cosas salían como yo pensaba y él seguía en la selección, lo iba a poder confirmar por sí mismo. De este modo, desde muy adentro empiezan a surgir adhesiones: la forma en que empezamos, la firmeza que tuvimos y cómo procedimos fueron fundamentales en ese sentido. Ha sido un trabajo colectivo como deben hacerse siempre las cosas y deberían hacerse siempre en el futuro: sin personalismos, ni veleidades mesiánicas, ni nada por el estilo. Eso es así. Nos congratulamos de eso, pero seguimos queriendo mejorar siempre”.

 

Crece desde el pie

Una década atrás me había hablado de formación, de juveniles, de planificación con ambiciones. “Antes, desde tres o cuatro décadas atrás, se podía dar naturalmente la formación de futbolistas, pero en este estado de cosas tiene que ser planificada, programada y secuenciada. Estoy convencido de eso, y nosotros ahora comenzamos como un modesto aporte y tratamos de ser ambiciosos pero no utópicos. Creo que en la medida en que las cosas que proponemos se vayan afirmando, tenemos que intensificar estos aspectos de trabajar a largo plazo, tener visiones mediatas de las cosas”, decía en 2006.

Ahora nos habla de aquel futuro, que es presente. “Hay detalles de la organización que vale la pena mirar. La organización de selecciones juveniles tenía una forma de funcionar ya instaurada: había un preparador físico para la Sub 20 y Sub 17, un profesional que tenía que trabajar en un turno con una y en el otro con la restante, y había un preparador de arqueros para todos. Ahora, por la evolución del recorrido, pero, fundamentalmente, por lo establecido en el acuerdo de 2010, cada director técnico tiene su entrenador ayudante, que es muy importante, su preparador físico, su preparador de arqueros y, generalmente, su médico y su kinesiólogo, e incluso, las más de las veces, un utilero específico para la categoría en la que esté trabajando. Hay una interconexión permanente con todas las divisionales, incluso con el cuerpo técnico de la selección mayor, que cuando no está abocado a la tarea específica de la selección interactúa y participa directamente en el campo toda vez que sea necesario”.

 

La base de la pirámide

Su fortaleza se cimentó en no negociar el trabajo, en la seriedad y en fortalecer la siembra. “Todo ese cambio reditúa en aumentar la calidad del trabajo. Es aguzar el sentido de responsabilidad, preparar mejor a los que llegan y darles más posibilidades. La tecnología que se está incorporando no está destinada sólo a la selección mayor: es para todos. Los GPS, el gimnasio, las canchas, esta cancha cerrada que se está haciendo… Eso es muy importante y tiene un valor real incalculable, pero, además, para mí tiene un enorme valor simbólico: es algo que ahora está y que antes no existía. Es una base todavía mejorable. En la primera eliminatoria, la que transcurrió entre 2006 y 2009, el profesor José Herrera, que ha tenido un liderazgo en la parte de infraestructura, materiales y todo lo que tenga que ver con el entrenamiento, cada vez que volvíamos del exterior se contactaba con Defensor Sporting para utilizar su cancha techada, para que cuando veníamos y teníamos que hacer entrenar a los que no habían tenido actividad, contáramos sí o sí con un lugar donde hacerlo. Nunca utilizamos esa cancha, no tuvimos necesidad. Nunca la vi –después se le voló el techo en un temporal–, pero fue muy importante como respaldo. Ahora nosotros tenemos una cancha techada, y siempre estamos tratando de hacer cosas, de aprovechar espacios, con sentido de responsabilidad, apuntando a mejorar el nivel de preparación de los futbolistas que llegan a las selecciones”.

 

Toda la carne en el asador

“Tratamos de enriquecer los aspectos personales con el aporte de las psicólogas, de la gente que traemos para dar charlas y compartir sus vivencias; es algo muy formativo. Seguimos en ese camino, y considero que no lo tenemos que abandonar. Hasta hemos hecho –a partir de una idea del Cebolla [Cristian] Rodríguez– un parrillero criollo con ladrillos refractarios desde el piso. Teníamos parrillero, uno normal, pero ahora nos juntamos ahí, con sillas y bancos que traemos de otros lados. Ese lugar es parte de los momentos en que estamos juntos, y capaz que alguna victoria también tiene que ver con cosas que pasan en esos momentos de convivencia. Las cosas tienen que tener su enfoque justo. Eso es parte de la selección y se transmite, más allá de las personas”.

El maestro nos cuenta de lo importante del grupo, de los que estuvieron pero ya no están jugando. “Hay gente que, por distintas razones, dejó de estar en los últimos tiempos en la selección. Sin ellos, esto no podría haber sido. Siguen viniendo y aportando, y están pendientes de todo lo que pasa acá”.

 

Y con tu espíritu

Ahí me saltan claramente otros tópicos remarcados con luminoso en la fotocopia de aquel proyecto de 2006: la apuesta a la adhesión, la pertenencia y la solidaridad de los que desde tempranas edades empiezan a ponerse la celeste. “Ese es un fenómeno que hemos conseguido”, dice, y se muestra conforme. “Ahora uno ve jugar, por ejemplo, a la Sub 15 –a la que no se puede juzgar con los mismos parámetros que a la Sub 20 o a la mayor, porque se trata de una edad de por sí muy inestable y muy cambiante, en la que las cosas van a gran velocidad en términos de evolución y cambios– y uno le ve cosas que quiere. Esta última Sub 15 fue realmente admirable: la forma en que metieron, cómo le dieron, cómo se entregaron sin que les hiciera mella el calor que hacía en esa zona de Colombia, ya que se jugó en lugares que habrán tenido sus razones para elegirlos, vinculadas con la promoción del fútbol, pero no eran apropiados para chiquilines de catorce y quince años. Uno se pone a pensar en cómo estos chiquilines han incorporado cosas, todas las veces que Alejandro Garay les habló, el trabajo de las psicólogas, del médico, entre ellos, y entonces se da cuenta de que ese espíritu los está tocando. No digo que ya lo tienen, pero seguro que muchos de ellos van a volver en la Sub 17 y van a seguir así en la evolución, sabiendo que esa es nuestra verdadera marca de fábrica. Esa actitud, ese espíritu, no lo podemos perder, tiene que ser parte de la cosa, más allá de la expresión puramente técnica”.

 

Más allá de la fe

Lo tiene cada vez más claro: hay un trabajo de campo que da soporte a las ideas que permitieron que Uruguay volviera a colocarse en el círculo virtuoso de la competencia. “Creo que nuestras condicionantes, que tienen que ver en buena medida con aspectos demográficos, con los pocos futbolistas que tenemos, comparativamente pueden ser superadas. Llegamos a aquella final con Francia en Sub 20 y sólo perdimos en los penales. Acá nunca se ha reconocido eso. Francia tiene una organización y una infraestructura fenomenal, una forma de trabajo admirable para sus miles de jugadores; sin embargo, definimos con ellos. ¿Por qué? ¿Porque somos potencia? No, porque logramos una mentalización, una preparación, porque hay algo que está más allá de las partes que conforman eso que hay que tratar de lograr en el futbolista uruguayo, que se basa en creer en sí mismo, en creer que puede, pero, además, es necesario darles la preparación para que eso no sea una mera expresión de voluntad, sino algo que pueda defender dentro de la cancha. Creo que sencillamente es eso lo que hay que hacer”.

 

Soy celeste

¿Cree que esta regeneración de la empatía del público con la selección tiene que ver con esto: con la seriedad, con el trabajo, con las ideas, con los planes?

Yo creo que sí. Ahora salgo menos, pero cada vez que lo hago –al médico, a dar alguna vuelta– hay muchísima gente que me para y me dice: “Muchas gracias por lo que ha hecho”. Eso hizo eclosión después del Mundial de Sudáfrica: había matrimonios jóvenes, muchachos de treinta y pocos años que agradecían en nombre de sus hijos. Fue muy lindo. Yo lo capté. Antes decían que el fútbol dividía a la familia, que la televisión dividía la vida hogareña porque los hombres querían ver fútbol… La selección desde Sudáfrica, por determinadas circunstancias, generó ese fenómeno y ahora la gente se junta para ver a la selección. Hay un montón de anécdotas, de emociones, una adhesión al creer que se podía; es increíble. La gente desarrollaba cábalas y creencias y estaba convencida de ese aporte.

Es verdad que la gente nos dio ese respaldo. Incluso se ha hablado de un público de la selección, y eso se ha ido dando con el tiempo. A veces notaba las cosas negativas. Me acuerdo de que una vez, en el debut en las eliminatorias, con Bolivia, íbamos ganando uno a cero y a ellos les habían echado un jugador, y tocan una pelota para atrás. Los gritos de “¡jueguen pa’ adelante!” se hicieron escuchar, con una agresividad y descalificación que mostraban que no había empatía alguna. Después, desde la misma tribuna, en aquel partido decisivo con Colombia, cuando veníamos de perder con un Perú eliminado. Eso fue muy duro, pero a nivel interno nos dijimos que había una luz, que había que hacer de cuenta que lo íbamos a conseguir, y además les hicimos ver que si le hubiéramos ganado a Perú igual había que ganarles a los colombianos para seguir adelante, que había que encararlo de la misma manera. Pero teníamos que superar el efecto negativo de aquella derrota en sólo dos o tres días. Empezamos ganando uno a cero, y estábamos con diez por la expulsión del Hormiga [Carlos] Valdez. Ellos después también tuvieron una roja, creo que el expulsado fue Teo Gutiérrez, pero nos empataron en el segundo tiempo, y cuando estábamos uno a uno fue justamente desde la Ámsterdam que la gente empezó a corear: “Soy celeste”. Es cierto que era un público especial, público del dos por uno, pero la gente fue porque estaba con la selección. Ganamos tres a uno y fueron puntos que sirvieron para después ganar en Quito, ir al repechaje con Costa Rica y lograr la clasificación para el Mundial. Y desde ese momento fue creciendo la cosa. Ahora, y desde hace un tiempo, juega la selección y la gente va a ver el partido. Hay mucha adhesión, festejo y reconocimiento. Yo no estoy atendiendo a las tribunas, pero mis hijas me cuentan: “No sabés lo que era, la gente que había, la identificación”. Y ahora mismo, en estos primeros cuatro partidos, en los que teníamos visitas a dos lugares que siempre nos han generado problemas, además de enfrentar en casa a dos selecciones de primer nivel, la gente ha estado sensacional.

 

Hacia el infinito y más allá

El camino es infinito después de aquel mojón inicial, así que seguiremos recogiendo recompensas por ahí.

Nosotros creemos que hay que seguir preocupándose por el camino, y el camino es hacer lo que hay que hacer, planificar todo, seguir mejorando y sabiendo que lo que se busca son resultados deportivos, pero la principal recompensa está en hacer lo correcto, en desandar ese camino, y eso muchas veces tiene que ver con el resultado final. Si no recorrimos ese camino, seguro que no conseguimos el resultado, pero aun si lo hacemos tenemos la incertidumbre. Ya tenemos la recompensa de todo lo que hemos obtenido, más allá de títulos, de partidos dirigidos, de tiempo de trabajo al frente de la selección. Esa vivencia que hemos tenido en ese festejo con todo el país, esa alegría, lo que he vivido en cosas que trascienden lo deportivo, las anécdotas, las emociones, no tiene precio; todo eso ya forma parte del andamiaje de cada uno de nosotros para buscar lo que viene. Muy modestamente y de perfil bajo, estamos fuertes en muchos aspectos y hay otros en los que reconocemos que tenemos inferioridad o condicionantes, pero eso no nos hace renunciar a seguir buscando. Creo que el año pasado hemos tenido algunos ejemplos de eso, y ahora, contra Brasil, tenemos la oportunidad de ponerlo a prueba.

 

¿Cuál es su sensación al haber visto esto cumplido, justamente si lo compara con lo que hablamos diez años atrás? Porque cuando ustedes lo planifican, lo piensan, lo discuten, trazan la idea, es porque creen que se podrá hacer.

A mí me satisface. No me enorgullece ni me alimenta el ego, pero me satisface el hecho de que muchas cosas que pensábamos hacer en varios ámbitos se han concretado o están en funcionamiento, y no es que ya estén hechas para siempre, sino que están instaladas para seguir mejorando: el complejo y toda su infraestructura, las canchas, el gimnasio, la piscina, la sanidad; todo eso vale.

 

Y hay más

La organización de las selecciones juveniles, el relacionamiento con la selección mayor, la calidad del trabajo. Cómo aprovechamos el poco tiempo de contacto que tenemos con los jugadores apoyándonos en todo lo anterior y dándole a esto una continuidad. Cómo hemos encarado –no sé si solucionado, pero trabajamos en eso– el tema del paso del tiempo y de algunos jugadores que ofrecían muchas dudas, no en lo que se refiere a lo que aportan en este momento, sino sobre cómo llegarán al Mundial de 2018, por una cuestión de estadísticas y de cosas que hemos revisado en los últimos mundiales. Cómo tomamos medidas para tratar de llegar a soluciones es este sentido, en un camino silencioso y lentamente, como son las cosas generacionales en el fútbol. También me satisface plenamente el funcionamiento del cuerpo técnico: cómo hemos progresado a nivel interno en el trabajo colectivo. Me sigo sintiendo responsable de todo y de dar la palabra final sobre las decisiones, pero hemos desarrollado mucho la cultura del equipo, y preguntamos muchísimo, desde cosas macro, como la planificación, hasta un cambio dentro de un partido. Cuando ciertas circunstancias pusieron a prueba esta forma de llevar adelante las cosas, los todólogos que hay por ahí insistían con que “tiene que venir Fulano al cuerpo técnico, hay que incorporar a Mengano” y esas cosas, lo superamos muy bien. El criterio para resolver esa situación fue natural: ¿quiénes han tenido pleno contacto con todo este proceso de trabajo y con los futbolistas? Era nuestro cuerpo técnico, que había quedado maltrecho porque no podíamos participar Mario Rebollo y yo, pero estaba Celso Otero a quien rodeamos con gente de los mismos procesos de selección, que lo pudiera acompañar para esa eventualidad, y sin dudas salió muy bien, porque no podía salir de otra manera. Todas esas cosas me satisfacen, pero no me quedo en eso, enseguida me cuestiono. Yo siempre desarrollo la teoría de lo que podría haber sido: ganamos, o salió bien la planificación, pero ¿y si hubiese pasado esto o no hubiese sucedido esto otro? Es un lindo ejercicio que no sólo lo desarrollamos con el cuerpo técnico de la selección mayor, sino también de manera permanente con los cuerpos técnicos de juveniles, para asegurarnos, sobre todo con la gente nueva que pueda llegar, de que esto continúa en un mismo sentido. Entonces, desde ahí, se empieza a sembrar para que continúe en todo el proceso de las selecciones. Creo que da para estar satisfecho pero no para estar relajado.

 

 

Tengo un plan

 

A veces uno presenta proyectos y planes, como una forma protocolar de demostrar sus intenciones, su capacitación o su idoneidad para las tareas requeridas. Otras tantas, aunque aquel carpetín no es esperado ni requerido por los contratantes, ese proyecto es la prueba de lo que es posible. La verdad es que en este caso, al revisarlo después de una década, resulta satisfactoriamente impactante advertir todas esas recompensas que había en el camino de aquel incipiente mapa.

El documento presentado como “Institucionalización de los procesos de las selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas”, firmado y fechado por Óscar Tabárez en marzo de 2006, tiene un ítem de Objetivos que dice lo siguiente:

“Objetivos:

1. Establecer políticas de selección y dar permanencia y continuidad a su organización.

2. Elevar los rendimientos deportivos y acercar la expresión futbolística de las selecciones nacionales a nivel del fútbol de elite internacional.

3. Influir positivamente en el proceso de formación integral de los futbolistas seleccionados.

4. Coordinar objetivos y actividades de las selecciones de todos los niveles para estimar proyecciones y aplicar programas en plazos mediatos.

5. Programar las actividades de las selecciones nacionales incluyéndolas anticipadamente y en concordancia con los calendarios locales e internacionales.

6. La competición será parte imprescindible de la preparación y evaluación de los equipos y de la formación de los futbolistas, por lo que no debe quedar limitada solamente a las competiciones oficiales internacionales.

7. Las selecciones deberán ser literalmente nacionales. Para ello se nivelará la preparación de los jóvenes futbolistas del interior del país respecto de sus similares de Montevideo.

8. En función del objetivo anterior, a partir de las estructuras actuales, se dotará a las organizaciones departamentales de planes, programas e implementos, que permitan la competición significativa y la formación integral de los futbolistas jóvenes en su medio autóctono.

9. Lograr un perfil del futbolista de la selección uruguaya, que abarque los aspectos técnicos, éticos y disciplinarios”.

El chequeo de cada uno de los objetivos planteados hace diez años nos demuestra que seguramente siete de ellos han sido desarrollados muy satisfactoriamente. Vamos por los otros.

 

Persiguiendo sueños

 

Mientras nos acomodamos, el director técnico les cuenta a Andrés y a Diego de aquella entrevista, y siento que siempre vale la pena andar persiguiendo los sueños por ahí. “Él me hizo una nota, hablando de estas cosas que en aquel tiempo no existían, porque en ese momento no había nada desde el punto de vista físico de lo que hay ahora acá [en el Complejo], y hablamos sobre las ideas que teníamos”.

“Fue acá mismo”, dice el maestro, con diez años más, los mismos diez más que tengo yo y los mismos diez años fértiles, fermentales y lanzadores de futuro que tiene esta institucionalización del proceso de selecciones nacionales. “Acá mismo”, dice, y se refiere a aquel salón, que “era más chico todavía porque ahí [y señala] había una pared que separaba con unas oficinas, así que la sala de prensa era la mitad, nomás”.

Tabárez, que aún no se ha sentado, pone énfasis en ese cuento que me involucra y les narra: “Y la nota que me hace Rómulo la titula ‘20 de marzo del 2016’, como diciendo: ‘hay cosas pensadas para concretarse en un plazo’. Y él [por mí] le puso diez años por plantearse una fecha de imaginarse cómo sería en ese tiempo el desarrollo de aquellas ideas que aún no estaban descritas a modo de plan como lo presentamos en la AUF unos días después”.

 

 

 

 

 

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