PATRICIO URÁN, ENTRENADOR CAMPEÓN DE OFI CON NUEVA PALMIRA

Por Fermín Méndez

 

El 19 de diciembre cumplió 34 años. Los últimos dos los trabajó como director técnico de la selección de su lugar en el mundo, Nueva Palmira, al frente de un proyecto que él mismo ideó. Su desempeño terminó siendo enorme: por primera vez en la historia se consagró campeón nacional con su pueblo,

la máxima aspiración del fútbol chacarero, y siendo, tal vez, el entrenador más joven en lograrlo.

 

Afuera la lluvia y su condición siempre implacable. Montevideo a la hora más gris. El día, el mismo que hizo noche a Dolores, era el primero de casi una semana interminable pasada por agua y alertas, presagio que el clima no estuvo dispuesto a ceder. Adentro, detrás del ruido, la información era otra. El conocimiento del mundo quedó encajonado en las cuatro paredes del apartamento entre él y yo. Un hombre rodeado de otros hombres: Cortázar en libro de cuentos, Bob Marley encuadrado, Kobe Bryant y Luis Suárez en obras de arte, tres periodistas y Batistuta en el televisor; él, Patricio, sentado en el lugar del sillón que evidenciaba otras charlas, ángulo perfecto para recordar.

Hacía un rato que había terminado el partido. La final del interior decía: Nueva Palmira 1 Durazno 0. Lo habían logrado. Cuando el loco festejo le dio un respiro vio a treinta niños llorando y a algunos veteranos también. Sospecha que tal vez fueran más los que festejaban el campeonato hasta las lágrimas, pero esos fueron los que vio. Se emocionó. La cuenta le daba igual. Si uno de esos niños siente hoy, en 2016, lo que él vivió en 1990, estará satisfecho por haber trabajado para matar el mito del “no se puede”.

Todo tiene un comienzo. El cuento parece un relato de Osvaldo Soriano ambientado en sus locos y profundos pueblos. Tal vez por eso, por esa condición innata del Gordo de inmortalizar la idiosincrasia profunda que las capitales no ven, esta parece una de las páginas que le quedaron por contar.

Insisto, aparenta un relato del Gordo Soriano: un niño de nueve años, parado detrás de uno de los arcos, se apronta para ver a sus ídolos que recita de memoria. Gustavo Jorge al arco; Walter Cossatti de lateral derecho, Óscar Bertolotti de lateral izquierdo, Ariel Garro y José Callero los zagueros; Cacho Pereira de volante derecho, Eduardo Pinazo de volante izquierdo, Piqueto Sánchez al medio y Charango Bertolotti de enganche; arriba Quique Cuervas y Milton Bertolotti; Julio Sayas, el director técnico. La difícil tarea de Nueva Palmira en aquella segunda final del departamental de Colonia de 1990 era remontar el 0-2 tras el primer partido ante Nueva Helvecia de visitante. Era complicada la parada, casi imposible, hasta tal punto que ese gurí de nueve años lo sabía. A las 16.00 empezaba el partido. De Nueva Helvecia no había ni rastro. Estaba ideal para imponerse por no presentación. Rápido en las acciones, Palmira paró sus once en la cancha, el juez pitó, movieron y, en la práctica, ganó 2-0. Serie empatada que se definía por penales, pero como no había rival era un hecho que los palmirenses se consagrarían. Dispuestos a largar los festejos vieron llegar a los helvéticos. Argumentaron –porque siempre existirán dirigentes dispuestos a argumentar absolutamente todo– que se había confundido de horario –fíjese usted–, que algo más les sucedió en el ómnibus, que se los justificara y se disputaran los noventa de juego. Ante tal situación, el árbitro –porque siempre habrá árbitros precavidos– decidió pasarle la pelota a Palmira. Si estos lo deseaban, se jugaba; si preferían dejar todo como estaba, al haber dado el pitazo inicial un rato antes, Palmira sería justificado como campeón.

Pero aquellos hombres decidieron jugarlo en la cancha, once contra once, porque los de afuera son de palo y los de adentro de carne y huevo. Quiso el destino que se pusieran en ganancia 1-0 en el primer tiempo. Un gol más en el segundo y empataban la cosa. Yo no estaba tan lejos. Pero Walter Cossatti, el lateral derecho que era el mejor de la cancha, tuvo la desgracia de meterse un gol en contra: 1-1. Al final del partido, cuando algunas personas se retiraban de la cancha porque la presunción del “casi imposible” mutaba en imposible a secas, Quique Cuervas, el hombre común ídolo de los niños del pueblo, el que llegaría a ser futasbolista profesional, puso el 2-1. No alcanzaba, pero había más. En tiempo de descuentos otra vez Quique mandaría la pelota al fondo de la red. Gol en la hora, 3-1 como un derechazo al mentón, golpe anímico que se mantuvo en la definición por penales para que Nueva Palmira fuera el mejor de su departamento, su continente. Como si la memoria sacara fotos, para el niño que estaba atrás del alambrado aquello quedó grabado para siempre. Algo se sembró. Patricio, el de nueve años, supo desde entonces que algún día iba a tener que ver con algo que lograra su selección. Patricio, el hombre de 34 años que me mira y habla con aparente tranquilidad, siente que al menos uno de esos treinta niños repetirá el ejercicio con otro once: Edgardo Sosa; Franco Villalba, Anthony Castillo, Matías Audi, Iván López; Alejandro López, Carlos Cabrera, Néstor Coscia, Gabriel Reyna; Carlos Avelino y Joaquín Rovetta; DT: Patricio Urán. ¿Alguien se atreve a desmentir que el fútbol también es recordar oncenas ganadoras? Si dudás, más adelante te puedo recomendar algo para que veas o leas.

La Copa Nacional de Selecciones del Interior no es moco de pavo. En sus diversas versiones a través de los años tiene como inicio la temporada 1951/52. Nuclea a todas las ligas de todos los departamentos, ya sean de las capitales, de ciudades más chicas, de pueblos solos o acompañados, que estén afiliados a la Organización del Fútbol del Interior (OFI). Este año fueron treinta las selecciones que compitieron en mayores –35 si sumamos las que quedaron eliminadas en las clasificatorias zonales– divididas, en primera instancia, en tres regiones: centro-oeste, litoral-norte y centro-este. Nueva Palmira integró la serie B del litoral-norte y clasificó primero dejando afuera a tres campeones de antaño: Fray Bentos, Mercedes y Paysandú. Siempre dentro de su sector, luego de eliminar a Artigas en semifinales, perdió la final ante Salto, pero igual clasificó a la siguiente ronda por ser segundo junto a los mejores primeros y segundos de todos los sectores. En cuartos de final avanzó por gol de visitante tras empatar con Durazno en puntos y diferencia de goles. En semifinales derrotó a Maldonado de local y visitante. En la final, cosas del tránsito del destino, le tocó Durazno nuevamente, porque cuando los del Yi perdieron el mano a mano con Palmira clasificaron como el mejor perdedor y siguieron en carrera. Primer encuentro 0-0 en el estadio Silvestre Octavio Landoni de la capital duraznense; revancha 1-0 para Nueva Palmira con gol de Joaquín Rovetta en el epílogo del partido y campeonato ganado en su casa, el parque Evelio Isnardi*.

Patricio es entrenador habilitado por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) desde 2013, año en el que terminó sus estudios en el instituto Dreams. Además, en su primera experiencia montevideana, en un lejano principio de siglo XXI, estudió y se recibió de periodista deportivo en el Instituto Profesional de Enseñanza Periodística (IPEP). Tiene una explicación sencilla: su vida cobra más significado cuando está atravesada por el fútbol.

De niño su mamá, Mirna, lo llevó a jugar al baby fútbol a Colón. Si no estaba ahí era porque salía de la escuela directo al campito para jugar en pata con la gurisada del barrio. Cuatro buzos alcanzaban para armar los arcos. Confiesa que le gustaba hasta porque se armaba pelea. En el último tramo del fútbol infantil tuvo la posibilidad de jugar para la selección de Palmira y, cuenta entre risas, hizo un gol que no tuvo ni idea de cómo festejarlo. También durante la niñez, gracias a Alfredo Zaldúa, esposo de su mamá, delegado por años de la Liga Palmirense, periodista y escritor, viajó como acompañante de la selección mayor. A los quince, cuando ya defendía al club de sus amores, Polancos, decidió dar un paso al costado y no jugar más.

–¿Un paso al costado a la mejor edad para jugar? –pregunto con cautela.

–Me di cuenta de que no había condiciones para jugar y traté de aportar desde otro lado. Como hincha un montón de tiempo, pero ya tratando de leer mucho, de escuchar, de ir a la cancha –dice

sin dudar. Y continúa–: siempre que tenía la oportunidad le pedía a algunos entrenadores que me contaran cosas, o cuando podía me metía en los vestuarios, calladito nomás, simplemente a estudiar. Era como una necesidad. Leía mucho todo lo que tenía al alcance. El Gráfico, la Sólo fútbol, lo que fuera, porque los entrenadores no escribían en aquella época. Fui muy autodidacta durante todo ese tiempo. Después ya empezaba a mirar partidos y me fijaba en movimientos puntuales, registrar en la memoria si es zurdo, si es derecho, cómo marcaban, si con tres en el fondo, si jugaban largo, si presionaban arriba. Me fui nutriendo de todas las situaciones que podía.

–Me resulta curioso, bastante romántico y hasta raro, para serte sincero. ¿Escribías? ¿Qué cosas?

–Recorría las canchas. Iba mucho a San José, a Dolores, a Carmelo, o mismo me quedaba en Palmira. Un domingo iba a Carmelo, miraba el partido de las 13.00, luego a las 15.30 marchaba al de Palmira. O iba derecho a Dolores y miraba la fecha completa de tres o cuatro partidos al hilo. Escribía todo lo que veía y tenía un borrador de un proyecto que quería poner en práctica en la selección de Palmira.

 

De lo probable a lo posible y de ahí a lo concreto siempre es cuesta arriba. Pero Patricio lo intentó. El proyecto fue futbolístico y social planificado a dos años. Nada librado al azar, todo relativamente estudiado. De fútbol, por lógicas razones, la propuesta tenía como fin optimizar recursos para hacer un trabajo profesional y salir campeón. En el plano social, cultural si se quiere, el trabajo fue más abarcativo: puertas adentro, subir jugadores jóvenes para que vivenciaran ponerse la camiseta, conocer ciudades y canchas, compartir un vestuario y aprender la posibilidad de concentrar, saber qué es tener un fisioterapeuta al lado, contarse cosas sencillas como cómo jugar, pero también cómo hacen los que tienen hijos para levantarse y darles el desayuno, o cómo formaron su familia y cómo la sostienen, transmitir que el entrenamiento invisible tiene recompensas, que jugar al fútbol y estudiar sí son compatibles; la cultura como herramienta para enfrentar situaciones límites. Para el afuera, la necesidad de contagio recíproco, de sentir la camiseta como propia, de poblar la cancha, de hablar toda la semana de lo mismo porque lo mismo no es monotonía si se disfruta, de fortalecer la identificación.

Digresión: no me importan los resultados. Soy de los que piensan que la vida es el camino y ahí no se escatima ni se transa. Es verdad que cuando la pelota pega en el palo y entra es mucho más fácil demostrar que cuando pega y sale. Pero es necesario abrir este paréntesis para reforzar el siguiente enunciado: la pasión no se negocia. Patricio –que está inquieto, buscándole la vuelta a la poca comodidad que le queda a su sillón tras horas de charla– no necesitó jugar en Primera para dirigir profesionalmente, sino que disimuló esa ausencia con sacrificio, solidaridad, conocimiento, respeto y mucho soñar. Porque si no hay sueños de por medio no hay nada. Porque si hay sueños de por medio hay que alimentarlos cada mañana. Vuelvo.

–¿Cuál es el método Urán?

–Nunca sacar los pies sobre la tierra. Me importa muchísimo cómo se gana y cómo se pierde. El camino recorrido es fundamental. Y con qué armas es mucho más importante aún. En Palmira no había una infraestructura como las de los demás, ni un estadio municipal como tienen los demás, ni manejamos la moneda que manejan los demás, pero sí hubo mucho de buscar la gloria y más nada.

—¿Nada más?

—Siempre digo que en una selección no están los mejores, sino los indicados. No alcanza sólo con que sea buen futbolista, tiene que ser eso, pero además buena persona, con ciertos hábitos, saber lo que es el respeto, saber lo que es acatar órdenes, saber hasta dónde se puede ir sin afectar el laburo de los demás. Y en el fútbol del interior hay como un vicio de eso, de que no hay límites, de que se pueden no cuidar la noche anterior. Quería la oportunidad de buscar gloria por sobre todas las cosas. Me refiero a que todo lo demás tenía que ser secundario. Implementamos un sistema de trabajo un poco diferente al que se estaba acostumbrado. Conversamos previamente con cada jugador. Hay un reglamento que dice que nadie se puede negar a la selección, pero lo obviamos, en el proyecto remarcamos que el que no quiera jugar no sería penado. Tenía que ser por elección. No necesitaba justificación ni de trabajo, ni de lesión, ni de vacaciones. No me importaba. Lo que importaba era formar el grupo, para después formar un equipo.

No fue un hecho aislado. El primer año de Nueva Palmira con Patricio al frente del equipo, 2014/15, llegaron hasta octavos de final y quedaron eliminados ante Fray Bentos. El proyecto a dos años permitió seguir trabajando (porque detrás del ruido siempre se hace, desde el convencimiento o desde la derrota) para buscar revancha, esa suerte de justicia poética que el fútbol sabe dar. Para la temporada siguiente, la de este año, el noventa por ciento del plantel fue el mismo y eso allanó el camino de la metodología y las pretensiones de juego. Coherencia, se llama. Primer paso indispensable para tener resultados deseados.

Tras la consagración, la vida de Patricio Urán tiene nuevas metas por delante. Actualmente cursa gerencia deportiva para sumar conocimientos. El admirador de Óscar Tabárez, Marcelo Bielsa, Jorge Sampaoli y Jürgen Klopp no se detiene. Tuvo sondeos desde el fútbol capitalino y tiene clara la teoría de cuántas veces pasan los trenes. Luego de un par de (¡cortísimas!) horas de intercambiar conceptos no quería dejar la charla por dos simples razones. La primera fue porque al bajar las voces pude sentir otra vez la condición implacable de la lluvia que tanto habló Onetti y no me agradaba la idea de mojarme. Segundo, porque de fútbol, de fútbol del interior y del costado social de cualquier fútbol, puedo hablar hasta que pasen dos equinoccios. Pero capaz que el hombre estaba cansado y yo también, así que decidí marcharme.

No fue tanta la mojadura. Párrafos arriba prometí recordar algo para sostener que el fútbol permanece en la historia por las alineaciones o jugadores que recordás: la escena de El secreto de tus ojos en la que Sandoval le demuestra a Espósito cómo atrapar al homicida descifrando apellidos vinculados a Racing de Avellaneda. Dice que se “puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios... pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín... no puede cambiar de pasión”.

Los once de Patricio Urán en 1990 son los mismos que los míos, que los tuyos. Son la delantera de memoria de Abbadie, Rocha, Spencer, Cortés y Joya; pueden ser Sosa, Manicera y Álvarez, el triángulo final preferido por mi abuelo; sos vos y la pelota en la casa del vecino o el festejo de gol cuando pasan las chiquilinas. No importa quién sea. Patricio demuestra que donde dice Palmira puede decir tu nombre, hacé el ejercicio, ahí está el legado. Eso es el fútbol. El relato sostenido para reconocer lo poco que dura la vida entera. La necesaria combinación de realidad y fantasía que nos creamos día tras día para compartirla con otros.

 

 

*Entre todos

 

Dos días antes de la primera final y a ocho de jugar el partido definitorio en Nueva Palmira, la OFI comunicó a la dirigencia palmirense que el parque Evelio Isnardi no estaba habilitado por tener un aforo menor al exigido, 2.500 personas sentadas. Las posibilidades que se le dieron a Palmira era jugar en el estadio Luis Köster, de Mercedes, o en el parque Lavalleja, de Dolores. Un mamarracho. Marcos Silvestre, dirigente de la Liga, tiró la loca idea de juntar gente, empresas, donaciones, lo que fuera, y construir una tribuna para quinientas personas. Fueron entre veinte y treinta los pueblerinos medio locos que se la jugaron para levantar la grada en tiempo récord, incluidos Joaquín Rovetta, goleador y albañil, y Rodrigo Lolo Roquero, con su retroexcavadora. Asados, guisos y pescados fritos mediante, contra lluvia y humedad, la tribuna quedó pronta para recibir la final. Sólo una camiseta generó eso. El fútbol como herramienta para algo. Identificación. Cosas que difícilmente borre la memoria.

 

 

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