ARQUEOLOGÍA FUTBOLERA

MISTERIO

Por Luis Morales

 

Hace un tiempo que no se ven. El encuentro, aunque casual, brinda la oportunidad de ponerse al día. Al menos en titulares.

–¿En qué andás?

–Y… en la vuelta, como siempre.

–¿Estás yendo al fútbol?

–Cuando puedo, si es en el Franzini, voy.

–Este sábado jugamos contra Wanderers. Si querés, podemos ir juntos, así charlamos con calma.

–¡Uy! El sábado justo no puedo, tengo que dar unas clases…

–¿En el liceo?

–No, estoy dando unos talleres de escritura allá en la calle Verdi, frente al cementerio del Buceo; un lugar precioso, con teatro, varios salones con aire acondicionado, rampas y baños para discapacitados: el club Misterio.

–Camiseta amarilla, vivos rojos, short negro… Antes, la cancha que –junto con la de Misiones– era de las pocas con habilitación oficial a las que podíamos acceder, quedaba a la derecha, cuando doblás por Verdi, paralela a la calle Propios, donde ahora están todas esas viviendas. Los vestuarios eran un ranchito con techo de lata, pero cuando podíamos jugar en ella, para nosotros era todo un acontecimiento. Una vez ganamos un partido increíble ahí. Yo jugaba en el club Simón Bolívar, que estaba en la calle Simón Bolívar y Palmar. En aquel tiempo, algunos cuadros de barrio que no estaban en ninguna liga, durante la semana, buscaban contrario para el sábado o el domingo. Era por el placer de jugar. Incluso, a veces, a falta de otro, se repetía el rival. No recuerdo contra quién fue, pero sí que era uno de los equipos más fuertes y mejor armados de la época. La noche anterior había llovido y la cancha estaba pesada. Ellos eran muy superiores en el juego. Todos tipos con unos físicos espléndidos y muy buena técnica, pero pesados. De entrada se nos vinieron en malón y nosotros aguantábamos como podíamos. Pero igual, antes de terminar el primer tiempo, se pusieron dos a cero. Parecía que iba a terminar en goleada. No me acuerdo bien cómo descontamos. Lo que sí no me olvidaré jamás es lo que vino después. Nos tenían “embotellados”, como se decía antes, y nosotros mordíamos y echábamos el resto en cada jugada. Era carga tras carga, pero no podían entrarnos. En uno de esos ataques, justo robo una pelota y se la tiro larga a Romeo –mi amigo que hace años vive en Perú y da clases en varias universidades de Lima–, que en aquel tiempo era un flaco livianito y veloz. Picó y dejó atrás a los defensas. Gol. Ese día andaba clarito, las acertó todas. El tercero fue muy parecido. Un contragolpe mortal. Mando un pelotazo y Romeo les gana la espalda a los zagueros, que quedan empantanados en el barro. Tres a dos. Dimos el batacazo. Nadie podía creerlo.

 

*

 

Se despiden. El periodista continúa su ruta. Va pensando en el misterio de la memoria y sus extraños senderos.

 

 

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