MARTÍN LASARTE

LA MOCHILA DEL FÚTBOL URUGUAYO

Por Diego Graziosi  y Pedro Cribari

 

Hijo de inmigrantes vascos, Martín Lasarte (55), por su extensa trayectoria, primero como futbolista desde hace dos décadas como entrenador, transitó por las más disímiles realidades. Opina con la autoridad de quien ha conocido las múltiples maneras de vivir el fútbol, desde el modesto Rentistas que lo vio nacer a aquel recordado Nacional campeón Intercontinental del 88 o al atildado Real Sociedad que supo entrenar y guiar hacia el gran escenario del balompié español tras la pérdida de la categoría. En una pausa en su extenso recorrido Lasarte reflexiona para Túnel en torno a su visión del fútbol uruguayo e internacional.

 

¿Comenzó a jugar al fútbol en sus años liceales?

No. Yo jugaba campeonatos de barrio y de escuela en los Talleres de Don Bosco, eran muy buenos: venían chicos de Palermo, del barrio Sur, de la calle Chaná, de Rivera, un montón de divisiones por edad. Ya en Secundaria, unos amigos jugaban en Rentistas y me gustaba la idea de probar, me daba la sensación de que era rápido y que podía, me llevaron y entrené. Entrenábamos en una cancha chiquita, atrás de la de Sud América, contiguo al cuartel de Blandengues. También en la cancha de la Escuelita, hasta que Rentistas compró lo que fue Perrone. Yo tuve hepatitis y ese año no jugué, volví al año siguiente. Empecé con 16 en la Sexta, después paso a la Quinta, después a la Cuarta. En la Cuarta tuvimos un muy buen equipo. Jugaba Víctor Rabuñal, que jugó después en Racing y en la selección uruguaya. Jugaban también el Fito [Adolfo] Barán y José Bruzzone. Peleamos el campeonato con River, con Nacional: terceros, segundos, cuartos.

Inauguramos la cancha de Perrone como cancha de jugar las juveniles. Después me tocó como entrenador inaugurar Perrone como estadio. En las dos inauguraciones estuve: en la primera jugando y en la segunda como entrenador.

En 1980 llega [Juan Eduardo] Hohberg a Rentistas y por una circunstancia fortuita necesitaba unos chicos para debutar en Primera, porque había gente lesionada o suspendida y debutamos algunos de los que nombré. El único que estaba en la selección juvenil era Fito Barán.

Tuvimos la suerte de tener un entrenador excepcional que fue Adhemar Casales, padre de Jorge Casales, el dirigente de Defensor que está en la AUF ahora. En Perrone había muy poca cosa, había un galpón para cuando llovía, muy chiquito. No podíamos entrenar y algunos no iban. Yo iba siempre, porque él hacía que uno sintiera amor por lo que estaba haciendo. Tomaba dos ómnibus: iba hasta Jackson y tomaba el 128, me bajaba en el Palacio Legislativo y después me tomaba el 275 que pasaba cada una hora, o sea que teníamos que calcular bien. Demorábamos una hora y diez.

 

¿Nunca abandonó los estudios?

No, nunca dejé. Además empecé a trabajar. Me acuerdo que iba a trabajar temprano, salía una y media o dos y terminaba completando las horas otro día. Trabajé dos o tres meses nada más. De ahí me iba a entrenar y después a estudiar. Con mi novia –hoy mi señora– nos encontrábamos en la Facultad de Arquitectura, y en el salón de actos mientras daban la clase teórica con diapositivas, yo dormía y ella me tomaba los apuntes. Hice hasta segundo año de Arquitectura y alguna materia de tercero; después dejé. Fue un error, porque en La Coruña, donde fui a jugar, había Facultad de Arquitectura y podía haber revalidado. Pero de los errores también se aprende.

 

Volviendo a la época en la que llegó al fútbol, había más espacios para jugar de los que hay hoy, ¿eso tiene influencia en cómo se juega?

Creo que la tiene. De hecho, en otros países lo comentan como que la tiene. Dejando de lado el tema generacional, refiriéndome a mi hijo y sus amigos, jugar en la calle era imposible. Nosotros jugábamos en la calle Maldonado, pasaba un coche y un ómnibus de vez en cuando. Teníamos los Talleres de Don Bosco, el Parque Rodó y la playa para jugar.

Recuerdo la época en que empezaron a sacarnos la pelota si jugábamos en el Parque Rodó. La Policía te sacaba el balón si jugabas en el parque. Entonces se cortó lo del Parque Rodó, porque no estábamos para perder una pelota. Jugábamos en la calle o en los Talleres, que era extraordinario para nosotros. El patio se dividía en tres canchas, porque los recreos tenían diferentes horarios, pero de tarde íbamos el montón de chiquilines a jugar, o los fines de semana en los que siempre había campeonatos. Lo único era que los curas te obligaban a empezar a jugar después de la misa de 10 para no molestar. Tiene que haber tenido influencia la falta de espacios para jugar. Por ejemplo, la famosa pared contra el cordón de la vereda, te eliminabas un rival haciendo la pared contra el cordón o contra un muro. Una tontería, pero lo hacías continuamente.

 

¿Qué otras personas además de Casales fueron referentes en las divisiones inferiores?

Los curas en los Talleres de Don Bosco, Adhemar, el profesor Alberto Clavijo, de San Carlos, que hizo muchísimas cosas por nosotros. Por ejemplo, ya jugábamos en Primera división, por el año 1982 o 1983, y armó un grupo de trabajo en el que estaban Edgardo Barboza, una dietista, y nos hizo un estudio a cuatro o cinco chicos en la época de vacaciones de verano. Nos hizo un trabajo físico, médico, a nivel de la comida, para ver qué se podía mejorar. El resultado fue extraordinario y me sirvió muchísimo: comer mejor, descansar diferente, las referencias del médico sobre lo que podíamos mejorar. De esa época los recuerdo a ellos.

 

¿Qué ve a favor y en contra del jugador y del modelo del fútbol uruguayo, en términos comparativos con otras realidades?

El futbolista uruguayo tiene una marca registrada: son futbolistas fuertes, que compiten (que están siempre concentrados, que no quieren perder aunque saben que pueden perder), que tenemos deficiencias técnicas. Creo que tiene que ver con dónde practicás el juego. Las canchas en el mundo hoy en día son muy buenas aun en divisiones formativas. En Uruguay hoy eso no pasa, salvo con algunos equipos. Hay equipos de primera división que no tienen buenas canchas todavía. Algún día alguien hará un racconto de las cosas que pasan en el fútbol uruguayo. Jugué en un equipo de Primera división en el que fuimos a entrenar y no había pelota. Hubo que ir a comprarlas en el momento. El famoso problema de que como llueve no se entrena. En San Sebastián o en La Coruña llueve todos los días y entrenamos siempre; nunca parás. Pero los campos son mejores, tenés mejores lugares.

 

Cuando dice que, en contra, juegan algunas deficiencias de fundamentos técnicos…

No sé cuál es concretamente el problema, porque no estoy in situ y no tengo una visión directa, tengo la información que me llega y que puede ser un poco desnaturalizada.

 

¿Le pasó cuando fue como jugador a Europa?

Cuando llegué a Europa, me acuerdo que vi sentado el primer partido del Deportivo la Coruña y mi sensación desde afuera fue: “Acá juego a las risas”. Y cuando entré, me di cuenta de que si no me despabilaba rápido, estaba liquidado. Jugaban mucho más rápido y a menos toques. Me fui a España en el 89-90 y me volví en el 93. Por eso digo que jugar no es sólo emplear los recursos técnicos que tenés, sino que hay otros recursos que cuentan. Una vez un entrenador español me dijo: “Ustedes todavía piensan que si hacen una jopeada, un caño, ya son buenos jugadores, y jugar bien es tomar buenas decisiones”. Si tenés esos recursos, mejor, pero no es sólo eso. Entonces se me abrió la cabeza y empecé a tomar para mí las cosas que hacía bien y eliminar las que hacía mal. Yo sabía que había cosas que hacía mal, entonces trabajaba para mejorarlas, pero no las hacía en el juego; tomaba decisiones sencillas.

 

Se fue en 1989 y le tocó ser campeón de todo con Nacional el año anterior. ¿Qué tenía ese grupo que hizo posible la obtención de tantos títulos?

Primero tenía un promedio de edad bueno; tenía un montón de jugadores que con esa edad habíamos recorrido muchos equipos: [Jorge] Seré, William Castro, Mario López, [Felipe] Revelez, todos los que llegamos a principios de ese año. [Santiago] Ostolaza ya estaba, [Ernesto Pinocho] Vargas ya estaba. Tenía jugadores experimentados en el medio local; como grupo era de los más fuertes, más consolidados de los que yo he estado. Siempre se dice: “Ah, cuando ganás, siempre es un buen grupo”. No, ese realmente era un buen grupo, nunca estuve en un grupo que tuviera un juego aéreo como ese, tanto defensivo como ofensivo. [Carlos] De Lima, [Jorge] Cardaccio, Ostolaza y Vargas cabeceaban muy bien. Ganamos un montón de partidos de pelota quieta.

 

¿Un buen grupo requiere diversidad de personalidades y de liderazgos?

Todos teníamos una edad en la que no había celos. “Vas a jugar vos, no me van a poner a mí, pero yo te voy a empujar, te voy a dar para adelante”. Había mucho de eso. Lo viví jugando y creo que lo aporté no jugando. Los ocho primeros partidos de la Copa Libertadores los jugué yo. Son catorce en total. Después vino Hugo [De León] y me tocó ser suplente. La pareja era Revelez y yo, y después De León y Revelez. Quique [Enrique Saravia] no jugó la Libertadores, sólo jugó algunos partidos en el medio local y después se lastimó, tuvo una lesión. Claro, después cuando estaba en marcha la Libertadores, en etapa de semifinales, los partidos en el medio local los jugábamos Quique y yo. Estaba Jacinto Cabrera, también.

 

¿Por qué los equipos uruguayos después no tuvieron éxito en competencias internacionales?

Hay una cuestión de ese grupo, para compararlo, que me ha costado ver en otros. En 1988, yo tenía 27 años y me fui a Europa. Vargas se fue al Oviedo al otro año también. A los seis meses se fueron Seré, el Pato Castro y Ostolaza al Cruz Azul de México, tendrían 26 o 27 años. Algo que hoy sería impensable que ocurriera. Hoy se van con 18 o 19 años, 20 como máximo. Por eso decía lo del promedio de edad; había una cantidad de jugadores que siempre habían jugado en Uruguay, ninguno se había ido, con una experiencia y una información tal que, conjuntamente, los hizo un grupo importante. Ahora, no era sólo eso: vino De León, que le dio un toque de calidad, vino Daniel Carreño. Sumaron. Daniel Carreño vino de Europa y De León había estado lesionado.

 

Entonces, ¿no ve chance a futuro?

No, no es eso, porque Peñarol llegó a una final, pero como algo más esporádico. Vamos a hablar de la década de 1980: en el 80 Nacional campeón; en el 82 Peñarol campeón; en el 87 Peñarol campeón; 88, Nacional campeón. Y en el 83, Peñarol llegó a la final. Peñarol hizo un partido bárbaro en Porto Alegre contra Gremio. Jugaba De León en Gremio y [Fernando] Morena hizo el gol allá, y en el último minuto un lateral de Peñarol cerró mal y le hicieron el gol. Jair se había ido de Peñarol por aquel lío con el auto y empezó a jugar [José Luis] Salazar, que era jovencito.

Actualmente se da la especificidad que capaz que el promedio de edad es el mismo, pero ya con jugadores de más edad que vuelven y de muy jovencitos que recién empiezan. Los que están son los que no han podido salir o no han tenido chance.

Por ejemplo, un equipo que en aquella época tenía esa particularidad era Danubio, pero con jugadores de muy poca edad y fue campeón en el 89. Tenía muy buenos jugadores que eran del club, pero que no tenían todavía recorrido, a excepción de [Daniel[ Pecho Sánchez, [Javier] Zeoli y algún otro. Si ese grupo hubiera podido madurar un poco más, seguro hubiera llegado; de hecho llegó a semifinales.

 

¿En qué medida influyen los factores económicos?

Acá cuando hablás de los factores económicos, algunos colegas de ustedes te dicen: “¿Y entonces no influyen en Bolivia o en Paraguay?”. Y justamente, son los países que están menos desarrollados. Creo que influyen. La famosa discusión aquella de ¿nosotros empeoramos o los otros mejoraron? Creo que hay un poco de cada cosa. Hay países que mejoraron muchísimo. Estuve muy poco tiempo trabajando en Millonarios, en Bogotá, y me quedé impresionado.

Una vez un entrenador argentino me dijo: “De cien jugadores tenés que elegir que midan más de 1,80, y habrá cincuenta; de esos, tenés que elegir a los que sean rápidos, tenés veinticinco; que técnicamente sean buenos, tenés doce o quince; y además que sean inteligentes, tenés seis”. Pero hay un problema: ellos tienen millones para elegir, nosotros tenemos miles. Entonces somos malos con nosotros mismos. Lo nuestro es un milagro: cómo siendo tan chiquitos siguen saliendo tantos jugadores buenos. Lo que sí es cierto es que a nivel de clubes hemos quedado rezagados. Y creo que tiene una gran incidencia lo económico: los jugadores que se van, los planteles que no pueden ser estabilizados. Antes era muy fácil, vos decís en la década de 1970 jugaban… y decís el equipo de memoria, aunque no fueras hincha del club, incluso de equipos chicos.

 

¿Cuáles fueron los cambios más significativos que vio en el fútbol europeo, primero como jugador y después como entrenador?

Como jugador, la intensidad. Entrenábamos diferente. Hay gente que dice que entrenábamos menos. Esa era la sensación, pero en realidad entrenábamos diferente. Nunca tuve un doble horario en España y jugué cuatro años en La Coruña. De hecho era un buen equipo, habíamos subido a Primera división, terminó siendo campeón al poco tiempo. Era un equipo competitivo pero nunca hice un doble turno, salvo en pretemporada, pero nunca durante la competencia.

Se juegan más partidos. Una vez hice la cuenta con [Marcelo] Zalayeta, con Thierry Henry o con [David] Trezeguet, que jugaron el mundial juvenil en Malasia.

Si Zalayeta se hubiera quedado en Uruguay, los franceses le hubieran sacado cien partidos de ventaja en poco más de tres años. Cien partidos de descenso, ascenso, de ganar, de perder, de objetivo cumplido o no cumplido. Y enfrentar a tipos con ese nivel. Por eso siempre peleo por el jugador joven que se va. A veces se van demasiado rápido, hay demasiado apuro por el dinero. Entiendo lo del dinero, pero a veces hay que pensar en el jugador, porque a veces van y fracasan y al poco tiempo están de vuelta o por ahí perdidos. Pero también entiendo esta faceta, se pierden un desarrollo que acá no lo van a poder tener lamentablemente.

Al volver a Uruguay, vine a Defensor en el año 93. Estaba Juan Auntchain, estaba el profe [Juan Antonio] Tchadkijian y después vino el profe [Alberto] Mena y con Carlos de León siempre hablábamos de que el futbolista uruguayo con 30 o 32 años parecía que tenía 36 si jugaba en Uruguay porque te desgasta, mientras que en Europa con 32 años parecía que tenías 28. Es como que lo disfrutás. Acá te pesaba. Yo en Defensor no tenía problemas, pero después jugué en Rampla. Había problemas para cobrar, para desplazarte, para entrenar, con la ropa, con la pelota, problemas con los compañeros que tenían más problemas que yo que venía de Europa. El fútbol uruguayo te cansa, te envejece; estoy hablando en aquel momento, mediados de la década de 1990.

Como entrenador fui a Europa a un equipo que había sido siempre de Primera división y estaba en Segunda división, en un ambiente muy deprimido, muy negativo. Mi gran apuesta fue: ¿puedo adaptar lo que hago a Europa? Tenía la ventaja de haber jugado en Europa algunos años antes, tampoco tantos. Fue lo que hicimos y fue fantástico: nos adaptamos perfectamente a la metodología de trabajo europea con un tinte sudamericano y tuvo un efecto genial. De ese ambiente deprimido, negativo y de descreimiento al cual llegué, salimos campeones de Segunda división, subimos, mantuvimos al equipo en Primera, le ganamos incluso al Barcelona de Guardiola.

 

¿Cuándo y por qué decidió ser entrenador?

No hay un día sino un proceso que se fue dando. Yo era muy extrovertido en la cancha, una manera de ser, de liderazgo. Fui capitán cuatro o cinco años en Rentistas, con 21 años, fui capitán en Rampla, fui capitán un solo partido en Nacional como suplente, fui capitán en La Coruña, etcétera. Siempre me tocó, por mi manera de ser, agrupar a la gente, para tirar todos para el mismo lado. Después como entrenador lo he ido procesando o manejando desde el mismo lugar. Una vez Juan Auntchain me dijo que yo tenía pasta de entrenador, que él me veía maneras. Hice el curso acá y en el año 96, mi último año como jugador, ya tenía el curso hecho. En el año 97 yo había decidido dejar de jugar. Tenía 35 y estaba sufriendo el fútbol. Estaba en Rampla, que tenía muchas dificultades económicas. Ya no sentía aquel fuego sagrado. Me estaba costando muchísimo y decidí dejar de jugar. Me fui hasta el Cerro para comunicárselos y agradecerles y, pensando que me iban a ofrecer un contrato por un año más, me dijeron: “¿Querés ser el entrenador del primer equipo?”. Y todo lo que no estaba dispuesto a hacer como jugador, sí estaba dispuesto a hacerlo como entrenador. Ahora tengo que sufrir, pero desde el puesto de entrenador, dirigiendo a mis propios compañeros en Primera división y pensé: “Me la juego”. Hace veinte años.

Siempre entrené en Primera división, salvo un período con River, que bajamos. Estuve en Rampla ese año y nos fue relativamente bien, para lo que éramos, después fui a Rentistas y peleamos el campeonato, luego a Bella Vista, donde hicimos un buen período. Después hubo alguna dificultad y decidí marcharme. Fui a Emiratos Árabes, una cosa rara, de los primeros en aquella época, fui al equipo de Maradona. Me vine a River, arreglé después que Fernando Morena. Iba muy mal River y lamentablemente, a pesar de que hicimos una buena campaña, no nos dio. Había equipos del interior que estaban peor que River, pero se los protegía y había que salvarlos, y nos tocó descender. Al año siguiente hicimos tabla rasa en Segunda y después me fui a Nacional, donde estuve dos años. Después me fui a Millonarios, el error histórico de mi vida, porque no hice un buen diagnóstico. Soy de hacer un buen diagnóstico antes de aceptar. A una semana de empezar, el entrenador anterior se fue y yo no sabía ni lo que habían hecho, ni cómo se habían preparado, ni qué jugadores tenían, conocía sólo a algunos. Pero dije “Millonarios es un equipo grande, en otro medio”, y a los dos meses me fui, ya era un desastre. Ganamos un solo partido de ocho. Sí clasificamos a la copa Sudamericana. Recuerdo a Marcelo Tejera que cobró en una bolsa de plástico en la taquilla. Ese club tenía el apoyo de Pepsi Cola, Petrobras, etcétera.

Y nunca había un peso. Estuve en un hotel que nunca pagaron. Concentrábamos e íbamos rotando de hoteles en Bogotá, porque iban dejando el clavo. Nunca me pagaron. Después fue intervenido por el gobierno.

Me vine y agarré Danubio al poco tiempo. Ahí tuvimos muy mala suerte porque hicimos un muy buen campeonato e igualamos con Nacional, pero la final no se jugó entonces. Terminó el campeonato en diciembre y se jugó la final en febrero. Teníamos a [Egidio] Arévalo Ríos, Diego Ifrán, a Jorge García, todos notables.

 

¿A Ifrán después lo llevó a Europa?

A Danubio lo llevé yo y a Europa también. Tuvo muchas lesiones. Fue un crimen. También llevé a Carlos Bueno, primero. Les cuento la anécdota: trabajando todavía en Danubio, faltando tres o cuatro partidos para terminar el segundo torneo, me llamaron un par de veces de la Real Sociedad. Me fui a España por un día, me tomé el avión un domingo, llegué el lunes y me vine con la sensación de que me podía quedar, pero yo ya le había dicho a Arturo [Del Campo] que no me parecía que estaba bien, aunque me fuera mal en España. Entonces dejé Danubio. Salió lo de San Sebastián. Un día estábamos reunidos en el club con el presidente y me habló de Alberto Bueno, un jugador del Real de Madrid, que después jugó en el Valladolid. Un poco frío, pero buen jugador. Entonces yo le dije: “Presidente, tenemos que traer a un jugador para subir, la B no es la A”. Eso es igual en todos lados, más allá de que en España se juegue mejor, hay mucha lucha, mucho campo más o menos, con barro en invierno, con nieve en algunos partidos. El presidente nos proponía a este jugador Alberto Bueno, un poco frío. Estaba el profesor Pablo Balbi y le dije: “Tenemos que traer a alguien de carácter, un yugoslavo, un ruso, pero no los conocemos, ¿por qué no traer a Carlitos Bueno?”. Y Pablo que era hincha de Nacional, pero que lo había tenido en las juveniles, me dijo: “¿Te parece?”. Y claro, ponés un video de Carlitos Bueno con goles y era fantástico. Entonces, al presidente, que decía que había que traer a un HDP, le dije: “Este es el HDP que usted necesita en la cancha”. Al final Carlitos arregló con el club y fue decisivo. Pero es fluctuante; así como tiene momentos altísimos, también tiene momentos muy bajos. Después volvió a caer, se lesionó, y los últimos partidos vamos a Cádiz, y si ganábamos y se daba un resultado, ascendíamos, sin ser campeones. Salimos de Jerez en un Airbus y el que tenía que poner el disco con la música no la puso, señal de nervios, de miedo, de ansiedad, y en el fondo la voz de Carlos Bueno: “¿Qué pasa, están asustados? Dénmela a mí que hago tres goles”. Efectivamente tres goles. Y después jugamos contra Celta, que dirigía Eusebio que hoy está en la Real Sociedad. Ganamos 2-0 con un gol de Carlos Bueno y subimos. La delantera era: Xavi Prieto, que todavía está jugando de volante, Carlos Bueno y Antoine Griezmann. Si ves cabecear a Griezmann hoy en Atlético Madrid, es igual a Bueno. Carlos le enseñó a tomar mate, a saltar con la cabeza y alguna otra cosa le habrá enseñado… Fue una época linda.

 

¿Como jugador le tocó enfrentar al dream team de Cruyff?

Sí, y como entrenador también, ya al de Guardiola. Como jugador la sensación fue, y siendo grosero para que quede claro “no le podemos dar ni una patada”, “no los podemos agarrar ni para pegarles una patada”.

 

En la realidad actual del Barcelona, ¿cuánto hay de aquello?

El fomentar una idea, una forma de jugar, el porcentaje es altísimo. El propio Guardiola fue jugador de ese equipo. Cruyff fue el que marcó los cambios primero. El fútbol español estaba solamente emparentado con “la furia” y con algo más. El que realmente rescata esa idea base holandesa, pero que hizo carne en el Barcelona, fue Cruyff. Que seguramente no la vivió como jugador en el Barcelona. Como entrenador, tomaba muchísimos riesgos, pero con jugadores elegidos. Hace poco, cuando falleció, salió una entrevista que le hicieron relativa a cómo formó ese equipo y él dijo que llevó a cuatro vascos porque no le tenían miedo a nada, ni a cambiar ni a nada. Era además un gran conocedor del fútbol español, porque había jugado en el Barcelona, en el Levante, se había quedado a vivir algún período en España.

 

Se dice que Barcelona en infantiles es el equipo más goleado, porque intentan hacer ese tipo de juego y los otros cuadros lo presionan y le hacen muchos goles. No renuncian a esa idea o a ese tipo de juego.

Es como todo. Cada equipo tiene su forma de juego y eso es lo lindo. En el fútbol vasco, por ejemplo, representado principalmente por el Bilbao y la Real Sociedad, hay una gran diferencia entre ellos. Por algo al Bilbao le dicen “los leones”: es un equipo que intenta jugar bien, pero es de mucho carácter, parecido al fútbol uruguayo. La Real Sociedad es un equipo más atildado, más afrancesado, de mejor toque de balón, más parecido al Barcelona.

El fútbol gallego tiene también sus diferencias. El Deportivo La Coruña no es lo mismo que el Celta. El fútbol andaluz es completamente diferente al del centro de España. El fútbol andaluz es como son los andaluces: desprejuiciados, bailarines, tomadores, divertidos, jocosos, y así juegan. No obstante, el Betis y el Sevilla tienen sus diferencias. El Sevilla ha logrado consolidarse internacionalmente mientras que el Betis, con subidas y bajadas, no ha podido. Desde ese punto de vista el fútbol en España es muy interesante, porque es muy rico. Pero creo sí que la forma, la manera, los cambios, los marcó Cruyff, sin duda.

 

Estamos hablando de distintos modelos o formas, ¿cuál es la que le gusta más o se siente más identificado?

Tuve la posibilidad y la ventaja de jugar y dirigir en equipos de diferentes características. Equipos cuyo objetivo es salvarse de algo o ser campeón de algo, en Uruguay o en otros países. Eso al final te termina dando poder de adaptación. Por ejemplo, adaptarme al fútbol español como entrenador no me costó nada. Capaz que me costó más adaptarme a Chile, porque vienen con el tema de [Marcelo] Bielsa; la Católica, que es el equipo de paladar fino, de buen toque. Entonces a veces cuesta adaptarse.

Siempre soy de la misma idea: hay dos arcos, hay que defender uno y hay que atacar el otro. No te tienen que hacer ningún gol en uno y tenés que hacer la mayor cantidad posible de goles en el otro. Así de sencillo, así de tonto, pero así lo veo el juego. El pasaje por el fútbol español y el chileno sí me han dado la posibilidad de pensar que en el fútbol también se pueden hacer mejores cosas que tirarle un balón largo a alguien para que la defienda y que por ahí convirtamos un gol. Pero todo con matices. No creo en la posesión del balón por la posesión en sí misma. Creo estar recorriendo este camino: equipos de buena posesión, pero posesión dinámica, no inocua. La idea es que en el fútbol hay que moverse, no puede haber nadie parado nunca. O sea, si uno pone un video del Barcelona, no sólo hoy, el que toca inmediatamente va a ocupar un nuevo espacio. Y si el nuevo espacio está ocupado, se queda en el anterior para empezar de nuevo la jugada. Y así lo hacen todos. No obstante no es fácil. En Uruguay es difícil, porque la cancha no te ayuda y por la mentalidad del jugador. Ustedes decían hace un rato que en las inferiores en Barcelona se comen un montón de goles. En el fútbol uruguayo es complicado eso, porque tenemos un aspecto que capaz que nos hace buenos, pero también capaz que nos hace malos: la competitividad. Queremos ganar, nunca queremos ser menos que otros. Racionalmente parece medio loco, pero es así. Esa competitividad en algunos momentos nos empuja, pero a veces también nos limita. Es un fútbol con tanta historia y recorrido que en algún momento es casi como una mochila.

 

En las propias formativas se ve cómo se sienten presionados los chiquilines. A veces es un tema de los mayores o de los propios entrenadores.

Es cierto eso. También hay que ver si el objetivo del club es ganar o desarrollar. Y ver si vos sólo desarrollás y no ganás, si te mantienen como entrenador. [Sergio] Markarián habla de un triángulo. Un vértice es: ganar-desarrollo-presupuesto. Otro vértice: desarrollo-presupuesto-ganar. Y el tercero: presupuesto-desarrollo-ganar. Siempre tenés que elegir una premisa. Todas juntas es imposible. Un ejemplo, Peñarol del 87 con bajo presupuesto, con jugadores del club con desarrollo, pudo ganar. La excepción que confirma la regla. Ahora, si querés desarrollar, ganar no es importante, lo importante es desarrollar. Si lo más importante es el presupuesto, olvidate de desarrollar y de ganar, porque lo que querés es cuidar los pesos. Si querés ganar, el presupuesto no te tiene que importar, habrá que gastar. No es una ley. Hay equipos que han ganado con un presupuesto menor –el ejemplo de Peñarol– pero son los menos. Y al final, todos me dicen (porque no entiendo de ese deporte) que los equipos de básquetbol que más gastan son los que ganan, o pegan en el palo. El fútbol es un deporte competitivo de once tipos y a veces estas cuestiones se disimulan un poco menos.

 

¿Antes se sufría más la derrota que ahora?

Eso pasaba más en Europa que en Uruguay. Me ha pasado en España que después de una derrota, los jugadores iban en el ómnibus jugando a las cartas y divirtiéndose. Una vez me pasó y les dije a los jugadores que me parecía bien que no lo vivieran con la bronca que tenía yo, pero masticar un poco de bronca también estaba bien, porque era el motor del triunfo de la semana que viene. Si lo vivimos como que nos da lo mismo, entonces nos da lo mismo siempre. O sea que no te importe nada no ganar también tiene su lado negativo. Por otro lado yo siempre me imagino a mí visto por mis hijos, llegando después de un partido perdido, encerrado en mi cuarto sin querer hablar con nadie. Eso tampoco está bien. O sea que los extremos al final son malos.

 

 

Compartir en Facebook