NO HAY TIEMPO PARA REVANCHAS

Por Mintxo

 

Sólo con mirarnos directamente a los ojos reconocíamos qué podía estar pasando. O pasaba. O lo que era peor: ya había pasado. Él traía los gestos raros de las noticias, mi pálpito tropezaba entre la incertidumbre y la angustia. Nunca, desde hacía mucho tiempo, las novedades eran prósperas. Prácticamente ya no esperábamos nada. Cuando Totó entró por la puerta me buscó lentamente. Yo estaba sentado en uno de los escalones de la grada, de cara al sol. Cuando me identificó dejó caer los párpados, sin fuerzas, contundentes, apenas moviendo el cuello como si fuera un no. Se habían llevado a Gatti.

Una tarde cualquiera de verano, presuntamente sábado y de 1977, los muchachos se disponían a jugar un partido. Culpa de una llaga que me carcomía el tobillo derecho llevaba una larga ausencia de la canchita. Apenas me la curaban, nos permitían poca higiene, los ropajes ya no daban ni pena, los pocos harapos a disposición hervían de mugre; sólo el destino podía ser curativo.

Soto pidió que le patearan al arco así calentaba las manos y los reflejos. El Vasco y Tristán se turnaron en esa labor alternando un tiro cada uno desde lejos. Cuestiones lógicas: teníamos una sola pelota. El resto estiraba contra la pared o se ejercitaban cortito. Los más viejos, por su parte, esperaban sentados para no desperdiciar previamente una gota de esfuerzo. Cuatro guardias nos miraban desde arriba, como si nada más importante tuvieran que hacer.

Cuando los muchachos se disponían a armar los equipos pasó lo increíble. Se abrió la puerta que daba del penal al patio y aparecieron tres milicos con cuatro negros. Quedamos congelados. Tristán apretó la pelota con la planta de su zurda. “No se asusten, manga de cagones. Armen un cuadrito de siete que hoy van a jugar contra nosotros, un rival de fuste. Como verán, vinimos reforzados con nuestros nuevos amigos sudafricanos. Bueno... de por ahí, yo qué sé. En realidad no son de Sudáfrica Sudáfrica. Qué me importará si no hablan nada de español estos hijos de puta”, dijo el sargento Duarte.

La presentación del improvisado cuadro rival cambió los planes. Había que elegir titulares y suplentes, cosa que no estábamos habituados. Encima faltaba Gatti, capitán del equipo por personalidad y por dotes futbolísticas. Tristán tomó la posta. Dijo que Soto sería el arquero, que Vasco y Espinillo irían al fondo, él con Pitanga se pararían en el medio, mientras que de punta mandó a Pichón con Tumba. “No se queden arriba”, fue la orden del improvisado capitán para los punta, “esta gente se debe correr todo”, remató.

El sargento escondía su pobre loco detrás del rostro serio adornado por un bigote rancio. Flaco y cabezón como palillo de bombo, tenía la pedantería de un coronel o teniente general. Le encantaba mandar a prepo. Sentenció que iba a haber un juez “porque la justicia es bien importante” y le dio el chifle a Bermúdez, un miliquito joven. Él se puso al arco mientras que sus otros dos compañeros y los cuatro africanos, unos y otros desconocidos por igual para nosotros, se dividieron la cancha. Duarte gritó: “Cuando quieras arrancá, botija, estos giles son pan comido. Y cobrá bien, eh, no te hagás el bobeta. Ya sabés...”.

Sentí lo peor cuando Piquero, uno de los guardia cárceles, se sentó a mi lado. Me miró, pero no me habló. Traté de concentrarme en el juego, en el caño que le tiró Tumba a uno de los negros para salir del rincón, momento antes de pasársela a Espinillo que entraba corriendo como un loco y puso el 1-2 con tiro pifiado lleno de suerte. Pero fue imposible. Lo único que me vino a la mente cuando Piquero se me acercó fueron imágenes de Gatti. Juan Ramón del Campo, Gatti, en la clandestinidad, Gatti, en la cárcel; Gatti, mi amigo.

Haciéndose el bonachón palmeó mi espalda. “¿Y, Huguito?, lindo partido parece”, lanzó. Levanté las cejas, pero no me dio para contestar. Luego de varios minutos, miles, o tal vez un par, mientras observábamos un tiro libre lejano para ellos, comentó por lo bajo que tenía algo para contarme. Pensé en Gatti, pero qué le iba a decir, si todo mi esfuerzo estaba ocupado en sostener las lágrimas que cruzaban por dentro, tratando de no ceder al sentimiento que aprendí de memoria: siempre se puede estar un poco más solo.

“Parece que los morochos son del África. De un lugar que se llama Transkei, algo así. Se lo escuché decir al sargento. Trajeron un blanco también, militar, y al parecer es el intérprete. Vinieron para que nuestro gobierno les reconozca su independencia de Sudáfrica. ¿Qué te parece, eh, Huguito? Acá no sólo hacemos justicia. Somos solidarios hasta con los negros de por ahí. Mirá, justo, gol del grandote ese”, afirmó Piquero, mientras yo era una estatua sin vista panorámica.

Contesté con una afirmación de cabeza. Estaba en otro lado, pero mejor que él ni se enterara. A decir verdad, me sorprendió su comentario, lo tomé con extrañeza. ¿Transkei? No recordaba que un país africano se llamara así, al menos desde el 72, cuando me agarraron. Al rato, antes de retirarse, minutos después del entretiempo que empatábamos 3-3, Piquero me aprieta fuerte la pierna con su mano. Con un leve movimiento señala el agarrón. Me hizo una guiñada, se paró lentamente y se fue. Casi se vuela la esquela que advertí junto a mi rodilla.

Decía con simpleza: “Lo cagaron a palos. Salió vivo, lo vi. Capaz vuelve. Tragate el papel”. Lo leí tres veces, disimulé rascarme la nariz y me lo comí. Busqué a Totó entre los suplentes, junto al paredón de la derecha, pero no lo divisé. Alguien le gritó que la pasara. Estaba jugando. Intenté chistar, pero se lo llevó el viento. Moví el cuerpo, amagando pararme, a ver si por lo menos lograba desconcentrarlo y que me mirara, pero fue en vano. Al parecer íbamos marchando. Jugaban como los niños en los cinco minutos de recreo. “¡Iliso!”, le dijo un africano a su compatriota que llevaba la pelota, este miró atrás, cubrió la guinda con el cuerpo, salió amagando un pase, y cuando se enfrentó al achique desesperado de Soto no hizo otra cosa que tocarla mansita, para que entrara encantada contra un palo. Totó, más rápido que corriendo, la fue a buscar como un loco al fondo del arco y la llevó para sacar inmediatamente.

El partido lo perdimos. En los pocos minutos que restaban no le encontramos la vuelta, los cambios no nos sirvieron mucho, los africanos no se cansaron nunca, y encima el culón del sargento Duarte estaba en el día del golero. ¿El resultado? No desaparecerá. Tampoco hubo tiempo para revanchas. A las semanas nos devolvieron a Gatti, totalmente desarmado, a la celda de enfrente. Vi sus ojos.