HOMOSEXUALES EN EL FÚTBOL

Por Isabel Prieto Fernández

 

El fútbol es un deporte de contacto con una marcada inflexión machista, en el que la homosexualidad, aún hoy, parece estar presente sólo en las bromas. Sin embargo, desde hace una década, existe un equipo, Uruguay Celeste, basado en la diversidad sexual. Otros siguen sin aceptar esta realidad cada vez más difícil de ocultar.

 

Basta con ir a una cancha para saber que el fútbol es “cosa de machos”, aunque esté plagado de conductas poco varoniles. Si no recordemos el dedo mayor de Gonzalo Jara entre los glúteos de Edison Cavani. Eso es aceptado, en cierta forma, porque se toma como un insulto y no se admite bajo ninguna circunstancia que pueda ser acoso. Es más, para hacer este artículo, entrevisté –quise hacerlo, mejor dicho– a dos jugadores profesionales. Uno de un cuadro de los llamados “chicos”, y el otro de uno de los “grandes”. Me atendieron con amabilidad, teniendo en cuenta que me comunicaba de parte de un reconocido periodista deportivo. Cuando les dije que quería hablar sobre la homosexualidad en el fútbol, se acabaron mis pretensiones. Uno me dijo que eso no existía; el otro que no me podía decir nada porque nunca había jugado con alguien homosexual. Incluso me negaron conocer a Wilson Oliver, el futbolista campeón de América, que debió dejar el fútbol porque no le aceptaban su condición de gay. Ambos me dieron ‘salida’, no sin antes aclararme que no querían ser citados. Así de simple.

 

Uruguay Celeste

Los dos futbolistas que hablaron con Túnel dijeron no conocer la existencia de un seleccionado gay. Sin embargo, gente ligada a ese deporte aseguraba que sí había uno, aunque no podían precisarlo. Logramos hacerlo por medio del relator Martín Rodríguez (ver recuadro).

Mario Mussio es el presidente de Uruguay Celeste Deporte y Diversidad, que, efectivamente, no es una selección, sino un cuadro de fútbol amateur, integrante de la Liga de Integración de Fútbol Uruguay (LIFU), que apuesta a la diversidad. La confusión viene porque, al ser el único cuadro en Uruguay que tiene en su constitución la diversidad sexual de sus jugadores, es el único representante del país que integra a los LGTB (lesbianas, gays, trans y bisexuales) y concurre a los mundiales de ese colectivo. Este equipo también incluye a heterosexuales: “Lo nuestro era el tema de la inclusión. Si venís a practicar, a traer el agua o lo que sea, no me importa tu orientación sexual, sino que estás con la causa, y no se necesita ser homosexual; por eso hablamos de diversidad”, dice Mussio.

Uruguay Celeste practica en la cancha del Centro Juvenil Salesiano, en Batlle y Ordóñez y Sayago. Hasta allí llegó Túnel una fría noche de invierno. Los jugadores estaban entrenando, ajenos a nuestra presencia. Mussio nos recibió con una sonrisa. Es un hombre afable y un gran tomador de mate. Contó de los comienzos, porque él es fundador, así que bien podía hablar de lo que vivieron para conformar el equipo que hoy sale a la cancha: “A principios de 2006 nos enteramos de que se iba a jugar el primer mundial LGTB en Latinoamérica. Sería en Buenos Aires, al año siguiente, en 2007. Sabíamos que ya era común en Estados Unidos y en Europa, pero en esta parte del mundo nunca había pasado”. El “enteramos” me sonó a mucha gente, así que solicité que fuera más específico. Sonrió y pidió que lo guiara porque él se iba por las ramas. Luego comprobé que era su característica; debí encauzarlo varias veces: “Me refiero a quienes íbamos a los boliches de la comunidad, que en aquel momento eran Espejismo y Caín. Y decidimos hacer un llamado público, a través de los medios de prensa, para conformar un equipo que nos representara en el Mundial. Hubo mucha prensa y nos tomaban para la chacota. Embromaban con el jabón en las duchas, los vestuarios… ese tema es increíble, hay una morbosidad con los vestuarios…”. Vuelve a sonreír mientras me ve a los ojos, aunque sé que su mirada no está ahí, sino en el recuerdo que lo asalta, y al cabo de ese instante continúa: “Era una época en la que se debatía bastante sobre la homosexualidad y el fútbol”. Mirá por dónde andaba su pensamiento, no en el vestuario, sino en el debate. Le pregunté si las bromas le resultaban molestas, agresivas: “Es que queríamos enfocarnos en el tema futbolístico, no en si había metrosexuales, homosexuales, bisexuales, heterosexuales… Costaba entender”.

Lo que los movía era ir a ese Mundial porque quedaba cerca. Lo que urgía era reclutar jugadores para empezar a trabajar cuanto antes: “El 18 de julio de 2006 se realizó la primera práctica en las canchitas frente al estadio Centenario. Fue muy curioso, porque si bien poco más de una docena se animaron a entrenarse, alrededor había un montón de gente, pero se acercaban de a poco”.

En este caso, en la canchita del Salesiano ya habían comenzado a calentar. Corrían y saltaban de acuerdo a las instrucciones del director técnico. No todos lucen atléticos. El físico no es la única diferencia con los jugadores profesionales. Juegan en una liga amateur. Estudian, trabajan, se ganan el pan con otras ocupaciones, pero el fútbol no deja de ser una pasión y, al igual que el mejor de los jugadores de la selección nacional, representan a Uruguay cuando salen al exterior: “Nos presentamos al mundial de Buenos Aires, en setiembre de 2007. Eran unos treinta equipos y salimos octavos. En 2012, en México, fuimos vicecampeones. También hemos ido a competir a Chile”.

El Mundial dura una semana, de lunes a domingo. Juegan dos partidos por día, por lo que el desgaste físico es importante. En general, son de 35 minutos con diez de descanso; sólo la final se hace de 45 minutos.

 

Diversidad y relacionamiento

Ya quedó aclarado que son un equipo, con la particularidad que representan a Uruguay en los mundiales LGTB. Por si quedan dudas, Mussio vuelve sobre el asunto: “Sacamos la idea de la selección gay de fútbol, primero porque no somos un seleccionado y, segundo, porque si hay una selección gay es porque hay una hetero. De ahí se puede concluir que la selección de Uruguay vendría a ser la de todos o la de algunos”. Debo de mirarlo perpleja, porque su sonrisa se ensancha y me obliga a imitarlo. Para ser franca, nunca lo había pensado y me resulta interesante. Casi tanto como conocer el relacionamiento con los otros equipos. Así que le pregunto si en la liga se les conoce como el equipo de la diversidad. Contesta: “Sí, todos saben a quiénes enfrentan”. “¿Y eso juega?”, pregunto con la esperanza de que me entienda. “Tienen sus piques dentro de la cancha, pero los chiquilines están tan acostumbrados que hasta les juega a favor. A veces los hinchas del equipo contrario le gritan al juez ‘ah, no les cobrás a estos putos’, pero termina el partido y todos se dan la mano”. Le doy algún rodeo al asunto, porque mientras hablamos, escucho lo que se dice a mis espaldas, en la cancha, mientras entrenan, y no sé cómo encarar a Mussio. Tengo temor a ofender, pero al final lo zampo: “Ahora yo los escucho a ellos decirse cosas por el estilo. El tono es de broma, pero se dicen cosas que pueden sonar homofóbicas”. ¡Bingo!, parece que me entendió: “Sí, puede dar esa sensación, ¿verdad? Lo que pasa es que a veces se desvirtúa el término. La palabra ‘puto’ no necesariamente se refiere a lo homosexual. También se utiliza para denigrar a otra persona, o para embromar, como es este caso. No defiendo esas cuestiones, pero se dan”, dice y se ceba otro mate. No me convida y lo envidio. Tengo frío y la boca seca.

“Una vez tuvimos un hecho de violencia –recuerda–; fue en el 2008, cuando jugábamos en la Asociación Nacional de Fútbol Amateur (ANFA), que fue la primera liga que jugamos en Montevideo. Nos cruzamos con un equipo y terminamos mal. No fue tanto por los jugadores sino por una persona afuera que se puso violenta. El tipo se agarró a trompadas con uno de los gurises, Alejandro, que no es gay. Después se armó una bataola. Los ves así, pero si los provocan pueden llegar al guante. Fue la única vez que tuvimos un hecho de violencia. No lo denunciamos victimizándonos de una situación porque ellos también pegaron. Tampoco te vas a quedar quietito esperando que te rompan la cara. Fue sólo un partido. Lo llevamos al tribunal de la liga, luego se jugó el partido de la segunda rueda y no pasó nada”. Repite que no ha habido “la tal” violencia homofóbica, pero que es obvio que piensan que el equipo, por sus características, es más blando que el resto. A ninguno le gusta perder con nosotros. Eso es como… ¿viste cómo es?”. “Sí, claro”, le dije, mientras veía a los jugadores y pensaba que no debe ser un equipo fácil de ganar.

Pablo Izurco es el tesorero de Uruguay Celeste. Él me informó que tienen apoyo del Ministerio de Turismo y Deporte con alguna partida que los ayuda en los viajes; que se financian realizando distintas actividades, rifas; que se presentan a proyectos del Mides que tienen que ver con inclusión y diversidad: “En 2013 hicimos una gira por el interior. Nuestra idea era jugar con un equipo local que no fuera profesional, en el estadio más importante de cada departamento. El dinero dio para cinco lugares. Hicimos alianza con las intendencias. En Durazno, Trinidad, San José, Rivera y Maldonado. Nosotros poníamos la copa y las intendencias se hacían cargo de la comida. Fue una experiencia hermosa”.

El equipo también tiene un integrante que es una persona con discapacidad, y Mussio me dice que las mujeres también pueden practicar, pero no jugar en la Liga porque es de fútbol masculino. Es más, tiene una integrante trans: “Victoria comenzó su proceso con nosotros. Antes jugaba con nosotros contra los otros equipos. Ahora no puede, pero sí en los torneos LGTB. Viajó con nosotros a Chile y jugó sin problemas”.

Ahora en el equipo juega un chileno. No es el primer extranjero con el que cuentan. Ya tuvieron un mexicano, un paraguayo, algunos argentinos: “Llegan porque conocen a alguien del equipo, o porque se enteraron por pertenecer a la comunidad”.

Desde hace dos años cuentan con el servicio honorario (todo es honorario) de la psicóloga Leticia Arezo: “Sirve mucho porque se utiliza ese día para decir lo que tengas que decir, algo a un compañero, un hecho que te molestó. Y bueno, se discute, etcétera, pero se arregla ahí. Habla del tema grupo, de la relación humana”.

“En noviembre cumplimos los diez años y tenemos programado un torneo internacional. Vienen argentinos, chilenos y bolivianos. Para nosotros es importante, porque pone en el tapete el tema de la diversidad. Es nuestra causa, una buena razón para nuestra vida”.

Un jugador tiene la pelota, otro lo marca, alguien imposta la voz, gritando remilgado: “¡No se sienta presionada!”. El fotógrafo, y yo reímos. El que lleva el balón se desmarca, tira al arco y mete el gol. Pelota al medio.

 

 

 

 

 

PALABRAS DIVERSAS

 

Túnel entrevistó a dos jugadores de Uruguay Celeste. Jonathan y Alejandro. El primero es gay; el segundo, heterosexual. Los dos tienen porte de jugador de fútbol, aunque Jonathan tiene un físico más trabajado. Ambos están desde el comienzo, pero llegaron al equipo por canales distintos.

Alejandro cuenta que juega desde el baby fútbol y que estuvo seis años sin poder hacerlo porque tenía horario rotativo en el trabajo; que iba en un ómnibus escuchando el informativo, “decían que estaban practicando en el Parque Batlle porque había un mundial en 2007. Fui y me integré. Me copó la idea de participar en un mundial. Después tuvimos gira por el interior, los viajes a Chile, México…”.

Está casado, tiene hijos. Mientras estaba con Túnel fue su hija grande a buscarlo. Le pregunté si había que tener una fortaleza especial para que no le llegaran los insultos de la hinchada contraria. Me contestó: “Llega un momento que lo naturalizás. No te cuestionás eso que el otro se está cuestionando: si son gays o no. Yo me olvido, como que no me pasa nada”, contestó.

Jonathan cuenta: “Estaba en la marcha [del Orgullo Gay] cuando un muchacho me comentó que iba a empezar a armar el cuadro. Fui al Parque Batlle para ver qué onda, no sabía nada de fútbol, ni jugar y pasaron los años y aprendí”.

“A esa edad recién descubría lo que era el mundo gay, el fútbol no me interesaba demasiado, más allá de que era fanático de Nacional. Y bueno, después me empezó a gustar, le agarré pasión, como todo uruguayo. Ahora me encanta”, dice sonriendo.

Para Jonathan, ponerse la camiseta tiene dos significados: “El tema del orgullo porque soy gay y después el de la camiseta, que no deja de ser de Uruguay. Para mí es exactamente lo mismo, con algo distinto que jugamos algunos homosexuales y heterosexuales. El compartir es lo lindo. Después que se naturaliza empieza la amistad, por eso uno sigue en el cuadro. Es un gusto venir. Son mi otra familia”, afirma.

 

 

 

EL RELATOR QUE ABRIÓ EL ARMARIO

 

Martín Rodríguez es periodista deportivo y relator de fútbol. Trabaja en 13 a 0, TV Ciudad, Canal 10 y en La Diaria. Rodríguez es gay. Túnel lo entrevistó y lo primero que quisimos saber es si ser homosexual le había perjudicado a nivel profesional: “Hace casi un año y medio que salí del clóset para todo el mundo. La verdad es que no siento que me haya perjudicado, quizá eso me dio más notoriedad, aunque no fue el objetivo, pero se dio así. Me tratan con mucho respeto. Lo único que a veces encuentro raro es que no me hablen del tema, no me pregunten”.

Martín sufrió el proceso de decir su condición, sobre todo porque era consciente de que estaba en un entorno con pronunciado machismo. Le pedí opinión sobre el testimonio de los jugadores que aseguraban que en el fútbol no había gays. A su entender “eso es imposible. Lo que hay es una enorme represión y no se animan a decirlo”.

Sostiene que homosexuales hay en todas las profesiones, “lo que pasa es que algunas son más tolerantes que otras y justo el fútbol es de las más cerradas. Se siente una profunda soledad”. “Es difícil hablarlo”, concluyó.

 

 

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