EN EL PALADINO, 16 AÑOS ATRÁS

MI VIEJO ES UN GOL

Por Patricia Pujol

 

Hoy hace exactamente dieciséis años y es un montón. Yo siempre les digo que si tuviera que explicarte lo de las Torres Gemelas no me creerías. Y que ganó el Frente y que sigue en el gobierno, menos. No entenderías nada de nada. Abrirías los ojos y pensarías que te estoy bromeando, como siempre hicimos, como vos me enseñaste. Porque con la muerte jodimos un poco o bastante hasta que ella nos jodió a nosotros. En este mundo resultadista ganó la tipa. Igual estábamos bastante acostumbrados a perder. Es la ventaja de ser hincha de cuadro chico. Para consuelo tal vez sirve; algo es algo. Como cuando se exacerba el triunfo contra un cuadro “grande”. Eso sí que es la gloria. Ojo, a nosotros nos pasó poco. Así que siempre supimos más de jodernos que otra cosa.

Entonces hablé con el canchero. Me pareció que el tipo entendía bien la movida porque nunca me preguntó nada. Me dijo que había que pedir permiso al club, que tenía que autorizar la directiva. Esos trámites más o menos formales que hay que sortear para no andar pasando por encima de nadie. En ese momento no me pareció tan loco, ¿viste? Pero ahora que me hice grande pienso que me dejaste tremendo clavo. Y no es que no me parezca piola eso de manifestar el amor hacia el club y la camiseta y la mar en coche, sino que el legado de las volteretas aquellas no era changa. Vos querías que tus cenizas estuvieran en el Parque Abraham Paladino. Cuando lo decías, sonaba fuerte en la garganta esa jota que le usurpaba el lugar a la hache. Parecía broma y no lo era.

La diligencia tenía sus cositas. Entre ellas, bancar la angustia de saber que ya fue, que por más que al Gaucho se le ocurra salir campeón un día como en aquel 1989, ya no agitaremos eufóricos la bandera roja y amarilla, ni saludaremos a Saúl Rivero con la emoción de entonces. Pablo ya no gritará como loco “Dale campeón” y Armo no querrá sacarse aquella foto con Próspero Silva. Eso no. Porque lo que pasó ya no vuelve.

“Al mediodía”, me dijo el canchero. Y te fui. Fuimos. Solos. Sin anuncios de parlante ni publicaciones de ningún tipo. Nadie salió del vestuario, nadie aplaudió, el humo no brotó de la caldera, nadie gritó nada. Entramos a la cancha como dos hinchas de Progreso a cumplir tu pedido. El canchero, con mirada seria, un poco perfilada hacia abajo, como mostrando respeto, encaró para el arco. No como lo hacen los delanteros perspicaces, sino más bien con el celo del arquero firme. Agarró una pala y empezó a escarbar duro y parejo. La tierra era marrón oscuro, casi negra. A los segundos ya había hecho un hueco. Dijo que era el único lugar donde se podía hacer eso: “¿No sé si me entiende?”. Y yo que no entendía absolutamente nada, o no quería entender absolutamente nada, contesté como con tono de cumplido: “Sí, claro”.

En el momento no pensé en otra cosa que en no fallarte. Al mismo tiempo quería que pasara de una vez y punto. Pegar la media vuelta y dejar ahí algo de todo lo que había ocurrido. Habían sido muchos meses de enfermedad, de momentos duros, de desconfiguración. Como que no era para ese ritual.

El canchero estaba ahí parado como en acto solemne, como cuando se anuncia un minuto de silencio en un partido y todos en las tribunas se paran sin chistar. Muchas veces ni se sabe bien por qué. El tipo volcó de un ademán las cenizas en el huequito prolijamente hecho. En forma pausada, tranquilo y seguro. Tapó el agujerito con el resto de tierra y pasto que correspondía. Otra vez verde.

Yo no dije nada. Me parece que me quería ir. Sin embargo me sonreí. Algo me sonaba absurdo y gracioso. Al final eras original. Un poco pasado de rosca con la solicitud, pero original.

Recién ahora que pasaron dieciséis largos años me doy cuenta de que sos un gol. Sos un gol en el arco de la cancha que me dio la vida. En el arco del barrio, de la gente que grita como Perica, Palito, Carbajal, los Olivera, los Panizza, el Gordo Diego y todos esos de siempre, de todas las horas.

Entonces dieciséis años después lo escribo porque si supieras que esto había trascendido te estarías matando de risa. Porque al final siempre está la muerte. No hay con qué darle. Aunque no haya campeonatos ni Libertadores ni ninguna de esas macanas. Aunque los jugadores de ahora no tengan idea de quiénes somos y nosotros tampoco sepamos de ellos. Progreso te dejó ser gol y vale. Y poco importa si es en contra porque quien sabe de fútbol entenderá que en 45 minutos es a favor. ¡A quién se le hubiera ocurrido!

Creo que lo gritaríamos como aquel de Marcelo Suárez en el arco de la Ámsterdam, cuando habíamos llevado papeles picados la noche anterior en una bolsa de nailon que se apresuró a salir volando desde la tribuna y cayó en la platea Olímpica. Porque para ser sinceros, ¿quién se esperaba ese gol en ese momento del partido? Perica gritaba agitando “la bandera de la finada”. Nunca supe bien qué quería decir eso cuando me lo decían. Siempre entendí que era algo asociado a la muerte porque lo decían bajito y con un tono oscuro. Cuando se reían de que éramos cinco gritando ese gol nosotros nos mirábamos cómplices, sabiendo que íbamos a perder igual y que gritarlo no nos exoneraba de males venideros. Nosotros sabíamos que ser hincha de cuadro chico es más complejo que eso. Y mientras duraba la alegría, era plena. Había que estirarla como a un chicle.

Pero me hice grande y pensé que fue un despropósito lo que pasó porque el Paladino es un lugar para ir a jugar la vida y no la muerte. ¿Qué tendrá que ver eso con el juego y el fútbol? Nada. Y con ser hincha, tampoco. Tal vez si lo hubieses pensado otra vez hubieras descartado aquella idea inverosímil.

Mucho tiempo después se lo conté a algunos pocos. Creo que había algo de intimidad y de locura en aquel acto medio extraño cruzado con ritual y adiós final: un carnavalito amarillo y rojo sin testigos. Me dijeron que eras un gol, y me pareció simpático y triste. Un gol atravesado en la garganta. Un gol para siempre.